Algún día me equivocaré en mis premoniciones y seré mucho, mucho más feliz.

Hostias verbal por aquí.... hostia verbal por allá... yo enmedio intentando hablar del tiempo... la comida esperando en la mesa que alguien se la coma... un Carlos furioso... (¡un Carlos furioso!)... un J. jodiendo la marrana (habilidad especial de alta presencia en su carga genética)... un Ariel haciendo el gilipollas (habilidad especial de alta presencia en la mía)...

Qué bonito todo.

He estado muy cabreado. Ya no. Ahora le quiero y le entiendo un poco. No debe de molar nada eso de ser alto, fuerte e invencible, para que luego cualquier pensamiento pequeñito, zumbante y cabrón, llegue y te anude el corazón de una sola llave.

Debería saber que yo no me iré. Algún día debería decírselo.


Nunca fue una buena idea

En medio de una cena yo me escapé al jardín para hablar por teléfono con J. No fue la mejor de mis ideas, pero cuando descolgué él me estaba mirando fijamente con esos ojos inquisitorios suyos . Lo único que se me ocurrió fue fingir buscar algo bajo la mesa o salir al jardín, y la opción dos era bastante menos imbécil.

La llamada no había tenido la menor importancia. J. suele acordarse de mí cuando tiene un bache emocional. Es su naturaleza. Y eso no me otorga ni mayor, ni menor trascendencia en su vida. Sólo estoy ahí y le vengo bien para hablar. Pero claro, son cosas que aprendes después de siete años y que no puedo pretender que nadie entienda en tres días. Se mosqueó. Bueno, vale. Normal. Yo también me habría mosqueado si hubiera tenido al autobusero contándole confidencias nocturnas. Aún así fue discreto y no me siguió hasta el pie de la higuera para ver qué coño nos decíamos. Sólo cerró ahí la cosa y pareció olvidarlo.

Y J. volvió a tener otro bache emocional. Y volvió a llamarme para contármelo. Y Carlos, casualmente atrapador de teléfonos ajenos, le invitó a comer hoy. "Me ha parecido que no había nada de malo en que nos conociéramos. Me gusta conocer a tus amigos". No quiso terminar la frase como le hubiera gustado terminarla "me gusta conocer a los que te han pasado por la piedra y te siguen llamando". No. Él fue políticamente correcto con pequeñas dosis hipocresía elegante.

No he pegado ojo. No me gusta lo que prevee el día de hoy. He llamado a J. para pedirle que no venga y se ha reído "a ver si te crees que nos vamos a pegar". Le he pedido a Carlos que suspendiera la comida y me ha dicho que me relajara. Que sólo sería una reunión de amigos sin más.

No me gusta esto. No me gusta lo que se esconde detrás y desde luego, no me gusta un pelo lo que asoma por delante. Todos tenemos un día que no deberíamos vivir. Bienvenidos al mío.

Quiero volver a tener un blog blanco y rojo

Le digo a Carlos que es mi ruina como blogger. Que no me deja publicar, ni me deja dibujar, ni me deja cambiar la plantilla. No es que me lo impida de ninguna forma. Es sólo su presencia. Él está ahí, regando el jardín y eso me basta para no tocar el blog.  Se me queda el corazón como en conserva.

Hoy he he hecho sexo en un cuarto de montaje, a la hora de la comida y en mi jornada de trabajo. He hecho tres cosas que no se deben hacer nunca. Ni juntas, ni por separado.

Me ha dicho "tú entra, que sólo vamos a comer". Yo he dicho "pero esto no es el comedor." Él ha repetido "que sí, que vamos a comer, tú entra". Yo me he puesto nervioso "¡pero que no puedo faltar más de una hora!" y él venga a empujarme "bueno, con una hora me sobra, tú entra". Me he reído mucho. Siempre me río mucho con sus maldades. Los tipos completamente buenos no son recomendables para la salud. No te ríes ni la mitad que con los medianamente malos. Nos hemos reído tanto que alguien ha llamado a la puerta. Se me ha helado la sangre un poco en las venas. He querido escabullirme cuando me tenía sujeto, y me ha roto el pantalón. Traca-traca-trac. Tres botones y media cinturilla a tomar por culo.

Así que he hecho sexo. Con los pantalones rotos y contra una máquina llena de pantallas y teclas que no se ni para que servía. Detrás de una puerta cerrada con llave. Oyendo los pasos de los que cruzaban el pasillo. Los tacones de las azafatas de concurso. Las suelas brillantes de los presentadores de telediarios. Las botas de los auxiliares de cámara. tip-tap-tip-tap. En dos minutos he olvidado por completo que me quería ir. No me acuerdo de cómo he llegado hasta el suelo pero lo he hecho. Tenía esa sensación de... no se. Como de agotamiento feliz. Como cuando te asomas a una montaña y gritas.

Cuando hemos terminado de hacer lo que no debíamos hacer, ha abierto un armario y ha sacado dos sandwiches de esos envasados. Ha dicho "¿ves como íbamos a comer?"

He comido sandwich de pavo y zumo de naranja en el suelo de un cuarto de montaje, con medio culo al aire y un vasco zumbao. No me reconozco mucho. Me debo de haber quedado en la casa de Malasaña y no me he dado cuenta. A lo mejor, cuando vuelva a Madrid la semana que viene me encuentro.

Le he dicho a mi jefe que iba a casarme con un hombre. Se lo he dicho enseñando los calzoncillos por los pantalones rotos y con las marcas de los dientes de Carlos en el cuello. Mi jefe no se ha extrañado. Me ha recomendado que no aireara mucho la noticia. Al contárselo a Ana, se ha cabreado cantidad. Yo no. A mí me la pela todo. Soy feliz y hago guarradas en los cuartos de montaje.

La vida te da lecciones, lecciones te da la vida

Hoy he ido a trabajar con pantalones militares y una camiseta de supercoco.

No suelo hacer ese tipo de cosas. Bueno... un poco de pinta de subnormal suelo llevar siempre, pero digamos que estos días de ausencias laborales veraniegas, bajo la guardia aún más si cabe, y me visto cada mañana metiendo la mano a ciegas en el armario y plantificándome las cosas según vayan saliendo. Por eso las camisetas de Cobi. Por eso las flicfloc de camuflaje. Por eso las palestinas chungas de colores indescriptibles. Porque desde el dormitorio al garaje no paso, lo juro, por ningún espejo. Por ninguno. Y sólo soy consciente de que voy hecho un mamarracho, cuando me toca el primer pis de la mañana y me descubro en el espejo del wc del trabajo. Entonces me miro y pienso "anda, mira dónde estaba aquella camiseta asquerosa que me regalaron los del telepizza..." y sigo con mi existencia tan pichi, porque los irresponsables somos así. Irresponsables.

Hoy yo debería haber ido a trabajar con un aspecto medianamente presentable, teniendo en cuenta que ayer cinco plantas de edificio al alimón fueron conocedores de lo que hago en mi tiempo libre con el escroto. Con semejante percal esperándome a las 9:00h, pasar desapercibido hubiera sido lo correcto, adecuado e imprescindible para la situación. No sé... unos vaqueros pulcros... una camiseta lisa... una bolsa de papel para la cabeza... Pero claro, yo he venido en pantalones militares, camiseta de supercoco y gafas de Marion Cobretti.

Entonces ha sido cuando Carlos me ha dicho que pensaba llevarme a mediodía a su estudio para presentarme a sus compañeros.

Presentarme. Así, en pack completo. Con mis pantalones militares, mi camiseta de barrio sésamo y mis gafas de chuloputas.

Lo peor no ha sido pasearme por todo el estudio hecho un payaso. Ni tartamudear, ni tirar el agua en el comedor, ni golpearme la cabeza contra una cámara del plató. Lo peor es que Carlos estaba orgulloso. Es decir... no es que lo fingiera y disimulara como un campeón. Es que lo estaba de verdad. Me cogía de los hombros y me enseñaba con orgullo a cada miembro de su equipo. Y a las de recepción. Y a los de seguridad. Y a las maquilladoras. Y al chico de los bocadillos. A todos. Les decía que yo era dibujante, que nos casábamos en diciembre, que quería enseñarme Vietnam, que se me daba bien escribir, que tenía tres gatos. Y cada vez que alguien me miraba el supercoco con ojos de "sapristi-quellevaeste", él sonreía y decía "Tiene un armario lleno de esas. Creo para la boda llevará una parecida."

Y lo decía con una seguridad pasmosa, como siempre. Mirando directamente a los ojos. Sin inmutarse, sin avergonzarse, sin dudar. Haciendo que todo el mundo se alegrara por nosotros y nos diera la enhorabuena. Convirtiéndome de mamarracho surrealista en... no se... algo valioso y original.

Ayer yo recorrí el pasillo de mi oficina a toda hostia, acojonado como un boquerón y dejándole atrás, para no tener que presentarle a nadie. Y eso añadiendo que él no llevaba camisetas parias, ni pantalones de rastrillo. Así que ahora me siento... no sé...

Como un gilipollas miserable en camiseta de supercoco.

Superhéroes con superpelotas

El frigorífico navacerradense no enfría. Una pena no estar en enero. Una simple vueltecita al jardín con la cocacola bajo el sobaco, bastaría para tomarla en granizado.

He salido a correr con Carlos. Debe ser la cuarta o la quinta vez que lo hago desde aquellos aciagos tiempos en que iba a babearle la nuca a las pistas del canal. También es la cuarta o quinta vez que se me olvida que correr con Carlos es suicidarte con amor. Él sale disparado... tú intentas seguirle... él frena el paso para que no te de un ictus... tú aceleras para que no tenga que frenar el paso... él se cree que es tu paso de verdad y te lo mantiene... te da el ictus... él te lleva en volandas a la fuente... tú agonizas lentamente mientras él hace dos millones de flexiones con un brazo... En fin. Una juerga deportiva. Sin embargo, quiero ponerme en forma. Quiero poder ser capaz de sostener una moto de alta cilindrada como las personas normales del mundo mundial. Debería buscarme una pista de entrenamiento donde practicar yo solo. Una que no tuviera mucho recorrido y que estuviera al alcance de mi forma física, como por ejemplo... no sé... la vuelta a la cibeles, o algo así.

Sigo sin decirle nada al Jefe porque a veces Dios existe y lo manda de viaje a Córdoba. Volverá el lunes. Carlos ha venido a buscarme esta tarde y como ha llegado antes de lo previsto, ha dejado la moto en el parking y ha subido a buscarme a planta (con dos cojones). Los dos minutos escasos que ha tardado en dejar la moto, subir las escaleras, preguntar en recepción y recorrer el pasillo, han sido los de más expectación en la historia del edificio, desde su inauguración en 1975. Creo que cuando vino Esperanza Aguirre no hubo tantas cabezas prejubiladas asomando por las ventanas. Han salido a mirar hasta las que estaban en el wáter. Daría mi huevo derecho por tener un 10% del éxito que tiene Carlos con las mujeres. De hecho, creo que daría hasta el izquierdo.

Yo estaba ayudando a Doña Natividad a hacer una fotocopia del DNI cuando le he visto aparecer por el pasillo, con sus botas de motorista y su paso militar. La señora Nati me ha sacado del estupor con un codazo y ha dicho "miraesoqueviene... parece un anuncio de colonia..." Inmediatamente después, hemos visto aparecer detrás de la camiseta de Carlos a una de las chicas de recepción, siguiendo sus pies con trotecito cochinero, y diciendo a voz en grito "¡Serlik, pregunta por ti! ¡dice que es tu pareja! ¡le he dicho que pase!"

En ese momento he tenido profundos y oscuros deseos de matarle. De desollarle con un abrecartas. De dejarle k.o. de un grapadorazo y esconderme a pasar noche en el armario de las fotocopias. Pero no he hecho nada de eso. He recogido lo más dignamente que he podido y he salido de allí todo lo rápido que me han dado de sí las converse. A mi espalda, Carlos daba besos y estrechaba manos según iba avanzando. Lo último que he oído al cruzar la recepción, ha sido la voz de Doña Natividad diciendo "¿¿ha dicho que es su pareja??"

A veces, no viene mal para el destino que yo sea flaco. Porque desde luego, si hoy hubiera conducido yo la Harley, Carlos a estas alturas estaría serigrafiado en el asfalto, a la altura de Villalba.

Tsunamis laborales y de alcoba

Tengo que decirle al Jefe que voy a casarme con un hombre. Y me está pasando con eso como con lo de montar en las montañas rusas de ocho loopings. Con tiempo previo me parecen hasta divertidas, y según se va acercando el momento, se me van encogiendo los huevos hasta terminar adquiriendo la consistencia y el volumen de dos grosellas de Chinchón.

Temo que al final tenga que dar la noticia con el mismo tono de voz que Gracita Morales, y que eso no contribuya mucho al afianzamiento de mi virilidad frente al enemigo.

Para Carlos no es un problema, claro. Él dispara las frases a bocajarro y luego pone esa expresión suya tan característica de "y si te molesta tira de esta". Es el amo de la predisposición psicológica. El maestro del control situacional. Cuando Carlos te dice "Lo siento pero tengo que matarte y hacerme unos calcetines con tu pellejo", tú respondes "Jo, lo entiendo tío. Gracias por decírmelo."

Pero yo no soy así. Yo soy inseguro, soy enano y tengo a 46 prejubiladas pidiéndome todos los días que les enseñe la foto de mi novia. No sirvo para crear tsunamis. Incluso a pesar de trabajar en flicflocs y camisetas de Cobi... no sirvo. Me mola estar en mi rincón y guardar secretos de alcoba. Soy un el puto fan de los secretos de alcoba. De hecho, sé a ciencia cierta que desde que me metí con el tamaño de la cabeza de Sara Carbonero, todo el personal masculino de mi empresa vive en el total convencimiento de que mi actividad sexual empieza y termina matando orcos en el warcraft cada fin de semana y fiesta de guardar.

Y bueno... sumamos al quid de la cuestión que mi Jefe no es el rey de la discreción precisamente. Yo se lo contaré sobre las diez, y a mediodía lo sabrá toda la planta. Cuando den las cuatro, todo el edificio. Y para cuando nos vayamos a las seis, ya habrá alguien en alguna agencia perdida de Matalascañas que me envíe un mail diciendo "Enhorabuena, por tu boda. Aunque no sé quién eres, no tenía ni idea de que fueras maricón..."

Y la señora Virtudes... no quiero ni pensar en la señora Virtudes. Se acabó lo de traerme empanada casera y mantecados de Almagro. Ahora me traera miradas crueles y estampitas de la Vírgen de los desviados (que fijo que existe por algún sitio). Y no solo eso. Ya nunca jamás podré bajar a las aulas a ligar con las chicas de prácticas. Nunca. Ni perseguiré a las pelirrojas, ni se pondrán coloradas cuando les comente lo bien que les sienta la falda. Ahora se limitarán a darme cuatro besos, a contarme que la compraron en Zara y hablarme largo y tendido sobre los pormenores de su regla.

Señor, Señor... qué difícil es la vida bisexual en camiseta de Cobi.

Madres y salchichas

Estoy contento de estar aquí, lejos de las hordas papales. Los religiosos obsesivo-mitómanos me dan muy mal rollo. Siempre lo he dicho y siempre lo diré, la frustración crea monstruos. No se puede ser un religioso practicante y disponer de una mente sana. Son dos cosas completamente antagónicas. Si no piensas por ti mismo, te pudres. Me da igual que sean católicos, que protestantes, que musulmanes, que hinduistas sánscritos. Si te inculcan lo que tienes que pensar... te pudres.

Hoy hemos tenido visita, y hemos hecho una barbacoa. Ha sido cantidad de divertido y cantidad de malo para mis arterias. En estos momentos mi estómago intenta digerir alrededor de diez kilos de carne adobada en seis distintas terribles variedades. Chistorra, longaniza blanca, morcilla de arroz, pincho moruno y chuleta de cordero. También he comido mazorcas de maiz y ensalada de pimientos, pero no siento su presencia por ahí abajo, así que probablemente en estos momentos mi poca comida sana se encuentre mantenida como rehén por las fuerzas terroristas chistorreras, contra la pared de mi intestino grueso.

Jokin ha hecho una especie de ponche casero en un barreño con naranja, vodka, vino peleón, canela y fruta. Sabía a refresco inofensivo, así que todos hemos empezado a beber con despreocupación absoluta, y hemos terminado con una mierda como un piano (creo que todavía hay un chico por ahí durmiendo en el cesped con una chancleta en la nariz). Carlos, en su paciencia infinita, ha dedicado las últimas horas de la tarde a recogernos a todos uno por uno y ponernos a la sombra. A mí no. A mí directamente me ha metido debajo del grifo de la ducha. Ya se sabe que donde hay confianza... mariconadas las justas.

No sé por qué Carlos por más que beba, nunca se emborracha. Debe tener la sangre más espesa que unas gachas de almorta.

La madre de Carlos ha venido esta mañana a traer una sandía y 45 folletos más de salones de bodas que no abriremos. Al encontrarse con Jokin y con los Cabbage Patch Kids(*), ha empezado a sacar condones del bolso otra vez y a repartir. Parecía la Mamá Noel de la liga antisífilis. Mientras Carlos se la llevaba casi en volandas hasta su coche, le he contado a Jokin lo de los 20.000 condones de sabores que me regaló cuando la conocí y él me ha explicado que la madre de Carlos había sido doctora muchos años en la unidad de hematología y tratado a muchos enfermos de sida terminales.

Empiezo a entender su alegría el día de la comida en Segovia. Creo que no era la boda lo que le hacía feliz, sino el concepto de pareja sexual fija. Mh... los caminos de la psique maternal unhijogay-mecagoentó son inexpugnables.

Me voy al cine. Ahora sí.

(*) amigos multirraciales en serie de Carlos

El apunte tontería de un segundo

En estos momentos yo debería estar en el cine viendo sangre, pero tengo un superhéroe sobando a pierna suelta en la cama que hay justo frente a mí. Y además con la típica forma de sobar de cuando eres feliz. Almohada abrazada con brazo derecho, mano izquierda colgando fuera del colchón, despatarre absoluto, ocupación central-diagonal del ancho de toda la cama, reseteado total de apuntes mentales "a-las-nueve-toca-levantarse", etc.

Los sobados felices son como los sonámbulos. No se pueden despertar bajo ningún concepto, así que... hoy no tendré cine, pero tendré blog. No hay mal que por bien no venga.

Ando un poco mareado. Como si las cosas giraran muy deprisa a mi alrededor. No es una sensación desagradable, es un vértigo amistoso. De los que molan. Como cuando bajas por el tubo de un parque acuático y vas a toda hostia, sabiendo que terminas en blando. De vez en cuando me siento con Jokin en el columpio-sofá de las margaritas horteras que hay en el porche y hablamos. Dice que está seguro de que terminará solo y que debe ir asumiéndolo. Yo le digo que no asuma nada. Que la vida no es algo que se pueda atar y dirigir como a un perro. Dice que soy un chico con "pensamientos curiosos". Creo que lo que quiere decir es que soy raro. Bueno. Es la verdad. He estado asumiendo que acabaría solo desde que tenía... ¿ocho años? pues hala. Todo un derroche de energía asumidora pa ná. ¿Qué coño sabemos nosotros de por dónde nos terminará llevando la vida?

Le he dicho a Jokin que le acompañaré de bares para que se distraiga y encuentre a alguien majo que mate al supervillano. No sé por qué coño le he dicho esa tontería. Soy la última persona en el mundo de quien debería acompañarse para ligar. Ni sé dónde coño ir, ni tengo gracia para hacerlo. Como no le acompañe a los autos de choque...

También le he pedido que me diera su opinión sincera sobre todo lo que estaba pasando entre Carlos y yo. Como son amigos desde hace veinte años, esperaba que me dijera lo mismo que había dicho Miguel. Que era pronto para tomar decisiones y que nos estábamos precipitando. Pero no ha dicho nada de eso. Ha dicho que Carlos y yo jugábamos sobre seguro porque éramos "dos mitades de lo mismo". Me ha parecido lo más bonito que me habían dicho en mucho tiempo, así que he tenido ganas de matar al supervillano de verdad, y de que Jokin fuera feliz con sus pelos despeinados, sus camisas de dibujos raros y sus kilos de alma pura.

Voy a echar mucho de menos esta casa cuando nos vayamos. Toda entera. Hasta el columpio-sofá de las margaritas horteras.

Halavenga...

Me ha enviado margaritas al trabajo. No una macetita con lazo, como sería cursi y menester, no... Me ha enviado cerca de... yo que se... 48 ó 49 ramos, todos juntos al alimón. Así... a mogollón y sin tarjeta.

Me lo han tenido que traer hasta mi mesa entre dos. He pasado tanta vergüenza que la camiseta de cocacola me ha hecho un fundido en rojo con las orejas.

Como no sabía dónde coño esconderme, les he dicho a todos que lo había encargado yo, para unos amigos que se casaban. La señora Virtudes me ha mirado con expresión de "encima de nenaza, mentiroso". Alguien ha dicho que el amor era muy bonito y yo he terminado de colorearme del todo. Nariz... mentón... párpados... dedos gordos de los pies... He intentado poner cara de Chuck Norris y decir "sí, estos amigos que se casan están muy enamorados" pero me he puesto tan nervioso que me he trastabillado y me ha salido un gruñido tipo "grl...bigos-decasan-urados...grl..." además de pillarme, encima, un dedo con la grapadora.

Yo creo que a lo largo de mi vida le habré contado a unas diez personas que me gustan mucho las margaritas blancas. Y también creía que ninguno de los diez me estaba escuchando en ese momento.

No contaba con que en realidad, eran nueve personas y un superhéroe.

Todo esto no me ayuda una mierda para el aterrizaje.

El romanticismo del clic

Qué idiota estoy. Ocho horas escuchando canciones de amor. Emocionándome con un baboso bolero del baboso Luis Miguel. Sinceramente, me doy asco. Seis meses deberían haber sido suficientes para iniciar la cuesta abajo. Es más... a estas alturas debería estar ya en la cómoda fase de la estabilidad. Esa en la que te sientas a ver la tele con un huevo asomando por los calzoncillos viejos y sin pensar que tenga ningún tipo de consecuencia para la relación. Pero no. Yo sigo subiendo... y subiendo... y subiendo... y todo se va a haciendo más perfecto... y más perfecto... y más perfecto... ¿Dónde coño voy a terminar? ¿en algún tipo de estratosfera cósmica amorosa donde los cervatillos disney llevan escafandra? Si al menos me ayudara un poco... No se. Si roncara... Si le diera al anisete... Si se rascara el culo en la mesa... Pero nada. Le busco y le rebusco y no me deja encontrarle nada que me haga aterrizar. Por el día es muy bueno conmigo y por la noche lo suficientemente malo. Divertido, perverso, comprensivo, inteligente, me sigue el juego, me hace reir... ¿de dónde coño saco el tren de aterrizaje? ¿me lo dibujo?

Hace poco le decía a alguien que en estos momentos me siento un poco como Heidi en el columpio; con los pies sobre el abismo más absoluto y sin embargo, riendo como un imbécil con toda la boca abierta. Pues eso.

Al final me dejó probar la Harley (consecuencia directa de que los nepomuks muramos con las flicfloc puestas). Y de nuevo me convertí en la crónica de un desastre anunciado. Demasiada moto para tan poco hombre. Creo que tardé unos dos nanosegundos en volcarla. No sé cómo coño lo hacen los demás. Yo me limité a frenar y pumba. Así... directamente. A cámara lenta, sin despeinarme y sin que se me moviera ni el casco.

Mientras me levantaba e intentaba inútilmente hacer lo propio con la moto, me giré hacia la puerta del garaje, pensando que se cabrearía mucho conmigo y me llenaría de aspavientos y yatelodijes, pero en realidad, tanto él como Jokin mantuvieron calma de jedis. Calma de jedis descojonados, claro. Carlos dijo: "me recuerda a cuando de pequeño jugaba a montar los clics en el tanque del madelman..."

Sinceramente, creo que en mi vida me han clavado con una metáfora tan perfecta.

Me ayudaron a incorporar la moto (lo que pesa aquello es algo que no se puede describir con palabras). Luego Carlos montó detrás y me enseñó a mantener el equilibrio. Hicimos un segundo recorrido impecable, en el que mi orgullo de machito-ponce no me dejó ver que era él quien estaba manteniendo realmente la moto en pie. Le dije "venga, baja, baja... ahora yo solo, ahora yo solo..." Él dijo "espera, prueba un poco más conmigo..." y yo dije "quenoquenoqueno... baja coño, que ya puedo." Se bajó. Arranqué. A los dos minutos empecé a flanear. A los tres paré, y a los tres y medio, volví a besar el suelo como el Papa.

La segunda vez no intenté levantar la moto. Sólo me atusé, fui hasta Carlos, le puse el casco contra el pecho y le dije "Vale, tenías razón. Pesa mucho para mí" y me metí para dentro, con toda la dignidad de que fui capaz, a buscar tiritas y mercromina. Sin llorar y sin llamar a mi mamá, pero en un tris de poder llegar a hacerlo.

Si yo fuera él, no estaría conmigo ni aunque me hubiera entrado a mí mismo de premio con los cromos de un bollycao.

La sensatez del insensato

No se si es un buen momento para escribir, tengo la cabeza como una patata cocida y sigo enredado en las tardes de chuminadas twitter-guarras con el superhéroe (tengo que dejar de twittear PERO YA). Sin embargo, un cuaderno de bitácora es un cuaderno de bitácora. Así que... hala. Marejadilla y tirando.

Eli y Jokin se han separado. Me siento culpable. Creo que la chispa de la dinamita la encendí yo como un gilipollas en la cocina, al abrirle los ojos por cojones a su mundo de amores diminutos. Y cuando le digo a Carlos "no tenía que haberle dicho nada a Jokin aquel día..." para que me conteste que no, que no es culpa mía, él pone cara de malo y dice "Pues claro que no tenías que haber dicho nada." Y me deja aún peor de lo que me coge (lo que es la sinceridad nunca será nuestro problema). Ahora Jokin pasa las tardes y algunas noches con nosotros. Intenta parecer curtido y desenfadado pero no le sale demasiado bien. Le veo la tristeza hasta en los calcetines. Si enamorarte de un superhéroe conlleva cierto peligro, enamorarte de un supervillano es aún peor. Por debajo de cachas, encantos y trucos de magia, pueden dejarte el corazón hecho mierda en un vengoyvoy, mientras tú todavía conservas la carita cretina del "me ha aniquilado pero es que es tan guapo..."

Cambiando de tercio, empiezo a entender un poco por qué Carlos no quería implicar a su madre en el asunto de la boda. Desde el domingo pasado nos ha mandado un total de 28 catálogos de salones, fincas, palacios y caterings para celebraciones de enlaces. Todos inmensos. Como para saraos de 100 ó 200 personas. Me parece que la buena mujer se olvida de sumar a mi familia inexistente. De hecho... creo que no podría invitar a 200 personas, ni aunque me dedicara a repartir las invitaciones en la puerta de un burguer king. Pero a ella le da igual. Escribe constantes correos a Carlos pidiéndole que le vaya pasando la lista de invitados para tener en cuenta los cubiertos. Y Carlos le responde siempre adjuntando una hoja excell en la que escribe: "Invitado 1: Ariel - Invitado 2: Carlos. Fin de los invitados". Ella lo recibe y le contesta "Muy gracioso, pero pásame la lista antes del viernes..." y él vuelve a enviarle de nuevo el mismo excell. "Invitado 1: Ariel - Invitado 2: Carlos. Fin de los invitados". Así hasta el infinito y más allá.

Con ese tira y afloja llevan ya cuatro días. Me pregunto quién se cansará antes. Apuesto a que ella. Carlos tiene una dilatada experiencia en tocarte los huevos con la tranquilidad de un mahatma. Si lo sabré yo.

Le he pedido a Miguel que sea mi testigo. Ha abierto tanto los ojos cuando le he dado la noticia, que casi he podido verle el cerebro. Me ha preguntado cinco veces si estaba seguro de lo que iba a hacer. "Ariel, no puedes casarte con alguien con quien llevas seis meses..." Le he dicho que tenía razón. Que no podía. Pero que iba a hacerlo. Me ha dicho que esto no era como lo de tirarse por la escalera con la bicicleta. Que no era cuestión de adrenalina, sino de sensatez. Le he dicho que Carlos y yo siempre estaríamos juntos. Él ha dicho "Eso no puedes saberlo..." y yo le he dicho que tenía razón. Que era cierto que no podía saberlo. Pero que lo sabía.

He vuelto a trabajar. Soy como una mosca en el desierto. Cuando levanto la cabeza sólo veo pantallas de ordenador vacías sacándome la lengua y diciendo "pero qué coño harás aquí..."

Yo le admiro. En serio que sí

"¿Por qué tu madre dijo que temía que te quedaras solo, si habías estado tantos años con Bosco?" Me mira sorprendido por encima del café. "Bosco y yo lo dejamos hace tres años y medio. Me ha dado tiempo a estar solo." "¿Y por qué estaban sus cosas en tu casa cuando yo llegué?" "No terminamos bien. Luego cuando reescrituré la casa a mi nombre, hicimos las paces y pasó a buscarlas." "¿Por qué no se las tiraste en su momento a la basura?" Se ríe. "Porque yo hago las cosas con la cabeza y tú con el corazón." "Pero él se lo merecía ¿no?" "Lo que nos merecemos es relativo, Ariel. Bosco y yo no teníamos que haber estado juntos." "¿Por qué no?" "Porque Bosco no me quería." "¿Y tú le querías a él?" "A veces te acomodas con alguien, aunque sepas que no es la persona que estabas buscando." "¿Y cómo se que eso no te pasará conmigo?" "Tú no lo sabes. Eso solo lo se yo." "No me ha gustado la respuesta." Sonríe. "Lo se. A mí no me ha gustado la pregunta..." Se levanta y me besa en el cuello. "...así que estamos en paz." Sale de la cocina.

No hay que estar solo en la vida

Bueno, pues... había que pasar por la criba familiar. Yo me esperaba que fuera como en las películas cursis. Que cogiera una copa y la golpeara clin-clin-clin con una cucharilla para luego decir "familia... os he reunido aquí para deciros que voy a casarme y me haría muy feliz tener vuestra aprobación..." pero Carlos no es de película cursi. Ni de copa, ni de clin-clin, ni de discurso. De hecho, hemos acabado de poner nuestros respectivos culos en los asientos y lo ha soltado tal cual. Cuando nisiquiera me había dado tiempo ni a ubicar el tenedor. Certero, frío y sin inmutarse, como siempre. "Ariel y yo nos vamos a casar este Diciembre y necesito testigos para la boda." Hala. Todos traspuestos y con la boca abierta. Como un fotograma en pause. Un segundo de silencio... dos... tres... cuatro... Y cuando su madre parpadea dos veces y dice "Pero..." , él levanta la mano y la pone al frente. "¡No! No hay peros. Lo siento, os quiero, pero vuestra opinión no me importa. En la línea que yo me muevo es muy jodido conseguir lo que tengo, y soy muy feliz. Así que venga, al tema... ¿quién me puede hacer de testigo en Diciembre?"

Y entonces todos se miran... me miran... miran a Carlos... se vuelven a mirar... y la ola se rompe. Se ríen, se abrazan, gritan frases en euskera que no entiendo, levantan copas, piden vino... Eneko le dice al camarero que traiga dos botellas de ribera porque su hermano mayor se casa y hay que brindar. El camarero estrecha la mano de Carlos y luego mira la mesa de punta a punta como diciendo ¿y dónde coño está la novia? Su madre me coge la mano y me dice que está muy contenta. Tiene los ojos húmedos debajo de las gafas. Coge el brazo de Carlos y le dice "ya te veía yo solo para siempre... ya te veía yo solo y eso no es bueno, Carlos... no hay que estar solo en la vida..." Yo me contagio. Me dejo llevar. Es verdad que me siento feliz. Urko me abraza "¡ven aquí joder!" yo le digo "vamos a ser cuñados..." y él me contesta "¡qué coño, cuñados! ¡ya tienes seis hermanos, hostia! ¡para lo que te haga falta!" Samu se levanta y dice "¡Eh, eh! ¡y además es el pequeño! ¡las collejas para él!" Se ríen. Carlos me coge la muñeca por debajo de la mesa. "Aguanta un poco más. En cuanto pase el postre nos largamos..." yo le contesto "hey, no... si estoy bien... esto mola todo."

Terminamos todos en el bar de Jon. Estoy bebiendo aguardiente de mora con Samu y se nos acercan dos chicas. La más alta me dice "¿Sois todos hermanos?" Como la chica es guapa, Samu se estira como un gallo. Saca pecho. "Sí. Nosotros somos los pequeños y los mejores de todos..." El pollo ligón. Ellas se ríen. A mí se me enrojecen un poco las orejas. La chica señala a Carlos con la cabeza. "¿El de la camiseta verde es también hermano vuestro?" Samu me mira. Sonríe enseñándome todos los dientes. "Ese es Carlos. El mayor. Ya está carroza." Las chicas se miran y se ríen. "¿Y tiene novia tu hermano, o qué?" Samuel me da un codazo. Sin disimular ni lo más mínimo. Yo digo "No tiene novia." Samu suelta una risita de conejo. La chica se da cuenta de que algo pasa. Entrecierra los ojos. "¿Seguro?" Vacío el chupito de un trago. "Te puedo dar seguridad absoluta de que no tiene novia." La chica se ríe "¿y nos lo presentáis o qué?" Samu suelta el vaso como si le hubieran metido un cubito de hielo por el culo "¡hombrequesitelopresento! ven ven ven...!" mientras se lleva a la chica, se da la vuelta, me guiña un ojo y susurra "Esto no me lo pierdo, tío..."

La certeza

"Deberíamos empezar por la fecha." Golpetea el lápiz contra la agenda. Por entre las páginas descolgadas, asoman mil notas llenas de números y nombres. Mi agenda siempre estaría vacía, no nos parecemos. El campo de atracción de los polos opuestos. "Mejor cualquier día de diario, así evitamos que sea un circo." Desliza el lápiz por el calendario. "No será un circo, Ari. Seremos tú y yo." Frases que cierran. Siempre igual. En voz queda y deslizando las palabras. "¿Qué tengo que llevar puesto?". Levanta los ojos. "No sé... supongo que traje o..." "No tengo ningún traje." "Queda mucho tiempo por delante, podremos comprar uno". Me incorporo sobre el colchón y me abrazo las piernas. "No se me da bien comprar trajes..." Se incorpora  a mi lado. Cierra la agenda y la deja bajo la lámpara. "A ver, dime. ¿Qué quieres llevar?" "Vaqueros y converse. Y tengo una... corbata roja." Una corbata roja. Ya estoy otra vez diciendo tonterías. Se encoje de hombros. "Por mí vale." Vuelve a abrir la agenda y a coger el lápiz. "Seremos los pirados de los vaqueros, las converse y la corbata roja." Por estúpido que parezca, me gusta cuando hace eso. Cuando sujeta todas mis tonterías y las hila para darles un aire cómico. "¿Y a quién invitamos?" "A nadie. Tú y yo." "Pero necesitaremos testigos ¿no?" Apoya el lápiz en los labios. "Mh... Bueno, se lo diré a mis hermanos." "Y a tu madre". Me mira y vuelve a sonreir. "Eso no va a ser nada bueno para ti..." "Quiero que se lo digas". Se ríe contra la almohada. "Ok, tú mismo..." Me vuelvo a tumbar. "Podríamos celebrarlo en un chino". Suelta una carcajada. "Venga... seguro que se te ocurre algo menos cutre..." "¿Un japonés?". "Mh... no sé, algo más popular..." "¿Mcdonalds?" Me golpea en la cabeza con el lápiz. "Eh... seriedad, mosquito" "Bueno, pues un mexicano". Se incorpora sobre un codo. "Mmh...sí, eso me gusta más. Burritos, jalapeños y tequila." Se tumba boca arriba. Apoyo la cabeza en su estómago y oigo el compás de su respiración. Por un momento pienso en todo lo grande de mi vida, sostenido por algo tan pequeño. El desasosiego absurdo.

"Tu madre se va a llevar un disgusto como lo celebremos en un mexicano." Sonríe y me acaricia la cabeza. "Lo se. Es una idea genial."

En el futuro necesitaré recordar esto

Me he cortado el pelo. Mucho. Tenía que quitarme los nudos que me habían quedado de ayer. Si me toco la cabeza con los ojos cerrados, ya no me parece mía. Es como... un melocotón con orejas.

Carlos dice que le recuerdo a las almendras que recogía del huerto de su padre en Lasarte. Lo dice para tocarme un poco las pelotas, pero no surte efecto porque soy bastante feliz y mi mala leche está en stand by. Creo que lo estará durante unos cuantos días.

Peyote está tumbado a mi lado, sobre la mesa del porche. Tiene las dos patas delanteras estiradas y apoyadas en mi brazo derecho mientras escribo esto. Duerme profundamente, pero da un poco de grima verle con las calvas del lomo y medio culo afeitado. Parece un tiñoso feliz.

Yo llevo al cuello un cordón de cuero trenzado, del que cuelga un pequeño ammonite con un engarce de oro blanco. El ammonite se ha conservado intacto sobre rocas sedimentarias durante 250 millones de años. Ahora lo llevaré yo.

Quien sabe cerrar algo con una sola frase, sabe abrirlo con el símil adecuado.

Oigo silbar a Carlos mientras recoge la ropa del tendedero del jardín. Cuando entra, pasa detrás de mí y me muerde la nuca como un gato. Deja la palma de la mano abierta sobre mi cabeza y me dedica media sonrisa malévola: "como las almendras de Lasarte. Igual se sentían en la mano..." Vuelve a coger el cesto y se pierde en la cocina. Oigo su silbido filtrarse por la mosquitera de la ventana.

Está contento.

Yo se por qué.

Gracias a Vanessa por la fe de erratas

De nada a todo en 20 segundos

Carlos encontró a mi gato. Cubierto de una especie de grasa negra y enredado en una verja de espino, en un descampado a unos cuantos kilómetros del pueblo. Con un par de heridas leves y aspecto de no haber comido en estos cuatro días, pero por lo demás, vivo y entero. Él no trajo mejor aspecto que el gato. Por liberar a Peyote, se llenó de la misma grasa negra y se rasgó el brazo derecho. Tuvieron que ponerle puntos y la antitetánica, en el centro de salud.

Yo también me llené de la misma mierda, porque pasé cerca de quince minutos abrazado a los dos, como en una estampa de telenovela cursi. Y como estaba en estado esquizofrénico-compulsivo me dió por llorar y Carlos me cogió la cara y terminó de llenarme de grasa hasta las cejas. Grasa en la camiseta, grasa en las manos, grasa en la boca, grasa en el cuello, grasa en la nariz...  Grasa hasta en el culo.

No sé qué bien que era. Parecía lubricante de motor o algo así. Como fuera algo radioactivo, dentro de un par de meses tendremos los tres una leucemia feliz.

Después de cuatro jabonadas (una de ellas con un poco de Mistol), conseguimos limpiar a Peyote. Jokin y Eli se fueron, y yo, aún con pinta de limpiachimeneas viudo, cerré todas las mosquiteras. Si hubiera podido, habría claveteado las puertas, como en lo dibujos. Mientras nos intentábamos quitar la grasa del pelo en la ducha, Carlos me preguntó si me había acordado de tomarme la pastilla. Yo me puse a llorar otra vez. Se me da de muerte cargarme la virilidad en los momentos que más la necesito.

Intenté disimular la vergüenza de llorar como una niña, con unos cuantos kilos de locuacidad estúpida. Ahí, entre espumas y agua negra, le dije a Carlos que Eli llevaba dos años con Jokin, que se había follado a diez tíos y que ahora quería follárselo a él pero que me lo había dicho bebiendo mojitos en ayunas porque yo había sacado una sartén sin haber podido hacerme la comida por culpa de los nervios por si me pedía que saliera de su vida (así... todo del tirón, como un loro con epilepsia). Carlos apoyó la espalda en las baldosas y dijo "Joder, Ariel, estoy cojo por la puta inyección, medio manco por la verja, con arañazos hasta en el culo, lleno de grasa negra y en ayunas desde ayer. Piénsalo, de verdad... ¿qué más pruebas de amor necesitas para estar seguro?"

Yo dije "bueno... podrías dejarme la Harley..."

En ese momento, pudo hacer dos cosas: calzarme una hostia o reirse. Hizo lo segundo, menos mal.

Sobre todo porque una sola hostia de Carlos me dejaría los dientes incisivos asomando por una oreja.