No sé por qué me he despertado hoy pensando que tenía que continuar con los diarios. Tampoco sé por qué escribo, ni por qué dejo de escribir cuando llega el momento. Sólo sé que si tuviera que vivir de mis escritos me moriría de hambre, porque soy el tipo con la productividad más desordenada del mundo. Y que por suerte, o por desgracia... siempre me hago caso.
Ando preocupado porque ayer Tequila atacó a Tripi. Bufó, escupió e hizo ese chillidito tan majo que hacen los gatos cuando están cabreados. Por supuesto, el pequeño estaba por enmedio, aunque no llegué a averiguar cuál fue su papel exacto en toda la trifulca. Lo único que sé es que escuché el escándalo y ví a Peyote salir cagando leches por el pasillo (admirable la velocidad que puede alcanzar el minigato cuando se pone), mientras la gata se enfrentaba a Tripi hecha una furia. No entiendo qué le pasa. Temo que sus sentimientos maternales hacia Peyote le hayan vuelto un poco loca.
Jesús dice que son sucesos aleatorios y que no debo darles importancia. Que pasarán a medida que el pedogato vaya creciendo. Yo sufro por Tripi. Es mi favorito y no me gusta que nada ni nadie le amenace. Reconozco que me sale la vena de matrona italiana y que me gustaría agarrar una sartén y correr a Tequila por el pasillo al grito de "maledetta" mientras me sujeto el delantal de flores.
Vale... lo del delantal de flores era sólo gráfico ¿eh?********************************************
He cumplido un año más. Ha venido el verano. He sacado buenas notas. No estudio, pero leo y retengo. Lo retengo todo sólo con leerlo una vez. Sólo con vivirlo una vez. Mantengo ordenadas las estanterías de mi cabeza.
Me han devuelto a mi antiguo centro. El gato ha sobrevivido entre los jardines del patio, comiendo las sobras del comedor que cada noche le sacan los celadores. Se alegra de verme. Los demás chicos no. Aquellos que conocí, ya no me recuerdan. Salvo Teo el loco. Él sí me recuerda, aunque no lo demuestre. Aunque me ignore. Aunque me haya repudiado para siempre por haberle traicionado. Ahora sigue siendo la sombra que todos temen, pero ya no estoy bajo su ala, enseñándole a leer. Tampoco enseño a Maruk. Ya sólo estamos el gato y yo. Nos buscamos y nos saludamos chocando cada mañana nuestras cabezas. Ronronea sobre mis rodillas. Guardo mi ración de pan para dárselo mojado en leche por las noches. El gato es la única muestra de cariño que me permito. Para el resto del mundo, tengo el corazón muerto. Sin darme cuenta, me voy volviendo triste. La casa, la abuela Agra, Jim Boton... todo se vuelve seco y gris dentro de mí. Me he convertido en un crío que no volverá a ser crío.
Una vez por semana, viene Nicolás. Damos vueltas por el patio exterior, con las manos en los bolsillos. "El próximo día a ver si traigo algo de dinero y nos tomamos algo... mira que lo he pensado ¿eh? pero con esto del puto tren... ¿por qué coño tienen que poner estos sitios tan lejos?". Amontono la gravilla con la punta del pie. "No sé." "Sería más fácil si esto estuviera más cerca. Pierdo dos putas horas en venir, joder..." "Ya. Pues no vengas." Suelta risas al aire, levantando la barbilla hacia el cielo. "Jejeje, qué hijo de puta..." Me pasa el brazo por los hombros. "Las cosas van bien ¿eh? tengo un par de ideas para cuando nos den la pasta. Lo primero buscar una casa más grande ¿no?..." "No sé." Frunce el ceño. "No-sé-no-sé-no-sé. Pareces idiota, chaval..."
Me porto bien. No hago ruido. No me enfrento. No robo comida. No me escapo. Saco buenas notas. Pronto me volverán a dar permiso de salida. Miro los ojos transparentes de Nicolás. Podrían ser los ojos más bonitos del mundo.
"Tengo un par de ideas para cuando nos den la pasta..."
Pienso que debería aprovechar mi pase de salida para volver a juntar dinero.
Me han devuelto a mi antiguo centro. El gato ha sobrevivido entre los jardines del patio, comiendo las sobras del comedor que cada noche le sacan los celadores. Se alegra de verme. Los demás chicos no. Aquellos que conocí, ya no me recuerdan. Salvo Teo el loco. Él sí me recuerda, aunque no lo demuestre. Aunque me ignore. Aunque me haya repudiado para siempre por haberle traicionado. Ahora sigue siendo la sombra que todos temen, pero ya no estoy bajo su ala, enseñándole a leer. Tampoco enseño a Maruk. Ya sólo estamos el gato y yo. Nos buscamos y nos saludamos chocando cada mañana nuestras cabezas. Ronronea sobre mis rodillas. Guardo mi ración de pan para dárselo mojado en leche por las noches. El gato es la única muestra de cariño que me permito. Para el resto del mundo, tengo el corazón muerto. Sin darme cuenta, me voy volviendo triste. La casa, la abuela Agra, Jim Boton... todo se vuelve seco y gris dentro de mí. Me he convertido en un crío que no volverá a ser crío.
Una vez por semana, viene Nicolás. Damos vueltas por el patio exterior, con las manos en los bolsillos. "El próximo día a ver si traigo algo de dinero y nos tomamos algo... mira que lo he pensado ¿eh? pero con esto del puto tren... ¿por qué coño tienen que poner estos sitios tan lejos?". Amontono la gravilla con la punta del pie. "No sé." "Sería más fácil si esto estuviera más cerca. Pierdo dos putas horas en venir, joder..." "Ya. Pues no vengas." Suelta risas al aire, levantando la barbilla hacia el cielo. "Jejeje, qué hijo de puta..." Me pasa el brazo por los hombros. "Las cosas van bien ¿eh? tengo un par de ideas para cuando nos den la pasta. Lo primero buscar una casa más grande ¿no?..." "No sé." Frunce el ceño. "No-sé-no-sé-no-sé. Pareces idiota, chaval..."
Me porto bien. No hago ruido. No me enfrento. No robo comida. No me escapo. Saco buenas notas. Pronto me volverán a dar permiso de salida. Miro los ojos transparentes de Nicolás. Podrían ser los ojos más bonitos del mundo.
"Tengo un par de ideas para cuando nos den la pasta..."
Pienso que debería aprovechar mi pase de salida para volver a juntar dinero.