Muy, muy, muy cansado. He venido en el metro arrastrando los pies después de ocho horas trabajando yo solo con mi sombra, en un departamento devastado por las vacaciones de semana santa. Y debería ser genial, porque me han puesto un Mac nuevo que es la caña de España pero... como que ahora mismo no me motiva lo suficiente y lo cambiaría con gusto por un poquito de jack daniels, marijuana y algún que otro compañero en alguna de las veinte sillas vacías que me diera un poquito de conversación y me gritara eso de "¡¡deja de cantar Serlik pordiossssss!!".
Me he hecho el reconocimiento médico para el examen de conducir. Saber que oigo genial, veo estupendo, tengo una tensión magnífica y soy capaz de llevar dos puntitos por una carretera con mogollón de curvas me ha costado 40 euracos. Maldición maldita. La doctora me ha preguntado: "¿algún desequilibrio mental?" y yo he respondido: "pues en ello estamos..."
Me ha mirado con ojos de oveja. La hora de comer nunca es buen momento para ponerse graciosillo. Lo guardaré como apunte importante. Y creo que para el jueves ya lo habré olvidado, junto con todos los demás que he ido anotando a lo largo de los últimos cinco años. No sé si la dispersión mental se puede considerar desequilibro. A lo mejor debería habérselo preguntado a la mujer oveja.