Se va por la barranquilla

Mañana termina el becario. Dice que me echará de menos. Tiene que ser mentira, porque a su lado he sido lo más parecido a un perchero en cuanto a simpatía y conversación. No he tenido posibilidades de más. Es, con diferencia, el ser humano más corto que he conocido en toda mi vida. Todo este tiempo se ha limitado a contarme historias y yo a asentir con la cabeza. En realidad, nunca entiendo lo que me cuenta, porque no separa las sílabas, no pronuncia las eles, ni las eses, y no hace pausas en las frases. Sus conversaciones son como interminables mantras satánicos separados por veinte o treinta "¿mentiéndeh?" intercalados.
O sea, que mientras él cree que me explica lo genial que es Spanish Movie, yo escucho: arobumben-mentiéndeh-bibobomdon-mentiéndeh, todo ello acompañado por un extraño balanceo de brazos a derecha e izquierda, como el que hacen los niños y los chimpancés.
Y al principio me molestaba en preguntar y decirle "perdona, no te he entendido..." pero después de escuchar tres veces de nuevo el arobumben-mentiéndeh-bibobomdon-mentiéndeh, ya terminé optando por sonreír y decir "aaah... claro, claro..." y seguir a lo mío. Y esa ha sido la historia de nuestra comunicación durante todos estos meses. De arombumben a bibodomdon, pasando por mentiéndeh.

No entiendo por qué no sabe hablar. Tiene dos años menos que yo. Vale que no tiene por qué gustarle leer ni tiene por qué tener vocabulario pero... ¿y los padres? ¿y los profesores? ¿y los realitys de telecinco? ¿y los colegas de polígono? ¿es que nunca le han hablado de forma normal y entendible de la de toda la vida? ¿nadie le enseñó a respirar entre palabra y palabra? ¿toda una infancia llena de arobumbens y bibobomdons?

Si de verdad son bienaventurados los pobres de espíritu, aquí mi becario tiene que tener una Santísima Trinidad en cada huevo. Como poco.