Mientras ves la peli, te cuento que soy un cabrón



Esa es mi guirnalda de cumpleaños oficial. La ariguirnalda. La compré hace tres años en un chino cutre y desde entonces, impepinablemente, la saco en cada cumpleaños y la cuelgo por la noche, con muchos globos alrededor, para que sea lo primero que el homenajeado vea cuando se despierte (aquí los globos no los pude pillar porque los gatos ya habían tirado cerca de media docena).
Lo que quizá pueda parecerte un gesto bonito, en realidad es una putada enorme. Porque puesto así enmedio, lógicamente tienes todas las papeletas de amanecer la mañana de tu cumpleaños masticando globos, con los picos de una M dentro del ojo. Y encima sin poder soltar maldiciones, ni cagarte en la madre de nadie, si no quieres parecer un grinch pedorro y desagradecido.

Es una de mis gamberradas de doble filo, pero hasta ahora siempre ha pasado desapercibida. Nunca nadie, a lo largo de estos tres años, ha sido capaz de decirme que me metiera la guirnalda por el ****. Y eso que no termino ahí ¿eh? Que luego pongo ojos de niño de comunión y digo eso de: "¿te gusta? ¿de verdad? venga, pues la dejamos ahí todo el día ¿vale?", obligando al pobre homenajeado a entrar y salir de su habitación durante toooodo un largo día, agachando y levantando el pescuezo cual vulgar estornino.

Pero nada macho... que nadie se me enfada. Tanto es así que me estoy planteando utilizar lo del niño de comunión para otros menesteres. Como... no sé... pedirte sexo o... decirle a Miguel que el fairy me produce dermatitis.

La segunda foto debería ser la de una dulce gatita que sube mimosa sobre el jersey de su amo y juguetea con la correa de la cámara, pero sólo es Juana Tequila metiéndose por enmedio de la ÚNICA toma que me salía bien centrada, para aplastarme el bazo y clavarme toda su zarpaza en la tetilla derecha.

Ya sabes. Cada persona tiene el gato que se merece. Ni más ni menos.

Yo... él... un poco de todo...

Estoy enfermo. Ahora sí. Tengo picos de fiebre, picos de dolor, picos de náuseas, picos de amor...

Llevo todo el día en la cama, envuelto en mantas y gatos. Mañana iré a ver a la doctora gordota y antipática del ambulatorio. Me preguntará qué me pasa sin levantar las gafas de los papeles. Yo le diré que me duele todo y que todo lo vomito. Y ella arrugará la nariz y me mirará con expresión de "en mis tiempos aún quedaban hombres..."

Hoy he visto a J. y el corazón se me ha hecho un poco más grande. Me ha dicho adiós con la mano cuando se iba. No dejaba de decir que iba hecho una facha porque tenía frío y se había puesto lo que más le abrigaba, pero yo sólo oía bla-ble-bli porque para mí estaba guapísimo, y me hubiera hecho tranquilamente una bandera con cada una de sus prendas de ropa, calcetines incluídos. Eso se llama "adoración absurda e incondicional". Soy todo un experto en ella.

J. es muy simpático. Sonríe mucho y pone caras divertidas. Me gusta mucho eso. Un amigo mío dice que lo más atractivo del mundo es una persona seria, y que por eso los sex-symbol van siempre de duros. Yo prefiero con diferencia las sonrisas de J. Creo que los hombres y las mujeres simpáticas alargan la vida, como las bayas Goji, porque proporcionan energía vital. Los serios y los quejicas la consumen.

No tengo nada de hambre. No paro de marear el caldo con la cuchara, mientras escribo esto. Mañana es el cumpleaños de Ana. Me he gastado mis últimos euros en una Nintendo DSI. Es el último cumpleaños que pasaré aquí con ella, así que tenía que elegir algo especial. Iba a preparar también una tarta, pero sólo de pensar en chocolate me vuelven las náuseas, y no quedaría nada elegante lo de escribir el happy birthday en el bizcocho con los jugos de mi páncreas.

Estoy asquerosamente enamorado. Maravillosamente enamorado. Pancreáticamente enamorado. Tchsk...

Esta mañana, despertando de uno de mis sueños febriles, he abierto los ojos y me he encontrado sentado en la cama de mi padre. En el viejo colchón sobre el suelo, tal y como estaba entonces. Hasta he visto las paredes amarillentas, las sábanas rojas arrugadas y su paquete de ducados con el zippo sobre el suelo. Me he asustado mucho. Mucho. He parpadeado varias veces y por fin he vuelto a estar en mi cama naranja, con los gatos y mis paredes blancas, normales y aburridas.
Doy gracias a los dioses de las alucinaciones por haberme traído sólo la visión del viejo colchón. Si llega a aparecer mi padre entrando por la puerta, a estas alturas estaría ya escribiendo a Iker Jiménez en busca de un buen exorcismo con cuatro kilos de ajos y muchos litros de agua bendita.

Me pregunto si es algún mensajito de mi subconsciente relacionado con los viejos diarios pendientes.

No sé si quiero que llegue el domingo

He pasado los análisis de sangre con notable alto. Poco a poco, me recupero. Como ya no puedo meterme más química, ahora me he pasado a la botánica. Todos los días mastico semillas de lino con queso quark y veinte bayas goji. Y me bebo litro y medio de una especie de mejunje amarronado biológico que sabe a pedo rancio y que refuerza el sistema inmunológico.
Soy un descreído de los folletitos de herbolario, pero lo cierto es que ahora mismo me rindo a la evidencia. Todas las porquerías que me recomendó el dietista hippie están funcionando. Las bayas goji me tienen de mucho, muchísimo mejor humor. Las semillas de lino me mantienen las articulaciones en forma, y el mejunje amarronado que sabe a pedo rancio ha conseguido que el gripazo en ciernes, se haya quedado en una sola noche de escalofrío. Al final tendré que regalarle un ramo de berenjenas en agradecimiento.

Ando un poco asustado estos días, aunque sean buenos para mí, porque J. no está bien. Está triste, negativo y cerrado. Y me preocupa porque cuando él rueda, incluso sin querer, me atrapa y tira de mí hacia abajo. Y allá que me voy con él, a hacerme añicos con las piedras del fondo. Y me acojona, claro. Me acojona porque me gusta estar aquí arriba. Arriba del todo. Donde se ve el cielo y se respira. Aquí donde cualquier cosa puede salir bien.

Pienso que siempre he estado un poco enamorado de Cristina Rosenvinge. Tenía que habérselo dicho a Ana el otro día. Hubiera sido un 1-0 para ella en nuestra contienda sobre las pitovoces del panorama musical español. Estoy seguro que Ana jamás hubiera aceptado que Cristina no es ñoña, sino simplemente sexy.
Todas las ñoñas creen que son sexys, pero ninguna lo es. Craso error en el campo de la seducción femenina, también aplicable a los homosexuales (MÁS aplicable a los homosexuales).

No me gusta la gente ñoña. De ningún género. De ningún sexo. De ninguna categoría. De ningún nada.

Porque yo lo valgo

Esta tarde tengo que ir con mi Jefe al curso de mandos. Me pidió por favor que me pusiera traje, porque iba a estar el Señor Presidente y no era cuestión de recibirle con una camiseta del Pato Donald. Y lo dijo literalmente, ojo. Incluso aunque lo del pato sólo lo hice UNA VEZ.
El caso es que ayer por la tarde le pedí un traje a Miguel y me lo probé. Imposible describir la pinta que tenía. Ridículo. Penoso. Como uno de esos titís que disfrazan para pedir limosna al compás de una pandereta. Pero bueno, aún así, anoche lo volví a dejar en la percha de la puerta y pensé "Acuérdate, Ariel... mañana traje. Acuérdate, acuérdate, acuérdate..."
Y luego ha transcurrido tooooooooooda una noche amenizada por el celo de Juana Tequila. Y entre pichíus-pichíus (porque tengo la única gata en el mundo mundial que maúlla como un canario) me he levantado ochenta veces para cogerla, meterla en la cama, arroparla y calmarla, haciendo que en total haya logrado dormir... no sé... unos treinta minutos. Así que esta mañana, mientras miraba el armario con ojos de carabinero estrábico, pensaba ... "ay... ¿de qué me tenía que acordar hoy? ah... de llevarme los guantes de la moto."

Y eso. Que con los guantes de la moto estrecharé después la mano del Señor Presidente de la compañía. Y con pantalones comando, camiseta looney toons y zapatillas converse berenjena-pasión.

Mientras mi jefe me miraba esta mañana desde su mesa con expresión de pánico incontrolado, lo único que he podido hacer para salvar la situación, mi reputación y mis posibilidades de ascenso en esta empresa, ha sido señalarme el pato lucas del pecho y decir "No es el pato Donald, Sr. Roldan ¿eh?"

No sé por qué intuyo que el asunto de los cuatro mil folios pendientes va a empezar a pasar a un segundo plano...

El Ebro nace en Fontibre...

Me estoy poniendo malo por momentos. No malo de maldades, no... de eso ya lo era antes. Malo de malura, de ayquedaño, de coj-coj. Tres capas de jerseys encima del pijama y todavía tengo frío. Creo que el San Pascual Bailón ese se ha enfadado por tratarle ayer con irreverencia y me ha mandado una maldición. Una maldición de santo. Podría quedarme mañana en la cama disfrutando de la fiebre, pero no puedo subir a las cincomil hojas pendientes de maquetar. La cocopecosa sexy pensaría que soy un inútil, y por ahora, tengo bastante solo con aparentárselo.

Susto de muerte el de anoche cuando J. comentó lo de irse a vivir a Zaragoza. Se me cayeron el alma y las castañas a los pies. Zaragoza. Demonios... Zaragoza... no Móstoles o Getafe, no... ¡Zaragoza! Y que vale, que sí. Que yo le sigo donde haga falta. Que si tengo que ir a una ciudad que se cruza en triciclo, voy. Qué remedio. No me cargué un erasmus en París para terminar viviendo a 600 kilómetros de sus orejas. Pero... juro por los niños jesuses del mundo que intentando reunir una lista de cosas a favor de vivir en Zaragoza, sólo encontré una: las frutas de aragón. Y esas las compro en un sabeco de Parla.

Bueno, que no cunda el pánico. Madrid todavía nos sujeta. Aleluya, aleluya y pan de Madagascar...

Juana Tequila está en celo. Pasea de acá para allá chillando y enseñándome el culo como una corista del Moulin Rouge (aunque algo más peluda). Por las noches es una pesadilla, pero yo la arropo y me aguanto, porque la culpa es mía por ser un dueño cutre y pedorro que no dispone de los 250 euros que cuesta castrarla. Leí en un libro de veterinaria, que se puede introducir un bastoncillo de algodón en la vagina de las gatas en celo, para que ovulen y terminen el ciclo, pero quien escribió eso claramente no conocía a Juana Tequila. Si para cortarle las uñas hace falta ser valiente, para hacer espeleología en sus gónadas habría que ser... no sé... ¿Batman?

Santos, Vírgenes y Benita

Me he comprado un cucuruchón king-size de castañas asadas y llevo todo el día crunchi-cronchi, para ver si los hidratos me quitan la perrería. Preferiría palmeras de chocolate, pero temo que el coma hepático termine nublando la alegría de las energías recobradas, así que... por ahora castañas y chuto.

Mientras esperaba a que me rellenara el cucuruchón, la señora del puesto, que se llama Benita, tiene un hijo en los Agustinos, juanetes en los pies y una cuñada en Torrehermosa con la que no se habla (hay que ver lo que dan de sí 30 castañas...), me ha estado dando toda una clase teórica sobre ritos y costumbres católicas de ayer y de hoy. Por ejemplo... hay una oración a una vírgen de nosequésitio, que si la rezas debidamente todos los viernes del mes, salvas un ánima del purgatorio. Y hay otra oración para San Pascual Bailón, que si la rezas un año completo, él te avisará de tu muerte tres días antes de que esta ocurra (el porqué se llama así un santo con tan poca gracia, es para mí un misterio insondable).

Todo eso me lo ha contado la señora Benita en un tono muy bajito y confidencial, como si estuviera desvelándome las claves del asesinato de Jimmy Hoffa, así que he intentado poner cara de mucho interés con toque trágico, mientras empezaba a masticar las castañas de mi cucuruchón. Sin embargo, es cantidad de complicado poner cara de interés con toque trágico cuando tienes los mofletes llenos de castañas, así que al final he parecido más un oso panda comiendo bambú, que un chico emocionado con los vaticinios de un santo agorero.

Temo que a la señora Benita no le hayan quedado muchas ganas de hacerme confidencias religiosas en el futuro. Una lástima. Tenía la esperanza de que fuera ella la que rezara a la vírgen de nosequésitio para salvar mi ánima del purgatorio, cuando me de lo del coma hepático por las palmeras que seguro me comeré mañana.

Mh... ñoñerías y feromonas

Qué sueño... qué cansancio... qué perrería... Semana de biorritmos hacia abajo. Ya he acumulado cuatro mil hojas de trabajo pendiente. Alguien debería ponerme una banda de colorines y esparcir confetti por ahí, como si fuera el turista un millón. Aunque como no espabile y despierte del letargo, me temo que el esparcido por ahí, voy a ser yo.

Hoy ha venido una chica nueva de prácticas. No es guapa, ni especialmente simpática, ni forma eses con las caderas, ni... nada, pero la miro y me enciendo como un farolillo chino. No sé distinguir bien por qué. Me gustan sus antebrazos redonditos, su olor a coco y sus pecas en la nariz. Creo que sufro algún tipo de cortocircuito sexual, o algo así. Se lo he dicho a mi compañera, pensando que ella como chica podría entenderlo, pero se ha limitado a abrir mucho los ojos y decir "¿ESA VACA te gusta?".

Apunte mental de hoy: no hablar jamás de chicas con una chica.

Hasta el viernes que se vaya la cocopecosa, voy a tener que reubicar mis cachivaches en otro lado, porque ahora la tengo justo enfrente y cada vez que cruzamos los ojos, me voy coloreando y descoloreando como un neón de puticlub. Tengo miedo que con tanto encendido y apagado, me entre un shock circulatorio, y termine mis días con un tonillo anaranjado permanente, tipo David Meca. Ya soy bastante esperpéntico yo solito, con mis calcetines de rinocerontes.

Reapunte mental de hoy: Mi vida está bastante llena de espantapájaros. Humanos por fuera, monigotes por dentro. Y engañan ¿eh? engañan muuuuuuuy bien...

Musas del pito-pop

En estos momentos llevo una camisa gigante de rayas azules arremangada, unos pantalones de pijama azul y unos calcetines con rinocerontes. Soy como un dibujo animado de mí mismo. Un dibujo animado sin espejos, claro...

Sigo en el mismo formato-pack-ariel de la semana pasada. Días de mucho trabajo, y noches de perrería absoluta. Acabo de pelearme con Ana, por culpa de Shakira y su transformación en loba superpop. Según parece, lo del aullidito, la letra idiota y la chorradita sincopada de pseudobritney, le ha gustado a todo el mundo menos a mí. Ana dice que lo que pasa es que critico todo sistemáticamente, porque soy un misógino del pop. No es verdad. Yo babeaba con Shakira. Habré tenido unos 250.348 sueños húmedos con sus caderas argelinas y el gorjeo sexy de su voz. Por eso cuando la veo hacer el idiota con esa mierdecilla de canción, mataría un poco a su asesor de imagen. Y lo llaman evolución. ¿Evolución a qué? ¿de gata salvaje a gallina choni?

Sea como fuere, Ana sigue teniendo un gusto exquisito en lo que a darme por culo se refiere cuando me pongo cabezón discutiendo. Obviamente está mucho mejor preparada que yo para las venganzas sutiles. De hecho, está haciéndome disfrutar, como quien no quiere la cosa, de todo el hit-parade de voces pito-pop nacionales, mientras escribo este post. En estos momentos, Raquel del Rosario chillando su "esta soy yo". Hace unos segundos, Nena Daconte, gimoteando su "En qué estrella estará". Próximamente... qué se yo... ¿aún más terror? ¿Merche?

Vale, no pasa nada, Ari. Eres budista. Eres zen. Buen rollito. Además piensa que podría ser peor. Recuerda que todavía pulula por ahí Marta Sánchez autoconvencidísima de que puede cantar godspell.

Mi último apunte para ti antes de irme a la cama

En uno de los capítulos de la serie tonta esa que me estoy tragando, un hombre dice "Hay mujeres preciosas en Nueva York, pero al final siempre terminas con la que más te hace reir". Creo que es una verdad absoluta porque yo sólo quiero estar con quien más me hace reir. Eres tú, por si no lo sabías. ¿Te acuerdas de los podcast? tú hablabas, pero yo sólo reía compulsivamente como una comadreja esquizofrénica. Pues eso. Que me alegro de que en ese sentido no hayamos cambiado nada.

Buenas noches. Se te quiere.

Joder si se te quiere... buf...

Vaqueros y gñigñi

Tengo mucho trabajo. Mucho, mucho trabajo. La gente normal cuando se sobrecarga de trabajo hace veinte cosas a la vez, resopla, se queja, y cría úlceras de estómago. Yo, simplemente, me bloqueo. Pongo cara de besugo y me quedo en trance mirando como se van acumulando los papeles en la mesa, mientras emito un pequeño ruidillo, parecido al que hacen los hamsters cuando tienen miedo. Algo como gñigñigñi...
Llevo exactamente cuatro días de gñigñigñi. Me han estado entregando tres manuales por día. Eso son doce manuales. Tres mil seiscientas páginas nuevas que tengo que maquetar. He pensado que cuando llegue a cuatro mil, las echaré en la destructora de papel y luego saltaré dentro.

Quería haber vuelto a la vaguada para comprarme los vaqueros perfectos en la tienda perfecta con el dependiente perfecto, pero como llevaba el reloj pegado al culo por exceso de trabajo, sólo he podido volver al H&M a probarme los squik-split-spink o como coño se llamen, con la peor categoría de dependiente que me podía haber tocado: el sincero. Ese que te mira con cara de asco y dice "buf... es que ese modelo le va mejor a un chico más alto..."
Me hubiera gustado colgarle los squik-split-spink del piercing del belfo, pero me hubiera faltado longitud de pierna para correr lo suficientemente rápido, y no estoy ahora como para perder otra muela.

Lo del vaquero perfecto, empieza a parecerme la piedra filosofal. He leído en nosedónde, que en Nueva York hay máquinas expendedoras de Levi's 501, dónde metes el dinero, introduces tus medidas y pim-pam-pum, te sale el vaquero por el otro lado. Fascinante ¿no? al menos para el que esté bien hecho. Yo estoy seguro de que terminaría con ocho vaqueros en cada brazo y dando golpecitos al cristal de la máquina diciendo "¿oigaaaa? ¿hay alguien ahí dentro? que a estos también les sobra piernaaaa..."

Qué difícil es escribir con el gato en las rodillas

He ido a cortarme el pelo. Me lo ha cortado otra vez el peluquero cubano de Princesa. Siempre intento huir de él como Jonás de la ballena y él siempre me encuentra. No importa que me oculte detrás de una revista. Aunque me escondiera detrás del kiosco entero, me localizaría igual. Tiene un radar especial para arieles acojonados, o algo así. Entre por donde entre, y me esconda donde me esconda, siempre viene caminando desde el fondo de la peluquería a grandes zancadas y gritando "Abel shiiiico ¡te cojo ahora misssshmo! ¡hoy te lo corto desssshfilado que esh lo que she lleva. Y alisssshamos como Ssshak Efron... ¿eh?". Y yo digo que no-que no, y él dice que sí-que sí. Y yo digo que sólo cortar, y él dice que también peinar. Y yo digo que no llevo suficiente y él dice que invita la casa-Abel. Y yo digo que me llamo Ariel y él dice que claro, que Abel, que eso es lo que ha dicho.
Y yo me rindo, porque eso es lo que hacen los Abeles del mundo. Rendirse y dejarse alisar los rizos por peluqueros cubanos con radares cósmicos.

Y nada, pues eso. Que así estoy yo sin ti, mientras escribo esto sentado al ordenador. Como una especie de híbrido mestizo resultante del cruce entre Ssshak Efron, Andy Gibb y un lego de star wars.

No sé si podrás soportar tanto sexy.

Un recuerdo, dos, tres...

Encontré algunas de las cartas que nos habíamos escrito J. y yo hace cinco años. Me dió un bajón tonto de melancolía. A este paso, tendré ochenta tacos y seguiré con mis amarillentos papelotes chorras y mis bajones meláncolicos. Una mierda, vaya. Sobre todo porque yo quiero ser un James Bond duro, impertérrito, frío y calculador, y a lo máximo que llego por ahora es a Espinete ñoño, blandengue, pedorro y mariquita.

Todos los días miro la página del segundamano buscando anuncios de gatos/perros ciegos, cojos, mancos o feos para acoger. No sé por qué demonios hago eso, porque no tengo ni dinero ni sitio para acogerlos (de hecho no tengo ni sitio para acogerme a mí mismo), pero no puedo evitarlo. Si todo el mundo tiene una obsesión idiota, la mía son los animales tullidos. Miguel dice que es paternalismo frustrado porque nunca tendré hijos. Yo le digo que no. Que sólo es un trauma infantil. Y le cuento la historia del parto de mi gata Fiora y mis seis años. Los gatitos mínimos como ratones, apelotonados alrededor de la madre y mi abuelo, metiéndolos con parsimonia uno a uno en una bolsa, y caminando hacia el establo, apoyado en la garrota. Una bolsa de gatos diminutos que se revuelven y chillan. Yo detrás de las piernas de mi abuelo, fascinado con el vaivén de la bolsa de gatos en su mano derecha. "¿A dónde van los gatos, nonno? ¿a dónde los llevas?" Mi abuelo que se para junto al murete, escupe un taco y golpea la bolsa contra la piedra. Un golpe seco. Tomp. El ruido de los maullidos frena de golpe. Nada. Sólo el crujido de mis pies sobre la paja, y nada más. Silencio ensordecedor y la bolsa que se va tiñendo de rojo, muy poco a poco. Y yo quedo allí. Muy quieto. Con los ojos muy abiertos fijos en la bolsa roja y muda.

Ya no puedo masticarte

Ayer me di contra la puerta del armario de la cocina. Ese armario del que Miguel siempre me dice "No dejes la puerta abierta que te vas a dar" y con el que yo siempre respondo "Que sí, joder ¿te crees que soy tonto?"

Pues eso. Que como tenía la boca abierta para el tecreesquesoytonto, me hinqué el pico en la muela y me la partí. Crojs. Media muela a tomar viento. Miguel no daba crédito. Sólo abría mucho los ojos y daba vueltas por la cocina agitando los brazos y diciendo "no puedo creerlo-no puedo creerlo...", mientras yo espurrutaba sangrecilla sobre las tostadas como un vulgar bote de ketchup. Aún así fue bueno conmigo. Me acompañó al dentista sin reírse y sin decir ni una sola vez "ya te lo advertí". Tampoco hacía falta que lo hiciera. No me había sentido tan gilipollas desde aquella vez que se me olvidó poner el peinecillo a la maquinilla y me afeité el cráneo al cero.
Quinientos euros por una muela de mentira. Quinientos. Porque resulta que las mías no tienen raiz y no se pueden reconstruir. El dentista miraba las radiografías una y otra vez y repetía "no puedo creerlo-no puedo creerlo..." Así que ayer fue el día de las incredulidades y yo no soy sólo un gilipollas. Soy un gilipollas con muelas de leche.

Ahora tengo medio labio hinchado y morado, y todos por la oficina me miran como diciendo "era de esperar que algún día alguien le partiera la boca..."

A lo mejor ha sido otra vez mi kharma chungo por haber llamado bola al gato. Al final tendré que plantearme lo de ser políticamente correcto, si quiero llegar entero al 2011.

Pepe Tripi y el círculo perfecto

Bueno... mi preocupación idiota de esta semana es la obesidad mórbida de mi gato Tripi. Ha pasado de animalito gordito y mono a bolón peludo en cuestión de dos meses. Y aunque J. dice que es normal que los gatos en invierno coman más y se hinchen un poco, lo cierto es que ya no puedo sostenerle en brazos sin que se me atomaten un poco las orejas. Creo que a este paso, tendré que llevarle al veterinario en un taca-taca.
Soy flaco. No tengo experiencia en adelgazamientos. Supongo que por eso todos mis intentos por reducir grasa gatuna están siendo un fracaso. La comida light ni la mira. Los juguetitos para que corra, corren solos. Las golosinas en alto para que salte, se momifican en la encimera. ¿Qué más opciones me quedan? ¿inscribirle en un gimnasio? ¿apuntarle a un cursillo de padel? ¿atarle a una vibromax?
No hay salida, así están las cosas. Yo me desespero y él ignora mi preocupación expandiendo su panzón en el pasillo con expresión de "pasa tio, soy una bola feliz".
Y lo peor no es el presente, incluso a pesar de su afición a dormir encima de mi estómago (ya me voy acostumbrando a lo de no respirar por las noches). Lo que me asusta es el verano. Agosto. Los 39º a la sombra de esta casa. Que me veo haciéndole sitio en el frigo, entre los guisantes y las oscar mayer.

Juana Tequila come ocho veces más que él y está perfecta. Es lo que tiene lo de arrasar. Que quema muchas calorías.

Hace mucho que no te escribo

He elegido una mala noche para que te helaras conmigo en la terraza. Creo que estábamos a bajo cero y yo me he perdido un poco en el vaho que salía de tu respiración. En el vaho y en tus dedos largos. Quería decirte muchas cosas y luego ya ves. Nisiquiera podía pronunciar las enes, que no me respondían ni los carrillos con tanto frío.
Quería decirte que cada día me relaciono con mucha gente y nunca encuentro a nadie como tú. Fíjate... resulta que no tienes igual. Y eso siempre me ha parecido cantidad de raro, porque todo el mundo tiene un igual. Una etiqueta. Una bolsa en la que meterse. Esa es la verdadera razón del triunfo de las redes sociales. También era eso lo que quería decirte esta tarde cuando hemos empezado ese debate sobre facebook-sí / facebook-no. Quería explicarte que tú y yo no podríamos nunca estar metidos en una red social con 344 amigos registrados. Ni hacer quedadas. Ni pertenecer a grupos de interés. Nunca. Porque somos raros. ¿Tú ves que somos raros? No es sólo lo que decías sobre mi pánico fóbico a que me localicen y controlen (aunque sea cierto que sigo siendo el chico fugado que duerme en el fotomatón de los mostenses), ni tampoco es tu pereza para relacionarte con el mundo. Es algo más. Algo que nos sale de dentro y nos une, cuanto más nos separa del resto.
Quería decirte que estoy contento de que nos hayamos encontrado, los dos. Tan raros. Y que no te fallaré.

La genialidad de mi viernes

Tres semanas desde que la novia de Miguel se instaló aquí. Tres semanas compartiendo armario y estantería de baño con Ana. Hay muchas señales que indican que vas sobrando en una casa, y desde luego, una de ellas es perder tu estantería del baño. Ya no por el efecto psicológico que conlleva, sino simplemente por la cuestión logística. Alguien que se levanta con los ojos pegados, como un servidor, y que no empieza a ser persona hasta el segundo colacao, corre serios riesgos si hay una niña de quince años cambiando cosas de sitio, en su estante compartido.
Por ejemplo, pensar que se está duchando con gel de machote cuando en realidad acaba de perfumarse con jazmín blanco como una vulgar mariquita de discobar.
Por ejemplo, creer que acaba de untarse con una loción de esas de anuncio de pectorales marcados y muchas chicas, cuando en realidad, lo ha hecho con una de muchas chicas y punto.
Por ejemplo, creer que se está poniendo su chaqueta de Springfield cuando en realidad se está poniendo una trenca talla 38 de joven-ella El Corte Inglés.
Por ejemplo, en definitiva, perder entre las siete y las ocho de la mañana, el poco, poquísimo orgullo masculino que le queda a estas alturas de la vida, sin nisiquiera poder rectificar sobre sus errores gracias a que (de nuevo) cae sobre ellos 45 minutos más tarde de lo que caería cualquier otro.

Y aquí ando. Escribiendo esto, mientras apesto a jazmín, rosa salvaje y alguna cosa más cuyo nombre no quiero saber. Con la trenca joven-ella colgando de la percha de mi trabajo e intentando huir del pensamiento devastador, espantoso, aniquilador y terrible de que he logrado encajar mi cuerpo en la talla 38 de una trenca Naf-Naf.

Que sigue nevando

Que no deja de nevar. Que lleva toda la mañana. Que cada vez que miro las converse al final de mi pierna chunga, se me pone el escroto más hacia Lugo. Que todo esto es muy bonito cuando lo estás mirando desde la ventana de una cabañita de madera en Aspen, pero que no tiene ni puñetera gracia en una ciudad como Madrid, donde la infraestructura está planeada al detalle para que tengan que venir los bomberos a desincrustarte los dientes de la acera, con cada mal paso. Y no sé por qué ¿eh? a no ser que se trate de algún tipo de criba para quitarse del censo tontos, ancianos, ciegos y tullidos, no entiendo por qué. Mucha villa olímpica, mucha corazonada y mucho alcalde cortando cinta y sin embargo estamos hasta las orejas de socavones, de obras para arreglar las obras que dejaron otras obras que arreglaban las anteriores obras, de aceras en cuesta abajo con baldosa lisa, y de asfalto tatuado de pintura pisa-y-muere. ¿Y por qué soy consciente de todo eso? pues porque soy motorista, excojo y torpe. Las tres razas kamikaze de la ciudad, fundidas en un sólo hombre. La personificación de la hostia perfecta.

En estos momentos necesito algo que no tengo para salir de aquí y regresar sano y salvo a casa. No sé el qué. Las botas de Jeremias Johnson. Una rodilla de repuesto. Un superhéroe de los que vuelan y llevan paraguas.

Bueno, sí... esto último quedaría algo raro...

De lo malo y lo peor

Me regalaron tres pijamas. Uno azul, otro rojo y otro verde. Todos con dibujos imposibles. No uso pijama para dormir, pero suelo ir por la casa hecho un mamarracho, así que mis tres pijamas de dibujos imposibles no van muy desencaminados. También me regalaron una máquina para hacer palomitas y una lámpara roja de cristal. Es la típica lámpara que usas para hacer sexo. La que enciendes cuando es momento de apagar todas las demás. La he dejado en la repisa que hay sobre mi cama. A su lado, cuidadosamente, he colocado la máquina de palomitas. Viendo todo el conjunto me doy cuenta de que soy un personaje peculiar. Me he imaginado acostándome con alquien a quien le tuviera que quitar un pijama de ositos verdes, para hacerle el amor bajo una luz de puticlub, después de compartir un cuenco de palomitas en el preorgasmo. Casi me han entrado ganas de llorar. No estoy seguro de poder encajar nunca con nadie. De verdad... no lo estoy.

Le regalé a Ana el juego de diablo II lord of destruction, pero no fuí capaz de instalárselo. Windows Vista daba errores por todas partes, en todos los idiomas, menos en el mío. Al final, después de cinco horas de lucha, y alguna lágrima de impotencia, lo dejé instalado. Solo que no fuí yo. Fué un tal Alonso del servicio técnico de Blizzard. Amable, paciente y simpático donde los haya. Me pidió mi teléfono personal y me llamó directamente para ayudarme en la instalación sin que hubiera gasto por mi parte. En algún momento tuve la extraña sensación de que me estaba ligando. Se me disparó la alarma de las situaciones absurdas, y le dije que ese era el número de mi padre. Él frenó el cortejo en seco. No sé por qué le dije esa gilipollez. De hecho...hubiera bastado con explicarle lo del pijama verde, la lámpara roja y las palomitas.

Me siento feo, pequeño, ridículo e inútil. No tendría que haberme levantado hoy. A la mierda la monarquía.

Noche de magia y Tanagel

Llevo todo el día de hoy con el estómago hecho un higo. Como si en mi bajo vientre se estuviera librando la guerra de los cien años. Es el castigo de mi kharma chungo, por haberme choteado del becario y su barabumben. Bueno... el kharma chungo y quizá los seis trozos de roscón con nata que me zampé anoche, después de soltar mi famosa frase de todos los años: "A mí es que con nata me empalaga mucho..."

Allá va mi carta de Reyes Magos:
1. Quiero un gato naranja.
2. Quiero una caja de responsabilidad para terminar el libro antes de que el roscón me mate.
3. Quiero a un Jota vestido sólo con vaqueros y una bolsita de marihuana entre los dientes.
4. Quiero que la marihuana sea white window y el vaquero de botones.
5. Quiero que los próximos diarios en gris no se me claven en ningún sitio.
6. Quiero un minidarvader de cuerda que he visto en una tienda de chorradas para subnormales como yo.
7. Quiero ocho horas de sexo con Asia Argento (total... por pedir...).
8. Quiero que María se emborrache conmigo y brinde por Los Ramones y las remolachas.
9. Quiero alcanzar la inmortalidad a base de no morirme, como Woody Allen.
10. Quiero que me pongan al Teo como estaba antes. Con su mala hostia, su ketejodan y sus doc martens.

Bueno, y ahora me voy a comer roscón. Pero poquito, que a mí con nata me empalaga mucho.

Se va por la barranquilla

Mañana termina el becario. Dice que me echará de menos. Tiene que ser mentira, porque a su lado he sido lo más parecido a un perchero en cuanto a simpatía y conversación. No he tenido posibilidades de más. Es, con diferencia, el ser humano más corto que he conocido en toda mi vida. Todo este tiempo se ha limitado a contarme historias y yo a asentir con la cabeza. En realidad, nunca entiendo lo que me cuenta, porque no separa las sílabas, no pronuncia las eles, ni las eses, y no hace pausas en las frases. Sus conversaciones son como interminables mantras satánicos separados por veinte o treinta "¿mentiéndeh?" intercalados.
O sea, que mientras él cree que me explica lo genial que es Spanish Movie, yo escucho: arobumben-mentiéndeh-bibobomdon-mentiéndeh, todo ello acompañado por un extraño balanceo de brazos a derecha e izquierda, como el que hacen los niños y los chimpancés.
Y al principio me molestaba en preguntar y decirle "perdona, no te he entendido..." pero después de escuchar tres veces de nuevo el arobumben-mentiéndeh-bibobomdon-mentiéndeh, ya terminé optando por sonreír y decir "aaah... claro, claro..." y seguir a lo mío. Y esa ha sido la historia de nuestra comunicación durante todos estos meses. De arombumben a bibodomdon, pasando por mentiéndeh.

No entiendo por qué no sabe hablar. Tiene dos años menos que yo. Vale que no tiene por qué gustarle leer ni tiene por qué tener vocabulario pero... ¿y los padres? ¿y los profesores? ¿y los realitys de telecinco? ¿y los colegas de polígono? ¿es que nunca le han hablado de forma normal y entendible de la de toda la vida? ¿nadie le enseñó a respirar entre palabra y palabra? ¿toda una infancia llena de arobumbens y bibobomdons?

Si de verdad son bienaventurados los pobres de espíritu, aquí mi becario tiene que tener una Santísima Trinidad en cada huevo. Como poco.

Portatileando y matando penas

Le regalé a Ana todas las temporadas de Sexo en Nueva York. Ahora me las veo con ella, todas las tardes debajo de las mantas. Podemos tragarnos doce capítulos seguidos sin que nos dé un coma cerebral. El problema es que ella tiene quince años y es una chica. Yo no puedo agarrarme a ninguna de las dos excusas. Creo que en el futuro, cuando tenga que explicar al psiquiatra de penales porqué terminé mis días travestido de Dolly Parton y asesinando a la cajera del sabeco con un chopped pavofrío, lo de consumir teleseries idiotas será una de las cuestiones más interesantes a destripar en la lista de mis tendencias suicidas obsesivo-compulsivas.

Y eso. Que otra más. Junto con Friends, Como conocí a vuestra madre, Padre de familia, House, Caso Abierto y Malcolm in the middle hacen siete. Creo que aún puedo llegar a doce sin despeinarme. Miedo me da cuál puede ser la próxima. Espero que por lo menos sea algo que me mantenga la virilidad un poco más a salvo. Como por ejemplo... no sé... Candy, Candy.

De dioses y monstruos

He recibido un montón de sms navideños deseándome felices fiestas. Uno fue escrito pensando de verdad en mí. Los demás eran la típica felicitación que envías a toda tu agenda, limitándote a cambiar el nombre en cada caso (o ni eso). Son detalles bonitos pero automáticos, aunque no deberíamos dejar que "bonito" y "automático" formaran parte de una misma frase. Yo me voy volviendo desastroso según crezco. Algo parecido a un Mr. Scrooge que no podrá soportar un solo dorado más, o una sola frasecita de buen rollito paz-amor. Hasta el diciembre del 2022 estaré saturado de celebraciones, de copas de empresa y de papás noeles de gomaespuma subiendo por las terrazas. Eso por no contar con la horripilenda moda de los niños jesuses satánicos en manterolas rojas y doradas colgando de los balcones. Como si los católicos no tuvieran ya suficiente kistch con el look del Papa.

Una vez le dije a J. que teníamos que fundar una religión. Que él podría ser el sacerdote y yo la reencarnación de la deidad en la tierra (con dos cojones). Reinventarnos un ritual de misa, un libro sagrado con las diez tonterías de rigor, unos cuantos feligreses de esos que no piensan (o sea como todos) y hala... a sacar pasta prometiendo chorradas para después de muertos. Al fin y al cabo es el negocio perfecto porque luego nadie puede venir a reclamarte por incumplimiento de contrato (ahí reside el verdadero secreto de toda religión). Él se lo pensó unos segundos y luego dijo "Vale, pero yo quiero llevar un gorrito divertido como el Papa".

Entonces la reencarnación de la deida en la tierra con-dos-cojones, se descojonó y adiós proyecto.

Me ha saltado aceite hirviendo, mientras hacía el ragout. Ahora tengo una mancha rosa en el antebrazo con forma de Norteamérica, Bahamas incluídas. Mola todo. Y duele de demonios. Cocinando soy como un pingüino ciego. Milagro que no me haya saltado a las narices. Un día de estos, todo yo me convertiré en un mapamundi sonrosado con pijama y pantuflas.

Caro diario...

Dice J. que hay una luna redonda e inmensa pero yo no la veo desde ninguna ventana. Me inclino por la baranda de la terraza hasta casi descoyuntarme la espalda, pero aún así... no puedo verla. Sólo un reflejo de luz en el borde de un cielo bajo cero. Un cielo bastante cinematográfico para ser el primero de este año.
No hay demasiados cambios desde el asqueroso 2009 hasta el (todavía) prometedor 2010. Eso son buenas noticias a medias. Las piernas me aguantan 45 minutos diarios de elíptica a nivel 4. Los abdominales me soportan 100 flexiones. Los brazos resisten el embite de las pesas del 5. Poco a poco me reencuentro con mi cuerpo. Lo voy sacando del pellejo extraño e irreconocible que era. Poco a poco. Más despacio de lo que había planeado allá por enero del 2009. Desventajas de ver siempre el vaso medio lleno.
Hace cuatro meses que tenía que haber entregado el libro a la editorial y todavía ando corrigiéndolo. Que mal se me dan las planificaciones, coño. Voy a tener que vivir toda mi existencia como si fuera un estornudo o no seré capaz de salir de ningún sitio (debería apuntar eso como propósito de año nuevo).
Mh... ¿y qué más? J. sigue siendo el único. El primero, el último, el insuperable. Se supone que la química saturada del amor dura unos tres meses. Noventa días para que tu pareja pase de ser del más especial al más corriente. Del más listo al más prepotente. Del mejor cocinero al que todo lo quema. Del más ocurrente, al peor de los payasos. Pero yo ya voy para cinco años colgado del más listo, el más especial, el más ocurrente, el que mejor cocina... Cada vez que oigo ese ronco y dulce hola pienso que no tengo salvación. Y cada vez que pronuncia mi nombre, pienso que quién coño la quiere.

Bueno. Como ha pasado el tiempo, y te ha sentao tan bien, ahora hay que levantarse, ahora hay que volver. Cifu dixit. Es increíble la voz de Cifu. Hasta cuando gorgorea me pone. No sé de dónde demonios me viene esta atracción sexual por las voces. Creo que por eso no soporto a Conchita (ni a la rata chillona esa del morfeo), creo que por eso estaba enamorado de Linda Fiorentino, y creo que ahí reside el núcleo de mis cinco años de apasionamiento incondicional. No me quejo. En el variado mundo del fetichismo sexual, todavía podría haber sido mucho peor. No sé... las camisetas sudorosas... las pelusas del ombligo... el hilo dental de segunda muela... la sonrisa sin labios de Esperanza Aguirre...