Estoy en Malasaña porque he pisado un gato y me he roto.
Bueno, en realidad no le pisé. Aunque debería haberlo hecho, porque evitarlo fue el desencadenante directo de que en estos momentos me duela desde el huevo derecho hasta el dedo pulgar. Pensándolo en frío, hubiera sido mucho mejor que le doliera un poco el rabo al gato durante unos minutos, antes que pasarme las próximas semanas con yeso hasta la rodilla y un gato cabrón intacto.
La cosa fue más o menos así: yo tengo pis, yo me levanto, Peyote se me cruza, yo digo ahivadiós, yo pego un giro, mi tobillo no, suena un crajs, un catapumba y al suelo que voy. No puedo levantarme pero no duele. Pero no puedo levantarme. Pero no duele. Pero sigo sin poder levantarme y... vale, ya. Ya duele. Coño. Coño como duele... Yo lloro como una niña. Yo digo bajito kaaaaaaarlllloooossssssshhhhh... Karloszeta ronca feliz y no me oye. Yo digo a voz media Kaaaaaarloooooosssssh.... Karloszeta ronca más. Yo digo a voz en grito KARLOSCOJONEEEEEEEESSSS y Karloszeta se levanta, se asusta, me incorpora, me sujeta, "¿te ves para llegar hasta el coche?" "NO" "¿y para llegar al portal?" "NI PARA LLEGAR AL PANTALÓN" ambulancia, pim-pam, hospital, pam-pim...férula, vendaje y halayá. A las cuatro en casa. Los dos con los mismos pelos de almohada y el pijama debajo del chándal. No quieren prestarnos una silla de ruedas en el hospital, así que del coche a casa, me tiene que llevar a pulso. Le digo "transpórtame con dignidad, por favor" y él me echa al hombro como un fardo. Pues menos mal que es un vasco gigante. Si hubiera sido de mi tamaño habríamos tenido que inventarnos algún sistema de poleas hasta el balcón como en las mudanzas. Se lo digo cuando subimos los tres escalones del portal y le da la risa tonta. Se tambalea y casi nos matamos. Santabárbarabendita. Se me rompe el vasco gigante y ya la hemos cagado pero bien. A ver quién coño nos transporta a los dos.
Tengo fracturada la tibia. He vuelto a recordar que las cosas de los huesos duelen mogollón y que el mundo no está planificado para vivir sin la pierna derecha. Karloszeta se sorprende de mi resignación budista en la supervivencia a una pata. Le parece mentira que pueda autoinyectarme jeringuillas de eparina en el estómago sin decir cagoendios ni gritar. Ya ves tú. Como si un pinchacito de pedo de mosca fuera el peor dolor que te espera con un fractura. Que a veces me duele el tobillo, a veces la tibia y a veces hasta las orejas.
No he dormido nada en 24 horas. Sospecho que mañana a estas horas, ya serán 48.
No importa. Siempre me quedará el amor y el loro tecnopop.
Pues mira... al final fue madrileño

Primer pensamiento de Amsterdam: Hace un frío del carajo.
Segundo pensamiento de Amsterdam: Es IMPOSIBLE que pueda recordar ningún nombre de nada de lo que vea. Me da igual que sean museos, canales, lagos o meaderos públicos. Lo siento, Ariel de dentro de 20 años, cuando leas esto no sabrás dónde cojones estuviste, así que elige sílabas al tuntún, añádeles eses, emes, alguna j y apáñate con eso, muchacho.
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Otra vez estoy en un hotel cojonudo, de esos en los que yo no debería haber estado nunca, según la ley de justicia y merecimiento. Descubro un imac en la habitación. Doy muchos botes con molinillo de brazos para decirle a Karloszeta que hay un imac en la habitación. Sonríe y me dice que ya lo sabe. Le digo que voy a llamar a su asistente (única persona de su equipo con la que tengo trato previo) para decírselo. Me dice que también lo sabe porque hay uno en cada una de las 500 habitaciones del hotel. Descubro que soy un paleto en Holanda.
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A nuestra izquierda, comparten habitación el operador de cámara y el foquista y a nuestra derecha la asistente de Karloszeta y la secretaria de rodaje. O dicho de una forma más abreviada: augurios cumplidos. En el baño hay una ducha de esas galácticas con cabina de hidromasaje. Le digo a Karlos que según mis cálculos, es el único lugar de la habitación donde podemos hacer el guarro sin que se entere nadie, gracias a la mampara hermética. En ese momento le llama su hermano. Le oigo decir al teléfono "Estamos ya en el hotel. Esta noche vamos a dormir en la ducha, para que un operador de cámara que me importa dos cojones no sepa que follamos." Cojo la sutileza al vuelo y decido no insistir más sobre lo de los polvos herméticos.
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Se desayunaduerme a las 6:30h, se comealmuerza a las 12:00h y se cenamerienda a las 17:30h. Seis y media. Cojones. Vuelvo a hacer molinillos como con el imac, pero esta vez en plan chungo. No estoy seguro de poder despertarme a las seis. No estoy seguro ni de tener los ojos puestos a las seis. Karloszeta me dice que me quede durmiendo porque puedo desayunar hasta la 11h, pero encima que voy de pegote, no quiero parecerles a todos un vago de mierda, así que decido bajar con ellos. Conociéndome estaré muerto a las 19:00h. Pienso recorrer Amsterdam con la mochila llena de kit-kats.
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Karloszeta trabaja hasta la hora de la comida. Sigue sintiéndose culpable porque en estos momentos deberíamos estar de viaje de novios chino. Me dice que vaya con él al rodaje y promete dedicarme toda la tarde y enseñarme Amsterdam. Le digo que no se preocupe, que alquilaré una bicicleta del hotel, iré por mi cuenta a ver algún museo y luego regresaré al hotel a esperarle para que cenemerendemos juntos. Lola, su asistente me enseña algunas palabras básicas para sobrevivir, como "hola" "adiós" "cuánto" y "cómo". Él pone cara de preocupación. "Llévate el móvil y acuérdate de ponerle el candado a la bicicleta cuando la dejes en algún lado." Le doy una palmadita en la espalda "No estés preocupado por mí joder... No soy tan tonto como para perderme..."
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Aproximadamente, una hora y media después, me pierdo. Las casas son iguales, las calles son iguales... Hasta las chicas en bici son iguales. Todo tiene un nombre indescifrable y no soy capaz de recordar por dónde exactamente he venido. Tampoco soy capaz de explicarle a nadie por dónde quiero ir. Mi pundonor me impide llamar a Karloszeta, así que intento guiarme yo sólo. Sin saber ni cómo, logro encontrar una calle ancha que desemboca en una plaza llamada Dam. Como mi capacidad de reacción es más bien nula, decido aparcar la bicicleta y seguir un poco caminando para ver si me oriento mejor. Gracias al Museo Madame Tussauds, me ubico por fin en el plano. Decido volver al Hotel. Las tripas me crujen. No encuentro kit kats pero encuentro van-houtens-whole de fruits y nuits. Salvo lo de las fruits y nuits, no sé qué cojones estoy comprando. Después de caminar por veinte calles preciosas e iguales, escucho a unos chicos hablar en italiano y me lanzo en plancha. Les digo que tengo que llegar a la estación. Me dice que estoy a tomar por culo (qué novedad) y que siguiendo la línea de tranvía puedo llegar. Desando lo andado y regreso a mi bicicleta y cuando llego a la zona de la plaza, descubro que la bicicleta del hotel no está y que me he olvidado de ponerle el candado. Me duele más el pundonor que los 50€ de depósito que he perdido, así que, entre llorar y llamar a Karloszeta, me decido por lo segundo. No me dice "ya te lo dije" ni nada parecido. Sólo asume que ha sido culpa suya por dejarme solo. Yo, como estoy cantidad de deprimido porque me han robado en Holanda, no le aclaro que la culpa es mía porque soy subnormal, y le digo que sí... que nunca debió dejarme marchar. Me dice que no me mueva de allí, que irá a buscarme. Me pongo en la cola del museo de Madame Tussauds para olvidarme de que soy un capullo. Cuando logro entrar me entusiasmo tanto con las figuras, que me olvido de que tengo a Karloszeta esperándome fuera. Me llama al móvil preocupado diciéndome que lleva diez minutos dando vueltas y que no me ve. Salgo esperando encontrarle con cara de perro, pero reacciona exactamente al contrario. Me abraza y vuelve a decir que lo siente mucho. Que yo me pierda como un gilipollas y él lo sienta es consecuencia directa de habernos casado hace dos semanas. Si lo hubiéramos hecho hace dos años, seguramente me habría llevado al hotel de una oreja o me habría mandado a tomar por ezel.
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Lola, la asistente de Karloszeta, me dice y me redice que la gastronomía holandesa es la caña, pero lo cierto es que salvo embutidazos y ochocientos tipos de pan, no veo nada que merezca demasiado entusiasmo. Nisiquiera los van-houtens-whole. Pienso que puedo estar influído por el exceso de carne que llevamos desde que dejamos Argentina, así que le digo a Lola que tengo más apetencia de pescado que de otra cosa. Ella me hace probar una especie de arenques fríos con cebolla por encima que venden encima de un trozo de pan. Nada más morder aquello siento unos deseos incontrolables de escupir entre puajs y buejs, pero como no quiero que piense que soy un capullo, lo mastico, me lo trago todo como un campeón y pongo cara de que está delicioso. Le digo "qué rico", ella dice "¿sí? venga te invito a otro..." Palidezco un poco pero me callo como una puta. Vuelvo a tragarme otro mierdiarenque encebollado. Cuando ya estoy terminando, les digo "¿vosotros no queréis?" y Karloszeta responde: "No. Los odiamos. Están asquerosos." Decido que Karloszeta, el equipo de Karloszeta y el vendedor de arenques me caen todos un poco peor que antes.
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Me doy una minihostia con la bicicleta nueva, al intentar reducir velocidad con el freno inexistente del manillar. Boto y reboto contra los adoquines sin que Karloszeta, que va delante, se pispe de nada. Un señor muy pelirrojo y muy amable, me ayuda a levantarme y me explica por señas que para frenar tengo que usar los pedales a la contra. Vuelvo a recordar que soy un paleto en Holanda. Karloszeta sigue pedaleando y hablando con nadie, sin darse cuenta de que no estoy. Le veo perderse en el infinito mientras me froto las rodillas magulladas. Para no volver a hacer el gilipollas, me siento pacientemente en un banco (sin quitarle ojo a la bici porsiaca) a esperar a que note mi ausencia y regrese, y un chico moreno se me sienta al lado. Empieza a hablarme en inglés muy sonriente. Lo único que logro entenderle es que es Brasileño y que está estudiando. Le digo (creo) que yo estoy de vacaciones. No sé cuánto hablamos, ni lo que decimos exactamente porque uso mi habitual inglés de Cuenca, pero en un momento dado me pasa el brazo por los hombros. Yo no reacciono. Sólo me quedo petrificado como una merluza. Me dice (creo otra vez) que si quiero beber algo. Yo continúo sin reaccionar y sigo mirando la bici con cara de merluza. En esas aparece Karloszeta. Me mira, mira al brasileño y dice "¿qué estás haciendo?" Yo le digo "me he caído de la bici y este es brasileño". Nada más decirlo me doy cuenta de lo idiota que suena. El brasileño mira a Karloszeta y luego me mira a mí. Karlos se señala el anillo "he's my husband" El brasileño se levanta como si le hubieran metido un petardo en el culo "ouch ouch, sorry, sorry..." antes de irse intercambia risas y algunas frases con Karloszeta. No sé qué le dice. Quizá le pregunta qué hace casado con una merluza. Mientras el brasileño se aleja, le digo a Karlos que Amsterdam es la primera ciudad del mundo en la que estoy bueno. Karloszeta se descojona. Se descojona tanto que me arrepiento un poco de no haberme casado con el brasileño.
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Salimos a disfrutar la noche de Amsterdam. Visitamos el barrio rojo. Karloszeta me avisa que no haga fotos a nada ni nadie, porque me puedo llevar una torta. La advertencia me sobra. Para cuando yo lograra sacar y disparar la cámara, probablemente la chica del escaparate ya estaría cobrando su pensión de jubilada. El equipo de Karloszeta parece pasárselo en grande viendo chicas, locales y posibilidades. Yo no. La gran cantidad de turistas mirando los escaparates con cara de idiotas y comentarios absurdos, me pone triste. No sé bien por qué. Quizá por la sensación de feria de ganado. Karloszeta me dice que no les tenga lástima, porque eso es como Sin City y quienes mandan en el barrio rojo son ellas y nada más que ellas. Lola me cuenta que pueden llegar a ganar unos 1000 euros por día en temporada turística. Dejo de tener pena de ellas ipso facto, y empiezo a tenerla de mí por no disponer de un escaparate en Amsterdam.
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Gozamos del universo petalandia en el coffe shop de Hill Street Blues (mira tú por dónde). Cojo un melocotón tan absurdo, que me paso diez minutos riéndome sólo porque uno de los cámaras se llama Pío. En contrapunto, el cámara Pío pasa otros diez descojonándose porque yo me llamo Ariel. Karloszeta se fuma un peta puro de Amnesia Haze. Nunca he probado la Amnesia, así que le pido una calada. Él me dice que es demasiado fuerte para mí, y que mejor siga con "los petas para niños." Lo dice para tocarme los huevos unica y exclusivamente a mí, pero consigue picarlos a todos. En cuanto se levanta para responder una llamada de móvil, nos liamos un peta puro y duro con su Amnesia Haze y nos los vamos pasando rápidamente, como niños de colegio tirando pelotillas en ausencia del maestro. Para cuando vuelve Karloszeta, uno de nosotros está en el suelo, tres con la cabeza sobre la mesa y los otros dos alucinando con las diferentes rugosidades y texturas de la pared. Decidimos que, efectivamente, la Amnesia Haze es un poco fuerte para nosotros, y nos prometemos no volver a olvidarnos de que Karloszeta es un vasco gigante.
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Gano al futbolín a un electricista que se llama Sebas por 14 a 0. Todos alucinan pepinos. Yo no. La marihuana me despierta los reflejos cerebrales al máximo. Si me dejaran vivir fumado, a estas alturas sería el mejor aparcacoches del mundo mundial, y no la nulidad absoluta que resulto en estado normal.
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De marcha en un sitio con nombre de novela de Stephen King. Me lo paso como no me lo he pasado nunca en mi vida. No por la música, ni por la marcha, ni por la compañía, ni por el ambientazo, sino por la cantidad de THC que se pasea por mi sangre. Soy consciente de que en esos momentos, podría pasármelo igual de bien en una tienda de paraguas canadiense. En un momento dado, uno de los del equipo, me ofrece probar magic mushroom hawaiian. Como todo me importa un huevo de pato, y soy un irresponsable, me como dos con un trago de cerveza. Cuando empiezo a notar que el estómago me pesa y que las piernas me desaparecen, veo acercarse a Karloszeta, que ha ido a la barra a por más bebida. Mariano le dice que me ha dado a probar hongos hawaianos. Karloszeta se enfada mucho. Por entre los ecos de mi cabeza, que ya empieza a reverberar de una forma extraña, le oigo gritar a Mariano y preguntarle cuántos he comido. Yo levanto tres dedos y digo "dos", como en los dibujos. Karloszeta me quita la cerveza de la mano y me dice que nos vamos al hotel. Empiezo a notar que los ojos no me funcionan bien, como si las paredes se estuvieran doblando o plegando sobre sí mismas. Noto la presión de la mano de Karlos en mi muñeca. A partir de ahí, caigo en el infierno mental más absurdo y absoluto (*).
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Museo Van Gogh, Rijsmuseum , museo de Anna Frank, museo de la tortura, museo Heineken, museo del sexo... No es que haya viajado mucho en mi vida pero sí que estoy seguro de no haber tocado jamás tantos palos en tan poco tiempo. En el avión, aún noto la cabeza más pesada de lo normal. Le digo a Karloszeta que no he tomado ni un sólo apunte para el blog de lo que he visto en los museos y él me dice que da igual, porque quien lee blogs no quiere que le hablen del autorretrato de Van Gogh. Decido que tiene toda la razón, y dejo de hacer esfuerzos por recordar nada intelectualmente relevante. Karloszeta me besa en el cuello y apoya la barbilla en mi hombro. "De mí sí te acuerdas ¿no? soy el que anoche te decía que no te ibas a morir" "Ya. Pues... vagamente." "Tendré que empezar a llevarte a sitios donde no te puedas meter en ningún lío." "¿Como Disneylandia?" "Como el salón de casa."
Bueno. Vale. Está bien.
(*) otra historia, que tendrá que ser contada en otra ocasión...
El próximo post será holandés
Carcajadas hasta las lágrimas desde anoche, porque el loro se balancea con la sintonía de Bob Esponja, como si fuera un bailarín de hip-hop. Karloszeta diciéndome "enséñale ahora a bailar esto... enséñale a bailar lo otro..." como si la cosa fuera mérito mío, y no de una simple sobredosis de dibujo animado mezclado con shock postraumático por lluvia de castañas. Aún así, el pollo parece feliz cuando baila y ha reducido notablemente su repertorio de fóllameputas. Barajo la posibilidad de empezar a probar con villancicos. Si la cosa va bien, plantificándole un gorrito navideño puedo ahorrarme este año la habitual compra en el chino del papá noel que se ilumina y baila el jingle-bells. Vale que el loro no se ilumina ni nada, pero queda más ecológico (donde va a parar) me ahorro pilas y de paso no me peleo con Karloszeta por un quítame-allá-este-engendro-navideño.
En estos momentos hago la bolsa para viajar a Amsterdam (o en estos momentos debería estar haciéndola). El equipo de Karloszeta ha volado esta mañana, pero él ha preferido cambiar el billete para poder viajar a mi vera (no se cuántos vuelos a Patagonia conmigo necesita un vasco para poder escarmentar), que como soy un pegote total, voy por libre. Me da un poco de corte eso de meterme de polizonte enmedio de un equipo de rodaje, sobre todo pensando que nos pueden dar habitaciones contiguas en el hotel y que todos terminen enterándose de que follamos como dos bonobos, de la misma forma que se enteraron todos los residentes de las villas Loi en Iguazú (y parte de los que pasaban por allí en canoa). Pero se lo cuento a Karloszeta y es como si le estuviera hablando de la cría del mejillón castellonense. Se lo pasa (mira tú qué raro) por el forro de los huevos. Yo le digo "tendrás que controlar el volumen por las noches", él contesta "lo haré", yo le pregunto "¿de verdad?" y responde "no".
Cada noche fuera que paso con él, voy encontrando más significado a los jueguecitos con mordaza.
En estos momentos hago la bolsa para viajar a Amsterdam (o en estos momentos debería estar haciéndola). El equipo de Karloszeta ha volado esta mañana, pero él ha preferido cambiar el billete para poder viajar a mi vera (no se cuántos vuelos a Patagonia conmigo necesita un vasco para poder escarmentar), que como soy un pegote total, voy por libre. Me da un poco de corte eso de meterme de polizonte enmedio de un equipo de rodaje, sobre todo pensando que nos pueden dar habitaciones contiguas en el hotel y que todos terminen enterándose de que follamos como dos bonobos, de la misma forma que se enteraron todos los residentes de las villas Loi en Iguazú (y parte de los que pasaban por allí en canoa). Pero se lo cuento a Karloszeta y es como si le estuviera hablando de la cría del mejillón castellonense. Se lo pasa (mira tú qué raro) por el forro de los huevos. Yo le digo "tendrás que controlar el volumen por las noches", él contesta "lo haré", yo le pregunto "¿de verdad?" y responde "no".
Cada noche fuera que paso con él, voy encontrando más significado a los jueguecitos con mordaza.
El ridículo del que soy capaz
Ayer mi suegra nos trajo una bolsa de castañas del pueblo. Yo tenía muchas ganas de usar la sartén con agujeros que había en el armario (he encontrado cosas muy extrañas en esa cocina; sartenes para castañas, moldes con forma de zanahoria... algún día encontraré un vietnamita en el bote de las galletas). Pero con la emoción del momento se me olvidó lo de hacerles el corte transversal, así que en cuanto empezaron a calentarse, fueron estallando y saliendo disparadas de la sartén. Yo, que ya tuve una experiencia similar un día que me dió por freir almejas, salí también disparado antes de que la explosión castañera me saltara un ojo, olvidándome por completo de que había dejado al loro en el office para que viera más episodios de Bob Esponja. El susto que se llevó el animal, al verme aparecer en tromba y a toda hostia por entre las puertas batientes, dando gritos de cagoendios y seguido de una lluvia de castañas voladoras fue brutal. Tanto es así, que el animalito soltó cinco putas seguidos, bajó al fondo de la jaula y se puso a temblar, como si le hubiera dado el baile de san vito.
Me acojoné. Había leído en el manual que eran animales muy sensibles, y un loro muerto de un infarto no es ningún chiste. Sobre todo cuando la culpa ha sido tuya y de tu sartén de agujeros que no deberías haber tocado. Así que como no sabía qué demonios hacer para calmarle, le ofrecí trocitos de fruta (cuando la última castaña terminó de explotar y pude pasar de nuevo a la cocina sin convertirme en daño colateral). Pero no sirvió de nada. El loro siguió temblando y sin subirse al palo. Así que me puse delante y dije:
¿Están listos chicos? ¡Sí, Capitan, estamos listos! ¡No los escucho! ¡Sí, Capitan, estamos listos! Uuuuuuuuuuuuu... El loro dejó de temblar. Yo pensé "bien, esto funciona" y seguí aún más alto: ¡Vive en una piña debajo del mar! ¡BOB-ES-PON-JA! El loro se subió al palo de un brinco. Yo me animé: ¡Su cuerpo absorbe y sin estallar! ¡BOB-ES-PON-JA! Entonces me pareció que el animal se balanceaba hacia los lados, como bailando y pensé "¡coño" ¡le gusta!" y eché el resto. ¡EL MEJOR AMIGO QUE PODRÁS DESEAR! ¡BOB-ES-PON-JA! ¡Y COMO A UN PEZ LE ES FÁCIL FLOTAR! ¡BOB-ES-PON-JA! ¡TODOS! ¡BOB-ES-PON-JA!¡BOB-ES-PON-JA!¡BOB-ES-PON-JA!
Entonces fue cuando me dí la vuelta y caí en la cuenta de que Karloszeta llevaba dos minutos en la puerta, mirándome absorto con el portero al lado que venía a revisar la llave de los radiadores.
Sera exótico, colorido y pinturero, pero la cruda realidad es que la rata y los gatos no me dan ni la mitad de disgustos.
Me acojoné. Había leído en el manual que eran animales muy sensibles, y un loro muerto de un infarto no es ningún chiste. Sobre todo cuando la culpa ha sido tuya y de tu sartén de agujeros que no deberías haber tocado. Así que como no sabía qué demonios hacer para calmarle, le ofrecí trocitos de fruta (cuando la última castaña terminó de explotar y pude pasar de nuevo a la cocina sin convertirme en daño colateral). Pero no sirvió de nada. El loro siguió temblando y sin subirse al palo. Así que me puse delante y dije:
¿Están listos chicos? ¡Sí, Capitan, estamos listos! ¡No los escucho! ¡Sí, Capitan, estamos listos! Uuuuuuuuuuuuu... El loro dejó de temblar. Yo pensé "bien, esto funciona" y seguí aún más alto: ¡Vive en una piña debajo del mar! ¡BOB-ES-PON-JA! El loro se subió al palo de un brinco. Yo me animé: ¡Su cuerpo absorbe y sin estallar! ¡BOB-ES-PON-JA! Entonces me pareció que el animal se balanceaba hacia los lados, como bailando y pensé "¡coño" ¡le gusta!" y eché el resto. ¡EL MEJOR AMIGO QUE PODRÁS DESEAR! ¡BOB-ES-PON-JA! ¡Y COMO A UN PEZ LE ES FÁCIL FLOTAR! ¡BOB-ES-PON-JA! ¡TODOS! ¡BOB-ES-PON-JA!¡BOB-ES-PON-JA!¡BOB-ES-PON-JA!
Entonces fue cuando me dí la vuelta y caí en la cuenta de que Karloszeta llevaba dos minutos en la puerta, mirándome absorto con el portero al lado que venía a revisar la llave de los radiadores.
Sera exótico, colorido y pinturero, pero la cruda realidad es que la rata y los gatos no me dan ni la mitad de disgustos.
Pues seguimos sin ponerle nombre al loro
Llevo cuatro días con dolor de cráneo y el cuello un poco tieso, así que o tengo una contractura de cervicales (que será lo más probable) o tengo una meningitis y pronto lo de perderme en el wáter del kinépolis pasará a ser bastante más habitual y corriente de lo que venía siendo hasta ahora.
Karloszeta me pincha diciendo que seguramente sea un castigo kármico por haberle hecho tragarse al loro 5 episodios seguidos de Bob Esponja, pero me da igual. No conservo ningún tipo de remordimiento. He estado echando un vistazo a la parrilla televisiva en busca de programas de donde se pueda sacar un vocabulario limpio y era eso o Amar en Tiempos Revueltos, así que encima ya tiene algo que agradecerme el bicharraco.
El autobusero (apunte mental: dejar de llamarle autobusero) me ha enviado por correo un manual de adiestramiento de loros en el que pone que para que aprendan determinadas palabras o sonidos, tienes que repetírselas durante varios minutos al día premiándoles con golosinas cada vez que lo haces. Según parece, el animal acaba por asociar el premio con la palabra, y termina siendo él mismo el que la pronuncia. Tengo una intriga brutal sobre sus dueños originales. No logro imaginarme a nadie dando trocitos de piña al ritmo de fóllame-puta. Sea como fuere, cuando vuelva de China voy a probar a readiestrarle y a enseñarle cosas importantes como decir hola y adiós, abrir la puertecita de la jaula, balancearse en el columpio, comer de mi mano, o hacer fotos con la jasermaser (que seguro que aprende antes el loro que yo). El autobusero (apunte mental: hacer caso alguna vez de mis apuntes mentales) me ha dicho que los primeros días le maneje con un palito largo porque suelen ser bichos de muy mal carácter que te marcan manos, brazos y narices, a base de picotazos.
Qué bien. Lo que le faltaba para ser un encanto de pollo.
Me he apuntado a clase de fitness en el gimnasio del barrio. Me da cantidad de vergüenza tener que ir todos los días y mezclarme entre gente torneada y maciza, con mi chándal del lidl y mi pintillla de repartidor de pizzas, pero me he propuesto seriamente conseguir la forma física necesaria para manejar la Harley. Estoy hasta los huevos de ir detrás agarrado a Karloszeta como una churri poligonera. Si aprovecho bien el invierno y no falto ningún día, espero poder dar algún paseíto esta primavera, sin volcar, ni llevarme nada por delante. Karloszeta no para de decirme que lo que necesito es equilibrio y no brazos, pero claramente se equivoca porque yo he ido toda la vida con mi vespino de siempre y nunca he volc... nunca me he caid... nunca se me ha id...
Vale, sí, puede que no se equivoque tanto, pero voy a hacer fitness igualmente, coño.
Karloszeta me pincha diciendo que seguramente sea un castigo kármico por haberle hecho tragarse al loro 5 episodios seguidos de Bob Esponja, pero me da igual. No conservo ningún tipo de remordimiento. He estado echando un vistazo a la parrilla televisiva en busca de programas de donde se pueda sacar un vocabulario limpio y era eso o Amar en Tiempos Revueltos, así que encima ya tiene algo que agradecerme el bicharraco.
El autobusero (apunte mental: dejar de llamarle autobusero) me ha enviado por correo un manual de adiestramiento de loros en el que pone que para que aprendan determinadas palabras o sonidos, tienes que repetírselas durante varios minutos al día premiándoles con golosinas cada vez que lo haces. Según parece, el animal acaba por asociar el premio con la palabra, y termina siendo él mismo el que la pronuncia. Tengo una intriga brutal sobre sus dueños originales. No logro imaginarme a nadie dando trocitos de piña al ritmo de fóllame-puta. Sea como fuere, cuando vuelva de China voy a probar a readiestrarle y a enseñarle cosas importantes como decir hola y adiós, abrir la puertecita de la jaula, balancearse en el columpio, comer de mi mano, o hacer fotos con la jasermaser (que seguro que aprende antes el loro que yo). El autobusero (apunte mental: hacer caso alguna vez de mis apuntes mentales) me ha dicho que los primeros días le maneje con un palito largo porque suelen ser bichos de muy mal carácter que te marcan manos, brazos y narices, a base de picotazos.
Qué bien. Lo que le faltaba para ser un encanto de pollo.
Me he apuntado a clase de fitness en el gimnasio del barrio. Me da cantidad de vergüenza tener que ir todos los días y mezclarme entre gente torneada y maciza, con mi chándal del lidl y mi pintillla de repartidor de pizzas, pero me he propuesto seriamente conseguir la forma física necesaria para manejar la Harley. Estoy hasta los huevos de ir detrás agarrado a Karloszeta como una churri poligonera. Si aprovecho bien el invierno y no falto ningún día, espero poder dar algún paseíto esta primavera, sin volcar, ni llevarme nada por delante. Karloszeta no para de decirme que lo que necesito es equilibrio y no brazos, pero claramente se equivoca porque yo he ido toda la vida con mi vespino de siempre y nunca he volc... nunca me he caid... nunca se me ha id...
Vale, sí, puede que no se equivoque tanto, pero voy a hacer fitness igualmente, coño.
Felicidades y autobuseros
Un poco cansado de mi loro nihilista. Todo hombre tiene un número limitado de veces en las que se le puede decir fóllame-puta sin afectarle a la moral y a mí ya empiezan a quedarme pocas. El hecho de poder contestarle me daría un punto de relax, pero temo que sólo sirva para dotar al bicho de más vocabulario, y que nuestra convivencia termine siendo como una eterna sesión de sadomaso casero.
Hoy he aprovechado que Karlos curraba, para irme a desayunar con Jokin y el autobusero. Ya terminé a hostias con J. y no quiero más malos kharmas en mi vida. Vale que el tipo me llamó enano, pero al menos trajo un regalo de bodas. El loro me llama puta y lo hace gratis. Además, sigue formando parte del círculo de amigos de Karloszeta (Bosco, no el loro) y no será ni la primera vez ni la última que nos lo crucemos por allende las celebraciones. Me parece mucho más lógico que seamos todos amiguetes y que no nos odiemos más allá de lo estrictamente necesario (eso teniendo además en cuenta que la felicidad me pone en modo Benedicto XVI y llevo unos cuantos días queriendo a todo el mundo, en plan desparrame emotivo absurdo).
El desayuno no ha sido demasiado catastrófico y hasta ha habido algún que otro momento en el que nos hemos reído los tres (o los dos y medio, porque yo he tardado lo mío en evadirme de las minicaracolas glaseadas del starbuck). Ha vuelto a decirme que no entendía cómo Karlos se había enamorado de una forma tan pasional y tan fulminante, siendo como había sido siempre, tan sensato y tan cerebral. Por la cara que ha puesto, sé que le hubiera gustado añadir "con las pocas prendas que pareces tener tú..." pero como estaba Jokin, ha sido comedido y se ha callado. También ha dicho que Karlos tenía un sentido del honor y de la fidelidad demasiado férreo, y que eso siempre le había resultado asfixiante. Luego ha entrecerrado los ojos y ha añadido "...sin embargo, no me hubiera importado quedarme con él toda la vida".
Aunque tarde, se ha dado cuenta de que yo tenía las orejas puestas, así que ha sacudido la cabeza y ha dicho "no te molestes por eso..." Le he contestado que no me molestaba. Es verdad, no lo ha hecho. No ha sonado como alguien que amara, sino como el que se compra un perro. Creo que empiezo a entender un poco a Karlos cuando decía eso de que a veces puedes pasar media vida de relación con una persona sólo por un simple y puñetero movimiento de inercia. No sé cómo se aguantaron tantos años. Salvo que los dos son altos y están buenos, no les veo ningún otro punto en común.
Vale, bueno, sí... habló el diplomado en snorkel que se pierde buscando el wáter del kinépolis... Como si el tener puntos en común conmigo fuera lo más fácil del mundo mundial...
El día 21 me voy a Amsterdam y el 28 a China. Hemos tenido que raspar un poco del itinerario chino para poder ajustarlo a mis días libres pero aún así... ¡alegría, alegría y pan de madagascar! Karloszeta se siente culpable y no para de mirar mapas con ojos de pena, nombrando sitios de pronunciación imposible que no podrá llegar a enseñarme. "¡Qué pena no llevarte a Cha-o-Fan!" "¡No puedo creer que no puedas ver Siong-Be!" "¡Es increíble que al final no conozcas Pio-ming!" Yo, como sigo en modo Benedicto XVI, me limito a poner cara de que sé de qué demonios me está hablando y digo "ah sí... Siong-Be... qué lástima..." y le doy una palmadita en la espalda, para que no se note que para mí es más importante lo de que hayan inventado un colacao con pepitas.
Seguro que la felicidad tiene que ser algo parecido a esto ¿no?
PD. Me he inventado todos los sitios chinos.
Hoy he aprovechado que Karlos curraba, para irme a desayunar con Jokin y el autobusero. Ya terminé a hostias con J. y no quiero más malos kharmas en mi vida. Vale que el tipo me llamó enano, pero al menos trajo un regalo de bodas. El loro me llama puta y lo hace gratis. Además, sigue formando parte del círculo de amigos de Karloszeta (Bosco, no el loro) y no será ni la primera vez ni la última que nos lo crucemos por allende las celebraciones. Me parece mucho más lógico que seamos todos amiguetes y que no nos odiemos más allá de lo estrictamente necesario (eso teniendo además en cuenta que la felicidad me pone en modo Benedicto XVI y llevo unos cuantos días queriendo a todo el mundo, en plan desparrame emotivo absurdo).
El desayuno no ha sido demasiado catastrófico y hasta ha habido algún que otro momento en el que nos hemos reído los tres (o los dos y medio, porque yo he tardado lo mío en evadirme de las minicaracolas glaseadas del starbuck). Ha vuelto a decirme que no entendía cómo Karlos se había enamorado de una forma tan pasional y tan fulminante, siendo como había sido siempre, tan sensato y tan cerebral. Por la cara que ha puesto, sé que le hubiera gustado añadir "con las pocas prendas que pareces tener tú..." pero como estaba Jokin, ha sido comedido y se ha callado. También ha dicho que Karlos tenía un sentido del honor y de la fidelidad demasiado férreo, y que eso siempre le había resultado asfixiante. Luego ha entrecerrado los ojos y ha añadido "...sin embargo, no me hubiera importado quedarme con él toda la vida".
Aunque tarde, se ha dado cuenta de que yo tenía las orejas puestas, así que ha sacudido la cabeza y ha dicho "no te molestes por eso..." Le he contestado que no me molestaba. Es verdad, no lo ha hecho. No ha sonado como alguien que amara, sino como el que se compra un perro. Creo que empiezo a entender un poco a Karlos cuando decía eso de que a veces puedes pasar media vida de relación con una persona sólo por un simple y puñetero movimiento de inercia. No sé cómo se aguantaron tantos años. Salvo que los dos son altos y están buenos, no les veo ningún otro punto en común.
Vale, bueno, sí... habló el diplomado en snorkel que se pierde buscando el wáter del kinépolis... Como si el tener puntos en común conmigo fuera lo más fácil del mundo mundial...
El día 21 me voy a Amsterdam y el 28 a China. Hemos tenido que raspar un poco del itinerario chino para poder ajustarlo a mis días libres pero aún así... ¡alegría, alegría y pan de madagascar! Karloszeta se siente culpable y no para de mirar mapas con ojos de pena, nombrando sitios de pronunciación imposible que no podrá llegar a enseñarme. "¡Qué pena no llevarte a Cha-o-Fan!" "¡No puedo creer que no puedas ver Siong-Be!" "¡Es increíble que al final no conozcas Pio-ming!" Yo, como sigo en modo Benedicto XVI, me limito a poner cara de que sé de qué demonios me está hablando y digo "ah sí... Siong-Be... qué lástima..." y le doy una palmadita en la espalda, para que no se note que para mí es más importante lo de que hayan inventado un colacao con pepitas.
Seguro que la felicidad tiene que ser algo parecido a esto ¿no?
PD. Me he inventado todos los sitios chinos.
Qué bonito todo...
Yo pensaba que después del surrealismo de boda y despedida no me pasarían más cosas absurdas, pero el hombre propone y el universo dispone, así que hoy ha venido el autobusero a regalarnos un juego de cuchillos.
Sé que la frase tal cual queda desconcertante, pero... es lo que ha pasado. Justo cuando iba a realizar mi asalto cuétara matinal, ha aparecido el autobusero y me ha traído un regalo de bodas.
Los cuchillos molan todo, la verdad, porque son de esos japoneses que no pierden jamás el filo y que cortan hasta las ideas, pero en lugar de estar insertados en un cuchillero corriente de madera de los de toda la vida, están clavados en un muñeco de látex rojo que se inclina hacia atrás en sus últimos estertores. Por si acaso se tratara de algún tipo de mensaje subliminal, he intentado ser lo más simpático que he podido una vez superados los primeros minutos de estupor, porque, a pesar de la cantidad absurda de mascotas que he ido acumulando a lo largo de los años, hoy por hoy ninguno está en disposición de defenderme debidamente de un autobusero gigante despechado (salvo que sea alérgico al pelo de rata y estornude hasta morir).
He estado fijándome detalladamente en él mientras charlábamos y me sigue pareciendo cantidad de guapo. Unas 95 veces más que yo. También parecía relajado y tranquilo, así que he pensado que sus antiguos problemas sentimentales se habrían solucionado, pero no... según parece lo que le hacía sentirse relajado y tranquilo era yo, porque le importo un carajo de mono y no alcanzo suficiente talla para ponerle nervioso. De hecho, en cuanto ha llegado Karloszeta de sus trotes matinales, el relax y la tranquilidad han desaparecido de la cara del autobusero, dando paso a una especie de rictus de rabia controlada. A partir de ahí, yo me he puesto tenso, él se ha puesto tenso, el loro se ha puesto tenso, los gatos se han puesto tensos y Karloszeta... ha seguido igual, porque Karloszeta se pasa las tensiones por el forro de los huevos y la implosión del universo le pillará rebañando el fondo del colacao con una cucharilla.
Yo he dicho "mira lo que nos ha traído..." Karloszeta ha dicho "anda... qué gracioso..." y el autobusero ha dicho "Te has casado, Charlie."
Yo he dicho "bueno, voy a hacer café o algo ¿no?" Karloszeta ha dicho "me he casado, sí" y el autobusero ha dicho "Pues has tardado menos en casarte con el enano de lo que tardaste en acostarte conmigo".
Yo he dicho "ehm... con... leche o..." Karloszeta ha dicho "Bosco no toma" y el autobusero ha dicho "¿Cómo que no tomo?"
Yo he dicho "ah... ehm... pues..." Karloszeta ha dicho "Bosco se va" y el autobusero ha dicho "¿Cómo que me voy?"
Y entonces el loro ha dicho "¡Fóllame puta!"
Sé que la frase tal cual queda desconcertante, pero... es lo que ha pasado. Justo cuando iba a realizar mi asalto cuétara matinal, ha aparecido el autobusero y me ha traído un regalo de bodas.
Los cuchillos molan todo, la verdad, porque son de esos japoneses que no pierden jamás el filo y que cortan hasta las ideas, pero en lugar de estar insertados en un cuchillero corriente de madera de los de toda la vida, están clavados en un muñeco de látex rojo que se inclina hacia atrás en sus últimos estertores. Por si acaso se tratara de algún tipo de mensaje subliminal, he intentado ser lo más simpático que he podido una vez superados los primeros minutos de estupor, porque, a pesar de la cantidad absurda de mascotas que he ido acumulando a lo largo de los años, hoy por hoy ninguno está en disposición de defenderme debidamente de un autobusero gigante despechado (salvo que sea alérgico al pelo de rata y estornude hasta morir).
He estado fijándome detalladamente en él mientras charlábamos y me sigue pareciendo cantidad de guapo. Unas 95 veces más que yo. También parecía relajado y tranquilo, así que he pensado que sus antiguos problemas sentimentales se habrían solucionado, pero no... según parece lo que le hacía sentirse relajado y tranquilo era yo, porque le importo un carajo de mono y no alcanzo suficiente talla para ponerle nervioso. De hecho, en cuanto ha llegado Karloszeta de sus trotes matinales, el relax y la tranquilidad han desaparecido de la cara del autobusero, dando paso a una especie de rictus de rabia controlada. A partir de ahí, yo me he puesto tenso, él se ha puesto tenso, el loro se ha puesto tenso, los gatos se han puesto tensos y Karloszeta... ha seguido igual, porque Karloszeta se pasa las tensiones por el forro de los huevos y la implosión del universo le pillará rebañando el fondo del colacao con una cucharilla.
Yo he dicho "mira lo que nos ha traído..." Karloszeta ha dicho "anda... qué gracioso..." y el autobusero ha dicho "Te has casado, Charlie."
Yo he dicho "bueno, voy a hacer café o algo ¿no?" Karloszeta ha dicho "me he casado, sí" y el autobusero ha dicho "Pues has tardado menos en casarte con el enano de lo que tardaste en acostarte conmigo".
Yo he dicho "ehm... con... leche o..." Karloszeta ha dicho "Bosco no toma" y el autobusero ha dicho "¿Cómo que no tomo?"
Yo he dicho "ah... ehm... pues..." Karloszeta ha dicho "Bosco se va" y el autobusero ha dicho "¿Cómo que me voy?"
Y entonces el loro ha dicho "¡Fóllame puta!"
Creo que el loro se llamará Alberto Valium
De vuelta a casa. Creo que no me he reído tanto en un viaje en toda mi vida. Karloszeta me pide que aclare que el concejal del PP que nos casó es conocido suyo de toda la vida y que jugaban juntos de pequeños. No quiere que nadie le tome por un macarra político (así que, considerando que amenazó con darle dos hostias a un tipo de las JMJ por recriminarnos un beso en un parque, debe ser exclusivamente macarra religioso y punto).
Nuestro viaje de bodas a China y Vietnam hizo ayer un "de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente". Karloszeta tiene que volar el día 21 a Amsterdam por motivos de trabajo ineludibles y pasar cerca de una semana allí. En estos momentos agoniza en la habitación de los mil ordenadores, intentando mover todos los itinerarios previstos diez días más allá, pero no está muy seguro de poder conseguirlo. De vez en cuando, el loro grita ¡puta! y él contesta ¡cállate bestia inmunda! Me descojono. Sé que se siente culpable por mí (Karloszeta, no el loro), pero no debería. En el estado de felicidad y tranquilidad idiota en el que me encuentro, me valdría igual diez días en China que dos en Alcobendas. Además, tengo mis quince días de permiso y puedo gastar siete en Amsterdam a su vera, como una ladilla. Marihuana, gasteizarra, Heineken y queso. No sé qué más puede necesitar uno para ser feliz.
Bueno, sí... un loro callado, de los de toda la vida, tampoco estaría mal.
Nuestro viaje de bodas a China y Vietnam hizo ayer un "de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente". Karloszeta tiene que volar el día 21 a Amsterdam por motivos de trabajo ineludibles y pasar cerca de una semana allí. En estos momentos agoniza en la habitación de los mil ordenadores, intentando mover todos los itinerarios previstos diez días más allá, pero no está muy seguro de poder conseguirlo. De vez en cuando, el loro grita ¡puta! y él contesta ¡cállate bestia inmunda! Me descojono. Sé que se siente culpable por mí (Karloszeta, no el loro), pero no debería. En el estado de felicidad y tranquilidad idiota en el que me encuentro, me valdría igual diez días en China que dos en Alcobendas. Además, tengo mis quince días de permiso y puedo gastar siete en Amsterdam a su vera, como una ladilla. Marihuana, gasteizarra, Heineken y queso. No sé qué más puede necesitar uno para ser feliz.
Bueno, sí... un loro callado, de los de toda la vida, tampoco estaría mal.
Que año el de aquella noche...

Karlos le dijo al concejal del PP "y si te molesta tira de esta" después del "sí, consiento".
Yo dí ocho veces el sí, entre risas compulsivonerviosas, hasta darme cuenta de que la cosa no se movía porque me faltaba el "consiento".
Entre eso, las camisetas nintendo, la suegra dándole condones a Ana Belén, y los seis hermanos gigantes cantando el "dicen que casar-casar", nos ha quedado un vídeo de bodas de lo más peculiar. Lo único que nos ha faltado, ha sido el loro chillando que le besáramos el culo.
Soy muy feliz.
No es coña. Lo soy.
Qué noche la de aquel año
Doy gracias a los dioses por no haber tenido que trabajar hoy. He tardado diez horas en despegar la cabeza de la almohada y lo he hecho única y exclusivamente porque el loro chilla menos cuando estoy delante (lo cual es un detalle por su parte). Si no, tranquilamente hubiera empalmado el día de hoy con el de mañana, el de mañana con el de pasado, y el de pasado con Navidades. En estos momentos no tengo cabeza. Tengo una sensación de veinte kilos de peso muerto colgándome del cuello. En eso consiste el famoso efecto tequilaparatodos.
Independientemente de resacas y destroces físicos, distingo perfectamente mi relleno de felicidad. Todo fue rápido, ruidoso, exultante y divertido. Karloszeta se sacó de encima su inquebrantable seriedad y echó el resto. No nos vistieron de nada ni tuvimos que llevar encima más polla que la que traíamos de fábrica, pero por lo demás... nos comimos veinte mil judiadas. No recuerdo todas, porque a partir de las cuatro de la mañana los ocho litros de chupitos sólo me permitieron fugaces visiones borrosas de escenas sueltas, pero... por hacer una lista más o menos ordenada:
1. Campeonato de ligar tíos ajenos al grupo. Karloszeta me ganó por 13-3 y eso porque los tres que conseguí estaban (si cabe) aún más borrachos que yo. No fue una justa lid. Si él se desabrochaba la camisa, enseñaba pectorales. Si me la desabrochaba yo, enseñaba camiseta de Piolín montando en columpio. Que nadie me venga diciendo que es lo mismo.
2. Campeonato de ligar chicas ajenas al grupo. Karloszeta me ganó por 15-0 (qué triste suena esto ahora que estoy sereno). Ahí no fue necesario enseñar nada. Pero no entraré en detalle por no echar leña al fuego de mi (ya de por sí) maltrecha masculinidad.
3. Encasquetamiento de peluca afro negra al estilo onceochoonce (no se para qué si mi pelo al natural ya es digno de juerga) e interpretación de dos canciones de Tom Jones en el escenario, con bailecito improvisado. De esto no recuerdo mucho, salvo que me inventé la letra por completo, y que tuvieron que bajarme de una oreja porque me empeñé en cerrar mi actuación cantando La Internacional, para pasmo de unos cuantos.
4. Concurso de lambada con una chica lesbiana de la que no recuerdo absolutamente NADA, salvo que llevaba unos pendientes con calaveras. Que yo sepa, lo único que logré ganarle a Karloszeta en toda la noche. Y eso porque su pareja era una de las 15 del campeonato de ligues-con-ajenas y estaba más ocupada en clavarle los pezones, que en bailar.
5. Bebida "sin manos" de 4 chupitos en el hueco del obligo de una camarera de sexo dudoso (o no tan dudoso, me temo, considerando las carcajadas de los 18 cabrones que organizaban el sarao). Ahí Karloszeta se negó, considerando que ya había llegado a su límite de alcohol, y fue obligado al punto 6 (detallado más abajo).
4. Streap-tease de Karloszeta, que además lo hizo de puta madre y alegró la noche de unas/os cuantas/os chicas/os que estaban celebrando un cumpleaños y que le metieron un total de 120 euros en los calzoncillos en billetes de 10. Si se llega a sacar el cimbel, probablemente a estas alturas ya tendríamos financiado el viaje a Vietnam, pero la cosa terminó en fugaz visión de culo, siendo abortada involuntariamente por un servidor, que se subió otra vez al escenario (con dos cojones) peluca onceocho en ristre, poniéndose delante de Karloszeta y preguntándole a qué hora exactamente pasaba el cometa para subir a verlo al puerto de Navacerrada (así de perjudicado estaba ya a esas horas). Que la masa enfurecida no me cortara los huevos en ese momento con los palitos del cubata debió ser un auténtico milagro. A cambio, Karloszeta procedió a recolocarse los calzoncillos en su sitio, limpiarse los restos de babas y pintalabios del paquete, devolver la pasta a todas/os (menos a una que le metió la lengua hasta el gaznate y le volvió a dar los 10 euros) agradecer la atención prestada como un stripper profesional ante la multitudinaria petición de bises y llevarme a vomitar al baño después de comprobar el avanzado tono verdoso que iba adquiriendo mi cara por momentos debajo de la peluca de conguito gigante.
Y eso es lo único que puedo recordar. El resto... sólo risas, alcohol, más risas, más alcohol, un enorme paréntesis mental de nada absoluta, una imagen borrosa de Karloszeta metiéndome en la cama, algo efervescente que sabía a rayos, y una nota en la nevera esta mañana que decía: "Tranquilo niño. Al final anoche sólo te acostaste conmigo."
Y... nada más. Que viva San Fermín.
Independientemente de resacas y destroces físicos, distingo perfectamente mi relleno de felicidad. Todo fue rápido, ruidoso, exultante y divertido. Karloszeta se sacó de encima su inquebrantable seriedad y echó el resto. No nos vistieron de nada ni tuvimos que llevar encima más polla que la que traíamos de fábrica, pero por lo demás... nos comimos veinte mil judiadas. No recuerdo todas, porque a partir de las cuatro de la mañana los ocho litros de chupitos sólo me permitieron fugaces visiones borrosas de escenas sueltas, pero... por hacer una lista más o menos ordenada:
1. Campeonato de ligar tíos ajenos al grupo. Karloszeta me ganó por 13-3 y eso porque los tres que conseguí estaban (si cabe) aún más borrachos que yo. No fue una justa lid. Si él se desabrochaba la camisa, enseñaba pectorales. Si me la desabrochaba yo, enseñaba camiseta de Piolín montando en columpio. Que nadie me venga diciendo que es lo mismo.
2. Campeonato de ligar chicas ajenas al grupo. Karloszeta me ganó por 15-0 (qué triste suena esto ahora que estoy sereno). Ahí no fue necesario enseñar nada. Pero no entraré en detalle por no echar leña al fuego de mi (ya de por sí) maltrecha masculinidad.
3. Encasquetamiento de peluca afro negra al estilo onceochoonce (no se para qué si mi pelo al natural ya es digno de juerga) e interpretación de dos canciones de Tom Jones en el escenario, con bailecito improvisado. De esto no recuerdo mucho, salvo que me inventé la letra por completo, y que tuvieron que bajarme de una oreja porque me empeñé en cerrar mi actuación cantando La Internacional, para pasmo de unos cuantos.
4. Concurso de lambada con una chica lesbiana de la que no recuerdo absolutamente NADA, salvo que llevaba unos pendientes con calaveras. Que yo sepa, lo único que logré ganarle a Karloszeta en toda la noche. Y eso porque su pareja era una de las 15 del campeonato de ligues-con-ajenas y estaba más ocupada en clavarle los pezones, que en bailar.
5. Bebida "sin manos" de 4 chupitos en el hueco del obligo de una camarera de sexo dudoso (o no tan dudoso, me temo, considerando las carcajadas de los 18 cabrones que organizaban el sarao). Ahí Karloszeta se negó, considerando que ya había llegado a su límite de alcohol, y fue obligado al punto 6 (detallado más abajo).
4. Streap-tease de Karloszeta, que además lo hizo de puta madre y alegró la noche de unas/os cuantas/os chicas/os que estaban celebrando un cumpleaños y que le metieron un total de 120 euros en los calzoncillos en billetes de 10. Si se llega a sacar el cimbel, probablemente a estas alturas ya tendríamos financiado el viaje a Vietnam, pero la cosa terminó en fugaz visión de culo, siendo abortada involuntariamente por un servidor, que se subió otra vez al escenario (con dos cojones) peluca onceocho en ristre, poniéndose delante de Karloszeta y preguntándole a qué hora exactamente pasaba el cometa para subir a verlo al puerto de Navacerrada (así de perjudicado estaba ya a esas horas). Que la masa enfurecida no me cortara los huevos en ese momento con los palitos del cubata debió ser un auténtico milagro. A cambio, Karloszeta procedió a recolocarse los calzoncillos en su sitio, limpiarse los restos de babas y pintalabios del paquete, devolver la pasta a todas/os (menos a una que le metió la lengua hasta el gaznate y le volvió a dar los 10 euros) agradecer la atención prestada como un stripper profesional ante la multitudinaria petición de bises y llevarme a vomitar al baño después de comprobar el avanzado tono verdoso que iba adquiriendo mi cara por momentos debajo de la peluca de conguito gigante.
Y eso es lo único que puedo recordar. El resto... sólo risas, alcohol, más risas, más alcohol, un enorme paréntesis mental de nada absoluta, una imagen borrosa de Karloszeta metiéndome en la cama, algo efervescente que sabía a rayos, y una nota en la nevera esta mañana que decía: "Tranquilo niño. Al final anoche sólo te acostaste conmigo."
Y... nada más. Que viva San Fermín.
Tic-tac
Ya ha venido el loro. Es verdad que dice tacos. Exactamente "puta" "fóllame" y "kiss my ass" así que... después de todo, no es tan fiero el loro como lo pintan (aunque reconozco que después de doce bésameelculos uno empieza a inquietarse un poco). Además, lo de que se escapa y se come media cocina todavía no pasa de leyenda urbana. El loro no se mueve del palitroco. He hecho todo lo posible para provocar que se escapara a robar zampeo (las catástrofes me dan vidilla) y nada. Se queda ahí mirándome con su ojo tonto y no reacciona. Tampoco dejando el pestillo de la jaula sin echar. Ni semiabriéndole la puerta. Ni siquiera abriéndosela del todo. En un momento dado, he pensado que podría ser porque yo el que le intimidara estando delante y me he escondido un rato detrás del respaldo del sofá a ver si salía, pero nada... he estado allí agachado hasta que se me han atrofiado las corvas y el puto loro ni se ha movido. Cuando he emergido de detrás del sofá, ha pegado un respingo y me ha llamado puta, pero creo que ha sido más el susto que otra cosa. No creo que el animalito tampoco esté muy acostumbrado a que emerjan humanos en pijama de detrás de los sofases.
Por ahora Karloszeta mira mis maniobras loriles con permisividad, pero me ha avisado que como el loro se termine zampando algo de su estante de comida sana, el pájaro y yo dormiremos esa noche en la terraza, aunque caigan chuzos de punta y arañemos el cristalito con cara de pena. La verdad es que Karloszeta sobrevalora demasiado su estante de comida sana, porque teniendo mi caja gigante de surtido cuétara justo debajo, dudo mucho que el loro se dedique a comerse sus asquerosas galletas de salvado con sabor a serrín, salvo que se trate de un loro culturista o directamente, de uno sin papilas gustativas.
Este miércoles por la noche celebramos nuestra despedida de solteros al alimón. Estoy bastante cagado. Le he dicho a Karloszeta que no pienso ponerme nada encima que lleve pollas de por medio (dignidad en la derrota) y él me ha respondido muy enigmático que intentará protegerme en la medida que le sea posible. Le he preguntado que qué medida era esa y me ha dicho que era una medida directamente proporcional a las veces que volviera a abrirle la jaula al loro para que escabechinara la cocina. Le he preguntado si ahí también estaba incluído lo de abrírsela al ratón para que escabechinara los cables de la tele y él ha chasqueado los dedos y ha dicho "ah, sí, sí... gracias por recordármelo..."
Nunca aprenderé a callarme. Nunca.
PD. Ya sé que no se dice sofases ni escabechinar.
Por ahora Karloszeta mira mis maniobras loriles con permisividad, pero me ha avisado que como el loro se termine zampando algo de su estante de comida sana, el pájaro y yo dormiremos esa noche en la terraza, aunque caigan chuzos de punta y arañemos el cristalito con cara de pena. La verdad es que Karloszeta sobrevalora demasiado su estante de comida sana, porque teniendo mi caja gigante de surtido cuétara justo debajo, dudo mucho que el loro se dedique a comerse sus asquerosas galletas de salvado con sabor a serrín, salvo que se trate de un loro culturista o directamente, de uno sin papilas gustativas.
Este miércoles por la noche celebramos nuestra despedida de solteros al alimón. Estoy bastante cagado. Le he dicho a Karloszeta que no pienso ponerme nada encima que lleve pollas de por medio (dignidad en la derrota) y él me ha respondido muy enigmático que intentará protegerme en la medida que le sea posible. Le he preguntado que qué medida era esa y me ha dicho que era una medida directamente proporcional a las veces que volviera a abrirle la jaula al loro para que escabechinara la cocina. Le he preguntado si ahí también estaba incluído lo de abrírsela al ratón para que escabechinara los cables de la tele y él ha chasqueado los dedos y ha dicho "ah, sí, sí... gracias por recordármelo..."
Nunca aprenderé a callarme. Nunca.
PD. Ya sé que no se dice sofases ni escabechinar.

Loros callejeros
Litros de lluvia y kilos de atasco en mi primer día de trabajo. Qué bien. Qué chupi todo. Cuánta felicidad. Y para redondearla, me he tragado los 90 minutos de peregrinación por la M30 con mi compañero idiota sentado al lado en el coche. No debería ser tan grave. Todos tenemos un compañero idiota, es una ley no escrita preestablecida e insalvable, como el tío borracho de las bodas o la madre que te grita porque pisas el fregado. Pero es que mi compañero idiota encima se me sube al coche y me toca los huevos diciéndome eso tan bonito de "por donde yo te decía ya habríamos llegado..." o aquello tan adecuado de "uy como se nota que no dominas el embrague...". O lo que es mejor, lo de "anda, si no llevas espejito de acompañante..."
Tendría que ser Karloszeta el que llevara al idiota al trabajo. Apuesto a que a estas alturas ya le habría tirado del coche en marcha de una patada.
Voy a tener un loro. Uno de mis veintemil cuñados nos lo va a dejar en adopción temporal. Alguien lo abandonó en el portal de su casa, con jaula y todo en plan bebé huerfanito, y les ha salido un cabrón de mil demonios que no hay forma de meter en cintura (razón obvia por la que alguien decidió dejarlo en el portal). Abre la jaula, se come todo lo que pilla en la cocina y dice tacos de camionero. Al principio cuando me lo contaron creí que estaban de coña, pero no... resulta que las tres cosas son ciertas y que el loro es un macarra. Ahora mi cuñado está bastante desesperado y nosotros somos su última opción, porque ya ha pasado por cuatro casas diferentes y nadie le ha aguantado más de tres días. Ayer escuché a Karloszeta decirles por teléfono que si no educaba yo al loro, no lo educaría nadie. No se de dónde coño ha sacado que yo pueda enseñarle algo a un loro camorrista, pero me he callado y he puesto cara de que sí. De que soy diplomado en loroterapia por la Universidad de Harvard, con doctorado en Massachusetts, porque todo lo que sean bichos nuevos siempre me parece bien y loros no he tenido nunca. Además... me intriga sobremanera saber cuál va a ser la reacción de Peyote, como mascota alfa de la casa, cuando intuya que hay alguien peor que él. Quién sabe. Lo mismo organizan un clan al estilo de los Black Panthers y empiezan a cobrarle al ratón impuesto revolucionario.
Tendría que ser Karloszeta el que llevara al idiota al trabajo. Apuesto a que a estas alturas ya le habría tirado del coche en marcha de una patada.
Voy a tener un loro. Uno de mis veintemil cuñados nos lo va a dejar en adopción temporal. Alguien lo abandonó en el portal de su casa, con jaula y todo en plan bebé huerfanito, y les ha salido un cabrón de mil demonios que no hay forma de meter en cintura (razón obvia por la que alguien decidió dejarlo en el portal). Abre la jaula, se come todo lo que pilla en la cocina y dice tacos de camionero. Al principio cuando me lo contaron creí que estaban de coña, pero no... resulta que las tres cosas son ciertas y que el loro es un macarra. Ahora mi cuñado está bastante desesperado y nosotros somos su última opción, porque ya ha pasado por cuatro casas diferentes y nadie le ha aguantado más de tres días. Ayer escuché a Karloszeta decirles por teléfono que si no educaba yo al loro, no lo educaría nadie. No se de dónde coño ha sacado que yo pueda enseñarle algo a un loro camorrista, pero me he callado y he puesto cara de que sí. De que soy diplomado en loroterapia por la Universidad de Harvard, con doctorado en Massachusetts, porque todo lo que sean bichos nuevos siempre me parece bien y loros no he tenido nunca. Además... me intriga sobremanera saber cuál va a ser la reacción de Peyote, como mascota alfa de la casa, cuando intuya que hay alguien peor que él. Quién sabe. Lo mismo organizan un clan al estilo de los Black Panthers y empiezan a cobrarle al ratón impuesto revolucionario.

La vuelta al cole
Cuando terminan las vacaciones y empieza el nuevo curso, siempre hay algún adulto que dice eso de "qué bien ¿no? hacer nuevos amigos, estrenar material, sentarte en una nueva clase..." , y simultáneamente, siempre hay un niño que pone cara de "encima que empieza el cole, no me toques los cojones con chorradas". Bueno, pues ahora mismo yo soy el niño que empieza el cole, y Karloszeta el adulto que se saca positivismos de la manga. Desde ayer no para de repetirme lo maravilloso que es tener trabajo estable en estas épocas de incertidumbre y falta de pasta, mientras yo lloro encima de las magdalenas del desayuno porque mañana tengo que volver (snif).
Claro, para él es fácil. Hace rodajes con gente famosa y cada día de curro es una nueva experiencia. Pero ¿yo? yo piso alfombras para gerentes. Obviamente, sus expectativas laborales tienen que ser a la fuerza mucho más positivas que las mías.
Contento de volver a ver a los gatos. Tripi y Tequila no se separan de mí y Peyote no se separa de Karloszeta (aunque eso viene a ser habitual desde que le descosió de la verja de espino). Me puse tan contento de volver a ver a la minimanada, que solté un rato a Vargas para que viera mundo y se metiera un rato en el sofá, pero por aquello de dejarme mal no lo hizo y prefirió el maravilloso mundo que se esconde tras el estante de las videoconsolas. Le he dicho a Karloszeta que espero que no se me muera electrocutado por roer algún cable y me ha respondido que él espera que sí, porque como se cargue los cables de la televisión la muerte que le dispensará él será mucho, mucho más lenta (apunte mental: sacar al ratón esta noche de detrás de la televisión, antes de que suceda una cosa u otra).
Esta mañana he llamado a Horacio para decirle lo de la veta de cuarzo turmalinado en los anillos de boda y para concretar en llevarle la piedra. Me ha dicho que era imposible a estas alturas de la película ponerse a hacer modificaciones en los anillos porque no había tiempo material. Que se lo teníamos que haber dicho antes, que era un trabajo muy laborioso, que esa no era forma de hacer las cosas y bla, bla, bla... 25 minutos de semibronca y explicaciones que no me importaban una mierda. Con las mismas se lo he contado a Karloszeta. Él, impasible y tranquilote como siempre, ha llamado directamente a Horacio y ha tenido una conversación de exactamente 2 minutos en la que ha dicho "Qué tal, Horacio. Te acercaré mañana el cuarzo ¿vale? sí, lo entiendo, pero los quiero así o no los quiero. Gracias. Adiós."
En una semana, tendremos los anillos veteados. Y supongo que si le hubiera pedido que nos lo trajera atados a la cabeza de un cisne vestido con camisa de chorreras al compás de la música de Carmina Burana, probablemente a estas alturas el joyero mamón ya habría llamado al zoo para encargarlos y tomarles las medidas de sastrería pertinente.
Voy a empezar a fijarme bien en las tácticas que emplea Karloszeta para conseguir que todo el mundo le obedezca. Algún secreto tiene que haber más allá de ponerme alzas en las zapatillas, como Sarkozy.
Claro, para él es fácil. Hace rodajes con gente famosa y cada día de curro es una nueva experiencia. Pero ¿yo? yo piso alfombras para gerentes. Obviamente, sus expectativas laborales tienen que ser a la fuerza mucho más positivas que las mías.
Contento de volver a ver a los gatos. Tripi y Tequila no se separan de mí y Peyote no se separa de Karloszeta (aunque eso viene a ser habitual desde que le descosió de la verja de espino). Me puse tan contento de volver a ver a la minimanada, que solté un rato a Vargas para que viera mundo y se metiera un rato en el sofá, pero por aquello de dejarme mal no lo hizo y prefirió el maravilloso mundo que se esconde tras el estante de las videoconsolas. Le he dicho a Karloszeta que espero que no se me muera electrocutado por roer algún cable y me ha respondido que él espera que sí, porque como se cargue los cables de la televisión la muerte que le dispensará él será mucho, mucho más lenta (apunte mental: sacar al ratón esta noche de detrás de la televisión, antes de que suceda una cosa u otra).
Esta mañana he llamado a Horacio para decirle lo de la veta de cuarzo turmalinado en los anillos de boda y para concretar en llevarle la piedra. Me ha dicho que era imposible a estas alturas de la película ponerse a hacer modificaciones en los anillos porque no había tiempo material. Que se lo teníamos que haber dicho antes, que era un trabajo muy laborioso, que esa no era forma de hacer las cosas y bla, bla, bla... 25 minutos de semibronca y explicaciones que no me importaban una mierda. Con las mismas se lo he contado a Karloszeta. Él, impasible y tranquilote como siempre, ha llamado directamente a Horacio y ha tenido una conversación de exactamente 2 minutos en la que ha dicho "Qué tal, Horacio. Te acercaré mañana el cuarzo ¿vale? sí, lo entiendo, pero los quiero así o no los quiero. Gracias. Adiós."
En una semana, tendremos los anillos veteados. Y supongo que si le hubiera pedido que nos lo trajera atados a la cabeza de un cisne vestido con camisa de chorreras al compás de la música de Carmina Burana, probablemente a estas alturas el joyero mamón ya habría llamado al zoo para encargarlos y tomarles las medidas de sastrería pertinente.
Voy a empezar a fijarme bien en las tácticas que emplea Karloszeta para conseguir que todo el mundo le obedezca. Algún secreto tiene que haber más allá de ponerme alzas en las zapatillas, como Sarkozy.

Apuntes de caos patagónico (Director's Cut)

Mi intención fue hacer un diario de viaje de esos guais, con fechas... con fotos... con detalles importantes sobre nombres y lugares... pero soy yo. Y como soy yo, eso es matemáticamente imposible. Diametralmente opuesto a mi verdadera naturaleza de caos y chimpunes. Así que ahora me encuentro con lo que era obvio que me encontraría; un gurruño de hojas revueltas, con apuntes sin ton ni son por aquí y por allá, y que no lograría organizar ni el bibliotecario mayor del reino. Puedo hacer dos cosas: usarlas para darle llama a la estufa, o escribirlas tal cual, pasando ampliamente del cuándo, del cómo y del dónde. Optaré por lo segundo. Los caóticos necesitamos sembrar caos. Si no, nos cuesta mucho más lo de sentirnos normales.
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12h. de vuelo. Se dice pronto. Para cosas como esta se inventaron los scrabbles de viaje, supongo. Los dos auxiliares de vuelo que nos atienden son sendas mariquitas con denominación de origen. Le he dicho a Karloszeta que alguien debería hacer un estudio sociológico sobre aquellas profesiones que están estrechamente ligadas a ser una mariquita, como auxiliares de vuelo, enfermeros, peluqueros, dependientes del H&M... Karloszeta me ha respondido que intente no ser homófobo antes de que pueda tomarse su primer café. Le he dicho que no se puede ser homófobo y gay a la vez. Él ha levantado una ceja y ha dicho "Exacto. Aplícatelo." Bueno. Ya tengo algo que pensar en las próximas 11 horas y 45 minutos.
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Ya me he leído hasta las instrucciones de la bolsa para vomitar y no tengo scrabble de viaje, así que he dado un poco el coñazo para que jugáramos a los barcos. Como no le apetecía una puñeta dejar su libro, se le ha ocurrido la gracia de cambiar los barcos por aviones. "B-2. ¡Tocado! ¡mayday mayday! ¡nos estrellamos sobre los andes!¡Dios mío vamos a morir en una terrible bola de fuego!" No sé cuánto ha tardado en acojonarme. Unos quince segundos, aprox. Nos estamos volviendo auténticos expertos en tocarnos las pelotas mutuamente, más allá del sentido específico de la palabra.
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Karloszeta es la versión euskaldún de Bear Grylls. Y no lo digo en plan "me he acordado del abrelatas para los raviolis" sino más bien en plan "Pásame ese chicle que aquí hace falta un puente colgante." He visto las fotos en los álbumes de sus amigos de Santiago. Raftings, moto rally, tirolinas, buceo de profundidad, saltos en paracaídas, parapentes... Joder... La primera noche que pasé con él en Guadarrama no quise sentarme en la hierba porque había hormigas rojas. Que yo follara aquel día debió ser más milagroso que todas las apariciones de Lourdes juntas.
Ya he conocido a Margarito. Lleva un sombrero panama y tiene un diente de oro. Le brilla cantidad entre el pelo negro y la piel ladrillo. Cada vez que sonríe, parece que hay tormenta. Su novia es preciosa. Seguramente la mujer más preciosa que he visto en toda mi vida (después de ti, Silvana). Karloszeta me ha presentado como "la persona que ha cambiado su vida." Qué puñeta. Después de semejante cuchicuchi, si le da ahora por tirarse en parapente tendré que ir detrás como los demás compañeros del mundo mundial que cambian vidas. No se cuánto tiempo podré estirar lo de "yo me quedo aquí y vigilo las mochilas." Rezo por que me dé para un par de glaciares y alguna catarata. No me motiva nada morir en Patagonia.
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Si Robert Falcon Scott me hubiera utilizado de sherpa, probablemente se habría congelado un mes antes, porque he descubierto que soy incapaz de diferenciar el norte del sur y el este del oeste. Ni sobre plano, ni sobre suelo, ni aunque me cuelguen del cuello una brújula del tamaño de Chinchón. Pasarme a mí un mapa tiene exactamente el mismo resultado que dárselo a un ornitorrinco con dislexia. Marco y Karloszeta conservan la calma conmigo y hasta se ríen. Noelia no. Para eso las mujeres son más coherentes. Después de tres vueltas en círculo, a ella le gustaria asesinarme lentamente o directamente abandonarme en un recodo del Lago Fagnano con un cartelito al cuello que diga "Subnormal profundo necesita llegar a España antes de la próxima glaciación."
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Han dividido las canoas entre los que más sabían y los que no teníamos ni puta idea, así que no he podido ir con Karloszeta. Me ha tocado con el monitor y el maquetador de Vogue. Este último era tan torpe como yo, así que nos hemos reído mucho y el monitor se ha cabreado un poco. Mientras tirábamos cada uno por un lado y avanzábamos en círculos como un frisbee, le he dicho que a ese paso nunca seríamos chicos de portada Vogue y de la risa tonta que le ha dado, se ha golpeado la cabeza con el remo (no sé qué relación tiene una cosa con la otra, pero es lo que ha hecho). La canoa de Karloszeta nos ha sobrepasado a toda hostia. Él iba delante dando órdenes como un jefe sioux mientras los dos de detrás remaban como si les hubieran dado cuerda, así que me he alegrado un poco de estar con los torpes que se ríen y no con los remeros del volga. El monitor los ha mirado pasar con pucheritos. Creo que hubiera dado un trozo de huevo por cambiarse de canoa. Karloszeta llevaba su minicámara de vídeo anclada en el casco. Antes de embarcarnos, le he dicho "si vuelcas sólo grabarás agua, mejor ponla en el mío que iré más seguro..." No ha respondido. La risa no le ha dejado. Maldito. Ojalá salga un lucio gigante carnívoro patagónico y se lo coma.
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A punto de las lágrimas por vuelco de corazón. No tengo palabras. El mundo es inmenso y azul. Le he dicho a Karloszeta que cosas como esta, demostraban que no éramos más que motas diminutas en el universo. Él me ha respondido que en realidad yo era una mota diminuta en todas partes. Me lo ha dicho con cuchicuchi por si, por aquello de la exaltación de los sentidos, me daba por clavarle un crampón en la yugular. Me he reído mucho. Es un cabrón, pero tiene su gracia. Además... le necesito para bajar de los sitios a los que subo. Sigo sin saber dónde está el puto norte. Cada vez que se lo pregunto, él me dice "mira el sol" y yo le respondo "¿estás de coña?"
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Me he tomado un cubata con hielo del glaciar Perito Moreno. Parece una chorrada, pero en realidad lo es. Karloszeta lo llama "tourist's gilipollables" (que se traduce más o menos en gilipolleces del turista). Cuando iba solo, no se metía en ninguna, pero como voy yo, considera imprescindible que las viva todas. Su amigo Marco se descojona. Le dice "quién te ha visto y quién te ve". Mejor que los amoríos le hayan cambiado. No me motiva nada lo de hacer parapente. Yo sería de los que se escogorcian contra la pared del glaciar y luego salen en las noticias hechos un gurruño debajo de una manta térmica, mientras un lugareño con anorak y botas de goma explica a la cámara que los de ciudad no deberían meterse en el turismo de aventura.
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Variaciones en nuestra ruta. Tenemos que quedarnos más tiempo en Puerto Madryn y volver a Ushuaia en barco. Motivo: yo (para variar). Karloszeta, Marco y Diego bajarán a bucear entre los lobos marinos de Punta Loma, pero yo no tengo el brevet (permiso legal para bucear) así que a lo único que estoy autorizado, hoy por hoy, es al snorkeling. No quiero hacer snorkel. El snorkel es para viejas que cogen conchitas en Benidorm, no para ver lobos marinos. Vamos a quedarnos tres días para que pueda sacarme el brevet mínimo que me permita bajar. Me acojona un poco, pero prefiero pasar el trago, que convertirme en el descojone del álbum vacacional, con mis gafitas y mi tubito junior. Karloszeta me ha dicho que es un ahora o nunca. Y lo ha dicho con su cara de "esto va a ser grande, chaval". Tres días de cursillo, para poder unirme a ellos. De pensarlo se me emocionan hasta las orejas.
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Me hago la picha un lío con las señales de buceo. La única que no se me olvida es la de "socorro que me asfixio" (por qué será...). El resto se me pierden por entre las neuronas. Le he preguntado a Karloszeta si no había otro código de señales más fácil que pudiera utilizar y él ha dicho que sí, que por supuesto. Que cuando note que me pitan los oídos le haga "el crusaíto" y cuando vea tiburones, "el robocop". Es muy triste esto de que no te tomen en serio en Patagonia. De verdad. Muy triste.
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No sé por qué no he hecho esto antes. No puedo describirlo con palabras. ¿Qué coño hago viviendo en una ciudad sin mar? Voy lanzao. Ya no me valen sólo los lobos marinos. Quiero más. No sé... orcas asesinas... barcos hundidos... boquerones mutantes... soy el rey de los... ¿tres metros? Vale. Algo es algo, joder.
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Karloszeta y Diego han hecho una jornada mañanera de mountain bike hasta Doradillo. A Karloszeta se le ha descolocado la cámara del casco y lo único que ha grabado han sido 67 minutos de suelo. Le he dicho que seguro que somos los únicos turistas en años, que se llevan a casa todo un publireportaje sobre las cacas de perro madryndenses. Se lo he dicho para que se cabreara por haberme llamado mota diminuta, pero lo que ha hecho ha sido descojonarse y desenfadarse. Y encima me ha dado las gracias. Hay que joderse. Ni ser cabronazo, me sirve ya. Qué bonito es el amor.
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Ha sido increíble. Lo más increíble que he sentido en toda mi vida. Si me muriera mañana mismo (cosa que todavía está a tiempo de pasar considerando que he pasado 35 minutos en un mar de 10ºC), ya habría vivido la experiencia más mágica y maravillosa que se pudiera experimentar en siete vidas. Iba un poco acojonado. Karloszeta me había dicho que actuara como si estuviera entre cachorros y que no me asustara aunque intentaran mordisquearme. Pero cuando les he visto acercarse... joder... se me ha olvidado todo. El reloj, el profundímetro, mirar al monitor, los avisos de los de la isla... todo. Todo a la mierda. Sólo los animales acercándose a mi mano y yo. Bailaban conmigo, a mi alrededor. Karloszeta tenía razón; como cachorritos. Los ojos redondos y brillantes mirándote bajo el agua... Los minutos me han parecido segundos. Cuando me han subido, no podía dejar de llorar. El instructor se ha acojonado un poco pensando que me pasaba algo malo. Una chica alemana me ha dado la mano y se ha puesto a llorar también. Parecíamos dos gilipollas. Karloszeta ha dicho que me había emocionado porque me gustaban mucho los animales, y me ha abrazado contra su neopreno. El novio de la chica ha dicho algo en alemán. No sé exactamente el qué, pero la cara que ha puesto ha sido de "si os parece podemos tirarlos a los dos por la borda y acabamos con esto". La chica alemana ha terminado de consolarse ella sola. Me han dado ganas de abrazarla y apretarla también contra el neopreno de Karloszeta (contra el mío no, porque me ha costado un huevo entrar ahí dentro y lo he terminado llevando un poco al bies, con su consiguiente dificultad para según qué posturas de abrazo a tres bandas).
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Cecilia nos ha llevado en zodiac a Punta Tombo para ver la colonia de pingüinos. He pasado más frío que en toda mi vida y cómo aquello iba dando unos saltos del diablo, he acabado con agua de mar hasta en el culo. Karloszeta ha sido cantidad de pesado con la jasermaser, para variar, y le ha hecho a los pingüinos unas 234.567 fotos. Estoy seguro que de haber podido, alguno le habría hecho con gusto un corte de aletas. También me ha hecho 234.567 fotos a mí, mojándome en la zodiac y mirando los pingüinos. Como no me cabía el gorro por culpa de mis kilos de pelo, he salido en todas las fotos con una especie de globito en la punta de la cabeza, en plan pitufo marinero absurdo. No sé por qué me ha tenido que tocar un fotógrafo, con lo tranquilito que estaría yo con un viajante de corbatas o un protésico dental.
Punta Tombo no es una isla con pingüinos. Son unos pingüinos con un poco de isla. Miles. Millares. En mi vida he visto nada igual. Peyote hubiera sido feliz. Echo de menos a mis gatos. Sin embargo, sé perfectamente que en cuanto esté con los gatos, echaré de menos a los pingüinos. Soy así de gilipollas.
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Hay que volver a Ushuaia en barco porque después de una inmersión no puedes coger un avión en 48h. Es increíble la cantidad de cosas que estoy aprendiendo, que luego en Madrid no me van a importar una mierda.
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He comido cordero patagónico. No sé por qué se llama cordero patagónico, porque en realidad sabe a cordero común y corriente de los corderos de toda la vida. Estamos tragando más carne y más vino en este viaje, que en toda nuestra existencia. Karloszeta dice que cuando salgamos de aquí no vamos a poder doblar los codos de lo tiesas que se nos estarán quedando las arterias. Por ahora no nos importa mucho. Todo está buenísimo en vacaciones. Hasta la carne de ñu, si se diera el caso de que fuera el filete autóctono.
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Como no hemos podido volar a Bariloche por lo del volcán, y no nos apetecía demasiado la idea de viajar 18h. en autobús, Karloszeta ha empleado el dinero en regalarme una noche de prebodas en una villa del Hotel Loi de Iguazú. Siento como si me hubiera metido de polizonte en algún reportaje de revista pija. En estos momentos tengo chocolates, hilo musical zen, mogollón de frutas en torre, una bañera de madera de teca, una cama con dosel de tules, y un buda hindú de piedra mirándome de frente (que digo yo que qué coño tendrá que ver el budismo con la selva guaraní, pero bueno...). También tengo un albornoz donde caben dos o tres como yo y unas pantuflitas guais de esas que cuando caminas suenan blifs-blofs. En la villa de al lado hay un tipo de unos mil años que va acompañado de una rubia escultural y perfectamente perfecta que, obviamente, no es su hija. Karloszeta se cachondea y dice que ahora soy su guarrilla de lujo. Lo hace para tocarme los huevos pero a mí me da igual porque estoy francamente preocupado por la sostenibilidad de la torre de frutas. No sé cómo coño han logrado encajarla así de bien. Estoy seguro de que si tiro de una uva, se viene todo abajo.
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Como estamos de noche de prebodas hemos hecho cantidad de cochinadas salvajes en la bañera. Como era de esas gigantes en las que cabe tu padre, tu madre, tu primo Fernando, la filarmónica de Berlín, tu perro y todavía sobra sitio, yo pensaba que no armaríamos mucho chipichapi, pero he pensado mal y lo hemos dejado todo perdido. No sólo los alrededores de la bañera, sino la cama, la mesa, el banco tapizado, la alfombra, el balcón, el 80% del pavimento de teca, el buda, la torre de frutas y hasta la encimera del lavabo. Todo rebozadito de agua, espuma y aceite aromático. No sé por qué no podemos follar en silencio y con espacios acotados como el resto de las personas normales del mundo mundial. Allá donde vayamos siempre tenemos que armarla. Al viejecito de la rubia estupenda ni le hemos oído. Apuesto a que estaba acojonado y escondido debajo de la cama esperando a que de un momento a otro atravesásemos la pared al estilo Increíble Hulk.
Karloszeta ha llamado al servicio de habitaciones para que nos cambiaran las sábanas mojadas. Tiene más huevos que el caballo de Espartero. Yo me he puesto a escribir otra vez en el cuadernito guais, para no tener que mirar a la camarera a los ojos, mientras cambia las sábanas y seca nuestro chipichapi. No soy como Karloszeta. Mis huevos son más bien de tamaño escroto de pingüino patagónico. No me hace demasiada gracia que el hotel sea consciente de que follo con un vasco tirado por el suelo como un babuino.
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Salimos del lujo prenupcial y volvemos a ser dos mochileros sucios y cutrillos con botrancas embarradas y mochilacas empapadas. Este está siendo un viaje de muchos contrastes. Hemos hecho un recorrido de 15 km. en un todoterreno descubierto por la selva. Me ha recordado mucho a la escena de Parque Jurásico en la que tres tipos en un jeep son perseguidos y casidevorados por un tiranosaurio, así que he pedido insistentemente que me dejaran ir delante porsiaca. He aguantado exactamente 8 minutos hasta que me han vuelto a sentar detrás por leer mal el mapa. Le he confesado a Karloszeta mi paranoia jurásica y se ha sentado detrás conmigo. Quedábamos cantidad de raros los dos detrás y Julián solo delante. Parecíamos la versión safari de paseando a Miss Daisy.
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Hemos estado en una aldea guaraní. Karloszeta ha comprado una piedra de cuarzo turmalinado. Es cantidad de bonita. Vetas de turmalina negra atrapadas para entre el cuarzo transparente. Dice que se la llevará a Horacio para que haga una veta en el oro blanco de los anillos de boda. Ha dicho que le parecía algo cantidad de simbólico porque él era como el cuarzo, y yo como la turmalina. Le he dicho que si no podía ser yo el cuarzo y él la turmalina, y me ha respondido que no, porque la turmalina cae rápida y nerviosa y el cuarzo es el sedimento que la sostiene. Le he dicho que vale, que sí, que muy bonito todo, pero que por qué tenía que ser yo la piedra negra y funesta y él la transparente y guay, y me ha dicho que la turmalina negra no era funesta sino muy original y extraña de encontrar. Yo le he dicho que entonces fuera él la turmalina original, extraña y guais, y así podría ser yo el cuarzo. Ha dicho que la próxima vez se limitará a coger un cacho ladrillo del suelo como todo souvenir y así no habrá discusiones.
Como lo ha dicho para que cerrara el pico, he seguido tocapeloteando y pidiéndome ser el cuarzo hasta que hemos llegado a los caballos.
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Bajada de rápidos en una especie de lancha que se llama gomón. Alucinante. Agitados, pero no batidos, como los martinis de James Bond. Karloszeta y Julián, sorprendidos de mi habilidad bajando rápidos sin ahogarme ni nada. Yo también (aunque haciéndome el chulo y fingiendo que era de lo más normal). A nuestro lado, bajaban unas barcas enormes cargadas de turistas que iban (todo hay que decirlo) bastante más cómodos y secos que nosotros seis. Todo el recorrido de la tarde ha transcurrido sin incidentes, salvo cierta disparidad de opiniones entre mi caballo y yo, en plan "arre caballito-que arra tu padre." He visto un animal rarísimo y feo de cojones. Como una especie de monito pelón con patas de caballo y cabeza de puercoespín. He intentado hacerle una foto con la jasermaser que por aquellos designios de la vida, llevaba yo en mi bolsa, pero para cuando he logrado sacarla, desenfundarla y encontrar un botón que disparara algo, el monaballoespín había desaparecido entre la maleza. Odio los cacharros de Karloszeta. Todos. Siempre hace falta un máster para poder utilizarlos. En su casa, hasta la escobilla del wáter requiere estudios previos.
Cuando hemos subido al tren, me he sentido algo pocho y ha resultado que tenía fiebre. Karloszeta se ha preocupado un poco. Yo no. Llevo dos semanas en remojo y con temperaturas de entre 12 y 10º. Lo raro es que aún respire.
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La garganta del diablo es lo más grandioso que he visto nunca. Creo que supera las lenguas del glaciar, e incluso a los volcanes. Nunca he visto un nombre que hiciera más honor. Le he dicho a Karloszeta que era verdad que aquello era como un diablo que gritara y tragara. Él seguía preocupado por mi fiebre (Karloszeta, no el diablo). Me acurrucaba contra la baranda envolviéndome en su chaqueta. Me ha dicho algo en euskera que luego no ha querido traducirme. Ha dicho que era demasiado ñoño y que no podía permitirse debilidades porque para eso era el cuarzo y yo la turmalina. Cabronazo... Cuando lleguemos a Madrid, tiro la piedra al manzanares.
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Fotos, despedidas, lágrimas y reorganización de mochilas. Hay que volver. ¿Hay que volver? Tengo un poco de bajón, mitad por nostalgia, mitad por resfriado. Karloszeta dice que haga una lista mental de las cosas buenas que nos esperan en casa. Cosas como los gatos... la boda... sacar al ratón del sofá... Le he dicho que lo mejor de mi vida ya lo llevaba sentado a mi lado en el avión, y en cuanto lo he soltado, me he arrepentido ipso facto de haberlo hecho. Menuda cursilada de mierda. He quedado como una vulgar turmalina.
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