Esta para María

Teo dice que se hace un lío entre los diarios que escribo ahora y los que transcribo de cuando era niño. Dice que debería poner fechas o algún párrafo que avisara, en plan "ojo que esto es pasado... ojo que esto es presente...." Yo le digo que para eso los pongo en dos colores, y él me dice que lo de las fechas es mejor idea, porque el gris no se distingue en blogger.
Tiene razón, claro, pero el problema es que mis diarios no tienen fecha. Todas las entradas desde hace diez años están fechadas con el día de la semana. Lunes: blablabla... Jueves: blablabla... sábado: blablabla y claro, así es complicado lo de organizarlos. Soy caótico, lo sé. Lo he sido siempre. Cuando hablo de mis diarios, uno se imagina una colección de libritos con tapas de piel y atados con una cintita cursi, pero no... en realidad son un puñado de papelotes amarillos, unos encima de otros y a mogollón, metidos en cajas de zapatos. Algunos no son ni cuadernos, sino simples grupos de hojas sueltas pilladas con una grapa.

Qué voy a hacerle. Era pequeño. Era pobre. Era un puto desastre, como ahora.

Bueno, hoy sigo con los diarios antiguos. A J. no le hará gracia que vuelva a escribirlos, así que pasado mañana tendré que ponerle mi cara de niño de comunión. Y él se reirá y me dirá "pero... será posible..."
No importa. Tengo que continuarlos. Se lo prometí a María.

***********************************

Al principio pregunto. Al principio espero. Apoyo la cabeza en la verja de la puerta y miro por el camino todos los coches que se acercan. Pasan semanas que hacen meses. Vuelve el calor y luego el frío. Cuando el árbol del patio pierde las hojas, entiendo por fin que ya no le traerán. Me muerdo el corazón, y recojo los restos de sus huellas. Los cuadernos de caligrafía. Los libros. El pomo que le golpeó la cabeza. La camiseta de queen. Empujo todo dentro de una bolsa y la tiro en el contenedor. Entierro otro fantasma. Adiós Calibán. Adiós Silvana. Adiós Maruk. No lloro ni me hago preguntas. Dejo de visitar la cama de Azîm por las noches. Dejo de leer Jim Botón. Dejo de escribir. Me olvido del mundo y el mundo vuelve a olvidarse de mí. Para cuando empieza la lluvia, ya soy un rastro leve y gris entre las paredes verdes del colegio y todos se han olvidado de que un día llegué. De que me dieron una paliza en el cuarto de las escobas. De que enseñaba a leer al chico retrasado de la litera B-12.

El director me llama a su despacho. Hace días que no quiero comer, así que arrastro los pies por el pasillo intentando no llegar nunca hasta la puerta. La celadora me tira del brazo, furiosa. "¡Venga hijo por dios! ¡pareces de chicle!". Me empuja dentro. El director está de pie, apoyado sobre el escritorio. Sentado en el sofá de las visitas, está mi padre. Me quedo muy quieto, bloqueado, en el centro de la habitación. No entiendo qué hace allí. Ambos me miran. Nicolás sonríe. "Hey chico...jejeje ¿qué tal te va?" No contesto. Miro al director, que se quita las gafas con gesto cansado. "Ariel, tu padre viene a verte. Os voy a dejar un rato que habléis y luego hablamos tú y yo ¿de acuerdo?". Sigo sin contestar. La puerta se cierra y nos dejan solos. Hace un gesto con la cabeza para que me siente a su lado. Yo retrocedo hasta apoyarme en la pared, sin separar mis ojos de los suyos. "Bueno, chico, dime. ¿Qué tal la mierda esta?". Saca un paquete de cigarrillos. Siento frío por dentro. Meto las manos en los bolsillos. El chasquido del mechero desbloquea mi cabeza. "No se puede fumar aquí." Enciende el pitillo y expulsa el humo con parsimonia. "No me digas..." Vuelve a sonreir. Da otra calada. Está extraño. El pelo más corto. La ropa limpia. La cara afeitada. Me fijo en sus uñas cortas y brillantes. "¿Por qué no estás en la cárcel?" Vuelve a mirarme, mientras suelta una pequeña risa entre volutas de humo. Resbala sus ojos azules en mí. "Joder, pareces un puto esqueleto...¿es que no te dan de comer estos gilipollas?". Me encojo un poco en el jersey. "¿Por qué no te han encerrado? ¿qué les dijiste de mí?" Vuelve a reirse mientras se levanta y se acerca a mí. Inclina su cabeza sobre la mía. Respiro su aliento de tabaco. "¿Y tú, chico? ¿qué les dijiste tú de mí?"