Varios días ya sin poder publicar por culpa de un virus idiota que me saca comillas en vez de acentos. Y como en la lucha mortal Ariel vs. Virusidiota todavía no hay claro vencedor, pues... por ahora dejo que el bicho se divierta por mi ordenador y publico desde el portátil, hasta la próxima batalla (snif).
La foto es de un cuadro de madera que ha comprado hoy Carlos en una tienda de chinchonadas de Chinchón. Creo que mola todo (el cuadro y él). Su pasión gatuna crece a pasos agigantados. Suele pasarle a todo el mundo. El gato es el único animal que crea adicción. Un día estás diciendo "uff... es que a mí los gatos... no sé... son tan traidores..." y una semana de convivencia después, te sorprendes preguntando "¿y si adopto a otro cachorrillo? total... donde comen 27 comen 28..."
A mí no me pasó eso, no. Yo he sido siempre un irresponsable para todo; gatos, perros, zarigüellas, cromos de mazinger...
Ha sido una semana muy productiva en la que el cardiólogo me ha diagnosticado arritmia supraventricular (siempre algo nuevo bajo el sol), me han colocado un holter y he deshecho un montón de cajas de trastos y tonterías que debería haber tirado hace cinco años. La casa es amplia, con luz y llenita de mogollón de energías positivas. Los gatos son felices con Carlos, Carlos es feliz con los gatos, yo soy feliz con los gatos y con Carlos, y Peyote es feliz aniquilando todo lo que se mantenga en pie y/o esté vivo para sufrirlo. Ahora que ya ha terminado con toda la colonia de lagartijas de la terraza (cuyos minicadáveres desmembraditos muy amablemente nos ha ido dejando en almohadas y sofás, día sí y día también), se esfuerza notablemente con la colonia de insectos varios, para pasar sin más dilación a la colonia de pajaritos visitantes.
No quepo en mí de gozo. Vamos... no sé cómo he podido vivir todos estos años sin un gato asesino, masacrador de especies.
Además de los dos gatos normales, del psicokiller, de Carlos y de un servidor, también viene de vez en cuando por la casa a recoger cosas, un conductor de autobuses llamado Bosco, que parece ser la expareja de mi compañero masticable, además de antiguo propietario de la habitación que ahora ocupo.
Cuando de pareja pasas a ser amigo, es que la relación se ha logrado terminar de buen rollito y por mutuo acuerdo, pero temo que este no sea exactamente el caso, porque a pesar de toda la cortesía y respeto con los que se tratan, cada vez que aparezco en escena, Bosco me mira como si quisiera sacarme los glogos oculares tirando de mi cerebro desde el ombligo.
Pienso que si pudiera leerme el pensamiento, probablemente yo a estas alturas sería un amasijo de higadillos y rizos, colgando de la antena de radio de un autobús de la EMT.
Actores, lubinas y amansagatos
Bueno, empecemos por las cosas que parecen idiotas pero que en realidad lo son; hace veinte minutos Eduardo Noriega me ha pedido la vez en la pescadería.
Me hubiera molado ser un tipo de esos fríos y normales y decir eso de "a mí ya me están atendiendo, Eduardo Noriega" con la serenidad y el aplomo de un jedi, pero como soy yo y lo máximo que aspiro a encontrar en la pescadería son boquerones y señoras con paraguas, me he puesto cantidad de nervioso y casi se me caen las lubinas mientras no paraba de decir ahivahivahivá - túereselactortúereselactotúereselactor...
Me alegro de haber estado solo. Si llego a estar con Miguel, me habría dado con las lubinas en la cabeza. Pasa mucha vergüenza cuando no sé comportarme con los famosos. Todavía no me ha perdonado que me levantara de la mesa en el vips para preguntarle a Carmen Machi por qué había dejado Aída, ni que atravesara corriendo todo el parking de princesa para contarle a Guillermo Toledo que no me había gustado la segunda parte de Al Otro lado de la cama (no sé por qué me dió por pensar que a él podría interesarle).
Bueno pues... que Eduardo Noriega es cantidad de simpático y dulce, y que no se pone borde con los admiradores plastas compradores de lubinas. Que responde con mucha paciencia y hasta te recuerda muy amablemente que tienes a toda la pescadería esperando a que recojas el puto ticket que te tiende el pescadero desde hace treinta minutos, mientras tú sigues contando en plan papagayo epiléptico lo "guay" que estaba la peli esa "del doctor que curaba a los muertos" (debo aclarar que lo de explicarme como un libro cerrado es un efecto secundario de los nervios del momento, y que en circunstancias normales suelo ser un hacha recordando títulos y argumentos. O... inventándomelos).
Y... que no es bajito como parece en las películas. Que me saca la cabeza (el muy cabrón). Eso demuestra que la cámara además de engordar te achaparra, así que supongo que si Peter Jackson me hubiera contratado para hacer de Frodo, se habría ahorrado una pasta en efectos especiales, el hombre.
Ya estoy en la casa nueva. Carlos se lleva sorprendentemente bien con los tres gatos. Juega con ellos, los habla, los acaricia... y lo más flipante del tema es que la pasión parece ser mutua. Las malditas bestezuelas satánicas parecen tranquilizarse cuando le tienen cerca. Es muy extraño. Como si despidiera ondas electromagnéticas amansagatos, o algo así.
Me pregunto si será verdad que hay personas que resultan pacíficas para los gatos, igual que hay otras que los encrespan, sin necesidad de hacer nada en especial. En todo caso, yo no debo de ser de temperamento felino, porque a mí Carlos no me pacifica en absoluto. Al contrario. Cada vez que le tengo a menos de un metro de distancia siento como si tuviera veinte gnomos bailando all that jazz en mi bajovientre.
Me hubiera molado ser un tipo de esos fríos y normales y decir eso de "a mí ya me están atendiendo, Eduardo Noriega" con la serenidad y el aplomo de un jedi, pero como soy yo y lo máximo que aspiro a encontrar en la pescadería son boquerones y señoras con paraguas, me he puesto cantidad de nervioso y casi se me caen las lubinas mientras no paraba de decir ahivahivahivá - túereselactortúereselactotúereselactor...
Me alegro de haber estado solo. Si llego a estar con Miguel, me habría dado con las lubinas en la cabeza. Pasa mucha vergüenza cuando no sé comportarme con los famosos. Todavía no me ha perdonado que me levantara de la mesa en el vips para preguntarle a Carmen Machi por qué había dejado Aída, ni que atravesara corriendo todo el parking de princesa para contarle a Guillermo Toledo que no me había gustado la segunda parte de Al Otro lado de la cama (no sé por qué me dió por pensar que a él podría interesarle).
Bueno pues... que Eduardo Noriega es cantidad de simpático y dulce, y que no se pone borde con los admiradores plastas compradores de lubinas. Que responde con mucha paciencia y hasta te recuerda muy amablemente que tienes a toda la pescadería esperando a que recojas el puto ticket que te tiende el pescadero desde hace treinta minutos, mientras tú sigues contando en plan papagayo epiléptico lo "guay" que estaba la peli esa "del doctor que curaba a los muertos" (debo aclarar que lo de explicarme como un libro cerrado es un efecto secundario de los nervios del momento, y que en circunstancias normales suelo ser un hacha recordando títulos y argumentos. O... inventándomelos).
Y... que no es bajito como parece en las películas. Que me saca la cabeza (el muy cabrón). Eso demuestra que la cámara además de engordar te achaparra, así que supongo que si Peter Jackson me hubiera contratado para hacer de Frodo, se habría ahorrado una pasta en efectos especiales, el hombre.
Ya estoy en la casa nueva. Carlos se lleva sorprendentemente bien con los tres gatos. Juega con ellos, los habla, los acaricia... y lo más flipante del tema es que la pasión parece ser mutua. Las malditas bestezuelas satánicas parecen tranquilizarse cuando le tienen cerca. Es muy extraño. Como si despidiera ondas electromagnéticas amansagatos, o algo así.
Me pregunto si será verdad que hay personas que resultan pacíficas para los gatos, igual que hay otras que los encrespan, sin necesidad de hacer nada en especial. En todo caso, yo no debo de ser de temperamento felino, porque a mí Carlos no me pacifica en absoluto. Al contrario. Cada vez que le tengo a menos de un metro de distancia siento como si tuviera veinte gnomos bailando all that jazz en mi bajovientre.
Cuando duerme Clyde, ataca Bonnie
Tequila ha tirado un jarrón de cristal lleno de margaritas. Pum-crash-flash. Un mar de agua, pétalos y cristalitos ha inundado la mesa, el portátil, las sillas tapizadas, la alfombra...
Por intentar recoger rápidamente los cristales bajo la furiosa mirada de la novia de Miguel, me he hecho un tajo considerable en la mano derecha que me ha hecho sangrar como un cochino en día de matanza. Eso también ha contribuído a pringar la mesa... el portátil... las sillas tapizadas... la alfombra... De nada han servido los dos puntos de aproximación que me ha tenido que poner la vecina enfermera, ni el jarrón de cerámica que me he apresurado a comprar cagando leches para sustituir al anterior. La mirada de Ana Belén ha pasado en un nanosegundo de azul gélido a gris terrorífico. Creo que si pudiera coserme los gatos al escroto y luego meternos a los cuatro en una picadora gigante para hamburguesas lo haría sin dudar y sin despeinarse.
Cojo el coche todos los días. Pim-pam para ir; pim-pam para volver. Ya no voy acojonado por aquello de que, como buen irresponsable, tengo un ángel de la guarda titulado en peligros de muertes diversas, pero sigo aparcando como si tuviera la vista en una nalga y el sentido de la perspectiva en un pezón. Cuando lo quiero arrimar de la derecha, lo saco de la izquierda y cuando lo quiero arrimar de la izquierda, lo saco de la derecha. Cualquier cosa menos ponerlo recto y en su sitio.
Dicen que mañana podría nevar en Madrid. Yo... la nieve... el coche...
Ay...
Por intentar recoger rápidamente los cristales bajo la furiosa mirada de la novia de Miguel, me he hecho un tajo considerable en la mano derecha que me ha hecho sangrar como un cochino en día de matanza. Eso también ha contribuído a pringar la mesa... el portátil... las sillas tapizadas... la alfombra... De nada han servido los dos puntos de aproximación que me ha tenido que poner la vecina enfermera, ni el jarrón de cerámica que me he apresurado a comprar cagando leches para sustituir al anterior. La mirada de Ana Belén ha pasado en un nanosegundo de azul gélido a gris terrorífico. Creo que si pudiera coserme los gatos al escroto y luego meternos a los cuatro en una picadora gigante para hamburguesas lo haría sin dudar y sin despeinarse.
Cojo el coche todos los días. Pim-pam para ir; pim-pam para volver. Ya no voy acojonado por aquello de que, como buen irresponsable, tengo un ángel de la guarda titulado en peligros de muertes diversas, pero sigo aparcando como si tuviera la vista en una nalga y el sentido de la perspectiva en un pezón. Cuando lo quiero arrimar de la derecha, lo saco de la izquierda y cuando lo quiero arrimar de la izquierda, lo saco de la derecha. Cualquier cosa menos ponerlo recto y en su sitio.
Dicen que mañana podría nevar en Madrid. Yo... la nieve... el coche...
Ay...
El día que si debió ser
Estoy esperando a que venga mi pedido de comida china y el sábado me tocó la lotería.
Queda bien la frase ¿no? como de cortometraje absurdo. Sin embargo, es cierto. El sábado, justo un año después de que por un número no hiciera pleno en el euromillón, he acertado cinco en la lotería primitiva, y no he hecho pleno por el 48. Tres mil setecientos euros. Dos veces en un año he perdido 300 millones por un número. Mala suerte. Dos veces en un año me ha tocado un pellizco en la lotería. Buena suerte. Primero faltó el número 39, después el 48.
39... 48... ¿57?
Mh... tiene que haber algo de magia chelja en todo esto.
Le digo a J. que estoy girando en mi mundo circular, y que lo próximo será en febrero del año que viene, cuando me vuelva a tocar, pero esta vez acertando todos los números del sorteo. Me tocarán cientos de millones de euros, montaré un refugio para animales chungos y destrozones, como mis gatos, me compraré una casa de piedra de sillería con jardín y seré socio accionista de la empresa de J. Así podré estirarme en su silla reclinable y ordenar. "Eh... quiero eso más verde... nonono... o lo terminas o no cenas..."
Él se ríe y me dice que soy un chico con suerte. Hace dos años, cuando le decía que esperaba que me tocara la lotería no me decía eso. Me decía "Si ya sólo esperas eso, chungo lo llevas..." Ahora se ríe y dice que soy un chico con suerte. Es la batalla de los mediollenos contra los mediovacíos. Siempre ganamos nosotros.
Pues claro que siempre ganamos nosotros.
Miguel me pregunta "¿en qué lo vas a invertir?" y yo respondo "¡en una playstation 3!". Entonces me mira con gravedad y dice "joder, compórtate como un adulto ¿no? ¡guarda ese dinero, coño! te puede hacer falta en el futuro ¿sabes?"
No sabe que la playstation es para él. Porque me chilla en el coche y cree en mí.
Puedo contar con una mano las personas que creen en mí. Yo creo que eso se merece muchas playstations. Lo sé porque me conozco muuuuy bien. Y soy igual de destrozón y chungo que mis gatos.
Quiero irme a mi casa nueva. Llevaré una planta de margaritas y la colocaré en el alféizar de mi habitación. Así Peyote podrá mirarlas por la mañana y pensar "¡coño, qué detalle! ¡un buffet de ensaladas!"
Queda bien la frase ¿no? como de cortometraje absurdo. Sin embargo, es cierto. El sábado, justo un año después de que por un número no hiciera pleno en el euromillón, he acertado cinco en la lotería primitiva, y no he hecho pleno por el 48. Tres mil setecientos euros. Dos veces en un año he perdido 300 millones por un número. Mala suerte. Dos veces en un año me ha tocado un pellizco en la lotería. Buena suerte. Primero faltó el número 39, después el 48.
39... 48... ¿57?
Mh... tiene que haber algo de magia chelja en todo esto.
Le digo a J. que estoy girando en mi mundo circular, y que lo próximo será en febrero del año que viene, cuando me vuelva a tocar, pero esta vez acertando todos los números del sorteo. Me tocarán cientos de millones de euros, montaré un refugio para animales chungos y destrozones, como mis gatos, me compraré una casa de piedra de sillería con jardín y seré socio accionista de la empresa de J. Así podré estirarme en su silla reclinable y ordenar. "Eh... quiero eso más verde... nonono... o lo terminas o no cenas..."
Él se ríe y me dice que soy un chico con suerte. Hace dos años, cuando le decía que esperaba que me tocara la lotería no me decía eso. Me decía "Si ya sólo esperas eso, chungo lo llevas..." Ahora se ríe y dice que soy un chico con suerte. Es la batalla de los mediollenos contra los mediovacíos. Siempre ganamos nosotros.
Pues claro que siempre ganamos nosotros.
Miguel me pregunta "¿en qué lo vas a invertir?" y yo respondo "¡en una playstation 3!". Entonces me mira con gravedad y dice "joder, compórtate como un adulto ¿no? ¡guarda ese dinero, coño! te puede hacer falta en el futuro ¿sabes?"
No sabe que la playstation es para él. Porque me chilla en el coche y cree en mí.
Puedo contar con una mano las personas que creen en mí. Yo creo que eso se merece muchas playstations. Lo sé porque me conozco muuuuy bien. Y soy igual de destrozón y chungo que mis gatos.
Quiero irme a mi casa nueva. Llevaré una planta de margaritas y la colocaré en el alféizar de mi habitación. Así Peyote podrá mirarlas por la mañana y pensar "¡coño, qué detalle! ¡un buffet de ensaladas!"
Crónica del día que no debería ser
Esta madrugada se me ha metido un tio en la cama.
Antes habían tenido otras 450 fiestas y la cosa no había ido más allá de alguna chica medio desnuda dando grititos por el pasillo o de unas cuantas decenas de vecinos haciendo ruido quejándose del ruido, pero yo siempre me había mantenido a salvo al otro lado de la puerta de mi habitación. Siempre había podido conservar mi reducto de neutralidad, debajo de un edredón y entre dos tapones para los oídos. En ese microespacio donde todavía podía ver los toros desde la barrera, sin tener que aguantar demasiados daños colaterales.
Hasta que esta madrugada, el microespacio, el reducto y todas las chuminadas que me había inventado como un campeón, se han ido al carajo de un solo plumazo porque un tío se me ha metido en la cama. Con aliento de tequila y ojos de llevar en el estómago toda la química del universo, ha abierto mi puerta tan pichi, se ha quitado la ropa y se me ha acostado a la espalda. Luego me ha pasado la mano por los hombros y ha dicho "eh... nene...".
Siempre hay una gota que colma el vaso. Siempre. La mía ha llegado hoy. Justo en el momento en que he metido la patada al tipo y le he tirado fuera de la cama, ha sido cuando he sido consciente de que se me había acabado la mecha. De que ya, pasara lo que pasara, y dijeran lo que dijeran, no iba a poder quedarme ni un sólo día más. Ni un sólo minuto. Nisiquiera hasta que la habitación de Carlos quedara libre. Ni esperar hasta que saliera el sol. Nada.
Eran las cinco y poco cuando ha entrado Marc a darme explicaciones con un Pedro descojonado de risa detrás, agarrado a una botella de beefeater. Para entonces, yo ya estaba echando los cierres a la mochila. Marc ha dicho "Ariel, lo que vas a hacer es una tontería" y yo he respondido "Probablemente." Y con esas, me he abrochado la mochila, he agarrado las gateras y he salido por la puerta. Según bajaba por las escaleras, una señora con una bata rosa ha salido al descansillo y me ha dicho "esto no se puede permitir ¿eh? ¡esto no se puede permitir!".
Poco podía contarme la buena mujer, que yo ya no supiera.
En estos momentos escribo desde la casa de Miguel. Me ha hecho un hueco improvisado en el sofá del salón. La cara de su novia al verme ha sido un poema. No la culpo. Probablemente sería la misma cara que hubiera puesto yo en su situación. Me quedan seis días para ocupar el piso de Carlos. Mañana recogeré el resto de mis cajas, las llevaré a un guardamuebles y buscaré alguna pensión donde admitan mascotas y pueda dormir esta semana entrante.
Ana dice que dentro de diez años me acordaré de toda esta época y me reiré. Yo le digo que eso será si dentro de diez años no sigo igual que ahora, improvisando mi vida sobre la marcha. Lo cierto es que en estos momentos, pensándolo en frío... me produce todo menos risa.
Antes habían tenido otras 450 fiestas y la cosa no había ido más allá de alguna chica medio desnuda dando grititos por el pasillo o de unas cuantas decenas de vecinos haciendo ruido quejándose del ruido, pero yo siempre me había mantenido a salvo al otro lado de la puerta de mi habitación. Siempre había podido conservar mi reducto de neutralidad, debajo de un edredón y entre dos tapones para los oídos. En ese microespacio donde todavía podía ver los toros desde la barrera, sin tener que aguantar demasiados daños colaterales.
Hasta que esta madrugada, el microespacio, el reducto y todas las chuminadas que me había inventado como un campeón, se han ido al carajo de un solo plumazo porque un tío se me ha metido en la cama. Con aliento de tequila y ojos de llevar en el estómago toda la química del universo, ha abierto mi puerta tan pichi, se ha quitado la ropa y se me ha acostado a la espalda. Luego me ha pasado la mano por los hombros y ha dicho "eh... nene...".
Siempre hay una gota que colma el vaso. Siempre. La mía ha llegado hoy. Justo en el momento en que he metido la patada al tipo y le he tirado fuera de la cama, ha sido cuando he sido consciente de que se me había acabado la mecha. De que ya, pasara lo que pasara, y dijeran lo que dijeran, no iba a poder quedarme ni un sólo día más. Ni un sólo minuto. Nisiquiera hasta que la habitación de Carlos quedara libre. Ni esperar hasta que saliera el sol. Nada.
Eran las cinco y poco cuando ha entrado Marc a darme explicaciones con un Pedro descojonado de risa detrás, agarrado a una botella de beefeater. Para entonces, yo ya estaba echando los cierres a la mochila. Marc ha dicho "Ariel, lo que vas a hacer es una tontería" y yo he respondido "Probablemente." Y con esas, me he abrochado la mochila, he agarrado las gateras y he salido por la puerta. Según bajaba por las escaleras, una señora con una bata rosa ha salido al descansillo y me ha dicho "esto no se puede permitir ¿eh? ¡esto no se puede permitir!".
Poco podía contarme la buena mujer, que yo ya no supiera.
En estos momentos escribo desde la casa de Miguel. Me ha hecho un hueco improvisado en el sofá del salón. La cara de su novia al verme ha sido un poema. No la culpo. Probablemente sería la misma cara que hubiera puesto yo en su situación. Me quedan seis días para ocupar el piso de Carlos. Mañana recogeré el resto de mis cajas, las llevaré a un guardamuebles y buscaré alguna pensión donde admitan mascotas y pueda dormir esta semana entrante.
Ana dice que dentro de diez años me acordaré de toda esta época y me reiré. Yo le digo que eso será si dentro de diez años no sigo igual que ahora, improvisando mi vida sobre la marcha. Lo cierto es que en estos momentos, pensándolo en frío... me produce todo menos risa.
Tanques, monos y Nepomuk
He vuelto a coger el coche yo solo, como un campeón. Como un campeón paraolímpico cerebral, porque en realidad ya hace dos mesazos que me dieron el carnet, pero bueno... igual que soy un cagaprisas para las idioteces (como lo de levantarme a las seis de la mañana para verle el cogote a un tío), para las cosas importantes voy con muuuuuucha calma. De hecho... esa es una de las razones por las que Peyote todavía sigue vivo.
Todo el que se sienta en el asiento de copiloto de mi coche, baja el quitasol y dice "hey, si no tiene espejo..." Yo pongo cara de que el asunto me importa mogollón y añado "ah sí, no tiene...." Entonces ellos me dicen "Qué cosas ¿no? ¿y eso por qué?" y yo sigo poniendo cara de interés y añado "Pues... ya ves..." Ellos insisten "¿pero es que no lo llevaba de serie?" y yo ya, con expresión de vaca mirando el tren, respondo "sí... bueno... pero no hace falta que te mires que estás muy bien ¿eh?"
Como ya he pasado nueve veces por esa misma conversación y sigo desconociendo por qué los copilotos rumanos son tan poco coquetos, allí donde debiera estar el espejo, he pegado un cartoncito con esto.
Se lo he enseñado a Jesús cuando ha venido por la tarde a buscarme y ha dicho "Je, qué típico de ti..." Pero como venía en su modo Lebowsky, no he podido distinguir si lo decía en plan "porque tienes mucha gracia", o en plan "porque es pa darte con la mano abierta".
Mola ir con Jesús en el coche, porque él no da gritos como Miguel. Él sólo pone media sonrisilla y dice cosas como "¿has visto esa rotonda que hemos pasado hace veinte minutos? pues... creo que era por ahí". Y te lo dice así. Como si realmente todas las rotondas madrileñas llevaran a Roma y en el fondo diera igual lo de ir para Plaza de España y terminar en Motilla del Palancar.
Me gusta mucho Jesús cuando está en modo Lebowsky. Ojalá pudiera programarle para dejarle siempre así, como quien ajusta los canales de un televisor. Creo que entonces hubiéramos formado una pareja perfecta.
La abuela materna se marcha en siete días. Vivo sin vivir en mí.
Todo el que se sienta en el asiento de copiloto de mi coche, baja el quitasol y dice "hey, si no tiene espejo..." Yo pongo cara de que el asunto me importa mogollón y añado "ah sí, no tiene...." Entonces ellos me dicen "Qué cosas ¿no? ¿y eso por qué?" y yo sigo poniendo cara de interés y añado "Pues... ya ves..." Ellos insisten "¿pero es que no lo llevaba de serie?" y yo ya, con expresión de vaca mirando el tren, respondo "sí... bueno... pero no hace falta que te mires que estás muy bien ¿eh?"
Como ya he pasado nueve veces por esa misma conversación y sigo desconociendo por qué los copilotos rumanos son tan poco coquetos, allí donde debiera estar el espejo, he pegado un cartoncito con esto.
Se lo he enseñado a Jesús cuando ha venido por la tarde a buscarme y ha dicho "Je, qué típico de ti..." Pero como venía en su modo Lebowsky, no he podido distinguir si lo decía en plan "porque tienes mucha gracia", o en plan "porque es pa darte con la mano abierta".
Mola ir con Jesús en el coche, porque él no da gritos como Miguel. Él sólo pone media sonrisilla y dice cosas como "¿has visto esa rotonda que hemos pasado hace veinte minutos? pues... creo que era por ahí". Y te lo dice así. Como si realmente todas las rotondas madrileñas llevaran a Roma y en el fondo diera igual lo de ir para Plaza de España y terminar en Motilla del Palancar.
Me gusta mucho Jesús cuando está en modo Lebowsky. Ojalá pudiera programarle para dejarle siempre así, como quien ajusta los canales de un televisor. Creo que entonces hubiéramos formado una pareja perfecta.
La abuela materna se marcha en siete días. Vivo sin vivir en mí.
Yo creo que con quien mejor me voy a llevar...
...es contigo.
Eso ha dicho. Y mis hormonas han coreado "¡eso, eso! ¡que se lleve bien contigo, que se lleve bien contigo!", pero mi cerebro pacificador me ha hecho preguntar: "¿Y qué ha pasado con el actor? un actor es un inquilino seguro ¿no?" Y él, desconcertado, ha respondido: "bueno, si has cambiado de idea no pasa nada, no te sientas obligado..." Y las hormonas han vuelto a corear "¡no, no! ¡queremos morder al de la jukebox! ¡queremos morder al de la jukebox!" y mi cerebro pacificador (pero ya no tanto) ha tirado la toalla como un asqueroso cobarde y me ha hecho decir: "¿Cambiar de idea? ¿yo? nopordiosnononononononooo... vamosnidecoña¿eh?... que por mí... en cuanto se vaya la abuela..."
Ahora tendré que convivir con un tipo al que quiero morder.
Por fin tengo algo peor que Peyote sobre lo que preocuparme.
Eso ha dicho. Y mis hormonas han coreado "¡eso, eso! ¡que se lleve bien contigo, que se lleve bien contigo!", pero mi cerebro pacificador me ha hecho preguntar: "¿Y qué ha pasado con el actor? un actor es un inquilino seguro ¿no?" Y él, desconcertado, ha respondido: "bueno, si has cambiado de idea no pasa nada, no te sientas obligado..." Y las hormonas han vuelto a corear "¡no, no! ¡queremos morder al de la jukebox! ¡queremos morder al de la jukebox!" y mi cerebro pacificador (pero ya no tanto) ha tirado la toalla como un asqueroso cobarde y me ha hecho decir: "¿Cambiar de idea? ¿yo? nopordiosnononononononooo... vamosnidecoña¿eh?... que por mí... en cuanto se vaya la abuela..."
Ahora tendré que convivir con un tipo al que quiero morder.
Por fin tengo algo peor que Peyote sobre lo que preocuparme.
Demonios de la carne y del pescado
Ya no tengo alergia. Ahora tengo alergia + resfriado. Es como si alguien me hubiera desactivado la nariz. Como no aprenda a respirar por las orejas, lo llevo crudo para poder pegar ojo esta noche.
Esta mañana he vuelto otra vez a las pistas del canal para ver si le veía de nuevo y exortizaba un poco los demonios calenturientos de ayer. Mala idea. A las siete y bajo un frío de pelotas, lo único en que podía pensar era "pero... ¿qué coño hago yo aquí?" Afortunadamente, no me ha durado mucho la duda. Pronto he distinguido su camiseta roja en la zona de los aparatos, y he frenado tan rápido que probablemente me hayan salido chispas de las zapatillas. Ha sonreído y ha dicho "Pero bueno... ¿tú no duermes nunca?" y yo he devuelto la sonrisa y he respondido "pues... yo... ehm... sí... o sea no... bueno, a veces."
Así soy yo. Tan seductor en las distancias cortas, como un ratón Mickey en un serrallo de eunucos.
Por un instante, mientras hablábamos de nosequé chorrada, me ha dado por pensar que a lo mejor todo lo de ayer no había sido más que un tobogán hormonal sin importancia provocado por el hambre, de esos que llegan y sin más se van. Pero luego al pasar por mi lado me ha cogido del antebrazo durante dos segundos, y ha sido talmente como si me metieran cuarto de kilo de medusa por los pantalones. Otra vez la descarga. Otra vez todo el vello erizado y el corazón al galope. Otra vez olisqueando como un perro ese olor a piel caliente de sábanas y forzando el paso para quedarme detrás y poder mirarle el nacimiento del pelo en la nuca. Otra vez las ganas de meterme debajo de su camiseta y morderle algo. Lo primero no irreversible que pudiera pillar antes de que me apartara con dos dedos y me dijera "peroniñodondevas".
Qué me pasa, joder, qué me pasa... Si yo no soy así... Si nunca he sido así...
Hay pocas posibilidades de que me acepte como inquilino, compitiendo con otros dos que además de tener mejor economía carecen de gatos, así que... por una vez tengo algo que agradecerles a mis tres bestias satánicas. Un día de estos, cuando ya pueda dormir con una nariz de las que respiran, y deje de perderme en sueños húmedos sobre camisetas rojas y nucas morenas, miraré de regalarles algo para que se diviertan. Una pelotita de goma... un ratoncito de cuerda... un cachito de escroto sin mutilar...
Esta mañana he vuelto otra vez a las pistas del canal para ver si le veía de nuevo y exortizaba un poco los demonios calenturientos de ayer. Mala idea. A las siete y bajo un frío de pelotas, lo único en que podía pensar era "pero... ¿qué coño hago yo aquí?" Afortunadamente, no me ha durado mucho la duda. Pronto he distinguido su camiseta roja en la zona de los aparatos, y he frenado tan rápido que probablemente me hayan salido chispas de las zapatillas. Ha sonreído y ha dicho "Pero bueno... ¿tú no duermes nunca?" y yo he devuelto la sonrisa y he respondido "pues... yo... ehm... sí... o sea no... bueno, a veces."
Así soy yo. Tan seductor en las distancias cortas, como un ratón Mickey en un serrallo de eunucos.
Por un instante, mientras hablábamos de nosequé chorrada, me ha dado por pensar que a lo mejor todo lo de ayer no había sido más que un tobogán hormonal sin importancia provocado por el hambre, de esos que llegan y sin más se van. Pero luego al pasar por mi lado me ha cogido del antebrazo durante dos segundos, y ha sido talmente como si me metieran cuarto de kilo de medusa por los pantalones. Otra vez la descarga. Otra vez todo el vello erizado y el corazón al galope. Otra vez olisqueando como un perro ese olor a piel caliente de sábanas y forzando el paso para quedarme detrás y poder mirarle el nacimiento del pelo en la nuca. Otra vez las ganas de meterme debajo de su camiseta y morderle algo. Lo primero no irreversible que pudiera pillar antes de que me apartara con dos dedos y me dijera "peroniñodondevas".
Qué me pasa, joder, qué me pasa... Si yo no soy así... Si nunca he sido así...
Hay pocas posibilidades de que me acepte como inquilino, compitiendo con otros dos que además de tener mejor economía carecen de gatos, así que... por una vez tengo algo que agradecerles a mis tres bestias satánicas. Un día de estos, cuando ya pueda dormir con una nariz de las que respiran, y deje de perderme en sueños húmedos sobre camisetas rojas y nucas morenas, miraré de regalarles algo para que se diviertan. Una pelotita de goma... un ratoncito de cuerda... un cachito de escroto sin mutilar...
Me gusta el chico del piso de la jukebox
Es una mierda, una idiotez, una insensatez... pero es la verdad. Me he dado cuenta cuando he ido hoy a la misma hora a las pistas del canal para ver si me lo encontraba otra vez. Y también me dí cuenta ayer, cuando me estrechó la mano para saludarme y me sorprendí acercándome más a él para distinguir su olor. Siempre hago esa tontería cuando alguien me gusta; obsesionarme con su olor. Me pasaba con Nono, que olía siempre a una loción para afeitado que hoy todavía cuando la distingo en otro tio me pone el vello de punta. Y me pasaba también con Jesús, puesto que también hoy todavía me niego a lavar aquellas camisetas que aún conservan el olor de su armario. Hay algo sexual para mí en el olor de determinadas pieles ajenas. Algo que nisiquiera puedo distinguir qué es, pero que me revoluciona las hormonas desde la cabeza hasta los pies. Y lo que sea, este lo tiene. Porque que yo recuerde, nisiquiera es guapo, ni feo, ni es especialmente... nada. Pero le tengo cerca y siento que me apetecería hundir la cabeza en su camiseta y ronronearle como los gatos.
Así que lo mejor que me puede pasar ahora mismo es que termine dándole la habitación a cualquiera de los otros dos candidatos y yo siga adelante por un camino menos complicado, que no me lleve de cabeza y sin frenos a un nuevo batacazo.
Pienso que me está muy bien empleado por todas las veces que le repetí a Miguel que no quería llamar a este piso para no tener que convivir con un gay monotemático. En esta vida, por cada una de las veces que hablamos, tenemos unas cuarenta ocasiones de oro para estarnos bien calladitos. Y me temo que yo las desaprovecho absolutamente todas.
Así que lo mejor que me puede pasar ahora mismo es que termine dándole la habitación a cualquiera de los otros dos candidatos y yo siga adelante por un camino menos complicado, que no me lleve de cabeza y sin frenos a un nuevo batacazo.
Pienso que me está muy bien empleado por todas las veces que le repetí a Miguel que no quería llamar a este piso para no tener que convivir con un gay monotemático. En esta vida, por cada una de las veces que hablamos, tenemos unas cuarenta ocasiones de oro para estarnos bien calladitos. Y me temo que yo las desaprovecho absolutamente todas.
Baldita alergia..
He olvidado tomarme el antihistáminico dos días seguidos así que ahora tengo la cara como si hubiera pasado cinco días llorando. Qué memoria de mosquito tengo. Si fuera una chica y tuviera que tomar la píldora anticonceptiva, estoy convencido de que a estas alturas de mi vida ya habría tenido ocho partos y cinco abortos (aunque, siendo sinceros, dudo mucho que mi sexo de los últimos tres años hubiera dado para tanto).
El médico me dijo que procurara no forzar mucho la rodilla, así que hoy he ido a correr un rato. No puedo evitarlo. Es algo inherente en mí. Alguien dice "peligro" y yo grito "¿dónde, dónde?". Jesús dice que es una inclinación no controlada de mi subsconsciente. Que mi cerebro necesita la adrenalina de saberse en riesgo. Yo digo que es simplemente gilipollez. Creo que la llevo en mi carga genética. De hecho creo recordar que tuve un tío abuelo que se mató intentando hacer de tragafuegos. Básicamente, olvidó lo de escupir la gasolina, el pobre.
He ido con Miguel a las pistas del canal y allí me he encontrado con el chico del piso que visité ayer. Casualidad casual. Ha sido igual de majo y ha hecho como si se alegrara de verme. Yo me había levantado chulito, así que le he retado a un sprint en la pista de tierra batida. No sé por qué demonios he hecho eso. Supongo que porque me saca veinte años y he pensado que eso era suficiente para machacarle. No aprenderé nunca. Siempre se me olvida que soy aquel chico al que una niña con obesidad mórbida ganó 21-5 al pinpong.
Sea como fuere, el chico temático ha sido cantidad de bueno y no se ha regodeado en lo de sacarme 30 metros de ventaja. Al contrario. Se ha disculpado diciendo que él aguantaba más de lo normal porque siempre tenía unas pulsaciones muy bajas. A cambio, yo le he dicho que no respiraba bien por culpa de la alergia y hala... eso y un red bull ha bastado para que nos quedáramos los dos mentirosos y tranquilos.
Me ha dicho que hay otros dos chicos interesados en el piso, y que uno es un actor mediofamosillo. Le he preguntado si esa era una forma amable de decirme que me fuera buscando otra casa, pero se ha puesto muy serio y ha dicho "para nada, para nada..."
Cuando ya nos hemos despedido, Miguel me ha dicho que debería empezar a pelotearle un poco si no quiero terminar acampando en un banco del Retiro. Yo he contestado que ya lo había hecho, dejándome ganar en la carrera. Miguel ha respondido con una sonora carcajada que ha durado más o menos lo que todo el trayecto de vuelta.
Balditos todos...
El médico me dijo que procurara no forzar mucho la rodilla, así que hoy he ido a correr un rato. No puedo evitarlo. Es algo inherente en mí. Alguien dice "peligro" y yo grito "¿dónde, dónde?". Jesús dice que es una inclinación no controlada de mi subsconsciente. Que mi cerebro necesita la adrenalina de saberse en riesgo. Yo digo que es simplemente gilipollez. Creo que la llevo en mi carga genética. De hecho creo recordar que tuve un tío abuelo que se mató intentando hacer de tragafuegos. Básicamente, olvidó lo de escupir la gasolina, el pobre.
He ido con Miguel a las pistas del canal y allí me he encontrado con el chico del piso que visité ayer. Casualidad casual. Ha sido igual de majo y ha hecho como si se alegrara de verme. Yo me había levantado chulito, así que le he retado a un sprint en la pista de tierra batida. No sé por qué demonios he hecho eso. Supongo que porque me saca veinte años y he pensado que eso era suficiente para machacarle. No aprenderé nunca. Siempre se me olvida que soy aquel chico al que una niña con obesidad mórbida ganó 21-5 al pinpong.
Sea como fuere, el chico temático ha sido cantidad de bueno y no se ha regodeado en lo de sacarme 30 metros de ventaja. Al contrario. Se ha disculpado diciendo que él aguantaba más de lo normal porque siempre tenía unas pulsaciones muy bajas. A cambio, yo le he dicho que no respiraba bien por culpa de la alergia y hala... eso y un red bull ha bastado para que nos quedáramos los dos mentirosos y tranquilos.
Me ha dicho que hay otros dos chicos interesados en el piso, y que uno es un actor mediofamosillo. Le he preguntado si esa era una forma amable de decirme que me fuera buscando otra casa, pero se ha puesto muy serio y ha dicho "para nada, para nada..."
Cuando ya nos hemos despedido, Miguel me ha dicho que debería empezar a pelotearle un poco si no quiero terminar acampando en un banco del Retiro. Yo he contestado que ya lo había hecho, dejándome ganar en la carrera. Miguel ha respondido con una sonora carcajada que ha durado más o menos lo que todo el trayecto de vuelta.
Balditos todos...
... de luz y de color...
La casa del chico temático no estará disponible hasta marzo porque hay una abuela materna ocupando el cuarto libre.
Siempre hay una abuela materna cuando menos la necesitas.
Por lo demás, se me ha caído la baba con la casa. Parece recién sacada de una película de Woody Allen. Paredes llenas de fotografías, estanterías de libros hasta el techo, carteles de cine, una jukebox en una esquina del salón, ventanas con vidrieras de colores... Una pasada. Le he preguntado que a qué se dedicaba y me ha dicho que trabajaba "en temas audiovisuales". Me quedo con la intriga. "Trabajar en temas audiovisuales" abarca un amplio espectro profesional. Un amplio espectro que puede ir desde ser montador de la Warner, hasta manejar la handycam en las películas porno "home made" de tu primo Fernando.
Sea como fuere, no he hecho más preguntas. Tiempo habrá. Por ahora me basta con saber que el tipo no era nada mariquita, que la casa está muy bien y que yo soy, una vez más, un bocachancla que se pasa de listo prejuiciando a la gente antes de tiempo. Quien sabe... lo mismo hasta Conchita resulta ser al final mas maja que las pesetas.
Vale, no. Ella fijo que no.
He llevado a Peyote en la gatera para ver si destrozaba algo y así podía comprobar in situ la paciencia gatuna de mi futuro compañero, pero el muy cabrón se ha portado como un gatito ñoño de anuncio friskies (el gato, no el compañero). Incluso ha llegado a echarse una siestecita "quemajetesoy" en las rodillas del chico audiovisual. Me hubiera gustado agarrarle del pescuezo y voltearle por el rabo (al gato, no al chico).
Acaba de despanzurrarme el vaso de los lápices por todo el suelo del dormitorio. Creo que tiene un poder extrasensorial para detectar cuando escribo sobre él. O sea... tipo bebé de Rosemary, pero en peludo y chungo.
Bueno... seguiremos informando.
(cuando haya recogido los 39 bolígrafos, lápices, sacapuntas, abrecartas...)
Siempre hay una abuela materna cuando menos la necesitas.
Por lo demás, se me ha caído la baba con la casa. Parece recién sacada de una película de Woody Allen. Paredes llenas de fotografías, estanterías de libros hasta el techo, carteles de cine, una jukebox en una esquina del salón, ventanas con vidrieras de colores... Una pasada. Le he preguntado que a qué se dedicaba y me ha dicho que trabajaba "en temas audiovisuales". Me quedo con la intriga. "Trabajar en temas audiovisuales" abarca un amplio espectro profesional. Un amplio espectro que puede ir desde ser montador de la Warner, hasta manejar la handycam en las películas porno "home made" de tu primo Fernando.
Sea como fuere, no he hecho más preguntas. Tiempo habrá. Por ahora me basta con saber que el tipo no era nada mariquita, que la casa está muy bien y que yo soy, una vez más, un bocachancla que se pasa de listo prejuiciando a la gente antes de tiempo. Quien sabe... lo mismo hasta Conchita resulta ser al final mas maja que las pesetas.
Vale, no. Ella fijo que no.
He llevado a Peyote en la gatera para ver si destrozaba algo y así podía comprobar in situ la paciencia gatuna de mi futuro compañero, pero el muy cabrón se ha portado como un gatito ñoño de anuncio friskies (el gato, no el compañero). Incluso ha llegado a echarse una siestecita "quemajetesoy" en las rodillas del chico audiovisual. Me hubiera gustado agarrarle del pescuezo y voltearle por el rabo (al gato, no al chico).
Acaba de despanzurrarme el vaso de los lápices por todo el suelo del dormitorio. Creo que tiene un poder extrasensorial para detectar cuando escribo sobre él. O sea... tipo bebé de Rosemary, pero en peludo y chungo.
Bueno... seguiremos informando.
(cuando haya recogido los 39 bolígrafos, lápices, sacapuntas, abrecartas...)
Mi vida es un tómbola, tom-tom-tómbola
Siempre está así. Pegado al techo. Subiendo donde no debería poder subir. Y cuando no está pegado al techo, está tirando algo o metiéndose donde no debe meterse.
Ha logrado traspasar la rejilla verde. No sé cómo coño lo ha hecho, pero lo ha hecho. Y me lo he encontrado tan pichi, al otro lado de la verja, sobre apenas 10 cm. de alféizar y mirando al vacío, seis pisos más abajo. No sé qué hacer con él. No lo sé, de verdad. Matarle. Disecarle. Convertirle en unos patucos para la nieve. He tenido que cerrar la puerta de la terraza y meter los dos areneros dentro. Ahora Pedro se queja de que huele a gato. Y tiene razón, claro, aunque también es cierto que yo aguanté estoicamente lo de las chicas vomitando en mi papelera, pero... bueno. Es cierto que los areneros deberían estar fuera, así que me callo y busco soluciones, como por ejemplo, largarme lo antes posible a un piso más bajo donde no haya pedros, ni chicas que vomitan.
Mi búsqueda de estos días ha sido un infierno. Las casas donde admitían tres mascotas eran corrales de 10 m2 administrados por listillos que me tomaban por gilipollas, y aquellas que tenían mejor pinta, siempre llevaban implícito a algún zumbao con ojos de oveja, que soltaba preguntas idiotas tipo "¿Lo de los gatos es porque eres satanista?"... "¿te importaría si de vez en cuando viera la tele en pelotas?"... "¿sabes si los gatos se llevan bien con las víboras de agua?"... "¿estarías dispuesto a poner pasta para montar un criadero de champiñones en el cuarto que sobra?"
Miguel me ha traído un recorte de un anuncio que ha cogido del tablón de la facultad. Casa céntrica y grande; ventaja. Un sólo inquilino; ventaja. Admite mascotas; ventaja. No fumador; ventaja. Precio asequible; ventaja. Sólo a chico gay; desventaja, desventaja, desventaja...
Miguel se cabrea y me dice que la situación en la que estoy no es como para ponerme tonto con lo de gay o no gay. Yo le digo que no quiero convivir en plan "parque temático mariquita". Él me dice que lo de considerar a un chaval gay que nisiquiera conozco como una mariquita, es un prejuicio homófobo por mi parte y que debería darme vergüenza. Yo le digo que lo de no querer convivir con un heterosexual está más cerca de la mariquita de parque temático, que del gay normal. Él me dice que sí, que tengo razón. Que es mucho mejor lo de convivir con tipos que crían champiñones entre víboras de agua. Yo decido dejar de hacer el imbécil y llamar al chico temático de la casa grande, céntrica y que admite bichos que no reptan.
Hablo con él por teléfono y quedo para mañana. No suena a mariquita. Suena a chico normal que no puede con la hipoteca. Le digo que tengo dos gatos corrientes y uno bipolar que tira imanes de la nevera. Él dice "Ok". Yo digo "¿será un problema?". Él contesta "bueno, ahora mismo me preocupa más cómo seas tú, que como sean los gatos." Yo respondo "Ah, bueno, no... yo soy normal..." y los dos soltamos una risita conejil de compromiso.
Me siento un poco mal por mentirle al chico temático, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
Ha logrado traspasar la rejilla verde. No sé cómo coño lo ha hecho, pero lo ha hecho. Y me lo he encontrado tan pichi, al otro lado de la verja, sobre apenas 10 cm. de alféizar y mirando al vacío, seis pisos más abajo. No sé qué hacer con él. No lo sé, de verdad. Matarle. Disecarle. Convertirle en unos patucos para la nieve. He tenido que cerrar la puerta de la terraza y meter los dos areneros dentro. Ahora Pedro se queja de que huele a gato. Y tiene razón, claro, aunque también es cierto que yo aguanté estoicamente lo de las chicas vomitando en mi papelera, pero... bueno. Es cierto que los areneros deberían estar fuera, así que me callo y busco soluciones, como por ejemplo, largarme lo antes posible a un piso más bajo donde no haya pedros, ni chicas que vomitan.
Mi búsqueda de estos días ha sido un infierno. Las casas donde admitían tres mascotas eran corrales de 10 m2 administrados por listillos que me tomaban por gilipollas, y aquellas que tenían mejor pinta, siempre llevaban implícito a algún zumbao con ojos de oveja, que soltaba preguntas idiotas tipo "¿Lo de los gatos es porque eres satanista?"... "¿te importaría si de vez en cuando viera la tele en pelotas?"... "¿sabes si los gatos se llevan bien con las víboras de agua?"... "¿estarías dispuesto a poner pasta para montar un criadero de champiñones en el cuarto que sobra?"
Miguel me ha traído un recorte de un anuncio que ha cogido del tablón de la facultad. Casa céntrica y grande; ventaja. Un sólo inquilino; ventaja. Admite mascotas; ventaja. No fumador; ventaja. Precio asequible; ventaja. Sólo a chico gay; desventaja, desventaja, desventaja...
Miguel se cabrea y me dice que la situación en la que estoy no es como para ponerme tonto con lo de gay o no gay. Yo le digo que no quiero convivir en plan "parque temático mariquita". Él me dice que lo de considerar a un chaval gay que nisiquiera conozco como una mariquita, es un prejuicio homófobo por mi parte y que debería darme vergüenza. Yo le digo que lo de no querer convivir con un heterosexual está más cerca de la mariquita de parque temático, que del gay normal. Él me dice que sí, que tengo razón. Que es mucho mejor lo de convivir con tipos que crían champiñones entre víboras de agua. Yo decido dejar de hacer el imbécil y llamar al chico temático de la casa grande, céntrica y que admite bichos que no reptan.
Hablo con él por teléfono y quedo para mañana. No suena a mariquita. Suena a chico normal que no puede con la hipoteca. Le digo que tengo dos gatos corrientes y uno bipolar que tira imanes de la nevera. Él dice "Ok". Yo digo "¿será un problema?". Él contesta "bueno, ahora mismo me preocupa más cómo seas tú, que como sean los gatos." Yo respondo "Ah, bueno, no... yo soy normal..." y los dos soltamos una risita conejil de compromiso.
Me siento un poco mal por mentirle al chico temático, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
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