Mientras escribo esto me hago mucho, mucho, mucho pis. Y aquí estoy. En plan masoquista o en plan padre estricto: "Hasta que no termines el post, no meas. Y es mi última palabra."
Estela me dijo que era la luna. Claro. La luna llena no le va nada bien a los que nacemos en Julio. Somos licántropos emocionales. Hoy he nadado cuatro largos de piscina antes de desayunar y me siento mucho, mucho mejor. Creo que he perdido las tonterías por entre el cloro y el speedo.
También estoy mejor porque J. y yo vimos anoche la última peli de los hermanos Cohen, con tequila, marihuana, palomitas con chocolate y nachos con queso. Armamos un buen batiburrillo entre el sofá del norte y el sofá del sur. No me había dado cuenta de lo mucho que encochino cuando como en el suelo. No entendimos muy bien la película pero nos reímos mucho.
J. y yo siempre nos reímos mucho. Y si no tenemos motivos, nos los inventamos sin ningún problema.
Cuando salí de su casa, el viento me volaba en cada cruce de calle, pero igualmente le llamé para darle las gracias por la peli y decirle que le quería. Siempre hago esas chorradas. Creo que si alguien lo hiciera conmigo algún día me sorprendería mucho, mucho.
Le he dicho a Ana que había estado viendo películas con mi pareja. Me ha sonado cantidad de raro decirlo. La lengua se me ha atascado un poco en la j. Como si no estuviese lo suficientemente entrenada como para soltarlo con naturalidad. Pareja. Pa-re-ja. Parejjjjjjj...a.
Tengo pareja. Qué cosas... Ya no puedo decir que no tengo nada. Con mis gatos hacen tres. Con el suyo hacemos cinco.
Ya soy familia numerosa.
Malos tiempos para la lírica
Tontería absoluta la que tengo estos días. Lágrimas sin ton ni son. Me salpico de barro y lloro. Me olvido los apuntes en casa y lloro. Alguien mata a un perro a 5000 kilómetros de aquí y lloro. Kilos de tristeza injustificada y un pobre J. preguntándose todo el tiempo "¿qué te pasa? ¿qué he dicho? ¿qué he hecho?".
No puedo evitar pensar en mi madre y en sus ataques de melancolía. No puedo evitar pensar en que quizá yo también me esté volviendo un pirado, como ella. Ojalá estuviera vivo alguien que la conociera y que pudiera decirme "tranquilo, chaval, esto no tiene nada que ver, a ti no te va a pasar lo mismo..."
Lo único que me consuela es pensar que ella no era consciente de su locura, ni se daba cuenta de que su tristeza no tenía motivo. Yo soy consciente de ello y todavía me controlo. Por ahora, en el autocontrol está la diferencia entre la locura y la sensatez. Pero estoy asustado, claro. Lo único que no estoy preparado para perder es la cabeza. Sin lo demás podría vivir. Sin poder pensar, no.
Creo que mi padre debe estar riéndose con ganas a mi costa, desde su tumba. Le encantaban estos terrores míos sobre la locura de mi madre. Me cogía la cara con las dos manos y decía: "la misma nariz... la misma boca... la misma sonrisa... los mismos ojos de puto pirado... ¡no te escapas, chaval!"
Antes me he sorprendido a mí mismo poniéndome dos dedos de bourbon para sacudirme la melancolía. Me he autoinsultado un rato, y luego lo he tirado por el desagüe. Está claro que si no me persiguen los genes de mi madre, desde luego, están dispuestos a hacerlo los de mi padre.
No puedo evitar pensar en mi madre y en sus ataques de melancolía. No puedo evitar pensar en que quizá yo también me esté volviendo un pirado, como ella. Ojalá estuviera vivo alguien que la conociera y que pudiera decirme "tranquilo, chaval, esto no tiene nada que ver, a ti no te va a pasar lo mismo..."
Lo único que me consuela es pensar que ella no era consciente de su locura, ni se daba cuenta de que su tristeza no tenía motivo. Yo soy consciente de ello y todavía me controlo. Por ahora, en el autocontrol está la diferencia entre la locura y la sensatez. Pero estoy asustado, claro. Lo único que no estoy preparado para perder es la cabeza. Sin lo demás podría vivir. Sin poder pensar, no.
Creo que mi padre debe estar riéndose con ganas a mi costa, desde su tumba. Le encantaban estos terrores míos sobre la locura de mi madre. Me cogía la cara con las dos manos y decía: "la misma nariz... la misma boca... la misma sonrisa... los mismos ojos de puto pirado... ¡no te escapas, chaval!"
Antes me he sorprendido a mí mismo poniéndome dos dedos de bourbon para sacudirme la melancolía. Me he autoinsultado un rato, y luego lo he tirado por el desagüe. Está claro que si no me persiguen los genes de mi madre, desde luego, están dispuestos a hacerlo los de mi padre.
A mí no me gusta mucho ser yo
Me he vuelto a cortar el pelo. Hace exactamente un mes y diez días que me lo corté por última vez. No entiendo lo que pasa con mi cabeza. Los tios a mi alrededor se cortan el pelo cada tres meses y siempre van bien. A mí directamente me crece en el trayecto de vuelta de la peluquería a casa. En cuanto pasan dos semanas, ya parezco un perro de aguas. Es una mierda. Me dan igual las charlas que me mete J. sobre los traumas e inconvenientes de la calvicie prematura. Daría el huevo izquierdo por tener un 75% menos de pelo. O un 75% de pelo liso. Algo que se pudiera dominar con espuma y un peine, como los pelos normales del mundo mundial. Estoy convencido de que en alguna parte del interior de mi cuerpo hay apretado un botón con un letrero que dice: "No pulsar. Peligro inminente de cabezón imposible".
Ahora me miro en el espejo, debajo del peinado raro que me dejan siempre, y no me reconozco. Vuelvo a ser algo incongruente, como un monaguillo libidinoso o un rapero catequista. En cuanto ponga el punto y final a esta entrada me meteré en la ducha y me rebozaré de champús hasta que el del espejo vuelva a ser yo. Me empieza a entrar el pánico inútil de pensar que el "peinado-bellota" me dure hasta mañana y J. se descojone a mi costa en cuanto me vea. Es un experto en ese tipo de cosas. Ayer me llamó "joven Einstein" con un chorrito de risa, mientras yo intentaba colocarme las greñas dentro del gorro. Me lo he apuntado mentalmente en mi archivo histórico para matarle algún día, cuando se me pase un poco el apollardamiento sexual que tengo.
De todas formas, por si lo del champú no funcionara, creo que intentaré llevarle algo que distraiga por completo su atención de mi cabeza. No sé... unos muffins de chocolate... alguna revista de cine... un tiranosaurio rex...
Ahora me miro en el espejo, debajo del peinado raro que me dejan siempre, y no me reconozco. Vuelvo a ser algo incongruente, como un monaguillo libidinoso o un rapero catequista. En cuanto ponga el punto y final a esta entrada me meteré en la ducha y me rebozaré de champús hasta que el del espejo vuelva a ser yo. Me empieza a entrar el pánico inútil de pensar que el "peinado-bellota" me dure hasta mañana y J. se descojone a mi costa en cuanto me vea. Es un experto en ese tipo de cosas. Ayer me llamó "joven Einstein" con un chorrito de risa, mientras yo intentaba colocarme las greñas dentro del gorro. Me lo he apuntado mentalmente en mi archivo histórico para matarle algún día, cuando se me pase un poco el apollardamiento sexual que tengo.
De todas formas, por si lo del champú no funcionara, creo que intentaré llevarle algo que distraiga por completo su atención de mi cabeza. No sé... unos muffins de chocolate... alguna revista de cine... un tiranosaurio rex...
Mola el nombre que me inventé para el cometa
Nos tragamos toda la gala de eurovisión. Al principio haciendo zapping en plan "si es que no ponen nada en ningún canal..." y al final mandando chistar cada vez que los gatos no nos dejaban oir las canciones. En el fondo tenemos el corazón forrado de horterada. Es inevitable, si no dispones de las cuarentamil opciones del canal plus. Te mimetizas en lo hortera, igual que un soldado de las fuerzas especiales se pinta la cara de verde.
Me flipó la canción ganadora y los pelos del que la canta. No sé por qué, pero me gustó en cuanto le ví. Me siento cantidad de identificado con su cabeza imposible. Acabo de bajármela al ipod (la canción, no la cabeza). Miguel se descojona a mi costa. Cada vez que se cruza conmigo por el pasillo me suelta el "algopequeñitoooo uouououooooo..." y hace unos pasitos de vals. En condiciones normales empezaría a tocarme las pelotas, pero como todo sigue importándome un prepucio de mono, levanto un poco la nariz y sigo mi camino. Ya me vengaré en otra ocasión. Las posibilidades de vengarse de Miguel son infinitas. Su paciencia es proporcionalmente inversa a mi imaginación para agotársela.
Estoy aprovechando que tengo dinero para sacarme el carnet de conducir. Las cuatro capas de polvo de mi vespa me han convencido. Va a ser toda una novedad eso de poder sacarla de paseo sin que haya peligro de terminar en los calabozos de Plaza Castilla. A lo mejor a partir de ahí me vuelvo un buen chico y empiezo a hacer cosas legales y decentes, como los demás buenos chicos del mundo mundial. A lo mejor empiezo a peinarme... a estudiar cuando tengo un examen... a dejar de robar conguitos en el chino... a no cruzar la lengua con hombres de mala vida en un sofá...
Acaban de decir en la radio que la alcaldía de Madrid prepara un concurso de postres caseros y un taller de costura para la celebración del día de la mujer trabajadora.
La noticia me ha cortado de cuajo el rollito chiste por lo menos hasta el 2012.
Ojalá que en el taller salga alguna que les cosa los huevos con petit point.
Me flipó la canción ganadora y los pelos del que la canta. No sé por qué, pero me gustó en cuanto le ví. Me siento cantidad de identificado con su cabeza imposible. Acabo de bajármela al ipod (la canción, no la cabeza). Miguel se descojona a mi costa. Cada vez que se cruza conmigo por el pasillo me suelta el "algopequeñitoooo uouououooooo..." y hace unos pasitos de vals. En condiciones normales empezaría a tocarme las pelotas, pero como todo sigue importándome un prepucio de mono, levanto un poco la nariz y sigo mi camino. Ya me vengaré en otra ocasión. Las posibilidades de vengarse de Miguel son infinitas. Su paciencia es proporcionalmente inversa a mi imaginación para agotársela.
Estoy aprovechando que tengo dinero para sacarme el carnet de conducir. Las cuatro capas de polvo de mi vespa me han convencido. Va a ser toda una novedad eso de poder sacarla de paseo sin que haya peligro de terminar en los calabozos de Plaza Castilla. A lo mejor a partir de ahí me vuelvo un buen chico y empiezo a hacer cosas legales y decentes, como los demás buenos chicos del mundo mundial. A lo mejor empiezo a peinarme... a estudiar cuando tengo un examen... a dejar de robar conguitos en el chino... a no cruzar la lengua con hombres de mala vida en un sofá...
Acaban de decir en la radio que la alcaldía de Madrid prepara un concurso de postres caseros y un taller de costura para la celebración del día de la mujer trabajadora.
La noticia me ha cortado de cuajo el rollito chiste por lo menos hasta el 2012.
Ojalá que en el taller salga alguna que les cosa los huevos con petit point.
Vivo en un disco de canciones ñoñas
Bueno, pues él me coge la cara con las manos, me besa y me dice: "Oye... ya no escribes ¿no?." Y yo me cortocircuito y salgo de su casa pensando "Tengo que escribir. Tengo que escribir sin falta. Hoy. Hoy escribo." Y lo peor es que si me lo hubiera dicho cualquier otro, yo me habría encogido de hombros y habría respondido "Pues no, no escribo. No tengo tiempo, mira." Pero... me lo dice él y ¡craj! se me aprietan las tuercas, se me colocan las pilas y hala.... p'alante.
Sigo pensando que el día que le dé por ponerse una túnica y pedirme que me autoinmole para viajar con él en la cola del cometa Spurnio a una dimensión extraterrestre, la habré cagado pero bien.
Bueno, ahora los días son distintos para mí. Distintos y cojonudos. Hago todo muy rápidamente y paso la jornada laboral mirando el reloj y esperando a que den las seis, para salir a toda velocidad hasta su casa. Por el camino compro cosas de las que le molan. Sandwiches de Rodilla con queso y pasas de oporto. Pipas de calabaza con chocolate negro. Cervezas coronita. Magdalenas. Yo le digo "¿qué quieres que te lleve?" y él responde "a ti", así que cada día, voy improvisando. Luego nos besamos en el sofá, mientras su gato Takhesi se esconde y me bufa desde algún rincón. Ya nos salen los besos de amor, porque en esta vida todo es práctica. Veinte minutos de besos. Treinta. Treinta y cinco. El tiempo de que disponga hasta tener que salir de nuevo volando hasta la facultad a suspender algún examen (cuando recobre el juicio y vea las notas, creo que no necesitaré cometas spurnios para la autoinmolación. Directamente me quemaré a lo bonzo en la cafetería, entre pinchos de tortilla y partiditas de mus). Luego vuelvo a casa y disfruto con expresión de fumeta colgao, de los rastros de su olor que quedan en el cuello de mi camiseta.
Me siento raro. Como viviendo una especie de luna de miel donde los defectos fueran... no sé... imperceptibles. O transparentes. No sé explicar la sensación. De pronto lo que era gris verde pedo se ha vuelto azul intenso. Y yo ahí enmedio. Dejándome besar y apartar el pelo de los ojos. Tumbado en un sofá y apretado entre los brazos con los que llevo soñando cinco años.
(espacio para gritito idiota de cowboy tipo woo-woo-yipi-yipi-yeyyyyy)
Bueno. Debo decir que mi azul intenso no es tan azul, ni tan intenso para el pobre gato de J. Por ahora, directamente me odia. Yo me acerco a él de buen rollito con expresión de "hey... tranquilo... soy Ariel, el amigo de los gatos... " y él me la devuelve en plan "Tú lo que eres es un gilipollas. Largo o te cruzo un huevo."
En fínnnnnn... Da igual. ¿No he dicho que en esta vida todo es práctica?
Sigo pensando que el día que le dé por ponerse una túnica y pedirme que me autoinmole para viajar con él en la cola del cometa Spurnio a una dimensión extraterrestre, la habré cagado pero bien.
Bueno, ahora los días son distintos para mí. Distintos y cojonudos. Hago todo muy rápidamente y paso la jornada laboral mirando el reloj y esperando a que den las seis, para salir a toda velocidad hasta su casa. Por el camino compro cosas de las que le molan. Sandwiches de Rodilla con queso y pasas de oporto. Pipas de calabaza con chocolate negro. Cervezas coronita. Magdalenas. Yo le digo "¿qué quieres que te lleve?" y él responde "a ti", así que cada día, voy improvisando. Luego nos besamos en el sofá, mientras su gato Takhesi se esconde y me bufa desde algún rincón. Ya nos salen los besos de amor, porque en esta vida todo es práctica. Veinte minutos de besos. Treinta. Treinta y cinco. El tiempo de que disponga hasta tener que salir de nuevo volando hasta la facultad a suspender algún examen (cuando recobre el juicio y vea las notas, creo que no necesitaré cometas spurnios para la autoinmolación. Directamente me quemaré a lo bonzo en la cafetería, entre pinchos de tortilla y partiditas de mus). Luego vuelvo a casa y disfruto con expresión de fumeta colgao, de los rastros de su olor que quedan en el cuello de mi camiseta.
Me siento raro. Como viviendo una especie de luna de miel donde los defectos fueran... no sé... imperceptibles. O transparentes. No sé explicar la sensación. De pronto lo que era gris verde pedo se ha vuelto azul intenso. Y yo ahí enmedio. Dejándome besar y apartar el pelo de los ojos. Tumbado en un sofá y apretado entre los brazos con los que llevo soñando cinco años.
(espacio para gritito idiota de cowboy tipo woo-woo-yipi-yipi-yeyyyyy)
Bueno. Debo decir que mi azul intenso no es tan azul, ni tan intenso para el pobre gato de J. Por ahora, directamente me odia. Yo me acerco a él de buen rollito con expresión de "hey... tranquilo... soy Ariel, el amigo de los gatos... " y él me la devuelve en plan "Tú lo que eres es un gilipollas. Largo o te cruzo un huevo."
En fínnnnnn... Da igual. ¿No he dicho que en esta vida todo es práctica?
Pensamientos monotemáticos sobre Jotas y apéndices
Será mejor que empiece a centrarme, porque todo esto es un completo caos. Feliz, vale... pero caos. Esta mañana no tenía ni pasta de dientes, ni calzoncillos limpios, ni una mísera lata de comida para los gatos. He tenido que trocearles una loncha de choped robada furtivamente en la estantería neveril de Miguel. Y Juana Tequila se traga lo que le eches, pero el marqués del culo al bies que es Pepe Tripi, me ha dedicado una miradita de asco que ha removido por completo los cimientos de mi sucia conciencia. Tanto que él ha dicho "miau"y yo he oído: "¡Qué vergüenza, se te cruza un hombre y dejas tirada a tu propia familia!"
Hoy sin falta compraré comida, lavaré la ropa, dibujaré un comic, me calmaré, organizaré el dinero y dejaré de pensar en la p***a de J.
O mejor sólo compraré, lavaré, dibujaré, me calmaré y organizaré el dinero.
He tenido una entrevista para un trabajo perfecto en una empresa gigantesca. Éramos cuatro candidatos. Los otros iban con unos trajes impecables y estaban muy nerviosos. Yo iba hecho un zarrapastroso (para variar) y estaba más tranquilo que un buda. El hombre me ha dicho: "Tu calma denota cierta experiencia en entrevistas de trabajo..."
Si este fuera un mundo sincero, yo habría contestado: "No señor. Mi calma denota que ahora todo me importa un prepucio de mono...", pero como no lo es, sólo he asentido con risilla de conejo.
Bueno, sea como fuere, e incluso a pesar de mis esfuerzos por zarrapastrearme de forma ordenada, no creo que haya conseguido el nuevo trabajo perfecto en la empresa gigantesca. Temo que los ventitrés respingos ays-uys-uys que he pegado en la butaca a lo largo de toda la reunión, no vayan a influir muy positivamente en la toma de decisiones.
Eso sí... al menos me servirán para recordar la próxima vez, que no se deben cruzar las piernas cuando no llevas calzoncillos.
Hoy sin falta compraré comida, lavaré la ropa, dibujaré un comic, me calmaré, organizaré el dinero y dejaré de pensar en la p***a de J.
O mejor sólo compraré, lavaré, dibujaré, me calmaré y organizaré el dinero.
He tenido una entrevista para un trabajo perfecto en una empresa gigantesca. Éramos cuatro candidatos. Los otros iban con unos trajes impecables y estaban muy nerviosos. Yo iba hecho un zarrapastroso (para variar) y estaba más tranquilo que un buda. El hombre me ha dicho: "Tu calma denota cierta experiencia en entrevistas de trabajo..."
Si este fuera un mundo sincero, yo habría contestado: "No señor. Mi calma denota que ahora todo me importa un prepucio de mono...", pero como no lo es, sólo he asentido con risilla de conejo.
Bueno, sea como fuere, e incluso a pesar de mis esfuerzos por zarrapastrearme de forma ordenada, no creo que haya conseguido el nuevo trabajo perfecto en la empresa gigantesca. Temo que los ventitrés respingos ays-uys-uys que he pegado en la butaca a lo largo de toda la reunión, no vayan a influir muy positivamente en la toma de decisiones.
Eso sí... al menos me servirán para recordar la próxima vez, que no se deben cruzar las piernas cuando no llevas calzoncillos.
Hoy tampoco puedo dormir
Yo le digo: "No sabemos darnos besos de amor". Él contesta: "Son besos de amor", y yo me río y digo: "Son besos sexuales. De amor no nos salen".
Me levanto y digo que tengo que irme porque si no, no llego al examen. Él se pone a mi espalda y me abraza. Cruza su brazo en mi pecho y me aprieta contra él. Deja su boca en un lado de mi cuello un segundo. Dos. Tres. Sólo eso. Un silencio y su brazo sujetándome. Luego me suelta y dice: "Sí... perdona, te tienes que ir..."
Me quedo quieto, contento de que no haya podido ver la expresión de mi cara durante esos tres segundos. Expresión de "si hay batalla entre tú y yo, acabas de ganarla para siempre". Mientras me acompaña a la puerta, le digo: "Me has dado un abrazo de amor". Sonríe. No sé si puede entender lo que esos tres segundos han sido para mí.
Nunca me habían dado un abrazo de amor. Ojalá pudiera guardarlo en algún sitio. No sé. En alguna botella. En algún cajón.
Me levanto y digo que tengo que irme porque si no, no llego al examen. Él se pone a mi espalda y me abraza. Cruza su brazo en mi pecho y me aprieta contra él. Deja su boca en un lado de mi cuello un segundo. Dos. Tres. Sólo eso. Un silencio y su brazo sujetándome. Luego me suelta y dice: "Sí... perdona, te tienes que ir..."
Me quedo quieto, contento de que no haya podido ver la expresión de mi cara durante esos tres segundos. Expresión de "si hay batalla entre tú y yo, acabas de ganarla para siempre". Mientras me acompaña a la puerta, le digo: "Me has dado un abrazo de amor". Sonríe. No sé si puede entender lo que esos tres segundos han sido para mí.
Nunca me habían dado un abrazo de amor. Ojalá pudiera guardarlo en algún sitio. No sé. En alguna botella. En algún cajón.
Me regaló la estrella del caos para que me protegiera
Veamos...
El martes pasado yo estaba más bien solo, más bien triste y más bien preocupado por cómo iba a poder cubrir gastos durante los próximos meses.
Hoy lunes, tengo a J. conmigo, besos y mimo hasta en los bolsillos, y un boleto de euromillón premiado con seis mil setecientos euros.
Y llevo mirándome todo el puto día en el espejo del baño, agarrado al amuleto que él me regaló y que nunca quito de mi cuello, porque aún no puedo creerme que yo siga siendo yo, que este mundo siga siendo el mío y que... todo esto... sea...
...¿real?
El martes pasado yo estaba más bien solo, más bien triste y más bien preocupado por cómo iba a poder cubrir gastos durante los próximos meses.
Hoy lunes, tengo a J. conmigo, besos y mimo hasta en los bolsillos, y un boleto de euromillón premiado con seis mil setecientos euros.
Y llevo mirándome todo el puto día en el espejo del baño, agarrado al amuleto que él me regaló y que nunca quito de mi cuello, porque aún no puedo creerme que yo siga siendo yo, que este mundo siga siendo el mío y que... todo esto... sea...
...¿real?
Más tonterías, pero estas para mí
Llevo 24 horas de un apollardamiento absoluto. 24 horas luciendo esa media sonrisilla permanente que sólo te deja un buen beso o una embolia cerebral. Así ando. O.... así floto. Leo al Ariel de ayer y me río un poco de mí mismo. Joder, qué subidón...Hace un rato le decía a Teo que lo malo de la certeza absoluta en cuestión de amores es precisamente el absolutismo de esa certeza. El no tener escapatoria posible y encima no desearla. El volverte pulgarcito metido para siempre en el bolsillo del pantalón de alguien. Darte cuenta de eso acojona que no veas, y sin embargo... por favor... yo quiero morirme de unas cuantas sensaciones de estas ¿eh? Unos cuantos cincos de febrero metidos en vena. Así... a mogollón.
Aunque... claro... mejor excluyendo lo de volcarle el café sobre los papeles de trabajo... lo de tirarle el bourbon sobre la mesa... lo de desollarme el dedo gordo con el cactus... lo de mancharle el parquet de ginebra... lo de tropezar veinte veces con las borriquetas... lo del ataque de tos con el porro... lo de equivocarme de portal... lo de tener que recolocarme la churra cada cinco minutos con gesto de camionero...
Vale, lo reconozco. Es un jodido milagro que a estas alturas aún me quiera a su lado. Mejor ni lo pienso.
He llevado a Ana a patinar sobre hielo. Se supone que tenía que enseñarla a manejarse un poco con los patines, pero no hemos dado pie con bola. Los típicos pedorros que patinan hacia atrás y giran en arabescos imposibles a tu lado, mientras tú te agarras a la valla hasta con los dientes, nos han dado por saco durante las veinte vueltas. Ana perdía constantemente el equilibrio e intentaba ayudarse de mí. Y yo, con mi sonrisa embólica, no hacía más que pensar en besos, así que los patines, el hielo, los pedorros y la pobre Ana cayéndose me la refanfinflaban de una manera absoluta.
También es un milagro que ninguno de los dos hayamos terminado tallando el hielo con el tabique nasal.
Aunque... claro... mejor excluyendo lo de volcarle el café sobre los papeles de trabajo... lo de tirarle el bourbon sobre la mesa... lo de desollarme el dedo gordo con el cactus... lo de mancharle el parquet de ginebra... lo de tropezar veinte veces con las borriquetas... lo del ataque de tos con el porro... lo de equivocarme de portal... lo de tener que recolocarme la churra cada cinco minutos con gesto de camionero...
Vale, lo reconozco. Es un jodido milagro que a estas alturas aún me quiera a su lado. Mejor ni lo pienso.
He llevado a Ana a patinar sobre hielo. Se supone que tenía que enseñarla a manejarse un poco con los patines, pero no hemos dado pie con bola. Los típicos pedorros que patinan hacia atrás y giran en arabescos imposibles a tu lado, mientras tú te agarras a la valla hasta con los dientes, nos han dado por saco durante las veinte vueltas. Ana perdía constantemente el equilibrio e intentaba ayudarse de mí. Y yo, con mi sonrisa embólica, no hacía más que pensar en besos, así que los patines, el hielo, los pedorros y la pobre Ana cayéndose me la refanfinflaban de una manera absoluta.
También es un milagro que ninguno de los dos hayamos terminado tallando el hielo con el tabique nasal.
Tontería de amor para que sólo la lea Jesús
¿Y qué puedo decirte hoy? tus besos... joder... no hay nada más. Nada más. Sólo tu olor en mi cuello, en mis manos, en mi ropa. Y tus besos. No como los imaginaba, no... no... Mucho mejores. Mucho, mucho, mucho mejores. Como los besos a los que estuviera predestinado desde antes de nacer. Como los primeros que me dieran. Como los últimos que me darán.
Intento pensar con coherencia, pero no me sale. Intento ser sensato y poner cara indeferente mientras digo "bueno, no ha estado mal..." pero... sólo pienso en tus dedos, en tus manos, en los labios, en los besos, en la lengua, en tu olor... y... joder, nisiquiera puedo ser yo. De verdad. No sé dónde me he quedado. Creo que hecho trocitos, encima de tu sofá. En el suelo de tu salón. En la baranda de tu terraza. En tu silla de despacho. En el centro de tu colchón.
Te quiero. Siempre te querré.
Nunca hubo nadie como tú. Te lo dije y no me creías, pero era verdad. Siempre te he pertenecido. Desde el primer puto día que te conocí. El resto del mundo, allá donde no estés tú, siempre será un simulacro, Jesús. Siempre. Siempre.
No sé si voy a pegar ojo esta noche. Me faltas. Lo sabes ¿no? cada segundo me faltas. Los besos. Esos besos. Me faltan. Chungo lo de dármelos a probar ¿eh? buf... ahora... ya no me apetece vivir sin ellos.
Intento pensar con coherencia, pero no me sale. Intento ser sensato y poner cara indeferente mientras digo "bueno, no ha estado mal..." pero... sólo pienso en tus dedos, en tus manos, en los labios, en los besos, en la lengua, en tu olor... y... joder, nisiquiera puedo ser yo. De verdad. No sé dónde me he quedado. Creo que hecho trocitos, encima de tu sofá. En el suelo de tu salón. En la baranda de tu terraza. En tu silla de despacho. En el centro de tu colchón.
Te quiero. Siempre te querré.
Nunca hubo nadie como tú. Te lo dije y no me creías, pero era verdad. Siempre te he pertenecido. Desde el primer puto día que te conocí. El resto del mundo, allá donde no estés tú, siempre será un simulacro, Jesús. Siempre. Siempre.
No sé si voy a pegar ojo esta noche. Me faltas. Lo sabes ¿no? cada segundo me faltas. Los besos. Esos besos. Me faltan. Chungo lo de dármelos a probar ¿eh? buf... ahora... ya no me apetece vivir sin ellos.
Hoy no me centro
Pepe Tripi anda loco por comerse mi barra de proteínas, y yo ando loco porque no se la coma. Mientras escribo esto, mantengo una especie de batalla de esgrima, barrita en mano, mientras sus 20 kilos de panza trepan por mi espalda con aviesas intenciones robagolosinas. Los gatos normales del mundo mundial comen atún y jamón york. Los míos no. Los míos quieren café con leche y barritas de proteínas. Hay que joderse...
Estoy nervioso porque mañana me fumaré un peta a oscuras con J. en su casa, y beberemos Jack Daniels. No sé distinguir si me pone más nervioso el Jack Daniels, el peta, el J. a oscuras o la combinación de las tres cosas fundidas en una.
Creo que será difícil que vuelva a estar tan cerca de la muerte por ataque de felicidad idiota y absoluta.
**********************
Nada. No les dije nada. Nunca diré nada. Él lo sabe. Yo lo sé. Si a él le encierran, a mí me encierran. "Sácame de mí." Se ríe entre dientes. "Uuuuh... ¿ya quieres irte? ¿no lo pasas bien en este puto trullo? jejeje" Pasa el dedo por la cicatriz de mi cabeza. "Tómatelo con calma y no des por culo ¿eh? " Vuelve a sentarse. Caladas profundas al cigarrillo. Ojos perdidos en alguna parte. Doy una patada contra la pata del sofá. "¿Cuándo vas a venir a por mí? quiero irme." Me mira. Ya no sonríe. "Siempre tocando los cojones, chico. Sieeeempre tocando los cojones. No sé por qué coño me he molestado en venir..." Doy otra patada. "Por la pensión que te dan por mí. Por eso has venido. Por eso te afeitas, te lavas, estrechas manos y te cortas las uñas." Sonríe. "jejejeje... chulillo de mierda..."
El director entra. "Perdone, no se puede fumar aquí..." Aprieta el cigarrillo contra la suela de la zapatilla. "Vaya, carajo... perdone. Chico, avísame de estas cosas hombre...". Vuelvo a encojerme en el jersey. Trenzo insultos mientras espero en el pasillo. Yonki, colgado, perdedor, cerdo, embustero, tramposo, borracho, mentiroso, cabrón... Cuando sale me aprieta el hombro. "Bueno, chico... pues ya iré viniendo a verte ¿eh? si te vas portando bien la próxima vez podemos dar una vuelta por ahí. Tomarnos una hamburguesa o ver una peli... piénsatelo" Se inclina sobre mí. Por un momento pienso que va a besarme. Tenso el cuello y aparto la cara. Él me la coje con las dos manos y apoya su frente sobre la mía. Dos ciervos midiendo astas. "Pórtate y come ¿eh? que no me tengan que decir nada." Me muerdo el labio inferior y levanto una vez más, el telón de mi teatro de guiñol. "Claro... papá."
Mientras el director me habla, yo miro el fondo del pasillo donde él se aleja con la celadora. "Está siguiendo el programa de rehabilitación... "Un trabajo fijo, una casa en condiciones..." "Está esforzándose mucho para que puedas volver con él..." "una nueva vida, empezar de cero..."
Antes de desaparecer, le veo girar sobre sus talones y sonreirme maliciosamente. Estrecha la mano de la celadora y la verja se cierra tras sus zapatillas rojas. El director me toca el brazo. "Ariel... ¿me estás escuchando?" Yo giro la cabeza y sonrío. "Claro. Es... genial. Gracias."
¿Por dónde se ha ido el lobo? ¡por alliiiiiii, por alliiiiiiiiii!...
Estoy nervioso porque mañana me fumaré un peta a oscuras con J. en su casa, y beberemos Jack Daniels. No sé distinguir si me pone más nervioso el Jack Daniels, el peta, el J. a oscuras o la combinación de las tres cosas fundidas en una.
Creo que será difícil que vuelva a estar tan cerca de la muerte por ataque de felicidad idiota y absoluta.
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Nada. No les dije nada. Nunca diré nada. Él lo sabe. Yo lo sé. Si a él le encierran, a mí me encierran. "Sácame de mí." Se ríe entre dientes. "Uuuuh... ¿ya quieres irte? ¿no lo pasas bien en este puto trullo? jejeje" Pasa el dedo por la cicatriz de mi cabeza. "Tómatelo con calma y no des por culo ¿eh? " Vuelve a sentarse. Caladas profundas al cigarrillo. Ojos perdidos en alguna parte. Doy una patada contra la pata del sofá. "¿Cuándo vas a venir a por mí? quiero irme." Me mira. Ya no sonríe. "Siempre tocando los cojones, chico. Sieeeempre tocando los cojones. No sé por qué coño me he molestado en venir..." Doy otra patada. "Por la pensión que te dan por mí. Por eso has venido. Por eso te afeitas, te lavas, estrechas manos y te cortas las uñas." Sonríe. "jejejeje... chulillo de mierda..."
El director entra. "Perdone, no se puede fumar aquí..." Aprieta el cigarrillo contra la suela de la zapatilla. "Vaya, carajo... perdone. Chico, avísame de estas cosas hombre...". Vuelvo a encojerme en el jersey. Trenzo insultos mientras espero en el pasillo. Yonki, colgado, perdedor, cerdo, embustero, tramposo, borracho, mentiroso, cabrón... Cuando sale me aprieta el hombro. "Bueno, chico... pues ya iré viniendo a verte ¿eh? si te vas portando bien la próxima vez podemos dar una vuelta por ahí. Tomarnos una hamburguesa o ver una peli... piénsatelo" Se inclina sobre mí. Por un momento pienso que va a besarme. Tenso el cuello y aparto la cara. Él me la coje con las dos manos y apoya su frente sobre la mía. Dos ciervos midiendo astas. "Pórtate y come ¿eh? que no me tengan que decir nada." Me muerdo el labio inferior y levanto una vez más, el telón de mi teatro de guiñol. "Claro... papá."
Mientras el director me habla, yo miro el fondo del pasillo donde él se aleja con la celadora. "Está siguiendo el programa de rehabilitación... "Un trabajo fijo, una casa en condiciones..." "Está esforzándose mucho para que puedas volver con él..." "una nueva vida, empezar de cero..."
Antes de desaparecer, le veo girar sobre sus talones y sonreirme maliciosamente. Estrecha la mano de la celadora y la verja se cierra tras sus zapatillas rojas. El director me toca el brazo. "Ariel... ¿me estás escuchando?" Yo giro la cabeza y sonrío. "Claro. Es... genial. Gracias."
¿Por dónde se ha ido el lobo? ¡por alliiiiiii, por alliiiiiiiiii!...
Esta para María
Teo dice que se hace un lío entre los diarios que escribo ahora y los que transcribo de cuando era niño. Dice que debería poner fechas o algún párrafo que avisara, en plan "ojo que esto es pasado... ojo que esto es presente...." Yo le digo que para eso los pongo en dos colores, y él me dice que lo de las fechas es mejor idea, porque el gris no se distingue en blogger.
Tiene razón, claro, pero el problema es que mis diarios no tienen fecha. Todas las entradas desde hace diez años están fechadas con el día de la semana. Lunes: blablabla... Jueves: blablabla... sábado: blablabla y claro, así es complicado lo de organizarlos. Soy caótico, lo sé. Lo he sido siempre. Cuando hablo de mis diarios, uno se imagina una colección de libritos con tapas de piel y atados con una cintita cursi, pero no... en realidad son un puñado de papelotes amarillos, unos encima de otros y a mogollón, metidos en cajas de zapatos. Algunos no son ni cuadernos, sino simples grupos de hojas sueltas pilladas con una grapa.
Qué voy a hacerle. Era pequeño. Era pobre. Era un puto desastre, como ahora.
Bueno, hoy sigo con los diarios antiguos. A J. no le hará gracia que vuelva a escribirlos, así que pasado mañana tendré que ponerle mi cara de niño de comunión. Y él se reirá y me dirá "pero... será posible..."
No importa. Tengo que continuarlos. Se lo prometí a María.
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Al principio pregunto. Al principio espero. Apoyo la cabeza en la verja de la puerta y miro por el camino todos los coches que se acercan. Pasan semanas que hacen meses. Vuelve el calor y luego el frío. Cuando el árbol del patio pierde las hojas, entiendo por fin que ya no le traerán. Me muerdo el corazón, y recojo los restos de sus huellas. Los cuadernos de caligrafía. Los libros. El pomo que le golpeó la cabeza. La camiseta de queen. Empujo todo dentro de una bolsa y la tiro en el contenedor. Entierro otro fantasma. Adiós Calibán. Adiós Silvana. Adiós Maruk. No lloro ni me hago preguntas. Dejo de visitar la cama de Azîm por las noches. Dejo de leer Jim Botón. Dejo de escribir. Me olvido del mundo y el mundo vuelve a olvidarse de mí. Para cuando empieza la lluvia, ya soy un rastro leve y gris entre las paredes verdes del colegio y todos se han olvidado de que un día llegué. De que me dieron una paliza en el cuarto de las escobas. De que enseñaba a leer al chico retrasado de la litera B-12.
El director me llama a su despacho. Hace días que no quiero comer, así que arrastro los pies por el pasillo intentando no llegar nunca hasta la puerta. La celadora me tira del brazo, furiosa. "¡Venga hijo por dios! ¡pareces de chicle!". Me empuja dentro. El director está de pie, apoyado sobre el escritorio. Sentado en el sofá de las visitas, está mi padre. Me quedo muy quieto, bloqueado, en el centro de la habitación. No entiendo qué hace allí. Ambos me miran. Nicolás sonríe. "Hey chico...jejeje ¿qué tal te va?" No contesto. Miro al director, que se quita las gafas con gesto cansado. "Ariel, tu padre viene a verte. Os voy a dejar un rato que habléis y luego hablamos tú y yo ¿de acuerdo?". Sigo sin contestar. La puerta se cierra y nos dejan solos. Hace un gesto con la cabeza para que me siente a su lado. Yo retrocedo hasta apoyarme en la pared, sin separar mis ojos de los suyos. "Bueno, chico, dime. ¿Qué tal la mierda esta?". Saca un paquete de cigarrillos. Siento frío por dentro. Meto las manos en los bolsillos. El chasquido del mechero desbloquea mi cabeza. "No se puede fumar aquí." Enciende el pitillo y expulsa el humo con parsimonia. "No me digas..." Vuelve a sonreir. Da otra calada. Está extraño. El pelo más corto. La ropa limpia. La cara afeitada. Me fijo en sus uñas cortas y brillantes. "¿Por qué no estás en la cárcel?" Vuelve a mirarme, mientras suelta una pequeña risa entre volutas de humo. Resbala sus ojos azules en mí. "Joder, pareces un puto esqueleto...¿es que no te dan de comer estos gilipollas?". Me encojo un poco en el jersey. "¿Por qué no te han encerrado? ¿qué les dijiste de mí?" Vuelve a reirse mientras se levanta y se acerca a mí. Inclina su cabeza sobre la mía. Respiro su aliento de tabaco. "¿Y tú, chico? ¿qué les dijiste tú de mí?"
Tiene razón, claro, pero el problema es que mis diarios no tienen fecha. Todas las entradas desde hace diez años están fechadas con el día de la semana. Lunes: blablabla... Jueves: blablabla... sábado: blablabla y claro, así es complicado lo de organizarlos. Soy caótico, lo sé. Lo he sido siempre. Cuando hablo de mis diarios, uno se imagina una colección de libritos con tapas de piel y atados con una cintita cursi, pero no... en realidad son un puñado de papelotes amarillos, unos encima de otros y a mogollón, metidos en cajas de zapatos. Algunos no son ni cuadernos, sino simples grupos de hojas sueltas pilladas con una grapa.
Qué voy a hacerle. Era pequeño. Era pobre. Era un puto desastre, como ahora.
Bueno, hoy sigo con los diarios antiguos. A J. no le hará gracia que vuelva a escribirlos, así que pasado mañana tendré que ponerle mi cara de niño de comunión. Y él se reirá y me dirá "pero... será posible..."
No importa. Tengo que continuarlos. Se lo prometí a María.
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Al principio pregunto. Al principio espero. Apoyo la cabeza en la verja de la puerta y miro por el camino todos los coches que se acercan. Pasan semanas que hacen meses. Vuelve el calor y luego el frío. Cuando el árbol del patio pierde las hojas, entiendo por fin que ya no le traerán. Me muerdo el corazón, y recojo los restos de sus huellas. Los cuadernos de caligrafía. Los libros. El pomo que le golpeó la cabeza. La camiseta de queen. Empujo todo dentro de una bolsa y la tiro en el contenedor. Entierro otro fantasma. Adiós Calibán. Adiós Silvana. Adiós Maruk. No lloro ni me hago preguntas. Dejo de visitar la cama de Azîm por las noches. Dejo de leer Jim Botón. Dejo de escribir. Me olvido del mundo y el mundo vuelve a olvidarse de mí. Para cuando empieza la lluvia, ya soy un rastro leve y gris entre las paredes verdes del colegio y todos se han olvidado de que un día llegué. De que me dieron una paliza en el cuarto de las escobas. De que enseñaba a leer al chico retrasado de la litera B-12.
El director me llama a su despacho. Hace días que no quiero comer, así que arrastro los pies por el pasillo intentando no llegar nunca hasta la puerta. La celadora me tira del brazo, furiosa. "¡Venga hijo por dios! ¡pareces de chicle!". Me empuja dentro. El director está de pie, apoyado sobre el escritorio. Sentado en el sofá de las visitas, está mi padre. Me quedo muy quieto, bloqueado, en el centro de la habitación. No entiendo qué hace allí. Ambos me miran. Nicolás sonríe. "Hey chico...jejeje ¿qué tal te va?" No contesto. Miro al director, que se quita las gafas con gesto cansado. "Ariel, tu padre viene a verte. Os voy a dejar un rato que habléis y luego hablamos tú y yo ¿de acuerdo?". Sigo sin contestar. La puerta se cierra y nos dejan solos. Hace un gesto con la cabeza para que me siente a su lado. Yo retrocedo hasta apoyarme en la pared, sin separar mis ojos de los suyos. "Bueno, chico, dime. ¿Qué tal la mierda esta?". Saca un paquete de cigarrillos. Siento frío por dentro. Meto las manos en los bolsillos. El chasquido del mechero desbloquea mi cabeza. "No se puede fumar aquí." Enciende el pitillo y expulsa el humo con parsimonia. "No me digas..." Vuelve a sonreir. Da otra calada. Está extraño. El pelo más corto. La ropa limpia. La cara afeitada. Me fijo en sus uñas cortas y brillantes. "¿Por qué no estás en la cárcel?" Vuelve a mirarme, mientras suelta una pequeña risa entre volutas de humo. Resbala sus ojos azules en mí. "Joder, pareces un puto esqueleto...¿es que no te dan de comer estos gilipollas?". Me encojo un poco en el jersey. "¿Por qué no te han encerrado? ¿qué les dijiste de mí?" Vuelve a reirse mientras se levanta y se acerca a mí. Inclina su cabeza sobre la mía. Respiro su aliento de tabaco. "¿Y tú, chico? ¿qué les dijiste tú de mí?"
La casa huele a guisote raro
Estoy cocinando. Preparo lentejas a la "no tengo ni puta idea de cómo se hacen las lentejas". Creo que serán un éxito, si logro que lleguen vivas a la cena.
Sigo con demasiado trabajo, pero ya voy reaccionando. Para darme un poco de marcha, amenizo la jornada laboral sintonizando una emisora de radio dónde sólo ponen rancheras. Me paso las ocho horas cantando, y yo solito me hago los solos, los coros y hasta los falsetes. Todos mis compañeros me odian un poco, excepto el Sr. Mateu, que todavía me encuentra simpático, porque está completamente sordo del oído derecho.
He encontrado esto en el libro que estoy leyendo: "...Tengo un problema de voltaje. No sé cómo decirte. Muchas veces tengo la sensación de que me falta un botón. Ya sabes, un chisme para regular el volumen. Siempre me paso en un sentido o en otro. Nunca consigo encontrar un buen equilibrio, y mis inclinaciones siempre terminan mal. Cuando bebo, bebo demasiado, cuando fumo, me hago polvo, cuando amo, pierdo la razón, y cuando trabajo me deslomo. No sé hacer nada normalmente o serenamente..."
Lo he subrayado en rojo. Me siento cantidad de identificado. Un botón de voltaje. Eso es. Eso es lo que me falta. Por eso no fumo. Por eso no bebo. Por eso no me coloco. Porque sé que terminaría en una esquina vomitando vino y anunciando el fin del mundo, vestido con hojas de periódico y un gorrito de pompón. Tengo que asumir que yo no camino por la vida. Yo galopo.
El libro se llama Juntos nada más. No es un libro maravilloso, pero es bonito y emotivo. Me gustan sus personajes raros y desheredados. Me lo regaló Miguel por navidad. Miguel siempre me regala libros bonitos. Cuando le pregunto en qué se basa para elegir, él se encoje de hombros y responde: "No sé... me gustó la foto de la portada". Yo me paso horas eligiendo libros. Leo sinopsis, estudio críticas, selecciono autores... y después siempre acabo comprando mierdas como pianos. Miguel elige los libros por el dibujito, como los niños, y no falla jamás. Creo que le odio un poco por eso.
Sigo con demasiado trabajo, pero ya voy reaccionando. Para darme un poco de marcha, amenizo la jornada laboral sintonizando una emisora de radio dónde sólo ponen rancheras. Me paso las ocho horas cantando, y yo solito me hago los solos, los coros y hasta los falsetes. Todos mis compañeros me odian un poco, excepto el Sr. Mateu, que todavía me encuentra simpático, porque está completamente sordo del oído derecho.
He encontrado esto en el libro que estoy leyendo: "...Tengo un problema de voltaje. No sé cómo decirte. Muchas veces tengo la sensación de que me falta un botón. Ya sabes, un chisme para regular el volumen. Siempre me paso en un sentido o en otro. Nunca consigo encontrar un buen equilibrio, y mis inclinaciones siempre terminan mal. Cuando bebo, bebo demasiado, cuando fumo, me hago polvo, cuando amo, pierdo la razón, y cuando trabajo me deslomo. No sé hacer nada normalmente o serenamente..."
Lo he subrayado en rojo. Me siento cantidad de identificado. Un botón de voltaje. Eso es. Eso es lo que me falta. Por eso no fumo. Por eso no bebo. Por eso no me coloco. Porque sé que terminaría en una esquina vomitando vino y anunciando el fin del mundo, vestido con hojas de periódico y un gorrito de pompón. Tengo que asumir que yo no camino por la vida. Yo galopo.
El libro se llama Juntos nada más. No es un libro maravilloso, pero es bonito y emotivo. Me gustan sus personajes raros y desheredados. Me lo regaló Miguel por navidad. Miguel siempre me regala libros bonitos. Cuando le pregunto en qué se basa para elegir, él se encoje de hombros y responde: "No sé... me gustó la foto de la portada". Yo me paso horas eligiendo libros. Leo sinopsis, estudio críticas, selecciono autores... y después siempre acabo comprando mierdas como pianos. Miguel elige los libros por el dibujito, como los niños, y no falla jamás. Creo que le odio un poco por eso.
Mh... otra para ti con un attach de recuerdos
No sé... no se qué llevarte cuando vaya a verte. Ando un poco nervioso, de acá para allá, como el crío de siete años al que van a sentar en las rodillas de los reyes magos.
Oye, recuerdo los reyes magos de mi infancia ¿sabes? porque una vez nos llevaron los frailes. Uno de los días que nos bajaron a Segovia a escuchar misa navideña en la catedral. Recuerdo que estaban ahí plantados los tres, enmedio de la calle, en una especie de tarima en alto, con sus trajes de oropeles y sus tiesas barbas de polivinilo. Y allá que fuimos toda la fila de huerfanitos. Uno por uno, pasando por los reyes magos a pedir cosas que no nos iban a traer. Que recuerdo que el hermano Julián nos iba diciendo "no seáis egoistas que Dios os está viendo. Pedid por los niños que no tienen nada, pedid por los niños que no tienen nada..." Y según avanzaba la cola, yo iba pensando "Pues de puta madre, porque ese soy yo...", así que tal cual me pusieron delante del falso melchor, allá lo solté "Yo soy Ariel y quiero una pista de coches de maicromachin." Y tal cual me la llevé, claro. Un collejón que me soltó el hermano Julián según bajaba de la casetilla, que casi me vuelve las orejas del revés. Y venga a llamarme egoísta hijo de satanás y nosecuantas cosas más, mientras el que iba detrás de mí, en vista de mi éxito, pedía compulsivamente mogollón de dádivas para todos los negritos del Congo, de Etiopía, del Senegal y de todas las partes del mundo donde hubiera negritos descristianizados sin regalos.
¿Ves? si es que lo mío con la iglesia ha sido divorcio desde antes incluso que nos casáramos...
Bueno, que me enrollo. Que no sé qué llevarte. Chocolate. Arándanos. Chocolate y arándanos. Chorándanos y aralate. Y que ya me he probado los pantalones comando estossonmiscalzoncillos-estemiombligo y que parezco un idiota (qué novedad...). Así que si no te importa, me recibes con los ojos cerrados, las luces apagadas, y un saco de arpillera en la cabeza.
Venga... imagínatelo. No me niegues que nos íbamos a echar unas risas. Al menos hasta que uno de los dos pisara a Takhesi con las botas militares.
Y hablando de gatos... he leído el post anterior y creo que me meto demasiado con Juana Tequila, como si entre ella y yo no hubiera feeling. Pero no es así ¿eh?. Lo cierto es que es la niña de mis ojos, hasta cuando me desolla la tetilla. Bueno... cuando me desolla la tetilla, más. La verdad, la puñetera verdad... es que las mujeres crueles siempre me han robado el corazón. Tchsk...
Oye, recuerdo los reyes magos de mi infancia ¿sabes? porque una vez nos llevaron los frailes. Uno de los días que nos bajaron a Segovia a escuchar misa navideña en la catedral. Recuerdo que estaban ahí plantados los tres, enmedio de la calle, en una especie de tarima en alto, con sus trajes de oropeles y sus tiesas barbas de polivinilo. Y allá que fuimos toda la fila de huerfanitos. Uno por uno, pasando por los reyes magos a pedir cosas que no nos iban a traer. Que recuerdo que el hermano Julián nos iba diciendo "no seáis egoistas que Dios os está viendo. Pedid por los niños que no tienen nada, pedid por los niños que no tienen nada..." Y según avanzaba la cola, yo iba pensando "Pues de puta madre, porque ese soy yo...", así que tal cual me pusieron delante del falso melchor, allá lo solté "Yo soy Ariel y quiero una pista de coches de maicromachin." Y tal cual me la llevé, claro. Un collejón que me soltó el hermano Julián según bajaba de la casetilla, que casi me vuelve las orejas del revés. Y venga a llamarme egoísta hijo de satanás y nosecuantas cosas más, mientras el que iba detrás de mí, en vista de mi éxito, pedía compulsivamente mogollón de dádivas para todos los negritos del Congo, de Etiopía, del Senegal y de todas las partes del mundo donde hubiera negritos descristianizados sin regalos.
¿Ves? si es que lo mío con la iglesia ha sido divorcio desde antes incluso que nos casáramos...
Bueno, que me enrollo. Que no sé qué llevarte. Chocolate. Arándanos. Chocolate y arándanos. Chorándanos y aralate. Y que ya me he probado los pantalones comando estossonmiscalzoncillos-estemiombligo y que parezco un idiota (qué novedad...). Así que si no te importa, me recibes con los ojos cerrados, las luces apagadas, y un saco de arpillera en la cabeza.
Venga... imagínatelo. No me niegues que nos íbamos a echar unas risas. Al menos hasta que uno de los dos pisara a Takhesi con las botas militares.
Y hablando de gatos... he leído el post anterior y creo que me meto demasiado con Juana Tequila, como si entre ella y yo no hubiera feeling. Pero no es así ¿eh?. Lo cierto es que es la niña de mis ojos, hasta cuando me desolla la tetilla. Bueno... cuando me desolla la tetilla, más. La verdad, la puñetera verdad... es que las mujeres crueles siempre me han robado el corazón. Tchsk...
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