Bueno, pues eso. Que acabo de pasar un gripazo. Carlos lo pasó antes que yo. Estuvo durante dos semanas tosiendo, hecho polvo, y diciéndome "no me des besos que no quiero pegártelo... no me des besos que no quiero pegártelo..." y mira. Al final me quedé sin besos, pero con gripe. Eso demuestra que siempre puedes estar un poquito peor de lo que ya estás.
Ahora mismo empiezo a recuperarme, aunque peso unos cuantos kilos menos, sigo tosiendo, tengo la nariz como el culo de un babuino y aún no he recuperado el olfato. Pero bueno... todo me la pela porque el miércoles cojo las vacaciones y el viernes me largo a la playa a pasarme dos semanas en calzones de palmeras haciendo nada (haciendo nada yo, no los calzones de palmeras). Necesito las vacaciones. Todos la necesitamos, pero yo más. Lo de tener que trabajar con gripe y con el aire acondicionado roto durante las últimas dos semanas me ha terminado de achicharrar el disco duro cerebral. Si no cambio pronto de ciudad y de vistas, puedo entrar en cortocircuito mental y terminar metido en un tanga de plata, tirando condones rosas desde lo alto de alguna carroza del desfile del orgullo gay.
Bueno, sí... incluso con cortocircuito lo del tanga y la carroza intentaría evitarlo, sí...
Las cosas en casa siguen felices y ñoñas. El otro día en uno de nuestros tumbaos vespertinos, me dijo que si de aquí al año que viene seguíamos juntos y guays, podíamos pensar en casarnos para obligar a Miguel y a Ana Belén a ir vestidos de mamarrachos y leer paridas flower-power sobre el amor y la pareja (que es más o menos lo que nos va a tocar hacer a nosotros en su boda). Yo le dije que si me casaba, quería que Tararino llevara el cesto de los anillos en la boca para descojonarnos viéndolos votar clinga-clanga uyquesecaen-ayquealguienloscoja mientras avanzara por el pasillo. Él se puso muy serio, me atizó con el periódico en la cabeza (que dolió porque era domingo y llevaba suplemento, páginas de economía, catálogos y polladas varias) y dijo "estoy harto de no poder hablar contigo de cosas serias y de que todo te lo tomes a cachondeo."
Pues vale. Pues anda que no viste un perro cojo en una boda, ni nada. La envidia del HOLA del mundo mundial, íbamos a ser.
Estoy leyendo un libro de Marian Keys que tengo muchas ganas de terminar. Marian Keys antes escribía libros divertidos y maliciosos sobre hombres, mujeres y sexo, pero desde que se hizo alcohólica depresiva, lo único que le salen son una especie de panfletos de autoayuda femenina de 500 páginas, llenos de madres y hermanas, plastosos, ñoños y absurdos. Son los últimos 15 euros que le dedico en vano. A partir de ahora, cuando vuelva a apetecerme risas y mala leche, iré directamente a la seguridad de Christopher Moore.
De esas veces que parece que alguien escribe un guión
Hoy nos hemos encontrado otra vez con Bosco, de boca a pies. Estaba mucho más delgado y con una expresión muy triste en los ojos. Y no se ha dedicado a atacarme como siempre. En realidad ni me ha mirado. Sólo ha mantenido una conversación de veinte segundos (veinte, contados) con Carlos en la que le ha dicho que había roto con su actual pareja y que estaba destrozado.
Y en ese momento he sido cabrón. No soy cabrón muchas veces al día. Cabrón de verdad, quiero decir. No de los que se meten con Conchita, sino de los que desean a los demás cosas malas, aún a sabiendas que lo son. Normalmente intento ir en armonía con el asunto del kharma y procuro hacer y pensar cosas positivas, pero esa ha sido una de las "otras veces". Porque lo único que podía pensar era que Carlos en ese momento se apiadaría de él y diría algo así como "cuánto lo siento, se te ve fatal, íbamos a ir a cenar fuera, vente si quieres..." y en lugar de sentir que era lo que deberíamos hacer, porque un dolor de corazón es un dolor de corazón, algo dentro de mí ha pensado "nolodigasnolodigasnolodigas... quesejodaquesejodaquesejoda..."
Y no. Resulta que no lo ha dicho. Le ha dedicado un gesto frío, ha soltado: "Son cosas que pasan. Te deseo buena suerte. Chao" y me ha pasado el brazo por el hombro para continuar nuestro camino.
Le he dicho: "No perdonas una traición. Tendré que tener cuidado con eso" y ha contestado "Tú no eres de los que traicionan. Tienes un corazón blanco." Entonces he preguntado: "¿Y tú? ¿qué corazón tienes tú?" y él ha dicho: "Por primera vez, uno lleno."
Ya lo dije una vez. Siempre se le ocurren unas frases cojonudas para cerrarte la boca, cuando es menester.
Y en ese momento he sido cabrón. No soy cabrón muchas veces al día. Cabrón de verdad, quiero decir. No de los que se meten con Conchita, sino de los que desean a los demás cosas malas, aún a sabiendas que lo son. Normalmente intento ir en armonía con el asunto del kharma y procuro hacer y pensar cosas positivas, pero esa ha sido una de las "otras veces". Porque lo único que podía pensar era que Carlos en ese momento se apiadaría de él y diría algo así como "cuánto lo siento, se te ve fatal, íbamos a ir a cenar fuera, vente si quieres..." y en lugar de sentir que era lo que deberíamos hacer, porque un dolor de corazón es un dolor de corazón, algo dentro de mí ha pensado "nolodigasnolodigasnolodigas... quesejodaquesejodaquesejoda..."
Y no. Resulta que no lo ha dicho. Le ha dedicado un gesto frío, ha soltado: "Son cosas que pasan. Te deseo buena suerte. Chao" y me ha pasado el brazo por el hombro para continuar nuestro camino.
Le he dicho: "No perdonas una traición. Tendré que tener cuidado con eso" y ha contestado "Tú no eres de los que traicionan. Tienes un corazón blanco." Entonces he preguntado: "¿Y tú? ¿qué corazón tienes tú?" y él ha dicho: "Por primera vez, uno lleno."
Ya lo dije una vez. Siempre se le ocurren unas frases cojonudas para cerrarte la boca, cuando es menester.
Querido diario...
Hará unos veinte años que no escribo. Quedaría bien decir que es debido al desánimo y la tristeza que asola mi vida, pero sería mentira. En realidad es porque soy absolutamente feliz y todo me importa un cojón de mono africano. De hecho, no me he acordado del diario hasta que no he pasado por mi excuarto y he visto el portátil encima de la mesa. Así son las cosas para los desagradecidos como yo. Cuando estoy mal, meto unos rollos de espanto y cuando estoy bien me desmaterializo hacia otras dimensiones, como los del enterprise.
Pronto me volveré a marchar a la casa de la playa, nadaré de nuevo con el perro cojitranco y haré de padrino de bodas de Miguel. También veré (por fin) el oceanográfico y Carlos me echará la bronca por golpear el cristal de la pecera de las sardinas. Carlos siempre me echa la bronca por golpear los cristales de las peceras del mundo mundial. Bueno... las del mundo mundial no sé, pero las del restaurante chino del barrio, sí. Dice que si él fuera pez no le gustaría un pelo que nadie estuviera golpeándole la pecera. La verdad es que desde que toma las pastillas para la tensión, tiene pensamientos cantidad de curiosos. Es como si se le hubiese despertado algún chakra medioambiental o algo así. Cualquier día me lo encuentro haciendo una mesa redonda con las hormigas de la terraza.
Llevo toda la semana en un curso de Adobe Indesign. Ando un poco saturado ya de tanto curso. Creo que mi jefe me apunta a todo lo que sale para no tener que enfrentarse a mi demanda de mejora salarial. Me encierra en las aulas, y así se evita cruzarse con mis converse por el pasillo. Sea como fuere, es un programa con el que tendré que trabajar cuando vuelva de vacaciones, así que debería estar empapándome bien de lo que me enseñan, pero... por ahora no lo hago demasiado. En realidad me paso la clase dando bostezos y haciendo dibujitos parias. Eso pasa porque la profesora es pesada y monocorde y yo tengo un trastorno por déficit de atención. Temo que ambas cosas no vayan muy bien la una con la otra.
Hace mucho calor y tengo que cocer raviolis de queso y nueces con salsa de setas para la cena. Es uno de los síntomas de mi felicidad absurda: el dedicarme a cocinar platos idiotas. Cuanto más idiotas son, es que más feliz me siento.
Todavía no he aprendido a aparcar.
Pronto me volveré a marchar a la casa de la playa, nadaré de nuevo con el perro cojitranco y haré de padrino de bodas de Miguel. También veré (por fin) el oceanográfico y Carlos me echará la bronca por golpear el cristal de la pecera de las sardinas. Carlos siempre me echa la bronca por golpear los cristales de las peceras del mundo mundial. Bueno... las del mundo mundial no sé, pero las del restaurante chino del barrio, sí. Dice que si él fuera pez no le gustaría un pelo que nadie estuviera golpeándole la pecera. La verdad es que desde que toma las pastillas para la tensión, tiene pensamientos cantidad de curiosos. Es como si se le hubiese despertado algún chakra medioambiental o algo así. Cualquier día me lo encuentro haciendo una mesa redonda con las hormigas de la terraza.
Llevo toda la semana en un curso de Adobe Indesign. Ando un poco saturado ya de tanto curso. Creo que mi jefe me apunta a todo lo que sale para no tener que enfrentarse a mi demanda de mejora salarial. Me encierra en las aulas, y así se evita cruzarse con mis converse por el pasillo. Sea como fuere, es un programa con el que tendré que trabajar cuando vuelva de vacaciones, así que debería estar empapándome bien de lo que me enseñan, pero... por ahora no lo hago demasiado. En realidad me paso la clase dando bostezos y haciendo dibujitos parias. Eso pasa porque la profesora es pesada y monocorde y yo tengo un trastorno por déficit de atención. Temo que ambas cosas no vayan muy bien la una con la otra.
Hace mucho calor y tengo que cocer raviolis de queso y nueces con salsa de setas para la cena. Es uno de los síntomas de mi felicidad absurda: el dedicarme a cocinar platos idiotas. Cuanto más idiotas son, es que más feliz me siento.
Todavía no he aprendido a aparcar.
El tesón nepomukiano
Hoy la chica del almacén me ha estado contando que a su perro le atropelló un coche hace dos meses, y enseñándome el tatuaje que se había hecho en su honor, ha terminado llorando como un magdalena. Me ha dado mucha lástima verla llorar, así que le he preguntado si quería quedarse con mi perro saharaui. Ha puesto un poco de carita de asco y ha dicho que no. Que a su Poncho "no había nadie que le pudiera sustituir" (y eso que nisiquiera le he mencionado lo de las tres patas, el rabo en ocho y los ojitos de pitirri del posible sustituto). Yo he puesto cara de comprensión absoluta y me he alegrado bastante por dentro, porque no me apetecía nada quedarme a estas alturas sin mi perro tripático, después de habernos hecho tan amigos y hasta haber nadado juntos al bies en las aguas del mediterráneo.
El tatuaje de la chica del almacén eran cuatro minihuellas caninas y unas enormes letras góticas que rezaban "Poncho D.E.P." No había visto nada tan hortera desde que dejamos de sintonizar los culebrones de Galavisión. Si Poncho lo está viendo desde el más allá perruno, probablamente se haya remuerto ya de un coma hepático. Se lo he contado a Carlos y me ha dicho que deberíamos ir buscando un nombre al perro cojo (qué novedad) porque si me lo reatropella un camión este otoño, va a ser complicado lo de encontrarme un hueco lo suficientemente vistoso como para tatuar tres huellas y un "el perro saharaui de Cuenca al que le falta una pata. D.E.P."
Cachondeítos aparte, es verdad que deberíamos buscarle un nombre al perro. Pero por más que miro y remiro su foto, no se me ocurre ninguno. Es por lo de los ojos de pitirri que comentaba antes. Al pobre le quitan toda posibilidad de llevar un nombre con chispa.
Llevo tres días intentando hablar con mi jefe para pedirle un aumento de sueldo. Él, por su parte, lleva tres días evitándome y haciendo como que tiene pis cada vez que nos cruzamos por el pasillo. Supongo que cree que así terminaré desistiendo. Pero no. Jamás. Yo no he nacido para desistir en nada. Por eso pido aumentos en 2011, aparco todos los días entre pitos e insultos y voy a adoptar a un perro con ojos de pitirri que anda como un tentetieso.
Los Nepomuks somos así. Morimos con las flicfloc puestas.
El tatuaje de la chica del almacén eran cuatro minihuellas caninas y unas enormes letras góticas que rezaban "Poncho D.E.P." No había visto nada tan hortera desde que dejamos de sintonizar los culebrones de Galavisión. Si Poncho lo está viendo desde el más allá perruno, probablamente se haya remuerto ya de un coma hepático. Se lo he contado a Carlos y me ha dicho que deberíamos ir buscando un nombre al perro cojo (qué novedad) porque si me lo reatropella un camión este otoño, va a ser complicado lo de encontrarme un hueco lo suficientemente vistoso como para tatuar tres huellas y un "el perro saharaui de Cuenca al que le falta una pata. D.E.P."
Cachondeítos aparte, es verdad que deberíamos buscarle un nombre al perro. Pero por más que miro y remiro su foto, no se me ocurre ninguno. Es por lo de los ojos de pitirri que comentaba antes. Al pobre le quitan toda posibilidad de llevar un nombre con chispa.
Llevo tres días intentando hablar con mi jefe para pedirle un aumento de sueldo. Él, por su parte, lleva tres días evitándome y haciendo como que tiene pis cada vez que nos cruzamos por el pasillo. Supongo que cree que así terminaré desistiendo. Pero no. Jamás. Yo no he nacido para desistir en nada. Por eso pido aumentos en 2011, aparco todos los días entre pitos e insultos y voy a adoptar a un perro con ojos de pitirri que anda como un tentetieso.
Los Nepomuks somos así. Morimos con las flicfloc puestas.
Pena, penita, pena...
Tengo un disgusto muy gordo porque acabo de hacerle un bollo al alerón del coche.
Estaba sentenciado. Desde que me senté la primera vez en el almera de la autoescuela ya dejé claro al universo que yo era carne de columna de parking y pivote de acera. El íncubo de los aparcamientos en batería. La peste bubónica de las calles de dirección única. Da igual dónde tenga que meter el coche. Aunque haya sitio para un transatlántico, no soy capaz de encajar ni un pédalo de playa. De alguna forma lo llevo en mi carga genética: el pelo rubio, los ojos claros... y la inutilidad para proyectar espacios. Por eso iba en mierdibici y mierdimoto. Porque una mierdibici/mierdimoto no necesita maniobras. La tiras a un lado de la acera en plan caclanga-planga y punto pelota.
No se lo que le habré hecho al otro coche. Mientras intentaba desencajarme de allí he recibido todos los pitos de España y parte del extranjero, así que cuando me he visto fuera, he salido cagando leches para quitarme de enmedio y poder dar la vuelta. Sin embargo, cuando he terminado de darla completa, con sus cinco semáforos en rojo, el otro coche ya no estaba. Supongo que a estas alturas hay un dueño de ford scort plateado circulando por ahí y cagándose paralelamente en mis muertos. Mal rollo. Eso no ayuda demasiado a tener un buen kharma.
Necesito una plaza de aparcamiento. Una donde las columnas y yo seamos íntimos y no pequemos de malentendidos. Una de esas que no podría pagar ni aunque me dedicara a alquilar el hígado por horas (aunque precisamente ese no sería buen negocio, desde aquel aciago día en que descubrí el campari con soda...)
Qué disgusto, coño. Necesito autocastigarme. Voy a ver si todavía guardo en el ipod la canción de Espinete.
Estaba sentenciado. Desde que me senté la primera vez en el almera de la autoescuela ya dejé claro al universo que yo era carne de columna de parking y pivote de acera. El íncubo de los aparcamientos en batería. La peste bubónica de las calles de dirección única. Da igual dónde tenga que meter el coche. Aunque haya sitio para un transatlántico, no soy capaz de encajar ni un pédalo de playa. De alguna forma lo llevo en mi carga genética: el pelo rubio, los ojos claros... y la inutilidad para proyectar espacios. Por eso iba en mierdibici y mierdimoto. Porque una mierdibici/mierdimoto no necesita maniobras. La tiras a un lado de la acera en plan caclanga-planga y punto pelota.
No se lo que le habré hecho al otro coche. Mientras intentaba desencajarme de allí he recibido todos los pitos de España y parte del extranjero, así que cuando me he visto fuera, he salido cagando leches para quitarme de enmedio y poder dar la vuelta. Sin embargo, cuando he terminado de darla completa, con sus cinco semáforos en rojo, el otro coche ya no estaba. Supongo que a estas alturas hay un dueño de ford scort plateado circulando por ahí y cagándose paralelamente en mis muertos. Mal rollo. Eso no ayuda demasiado a tener un buen kharma.
Necesito una plaza de aparcamiento. Una donde las columnas y yo seamos íntimos y no pequemos de malentendidos. Una de esas que no podría pagar ni aunque me dedicara a alquilar el hígado por horas (aunque precisamente ese no sería buen negocio, desde aquel aciago día en que descubrí el campari con soda...)
Qué disgusto, coño. Necesito autocastigarme. Voy a ver si todavía guardo en el ipod la canción de Espinete.
Deberíamos ponerle algún nombre al perro
Me da muy mal rollo tener que regresar a Madrid el sábado. En parte por tener que dejar el miniparaiso del que hemos disfrutado estos días y en parte también por volver a meter a nuestro perro saharaui en una jaula. Se le ve cantidad de feliz por ahí suelto, dejando huellas en diagonal de costa a costa o nadando sumergido al bies en el mediterráneo. Parece uno de esos perritos cutreplastiqueros de cuerda que venden en las ferias. De esos que sueltan en un barreño de agua para que hagan pleca-pleca-pleca-pleca...
Carlos está genial. Los sustos le han desestresado mogollón (fíjate qué cosas...) y sigue manteniendo una tensión perfecta de 11-8. El lunes volverá a trabajar y supongo que también volverá a estresarse de nuevo. Alguien me ha chivado estos días que un director de fotografía de cine puede ganar la friolera de 4000 euros por semana de rodaje. Le he dicho que por qué no buscaba trabajo en el cine y de paso me contrataba para llevarle los zumos de naranja (o algo parecido), pero me ha contestado que él no podría sentirse bien consigo mismo, colaborando en basuras tipo "Tensión sexual no resuelta" o "Águila Roja". Yo le he dicho que en cuestión de cine español también se hacían películas buenas y me ha pedido que le dijera una. He estado pensando cerca de veinte minutos y al final no se me ha ocurrido ninguna posterior a 1970, así que me he visto en la obligación de reconocer que sí. Que el cine español es una mierda.
La verdad es que yo no soy tan orgulloso como Carlos. De hecho estaría dispuesto a fotografiar todas las mierdas del mundo mundial si con ello pudiera levantarme 16.000 pavos al mes. Creo que es porque en cuestiones de ética y moral by Marx, siempre estaré más cerca de Groucho, que de de Karl.
Carlos está genial. Los sustos le han desestresado mogollón (fíjate qué cosas...) y sigue manteniendo una tensión perfecta de 11-8. El lunes volverá a trabajar y supongo que también volverá a estresarse de nuevo. Alguien me ha chivado estos días que un director de fotografía de cine puede ganar la friolera de 4000 euros por semana de rodaje. Le he dicho que por qué no buscaba trabajo en el cine y de paso me contrataba para llevarle los zumos de naranja (o algo parecido), pero me ha contestado que él no podría sentirse bien consigo mismo, colaborando en basuras tipo "Tensión sexual no resuelta" o "Águila Roja". Yo le he dicho que en cuestión de cine español también se hacían películas buenas y me ha pedido que le dijera una. He estado pensando cerca de veinte minutos y al final no se me ha ocurrido ninguna posterior a 1970, así que me he visto en la obligación de reconocer que sí. Que el cine español es una mierda.
La verdad es que yo no soy tan orgulloso como Carlos. De hecho estaría dispuesto a fotografiar todas las mierdas del mundo mundial si con ello pudiera levantarme 16.000 pavos al mes. Creo que es porque en cuestiones de ética y moral by Marx, siempre estaré más cerca de Groucho, que de de Karl.
Y que viiiiivan las vacaciones
Carlos, Tripi, Tequila, Peyote, el perro de tres patas y yo, estamos de minivacaciones en la playa. El perro está como niño saharaui de acogida (sólo que de Cuenca y en perro) y dependiendo de cómo se comporte, se quedará con nosotros después del verano o no. Por ahora aprueba con sobresaliente. El único problema lo da (para variar) Peyote, que gusta de subirse a su chepa para jugar a la lucha libre. Es la misma gamberrada que hace con todos nosotros, pero claro... como los demás tenemos el set de patas completo, nos mantenemos en equilibrio el tiempo suficiente para atizarle un sopapo, pero el pobre perro tripático vuelca dos veces de cada tres. Y todo el mundo sabe que es cantidad de complicado quitarte un gato del cuello cuando estás panza arriba como una tortuga. Por ahora lo único que consigue es patalear en el aire y lloriquear para que le desincrustemos al psicokiller del cuello.
Si no fuera porque es el gato favorito de Carlos (y porque cuando no mata es cantidad de simpático) haría ya mucho mucho tiempo que habría convertido a Peyote en una alfombrilla para el baño. No recuerdo haber tenido tanta paciencia con un gato en mi puñetera vida.
Ocupamos un chalet que la familia de Carlos tiene en Oliva, y como estamos los dos solos, cada día dormimos en una habitación diferente. Mi favorita es la buhardilla, porque desde la almohada tengo una visual mar+dunas que es algo espectacular. Se supone que son unas vacaciones para que Carlos se desestrese y recupere una tensión arterial como dios manda, pero la inactividad laboral me hace especialmente proclive a las ideas de bombero, así que últimamente nos ha dado por apagar todas las luces de la casa y jugar a las tinieblas por la noche. Es un chalet de tres pisos y cinco habitaciones, así que podemos llegar a darnos unos 20 sustos de muerte por jornada. Él más que yo, porque ha resultado ser un cabronazo muy imaginativo para buscar escondites que puedan matarme de un infarto.
Entre las jornadas sexuales, las de sustos, y las de aullidos de perro mutilado, fácilmente habrá algún vecino de los alrededores que piense que la casa ha sido ocupada por una nueva ramificación de la familia Manson.
Si no fuera porque es el gato favorito de Carlos (y porque cuando no mata es cantidad de simpático) haría ya mucho mucho tiempo que habría convertido a Peyote en una alfombrilla para el baño. No recuerdo haber tenido tanta paciencia con un gato en mi puñetera vida.
Ocupamos un chalet que la familia de Carlos tiene en Oliva, y como estamos los dos solos, cada día dormimos en una habitación diferente. Mi favorita es la buhardilla, porque desde la almohada tengo una visual mar+dunas que es algo espectacular. Se supone que son unas vacaciones para que Carlos se desestrese y recupere una tensión arterial como dios manda, pero la inactividad laboral me hace especialmente proclive a las ideas de bombero, así que últimamente nos ha dado por apagar todas las luces de la casa y jugar a las tinieblas por la noche. Es un chalet de tres pisos y cinco habitaciones, así que podemos llegar a darnos unos 20 sustos de muerte por jornada. Él más que yo, porque ha resultado ser un cabronazo muy imaginativo para buscar escondites que puedan matarme de un infarto.
Entre las jornadas sexuales, las de sustos, y las de aullidos de perro mutilado, fácilmente habrá algún vecino de los alrededores que piense que la casa ha sido ocupada por una nueva ramificación de la familia Manson.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)