Primer post desde el ordenador de Teo. Aún se me hace raro. Por más que le ponga pegatinas, kanjis, programas nuevos y borrados de contraseñas varias, todavía respira un poco a él. Tengo ganas de que pase el tiempo. De que los días sean semanas, las semanas meses, los meses años... y que todo se vaya almacenando un poco. Que deje de chirriarme en el cerebro, como un mal pensamiento.

He plantado las nueve marihuanitas. Tequila lo ha celebrado escarbando en las macetas hasta sacar fuera el 70% de la tierra, y paseando a continuación con las patitas llenas de mierdecilla vegetal, por encima de mi edredón nuevo. Me ha salido la ira hasta de las orejas. La he estado persiguiendo un buen rato, grito va, grito viene, por todo el pasillo, pero me ha esquivado como un quaterback profesional. Maldita... para cuando he logrado arrinconarla, me ha mirado con esos ojos de lagarto que tiene, y me ha soltado un miñuminí de los suyos. A partir de ahí no he sido capaz de seguir enfadado, ni de hacerla confetti, como hubiese sido menester. Me he limitado a tumbarme a su lado y hacerle unas cuantas monerías. Tchsk... Qué poca mano tengo con las mujeres. El día que tenga novia formal, lo voy a llevar de un crudo...

He puesto lo que queda de mis marihuanitas, encima del tendedero plegable. Ahora Tequila mira desde abajo y maulla pichiú-pichiú, como diciendo "no os mováis, que ya veré como subo ahí arriba para terminar de aniquilaros". Ahora voy por la casa con el pulverizador de agua colgando del cinturón. En cuanto la veo cerca de la macetas le suelto cuatro o cinco fisfús en los morros. Llevamos todo el día como Pat Garrett y Billy the Kid. Si de esta sale alguna planta viva, será gracias a Santa Rita, porque si no...

Mañana vuelvo al trabajo y a las clases de conducir. Mateo insiste una y otra vez en que me quede con el seat ibiza de Teo. Ayer estuve sentado un buen rato dentro, intentando congraciarme con el volante. Fue imposible. Algo de ese coche me da mal rollo. Le dije que prefería venderlo y comprarme uno de segunda mano. Él se hacía de cruces. Creo que piensa que estoy algo zumbado.

Me siento raro estos días. Como si me faltara... fuelle... o algo así.
He aguantado el tipo lo mejor que he podido. Me tocaba. Su tía lloraba, su hermano lloraba, los amigos estaban destrozados... Yo sólo le imaginaba detrás de mí, diciéndome "Tú aguanta, enano. Te toca aguantar o aquí nos vamos todos la mierda." Así que yo aguantaba. Sostenía, firmaba papeles, tomaba decisiones, estrechaba manos... Y de vez en cuando me escondía en el cementerio pequeño que había al lado para dar dos caladas profundas de marihuana y volver de nuevo al escenario. Resistí. Sin llorar, sin maldecir, sin gritar y sin descomponerme. Sé que me habría dado dos collejas si lo hubiera hecho. Siempre decíamos que lo mejor era un entierro a la italiana. Alcohol, música y alegría por los buenos recuerdos que se dejan. Claro que cuando lo decíamos, ambos pensábamos que sería él el que me enterrara a mí y no al contrario. Muy curiosa la vida. Muy curiosos los hombres que aún pensamos que podemos manejarla o preveerla.

El concepto de despedida de difuntos que tenemos los españoles no ayuda nada a pasar el trago. Menudo teatro. Menudo kistch. Cuánta gilipollez. Cuando me asomé al cristal del tanatorio la primera vez, tuve que clavarme las uñas para no caer de rodillas. Cojones... aquello parecía el mausoleo de Estrellita Castro. Esos cuatro pedazos de velones... esas coronas gigantescas con esos cintones de lazos... esa sabanita de raso con puñetas rodeándole la cara... ese pedazo de crucifijo dorado a su espalda (y eso habiendo sido específicos en que no queríamos símbolos religiosos). Vaya, que... para romperte el alma en cuatro trozos y sufrir como un cabrón con la muerte, los católicos son la polla. Se apañan como nadie para joderte todo lo posible el momento.

Le dije a su hermano "él no querría oficio religioso, lo sabes..." Su hermano miró a los amigos que esperaban alrededor y me dijo "Lo sé, pero es que la gente... " Yo le dije "Mateo, piensa lo que él hubiera querido hacer y hazlo." y él me respondió "No tengo fuerzas, Ari. Hazlo tú." Así que... esos fueron los últimos momentos. Yo, como una azafata de easyjet, señalando las puertas y diciendo "señores-señoras gracias por venir, esto se ha acabado - etc.etc.etc." Y las cuatro señoras mayores que había (que dicho sea de paso, no tengo ni idea de quiénes eran) mirándome con cara de "que sepáis que vais a ir todos al infierno..."

Se hubiera descojonado de mí. Eso seguro.

Anoche, a toro pasado, salimos a cenar al hollywood foster. Y una vez allí, delante de mi plato de fajitas, me puse a pensar en las veces que había ido allí con él y en los nachos con queso que siempre solía pedir. Y caí en la cuenta que ya nunca jamás podría volver a estar allí, conmigo, ni volver a comer nachos, ni volver a ver los vídeos horteras que siempre nos ponían en la televisión de enfrente. Y allí, yo sólo con mis fajitas, caí. Caí sin remisión, y no pude dejar de llorar hasta bien entrada la madrugada.

Sé que estos días habrá otras caídas. Y otras. Y otras más. No importa. También sé que me volveré a levantar. Eso lo aprendí bien en el hospital; luchar por vivir es nuestra obligación para con los que ya no podrán nunca hacerlo.
Adiós, loco.
He venido a recoger sus álbumes de fotos. Me lo ha pedido su tía. Estoy mirándome cara a cara con su gato pelirrojo. Es bastante feo. De esos narigudos. Y no me soporta. Se frota contra mis piernas y después bufa y me araña los tobillos. No sé por qué hace eso, yo nisiquiera le toco, ni hago por dónde. Creo que anda un poco esquizofrénico, como todos. Supongo que lo echará de menos y que yo no soy él. Le tengo que decir a su tía que lo castre. No tiene sentido tener un macho de seis años con tan mala uva y sin castrar. Todo el apartamento huele a pis de gato y medicamento.
Tequila vuelve a estar en celo. Pobrecilla. Con tanto trajín me he olvidado de ella. Entre celos y noches de hospital, llevo cerca de una semana sin dormir tres horas seguidas. Cuando todo esto haya pasado, me iré a casa de J., me daré una ducha calentita, me tomaré un colacao y caeré en coma todas las horas que me sean posibles, mientras él tecletea en su ordenador.
No sé por qué pero duermo muy bien en su cama. Creo que me da alguna especie de seguridad oirle en la otra habitación. A lo mejor es la sensación de tener centinela que vigila tu sueño. Una especie de rito atávico de cuando había que turnarse las noches en las cavernas para que no te descoyuntara un mamut, o algo así.

Je... se nota que me falta sueño, sí...

Teo sigue igual. La cara se le deforma, es muy extraño. Tengo la sensación de que lo que hay en la cama, ya no es él. Le han puesto oxígeno para que la respiración fuera más suave. Aún así es como un fuelle entrecortado arriba y abajo.

Deseo que todo termine. Cerrar la puerta para poder abrir bien las ventanas.
Ya sólo esperamos. Ya sólo espero. Me tumbo en el sofá de plástico, junto a su cama, enciendo el portátil y veo películas. De vez en cuando me levanto y le miro un rato. Vigilo su respiración. Sé que en algún momento miraremos y se habrá parado. Mientras tanto, sólo esperamos. No queda más.
A veces hablo con él. Le cuento chorradas sobre las películas que veo. "Mira, es este actor ¿te acuerdas? siempre decías que parecía un ratón..." Como si pudiera entenderme o contestarme. Suelto grandes parrafadas y preguntas al aire, que se mezclan con el sonido de su respiración. De su pecho arriba y abajo. Y nada más.
Estoy tranquilo. Lo bueno de las esperas es que tienes tiempo de asumir. De llorar, de maldecir, de resignarte... Tienes tiempo de todo. Ahora sólo quiero que termine cuanto antes, porque sé que debajo de toda la morfina y la medicación que le tiene prácticamente en coma, hay sufrimiento físico. Un organismo que tira a duras penas. Riñones que no funcionan, hígado con metástasis, intestino paralizado... Como si cada bombeo de corazón ya no tuviera ningún sentido.
Sé que vendrá lo peor. Lo de meter sus cosas en bolsas y vaciar su apartamento. Cuando murió mi hermano me mantuve en estado de shock hasta que alguien empezó a desclavar sus dibujos de la pared. Ahora espero algo similar, con el agravante de que esta vez, yo mismo estaré llenando bolsas de ropa, zapatos, agendas, libros, películas, recuerdos, fotos, vida... Le he pedido marihuana a J. "Necesito dos o tres petas. Uno para el entierro, otro para el tanatorio y otro para recoger sus cosas." Me ha dicho: "Estaré contigo, si quieres." Claro que quiero. El hombre que no aguanta ningún problema, resulta que es perfectamente válido para aguantar los míos. Me sostiene. Quién me lo iba a decir. Me está bien empleado, por bocachancla.

Ayer abracé a su tía mientras lloraba, en el pasillo. Me pareció que debía advertirles lo de la maría, así que le dije "llevaré un porro al tanatorio, señora. Si quiere probarlo por primera vez, ese será el momento perfecto." Al segundo me arrepentí de haberlo dicho. Tiene setenta años. Como le dé una bajada de tensión se me queda frita allí mismo, entre coronas. Su hermano puso cara de flipe. Me dijo: "¿En serio vas a llevarlo? ¿y de dónde lo vas a sacar?" Me pareció la pregunta más tonta del mundo, así que contesté: "Del carrefour. De la sección de zumos, lácteos y colocones". Los tres nos quedamos un segundo callados y luego rompimos en una carcajada. Las enfermeras nos miraron con extrañeza. Carcajada con lágrimas. Así de locos andamos todos.

Bueno. Sigo sirviendo como payaso de desgracias. Algo es algo.
Estoy en un starbuck de algún sitio. No sé bien de cual, porque me he limitado a andar, andar y andar, como un zombie y no sé bien dónde he llegado a parar. Cuando la correa del portátil ya se me clavaba en el hombro, he parado. Aquí he parado. En nosedónde de nosequémomento.

He salido del hospital como una flecha, en cuanto el médico ha dicho la última palabra. Como los cobardes. No he sido fuerte, ni positivo. Sólo he salido corriendo. Allí se ha quedado su tía y su hermano. Supongo que en estos momentos se preguntarán dónde demonios estoy. No he podido hacer nada coherente. Sólo caminar compulsivamente, sentarme aquí, llamar a un compañero y avisar de que no iré mañana a trabajar. Sólo eso.

Se muere. Lo dije. Sé de donde me venía la certeza. He visto a otros consumirse como se está consumiendo él. Como un conejo, acurrucado sobre sí mismo. Con los ojos perdidos entre sueños y dolores. Estoy harto de ver a otros en esa misma posición. La posición que adoptas cuando ya te han ganado. Cuando ya no hay nada que hacer.

Hoy se le han colapsado los riñones. Ahora todo será una cadena. Colon, riñones, hígado, corazón... Sé lo que viene. Todo esto me lo sé. Supongo que por eso he salido corriendo. No quería escuchar esa frase que ya estaba soltando el médico. La famosa frase: "Ya se ha hecho todo lo que se podía hacer".

Se muere. Antes que yo. Antes de que llegue el verano.

No sé qué hacer ahora. No sé qué hacer cuando venga el camarero a decirme que cierran. He dejado el raciocinio por algún lado entre allí y aquí. Ya no puedo pensar.
Soy fuerte y positivo. Soy quien da la palmada en la espalda y dice que todo irá bien. Quien templa y quien calma. Quien intenta sacar la visión luminosa de la cosas y cuando no la hay, se la inventa. Soy el de los saltos y la risa idiota. El que intenta trivializar los problemas más terribles.

Y como soy ese tío, sucede que el mundo de mi alrededor se acostumbra a que ese sea mi papel. Y se acostumbra tanto, que ya nisiquiera se me permite ningún otro. No puedo estar nervioso. Ni triste. Ni estresado. No necesito calor, ni consuelos, ni una visión falsamente positiva de las cosas. No necesito una mentira piadosa de las que curan. No necesito que nadie tire de mí. Para nada. Al contrario. Cuando mis problemas de fondo me pesen tanto que ya no aguante, incluso se cabrearán conmigo y me dirán "pero bueno ¿qué te pasa? ¿a qué viene esto ahora?"

De vez en cuando, sólo de vez en cuando, me gustaría dejar de ser la puta locomotora y circular aunque sólo fueran diez putos metros, como vagón de carga. De vez en cuando, molaría que alguien se molestara en tirar de mí. De vez en cuando. Porque después de tantos años... de tantas personas... y de unas cuantas relaciones... todavía no he encontrado a nadie que lo haga. Nadie. En ningún momento. Jamás.

Por el contrario, de vagones de carga tengo un currículum aterradoramente impresionante.

Y el conjunto de lo que acabo de escribir no es más que una forma poética de decir que a la puta mierda todo.

Semanas de empatatamiento

Últimamente cuando termino la jornada estoy cansado o triste. Y los dos son malos calificativos para escribir. Así que últimamente tengo un diarioblog un poco mudo. Menos hoy. Hoy me pongo el cansanciopena por montera y me siento al ordenador. Al fin y al cabo hay fútbol, y esa es la segunda cosa que menos me importa de las cosas que más importan a los demás.

Vengo de ver a Teo. Se deja morir. No quiere comer. No quiere levantarse. No quiere abrir las ventanas. No quiere lavarse. No quiere oirme. Dice que sólo hay dolor y cansancio. Recuerdo los días en los que sólo había dolor y cansancio, pero yo me aupaba lo que hiciera falta, para mirar más allá. Él pasa. Creo que no tiene ninguna esperanza en el futuro. No sé por qué yo siempre tengo la esperanza abierta 24h. al día, siete días a la semana. A lo mejor es porque voy un par de pasos más corto que los demás. Da igual. Sigo prefiriendo pelear. El día que haya una hecatombe nuclear a mí me va a pillar escarbando un refugio antirradiaciones con una cucharilla de yogur. Lo sé. Me cuesta mucho lo de rendirme, vaya usted a saber por qué.

No sé qué hacer con Teo. No sé cómo tirar de él. Quería hablar con Jesús de eso, antes cuando he ido a verle, pero siempre me desconcentro cuando le tengo delante. Son esos ojos color semilla de marihuana que tiene. Me emboban. Solo me apetece el acurruque, el café y reirme de sus gansadas. Si tuviera que hacer lo de la hecatombe, el refugio y la cucharilla con Jesús delante, mis probabilidades de terminar siendo un montoncito de ceniza rubia aumentarían un 105% Será mejor que cuando llegue el fin del mundo, le deje debajo de una mantita térmica hasta que termine de construir lo que sea menester.

Mis probabilidades de escribir gilipolleces también aumentan un 105% cuando el reloj pasa de las nueve. Es el efecto "puré de patata mental".

He cambiado el profesor de coches. El nuevo es mucho más serio, mucho menos divertido y mucho más profesional. Creo que por fin estoy aprendiendo algo. Ayer me dijo que había cogido lo del embrague muy rápido y que no se me iba a dar mal conducir. No olía a alcohol ni nada cuando lo decía, así que ahora estoy cantidad de esperanzado. Si logro dejar de comerme los bordillos madrileños, de aquí a julio soy el rey de la autopista. O por lo menos el príncipe. O... el regente.

Vale. El bufón.

Amores, zorros, cannabis...

Últimamente tengo momentos tan bonitos que casi no me parecen míos. Y no soy capaz de demostrarlos, ni de hacerles los honores suficientes. Quiero decir... me dió el beso más bonito del mundo en el camino de las dehesas, cuando bajábamos hacia la estación. Sin venir a cuento, yo me paré a ver si venía alguien y él me dió el beso más bonito del mundo. Y no hubo banda sonora, ni grandes aspavientos, ni un segundo que se parara en mitad del microcosmos. Simplemente sucedió y nisiquiera tuve el detalle de decírselo. Nisiquiera eso. Nisiquiera un "que sepas que nunca me habían dado un beso como este". Nada. Él continuó bajando y hablando sobre la leyenda de la ciudad sin nombre, mientras a mí se me hacía el corazón algo más grande.

Decidimos olvidarnos de la cena en el Naomi y pasar el resto de su día de cumpleaños tirados en el sofá viendo Fantastic Mr. Fox. Era de esperar. Nos habíamos comido un space cake, bebido un par de cervezas y fumado dos petas algo cargaditos. A esas alturas el mundo nos parecía perfecto tal y como estaba. No había necesidad de hacer nada más allá de retozar, reir, y mirar la pantalla de vez en cuando.

A partir de ahora siempre recordaré Fantastic Mr. Fox como una película mitad animación, mitad neblina, mitad sexo. Y me gustó tanto la mezcla, que ya no quiero volver a verla (incluso aunque me perdí la mitad del desenlace) porque estoy convencido de que jamás será capaz de gustarme tanto como me gustó anteayer. Imposible.

A lo mejor no fue el cannabis. A lo mejor es cierto que, simplemente, el mundo era perfecto tal y como estaba en ese instante.