Aaaaaaaaaahjajajajaja... ¡pues no era mi último post!
Karloszeta está en plan secreto alimentario nocheviéjico absoluto y no me deja entrar en la cocina. Puede que sólo esté afilando los cuchillos para desollarme, pero lo cierto es que toooooda la casa huele a gloria bendita. No distingo a qué. Como a sofritito rico... marisquito a la plancha... cebollita rehogada con algo... yo que sé. Me da igual. Si me tiene que matar que no sea antes de cenar porque tengo un hambre de lobo y estoy hasta el culo de zampar aceitunas rellenas (única cosa que he podido arramblar antes de que se percatara de mi presencia en la cocina y me echara a golpes de cuchara).
¿Qué más iba a decir? mh... ah sí... que he vuelto porque se me ha olvidado felicitar el año como la gente normal, que escribe blogs normales y no pone nombres idiotas a los animales (por cierto... el loro se llama Winston). Así que... Feliz Año nuevo. He llorado, he sufrido y he tenido la felicidad absurda más luminosa del planeta, así que yo, particularmente, lo despido con pena.
Y con un hambre de dos pares de cojones.
PD. Vargas sigue vivo
Pues voy a volver a cambiar la plantilla...
Hay que escribir un post el último día del año ¿no? sí. Hay que escribir un post el último día del año, qué demonios...
Creo que Vargas se está muriendo. Lleva ya dos días que no sale a pasear fuera de la jaula y cada vez come menos. Pasa todo el tiempo abotargado y metido entre el algodón. Mucho me temo que una de estas mañanas me levantaré y habrá un ratón menos en el mundo. Karloszeta se ha ofrecido a llevarle al veterinario de animales exóticos, pero no quiero rizar el rizo más de lo que ya lo hago. He tenido muchos roedores en mi vida (bueno, excepto cigüeñas y monos caucásicos, creo que he tenido mucho de todo en mi vida, en general) y sé que tienen una existencia cortita y bastante delicada. No voy a andar ahora fastidiando al pobre bicho con inyecciones y medicinas que no le terminarán por servir de nada. Si tiene que palmar, que lo haga tranquilo y calentito en sus algodones. Por lo menos el tiempo que vivió, fue feliz descubriendo muelles de sofá. Ya es bastante más de lo que puede alcanzar cualquier ratón de jaula.
Hoy Karloszeta tenía que correr la San Silvestre vallecana a las cinco y pico, pero ha tenido que abandonar porque entre trabajo y compañero con una sola pierna, su tiempo no ha dado suficientemente de sí. Me siento cantidad de culpable porque no pueda cumplir con sus 20.000 carreras al año por mi causa (ya expliqué en otro post lo de la vigorexia compulsiva de Karloszeta y su pasión por el trotecito cochinero), así que voy a intentar portarme bien y no hacer barrabasadas de las mías, por lo menos hasta el día 11 que me quiten la escayola. Por de pronto, he dejado de caerme de espaldas con la silla por hacer el subnormal, y de tentar al loro para que se coma la cocina. No es que sea mucho, pero ya es más de lo que viene a ser habitual en mí. Al loro no le ha sentado nada bien que le cierre la jaula. Ha empezado a balancearse y pedirme que le besara el culo. Me desasosiega mucho que alguien me pida que le bese el culo mientras baila. Queda cantidad de raro. Como de película de David Lynch.
Esta noche vendrán amigos de Karloszeta a beber y dar el primer paso 2012 con nosotros, así que ahora hay un mueble entero en el salón lleno de alcoholes ricos y bandejas de cosas deliciosas que Peyote no se puede comer porque están detrás de un cristal (JA-JA). Karloszeta les ha prohibido a todos aparecer antes de las 2h. porque quiere que cenemos solos. Lleva dos meses pidiéndomelo y hasta ha comprado velas y un mantel nuevo. La cosa me descoloca cantidad, porque Karloszeta es un poco panzer y no le pega nada lo de hacer cenitas románticas a la luz de las velas, así que puede que finalmente haya decidido escoger esta Nochevieja para matarme y hacerme desaparecer en bolsas de basura, junto con los restos de langostinos y cordero.
Eso supondría que esta sería mi última noche en el mundo, así que... Hala. Me voy a abrirle la jaula al loro y a hacer un par de trompos con la silla. Si acaso este fuera mi último post, por favor, recordadme como era. Despeinado, con camiseta absurda y un puntillo subnormal.
Creo que Vargas se está muriendo. Lleva ya dos días que no sale a pasear fuera de la jaula y cada vez come menos. Pasa todo el tiempo abotargado y metido entre el algodón. Mucho me temo que una de estas mañanas me levantaré y habrá un ratón menos en el mundo. Karloszeta se ha ofrecido a llevarle al veterinario de animales exóticos, pero no quiero rizar el rizo más de lo que ya lo hago. He tenido muchos roedores en mi vida (bueno, excepto cigüeñas y monos caucásicos, creo que he tenido mucho de todo en mi vida, en general) y sé que tienen una existencia cortita y bastante delicada. No voy a andar ahora fastidiando al pobre bicho con inyecciones y medicinas que no le terminarán por servir de nada. Si tiene que palmar, que lo haga tranquilo y calentito en sus algodones. Por lo menos el tiempo que vivió, fue feliz descubriendo muelles de sofá. Ya es bastante más de lo que puede alcanzar cualquier ratón de jaula.
Hoy Karloszeta tenía que correr la San Silvestre vallecana a las cinco y pico, pero ha tenido que abandonar porque entre trabajo y compañero con una sola pierna, su tiempo no ha dado suficientemente de sí. Me siento cantidad de culpable porque no pueda cumplir con sus 20.000 carreras al año por mi causa (ya expliqué en otro post lo de la vigorexia compulsiva de Karloszeta y su pasión por el trotecito cochinero), así que voy a intentar portarme bien y no hacer barrabasadas de las mías, por lo menos hasta el día 11 que me quiten la escayola. Por de pronto, he dejado de caerme de espaldas con la silla por hacer el subnormal, y de tentar al loro para que se coma la cocina. No es que sea mucho, pero ya es más de lo que viene a ser habitual en mí. Al loro no le ha sentado nada bien que le cierre la jaula. Ha empezado a balancearse y pedirme que le besara el culo. Me desasosiega mucho que alguien me pida que le bese el culo mientras baila. Queda cantidad de raro. Como de película de David Lynch.
Esta noche vendrán amigos de Karloszeta a beber y dar el primer paso 2012 con nosotros, así que ahora hay un mueble entero en el salón lleno de alcoholes ricos y bandejas de cosas deliciosas que Peyote no se puede comer porque están detrás de un cristal (JA-JA). Karloszeta les ha prohibido a todos aparecer antes de las 2h. porque quiere que cenemos solos. Lleva dos meses pidiéndomelo y hasta ha comprado velas y un mantel nuevo. La cosa me descoloca cantidad, porque Karloszeta es un poco panzer y no le pega nada lo de hacer cenitas románticas a la luz de las velas, así que puede que finalmente haya decidido escoger esta Nochevieja para matarme y hacerme desaparecer en bolsas de basura, junto con los restos de langostinos y cordero.
Eso supondría que esta sería mi última noche en el mundo, así que... Hala. Me voy a abrirle la jaula al loro y a hacer un par de trompos con la silla. Si acaso este fuera mi último post, por favor, recordadme como era. Despeinado, con camiseta absurda y un puntillo subnormal.
Descubriendo la magia Disney
Hoy he ido con Jokin a comprar regalos de Navidad, mientras Karloszeta trabajaba. Hemos pasado cerca de diez minutos discutiendo en la puerta si nos llevábamos la silla o las muletas, pero yo no quería dar el cante con la silla por todo el centro comercial, así que al final, he logrado convencerle y nos hemos llevado las muletas.
Unos 40' más tarde, por supuesto, he dado el cante con las muletas al tirar abajo una pirámide de 200 peluchitos absurdos amontonados que había en un rincón de la tienda Disney, donde había entrado a comprar una taza de Buzz Light Year debido a mi adicción a las cosas idiotas de colorines que nisiquiera necesito.
Como tampoco podía doblarme más allá de 20º con la escayola, he tenido que quedarme quieto con mi gorrito-condón, ni anorak marrón caca y mi cara de paisaje, mientras Jokin y las dos dependientas doblaban el espinazo y recogían peluchitos hasta del wáter, y las 10 personas que había en la tienda caminaban a saltitos por entre veintemil mickeymouses y chipychops voladores (impresionante lo que puede llegar a rodar un mickey mouse si le das una patadita involuntaria. Será mejor que lo recuerde para cuando visite Eurodisney).
He pasado tanta vergüenza, que al final me he llevado la taza, una alfombrilla para el ratón, un estuche de lápices de colores, unos muñequitos articulados, y tres de los p**os peluchitos absurdos rodantes. Lo he cogido todo tan rápido para largarme de allí, que al final los lápices de colores han resultado ser de Princesas Disney, así que calculo que podré disfrutar del cachondeíto de Karloszeta con mis lápices nuevos más o menos hasta... no sé... el 2018, aproximadamente.
Hoy es uno de esos días en lo que me hubiera venido de coña tener hijos.
O dos tibias normales, de las de toda la vida.
Unos 40' más tarde, por supuesto, he dado el cante con las muletas al tirar abajo una pirámide de 200 peluchitos absurdos amontonados que había en un rincón de la tienda Disney, donde había entrado a comprar una taza de Buzz Light Year debido a mi adicción a las cosas idiotas de colorines que nisiquiera necesito.
Como tampoco podía doblarme más allá de 20º con la escayola, he tenido que quedarme quieto con mi gorrito-condón, ni anorak marrón caca y mi cara de paisaje, mientras Jokin y las dos dependientas doblaban el espinazo y recogían peluchitos hasta del wáter, y las 10 personas que había en la tienda caminaban a saltitos por entre veintemil mickeymouses y chipychops voladores (impresionante lo que puede llegar a rodar un mickey mouse si le das una patadita involuntaria. Será mejor que lo recuerde para cuando visite Eurodisney).
He pasado tanta vergüenza, que al final me he llevado la taza, una alfombrilla para el ratón, un estuche de lápices de colores, unos muñequitos articulados, y tres de los p**os peluchitos absurdos rodantes. Lo he cogido todo tan rápido para largarme de allí, que al final los lápices de colores han resultado ser de Princesas Disney, así que calculo que podré disfrutar del cachondeíto de Karloszeta con mis lápices nuevos más o menos hasta... no sé... el 2018, aproximadamente.
Hoy es uno de esos días en lo que me hubiera venido de coña tener hijos.
O dos tibias normales, de las de toda la vida.
Vale, lo siento. Este también es a vuelapluma
Papá Noel me ha traído una Blackberry nueva.
Ha sido debido, sobre todo, a que Papá Noel estaba ya hasta los huevos de que le cogiera la suya y se la llenara de chorradas Marvel día sí y día también.
Mi blackberry nueva mola mogollón y me lo estoy pasando teta de novicia instalándole chorradas varias y probando las que ya vienen puestas por arte de birli-birloque. Mientras, en un universo paralelo, Karloszeta Noel me insiste en la oreja una y otra vez, que hubiera sido mejor pedirme un Samsung Galaxy II.
Yo no quería un Samsung Galaxy II, quería una Blackberry porque ya había aprendido a manejarla y me parecía sencilla, chula y útil. Soy como los abuelitos. Cada vez que aprendo algo nuevo, me vale para diez años.
También soy como los abuelitos porque no me molan una puñeta los teclados táctiles. Siempre están engorrinaos (ojo...expresión inequívoca de abuelito) y son tan suaves, que se me van siempre los dedos a dónde no quiero que vayan. Es algo así como "abrir agenda... ah no... uy, esto no... coño... dónde estoy... uy... no, no... volver... uy, me he pasado... volver otra vez..." Y así hasta el infinito y más allá.
Eso también hace lógico que mis teclados táctiles siempre estén engorrinaos. Con cada aplicación dejo por lo menos 28 dedazos.
Mañana me quitan el oxígeno para ver qué tal voy sin él y si sigo vivo y esas cosas. Voy a echar de menos la mascarilla. Me produce sueños cantidad de chulos por las noches (vaya usted a saber por qué). El otro día soñé que nos invadían los zombies y que Karloszeta y yo teníamos que saltar por el muro de la terraza hasta la casa del vecino. Y no sólo no me escogorciaba contra el asfalto (señal inequívoca de que todo era un sueño) sino que yo solito, con una recortada, salvaba a Karloszeta reventando cabezas zombies pumba-pumba hasta que alcanzábamos el pasillo y huíamos por fin a un mundo mejor (*).
Se lo conté a Karloszeta mientras desayunábamos. Él no me agradeció que le salvara de los zombies ni nada. Sólo me preguntó que por qué le había hecho saltar a la terraza del vecino si ya tenía una recortada para reventar cabezas ahí mismo. Es el realismo vasco. La próxima vez que me despierte emocionado por salvarle de los zombies, me limitaré a decirle que he soñado con botijos.
(*)Lo del mundo mejor me lo he inventado para darle un toque más dramático, en realidad sólo nos metíamos en el asador de pollos de abajo.
Ha sido debido, sobre todo, a que Papá Noel estaba ya hasta los huevos de que le cogiera la suya y se la llenara de chorradas Marvel día sí y día también.
Mi blackberry nueva mola mogollón y me lo estoy pasando teta de novicia instalándole chorradas varias y probando las que ya vienen puestas por arte de birli-birloque. Mientras, en un universo paralelo, Karloszeta Noel me insiste en la oreja una y otra vez, que hubiera sido mejor pedirme un Samsung Galaxy II.
Yo no quería un Samsung Galaxy II, quería una Blackberry porque ya había aprendido a manejarla y me parecía sencilla, chula y útil. Soy como los abuelitos. Cada vez que aprendo algo nuevo, me vale para diez años.
También soy como los abuelitos porque no me molan una puñeta los teclados táctiles. Siempre están engorrinaos (ojo...expresión inequívoca de abuelito) y son tan suaves, que se me van siempre los dedos a dónde no quiero que vayan. Es algo así como "abrir agenda... ah no... uy, esto no... coño... dónde estoy... uy... no, no... volver... uy, me he pasado... volver otra vez..." Y así hasta el infinito y más allá.
Eso también hace lógico que mis teclados táctiles siempre estén engorrinaos. Con cada aplicación dejo por lo menos 28 dedazos.
Mañana me quitan el oxígeno para ver qué tal voy sin él y si sigo vivo y esas cosas. Voy a echar de menos la mascarilla. Me produce sueños cantidad de chulos por las noches (vaya usted a saber por qué). El otro día soñé que nos invadían los zombies y que Karloszeta y yo teníamos que saltar por el muro de la terraza hasta la casa del vecino. Y no sólo no me escogorciaba contra el asfalto (señal inequívoca de que todo era un sueño) sino que yo solito, con una recortada, salvaba a Karloszeta reventando cabezas zombies pumba-pumba hasta que alcanzábamos el pasillo y huíamos por fin a un mundo mejor (*).
Se lo conté a Karloszeta mientras desayunábamos. Él no me agradeció que le salvara de los zombies ni nada. Sólo me preguntó que por qué le había hecho saltar a la terraza del vecino si ya tenía una recortada para reventar cabezas ahí mismo. Es el realismo vasco. La próxima vez que me despierte emocionado por salvarle de los zombies, me limitaré a decirle que he soñado con botijos.
(*)Lo del mundo mejor me lo he inventado para darle un toque más dramático, en realidad sólo nos metíamos en el asador de pollos de abajo.
Feliz, feliz, feliz solsticio de invierno
Esta noche teníamos que haberla pasado en la casa materna (políticomaterna) pero como ahora soy igual que la amiguita de Heidi, la montaña va a venir a Mahoma.
Estoy escribiendo a vuelapluma así que este post también será una mierda sin sentido. No obstante, intentaré que sea una mierda sin sentido corta (yupi).
La casa huele a manzanas, canela y carabineros a la plancha. Es una mezclita curiosa que me tiene babeando desde hace... mh... unas dos horas. Si no vienen pronto los comensales, voy a organizar una escapa a la cocina para lamer algo. Algo que no sea Karloszeta, claro, porque a él ya le he lamido y no sabe ni a manzanas, ni a canela, ni a carabinero. Sólo a vasco cabreado porque me como los aperitivos.
No puedo tomar alcohol porque sigo cocido a antibióticos, así que estoy emborrachándome de mosto. Cuando he abierto la botella he hecho ¡pum-frsfrsfrsfrsssssss! con la boca y he lanzado el tapón al aire para autoengañarme. Karloszeta se ha descojonado bastante con mi idiotez, pero es consecuencia directa de que él SÍ pueda tomar alcohol. Lleva dos martinis secos agitados bond-james-bond y empieza a tener cierto rosadillo en las mejillas y cierto brillito sospechoso en los ojos.
El loro no está nada contento ni nada rosadillo. Más bien está atacado perdido. Cuando estoy delante se calla y hasta ponte ojo de pollo bueno, pero en cuanto me alejo chigui-chigui con mi sillita, empieza a gritarme putaputaputa por el pasillo. No queda nada bien que llame putaputaputa a un pobre huerfanito inválido con mascarilla de oxígeno. Parece un pollo de villano marvel. Y eso que todavía sólo somos Jokin, Karlos y yo. Cuando venga la hermanada vasca, seguramente tenga que ponerle el capuchón a la jaula para que no nos pida que le besemos el culo mientras estamos comiendo canapeses. Quedaría feo.
Uf... soy bastante feliz.
Karloszeta y Jokin han llevado esta mañana 28 kilos de juguetes a cáritas. Había hasta un triciclo. Karloszeta nunca deja de sorprenderme. De verdad. Nunca.
Le he preguntado si me podía quedar con alguno de los spidermans articulados. Se ha reído bastante. Ha debido pensar que lo decía en broma. Tchsk...
¡Feliz Saturnalia a todos!
Estoy escribiendo a vuelapluma así que este post también será una mierda sin sentido. No obstante, intentaré que sea una mierda sin sentido corta (yupi).
La casa huele a manzanas, canela y carabineros a la plancha. Es una mezclita curiosa que me tiene babeando desde hace... mh... unas dos horas. Si no vienen pronto los comensales, voy a organizar una escapa a la cocina para lamer algo. Algo que no sea Karloszeta, claro, porque a él ya le he lamido y no sabe ni a manzanas, ni a canela, ni a carabinero. Sólo a vasco cabreado porque me como los aperitivos.
No puedo tomar alcohol porque sigo cocido a antibióticos, así que estoy emborrachándome de mosto. Cuando he abierto la botella he hecho ¡pum-frsfrsfrsfrsssssss! con la boca y he lanzado el tapón al aire para autoengañarme. Karloszeta se ha descojonado bastante con mi idiotez, pero es consecuencia directa de que él SÍ pueda tomar alcohol. Lleva dos martinis secos agitados bond-james-bond y empieza a tener cierto rosadillo en las mejillas y cierto brillito sospechoso en los ojos.
El loro no está nada contento ni nada rosadillo. Más bien está atacado perdido. Cuando estoy delante se calla y hasta ponte ojo de pollo bueno, pero en cuanto me alejo chigui-chigui con mi sillita, empieza a gritarme putaputaputa por el pasillo. No queda nada bien que llame putaputaputa a un pobre huerfanito inválido con mascarilla de oxígeno. Parece un pollo de villano marvel. Y eso que todavía sólo somos Jokin, Karlos y yo. Cuando venga la hermanada vasca, seguramente tenga que ponerle el capuchón a la jaula para que no nos pida que le besemos el culo mientras estamos comiendo canapeses. Quedaría feo.
Uf... soy bastante feliz.
Karloszeta y Jokin han llevado esta mañana 28 kilos de juguetes a cáritas. Había hasta un triciclo. Karloszeta nunca deja de sorprenderme. De verdad. Nunca.
Le he preguntado si me podía quedar con alguno de los spidermans articulados. Se ha reído bastante. Ha debido pensar que lo decía en broma. Tchsk...
¡Feliz Saturnalia a todos!
Qué poco tino tengo para los títulos proféticos
Bueno, pues... es horita de ir resucitando.
He estado jodidillo. Tuve una infección respiratoria y una bajada de sodio en picado que hizo que no combustionara bien el oxígeno y me autointoxicara de CO2. El nivel de dióxido en sangre para que tu cerebro se mantenga fresquito y divertido tiene que ser de 23 meq/l. y cuando ingresé, yo tenía 64, así que mi cerebro estaba todo menos fresquito y divertido. De hecho, recuerdo vagamente haberle dicho a alguien en la UCI que avisara a la policía porque estaban intentando secuestrarme. Con eso la palabra paranoia adquiría su verdadero significado porque no veo que rescate aprovechable podría sacar de mí un secuestrador, salvo que fuera coleccionista de muñequitos absurdos. Pero bueno... es lo que tienen las alucinaciones. Que por poder ser, son de cualquier cosa.
Eso de autointoxicarme yo sólo con mi propia respiración suena talmente como sacado del Mundo Today. Recuerdo que cuando entraba Jokin a verme me decía "soy Jokin" y yo pensaba "vale, eres Jokin", pero por más que le miraba y le remiraba, no tenía ni puta idea de qué hacía allí conmigo. No recordaba las cosas asociadas a cada persona. Sólo las caras y los nombres. De Karloszeta recordaba que me había prometido adornar la casa por Navidad, así que cada vez que entraba a verme, yo le decía "Hola Karlos ¿has puesto el árbol?" Él al principio intentaba razonarme y decía "No, Ariel. Estamos en Vitoria. Hay que volver a casa para poder poner el árbol" pero luego cuando volvía por la tarde yo le preguntaba otra vez "¿has puesto el árbol, Karlos?", así que al final ya desistía y me decía "Sí, sí, un árbol precioso. Un abeto lleno de luces en mitad del jardín que no hay, de la casa que no tenemos". Y yo decía "ah, genial... ¿y has puesto el árbol, Karlos?"
Ahora Karloszeta se descojona contando todo eso a los amigos, pero en aquellos momentos no se reía ni una pizca. Pasaba la media hora de visita agachado al lado de la cama tocándome el pelo con ojos de ovejita lucera.
Los huesos frágiles, las bajadas de sodio y los problemas respiratorios son resultado de lo cochambroso de mi sistema inmunológico. Es lo malo de lo bueno de superar un cáncer linfático. Vivir vives, pero los virusillos que pululan por ahí se dan de hostias por llevarte al huerto. Por eso Karloszeta me tira los regalices rojos a la basura. Porque su madre es médico. Si Karloszeta fuera hijo de una lotera, probablemente yo a estas alturas ya habría muerto de un coma de algo.
He pasado la última semana dibujando historietas a lápiz sobre un bloc de notas de tamaño pedo, porque no tenía televisión ni nada que hacer salvo estar tumbado y respirar en una maquinita, así que ahora tengo 12 bocetos a lápiz de historietas para pasar a tinta. No hay mal que por bien no venga. Ahora es cuando las paso todas a la tableta gráfica, me quedan hechas una mierda, y decido tirarlas a la basura. Con ese ritmillo, habré destruído ya unos... no sé... cincuenta o sesenta comics by Nepomuk. Para que luego me digan que publique. A mí cualquier editorial me terminaría mandando a la hoguera en dos semanas.
Jokin se quedó conmigo en el hospital durante los dos días que Karlos tuvo que trabajar en Barcelona y bajar a Madrid. Mi suegra se ofendió cantidad porque Karlos se fió más de Jokin que de ella, para estar conmigo y vigilarme la máquina. Yo me alegré de que se quedara Jokin porque me daba cantidad de corte que mi suegra me viera el pito (lo cual demuestra que soy un inmaduro). Tuve suerte de que él estuviera en Vitoria cuando me dió el mondongazo (Jokin, no el pito). Había venido al entierro de la abuela de Karloszeta, que murió de una apoplejía mientras estábamos en Zarautz.
Fuí a Zarautz a que me miraran las radiografías y terminé autoasfixiándome en un entierro familiar de un pueblo del este de Vitoria. La vida a veces es tope curiosa.
N. del A: Debo explicar que el que haya escrito este post tan desordenado y cutre, es fruto de los restos de intoxicación chunga, que aún no me dejan organizarme mentalmente del todo bien.
Bueno. Vale. Es mentira. En realidad, en mi vida he sabido organizarme mentalmente del todo bien.
He estado jodidillo. Tuve una infección respiratoria y una bajada de sodio en picado que hizo que no combustionara bien el oxígeno y me autointoxicara de CO2. El nivel de dióxido en sangre para que tu cerebro se mantenga fresquito y divertido tiene que ser de 23 meq/l. y cuando ingresé, yo tenía 64, así que mi cerebro estaba todo menos fresquito y divertido. De hecho, recuerdo vagamente haberle dicho a alguien en la UCI que avisara a la policía porque estaban intentando secuestrarme. Con eso la palabra paranoia adquiría su verdadero significado porque no veo que rescate aprovechable podría sacar de mí un secuestrador, salvo que fuera coleccionista de muñequitos absurdos. Pero bueno... es lo que tienen las alucinaciones. Que por poder ser, son de cualquier cosa.
Eso de autointoxicarme yo sólo con mi propia respiración suena talmente como sacado del Mundo Today. Recuerdo que cuando entraba Jokin a verme me decía "soy Jokin" y yo pensaba "vale, eres Jokin", pero por más que le miraba y le remiraba, no tenía ni puta idea de qué hacía allí conmigo. No recordaba las cosas asociadas a cada persona. Sólo las caras y los nombres. De Karloszeta recordaba que me había prometido adornar la casa por Navidad, así que cada vez que entraba a verme, yo le decía "Hola Karlos ¿has puesto el árbol?" Él al principio intentaba razonarme y decía "No, Ariel. Estamos en Vitoria. Hay que volver a casa para poder poner el árbol" pero luego cuando volvía por la tarde yo le preguntaba otra vez "¿has puesto el árbol, Karlos?", así que al final ya desistía y me decía "Sí, sí, un árbol precioso. Un abeto lleno de luces en mitad del jardín que no hay, de la casa que no tenemos". Y yo decía "ah, genial... ¿y has puesto el árbol, Karlos?"
Ahora Karloszeta se descojona contando todo eso a los amigos, pero en aquellos momentos no se reía ni una pizca. Pasaba la media hora de visita agachado al lado de la cama tocándome el pelo con ojos de ovejita lucera.
Los huesos frágiles, las bajadas de sodio y los problemas respiratorios son resultado de lo cochambroso de mi sistema inmunológico. Es lo malo de lo bueno de superar un cáncer linfático. Vivir vives, pero los virusillos que pululan por ahí se dan de hostias por llevarte al huerto. Por eso Karloszeta me tira los regalices rojos a la basura. Porque su madre es médico. Si Karloszeta fuera hijo de una lotera, probablemente yo a estas alturas ya habría muerto de un coma de algo.
He pasado la última semana dibujando historietas a lápiz sobre un bloc de notas de tamaño pedo, porque no tenía televisión ni nada que hacer salvo estar tumbado y respirar en una maquinita, así que ahora tengo 12 bocetos a lápiz de historietas para pasar a tinta. No hay mal que por bien no venga. Ahora es cuando las paso todas a la tableta gráfica, me quedan hechas una mierda, y decido tirarlas a la basura. Con ese ritmillo, habré destruído ya unos... no sé... cincuenta o sesenta comics by Nepomuk. Para que luego me digan que publique. A mí cualquier editorial me terminaría mandando a la hoguera en dos semanas.
Jokin se quedó conmigo en el hospital durante los dos días que Karlos tuvo que trabajar en Barcelona y bajar a Madrid. Mi suegra se ofendió cantidad porque Karlos se fió más de Jokin que de ella, para estar conmigo y vigilarme la máquina. Yo me alegré de que se quedara Jokin porque me daba cantidad de corte que mi suegra me viera el pito (lo cual demuestra que soy un inmaduro). Tuve suerte de que él estuviera en Vitoria cuando me dió el mondongazo (Jokin, no el pito). Había venido al entierro de la abuela de Karloszeta, que murió de una apoplejía mientras estábamos en Zarautz.
Fuí a Zarautz a que me miraran las radiografías y terminé autoasfixiándome en un entierro familiar de un pueblo del este de Vitoria. La vida a veces es tope curiosa.
N. del A: Debo explicar que el que haya escrito este post tan desordenado y cutre, es fruto de los restos de intoxicación chunga, que aún no me dejan organizarme mentalmente del todo bien.
Bueno. Vale. Es mentira. En realidad, en mi vida he sabido organizarme mentalmente del todo bien.
Mañana a Madrid, Madrid, Madrid...
Uno de los dedos que asoman ha dejado de tener color de dedo que asoma y se ha puesto en plan cardenalicio. Mi doctora política dice que no nos preocupemos. Que es un efecto del derrame de la torsión sumado a la eparina. Karloszeta ha recibido la respuesta con su típica expresión de ceja alzada. Qué desconfiado es, coño. Hasta de su propia madre. Me mola el dedo morado entre medias de los sanos. Parece un preso en un interrogatorio rodeado de policías chungos. Cuando pueda doblarme lo suficiente, le dibujaré ojitos parias y boca de pánico.
Estoy contento. Tranquilo, feliz y sin dolor. Es la verdad. Estoy muy bien aquí. Me gusta mucho esta casa, esta chimenea, estas ventanas al mar y ese trozo de jardín que veo en estos momentos a través del cristal. Me gustan las cortinas rojas y blancas de la cocina, la mesa de madera, el olor a leña, las vigas de roble del techo, el edredón de cuadros y la rosa tallada en el cabecero. Karloszeta se queja mucho de esta casa. Dice que da mucho trabajo para lo pequeña que es. Que tendría que venderla. "Está demasiado cerca del mar. El salitre se lo come todo. Hay que proteger la madera, el techado, el encalado, desbrozar la parcela... Antes venía por el surf, pero ahora... Si no fuera por el aita, la habría vendido ya." Se la dejó su padre. Expresamente a él. No me parece extraño. Yo también dejaría en sus manos cualquier cosa que nadie quisiera cuidar. No sé cuándo empezaría Karlos a ser responsable. Su tía me enseña los albúmes de su infancia. En todas las fotos sale muy serio, con el ceño fruncido y sujetando a los seis hermanos del cuello de la camisa para la foto. Poniendo orden. Me río pensando que realmente, no ha debido de cambiar mucho en estos años.
No quiero que venda esta casa. Me gusta tanto como mi dedo cardenalicio. Cuando me cure la pierna, le ayudaré a mantenerla.
Y espero que no me deje, la verdad. Porque... yo con un martillo, una taladradora o una brocha sería unas 250.000 veces más efectivo destruyendo, que todo el salitre junto.
Estoy contento. Tranquilo, feliz y sin dolor. Es la verdad. Estoy muy bien aquí. Me gusta mucho esta casa, esta chimenea, estas ventanas al mar y ese trozo de jardín que veo en estos momentos a través del cristal. Me gustan las cortinas rojas y blancas de la cocina, la mesa de madera, el olor a leña, las vigas de roble del techo, el edredón de cuadros y la rosa tallada en el cabecero. Karloszeta se queja mucho de esta casa. Dice que da mucho trabajo para lo pequeña que es. Que tendría que venderla. "Está demasiado cerca del mar. El salitre se lo come todo. Hay que proteger la madera, el techado, el encalado, desbrozar la parcela... Antes venía por el surf, pero ahora... Si no fuera por el aita, la habría vendido ya." Se la dejó su padre. Expresamente a él. No me parece extraño. Yo también dejaría en sus manos cualquier cosa que nadie quisiera cuidar. No sé cuándo empezaría Karlos a ser responsable. Su tía me enseña los albúmes de su infancia. En todas las fotos sale muy serio, con el ceño fruncido y sujetando a los seis hermanos del cuello de la camisa para la foto. Poniendo orden. Me río pensando que realmente, no ha debido de cambiar mucho en estos años.
No quiero que venda esta casa. Me gusta tanto como mi dedo cardenalicio. Cuando me cure la pierna, le ayudaré a mantenerla.
Y espero que no me deje, la verdad. Porque... yo con un martillo, una taladradora o una brocha sería unas 250.000 veces más efectivo destruyendo, que todo el salitre junto.
Las pesadillas que se resisten
Estaba en la cocina de Magallanes. En el piso que compartía con Pedro y con Marc. Podía ver todo tal cual era, perfectamente. Las paredes grises con el calendario de Michelín. La mesa lacada, la encimera blanca, las sillas metálicas. Todo tal cual era. Pedro estaba de pie detrás de mí y sacaba cosas de la nevera. Yo le decía "¿dónde está Karlos?" y él me decía "¿qué Karlos?" Me levantaba y recorría el pasillo. Entraba en mi habitación. Los gatos estaban encima de la cama de muelles. La que era mi cama. Había parte de mi ropa revuelta a los pies y el resto, aún distribuída en cajas por la habitación. Podía ver mi letra escrita en las cajas. "Libros", "Películas", "zapatos". Me sentaba a los pies de la cama. Veía a los tres gatos dormitando sobre mi ropa. Peyote no tenía calvas en el lomo, estaba intacto, como antes del incidente de la verja. Marc asomaba por la puerta y me decía que tenía que comprar leche. Que si quería bajar con él. Yo le decía "Pero esto es un error, esta no es mi casa..." y él se reía. "¿Cómo que no? pues claro que es tu casa." Yo me tapaba los ojos con las manos. "No es mi casa. Estoy soñando. ¿Dónde está Karlos?" Marc me miraba muy serio, de pronto. "¿Que Karlos? no existe Karlos. Le has soñado." "No puedo haberle soñado. Es alto. Vivimos en un duplex en Malasaña. Tiene un coche negro. Le gusta el jazz. No le he soñado." Marc me cogía del brazo. "Ari, has estado soñando. Han sido los hongos. No existe Karlos. Has comido hongos y te lo has imaginado todo. Esta es tu casa. Estás en tu vida real. Lo otro no lo es." Yo lloraba "Pero no puede ser... no puede ser... no puedo estar aquí..." Marc me apretaba la mano. Cada vez más fuerte.
Pero no era la mano de Marc. Era la de Karlos, que intentaba despertarme desde el asiento de delante del coche. "Ari, estás soñando..." En un primer momento he seguido viendo a Marc. Luego se ha ido dibujando la sudadera roja, los rizos oscuros, la barba cerrada, los ojos grises, el coche, mi escayola... Su voz. "Ariel, tranquilo... estás soñando." "¿Y dónde estoy?" Se reía. "¿Cómo que dónde? pues... aquí. Conmigo."
Me hubiera gustado disponer de las dos piernas, para incorporarme y meterme dentro de su jersey.
Esa fue la pesadilla recurrente que me trajeron los hawaian mushrooms la otra noche en Amsterdam. El convencimiento más absoluto durante seis horas de que en realidad los últimos diez meses habían sido un sueño. Que seguía metido en la casa de Magallanes. Yo solo. Tan solo como estaba. Que Karlos no existía. Que nada existía. Yo le miraba, le pasaba el dedo por el mentón, tumbados los dos en la cama del hotel. Le decía "Tú no existes. Me voy a despertar y no estarás. Tú no existes..." y él me cogía las manos "Sí existo, tranquilo. Estoy aquí ¿ves? Estás escuchando mi voz. Escúchala."
Aquella noche vomité tres veces y pensé que me moría unas siete u ocho. Hoy, haber vuelto a soñar con la misma pesadilla absurda me demuestra que todavía quedan rastros de algo paseando por mi cabeza. Karlos me coge la cara con las manos y me coloca un mechón por detrás de la oreja. Sonríe y me tranquiliza. Me dice que se me pasará. Que son restos de alucinaciones que coletean en el subconsciente durante un par de semanas. "No se debe probar ese tipo de viajes si no tienes la psique suficientemente equilibrada para ello."
Desde luego, ya no necesito que nadie me lo jure.
Pero no era la mano de Marc. Era la de Karlos, que intentaba despertarme desde el asiento de delante del coche. "Ari, estás soñando..." En un primer momento he seguido viendo a Marc. Luego se ha ido dibujando la sudadera roja, los rizos oscuros, la barba cerrada, los ojos grises, el coche, mi escayola... Su voz. "Ariel, tranquilo... estás soñando." "¿Y dónde estoy?" Se reía. "¿Cómo que dónde? pues... aquí. Conmigo."
Me hubiera gustado disponer de las dos piernas, para incorporarme y meterme dentro de su jersey.
Esa fue la pesadilla recurrente que me trajeron los hawaian mushrooms la otra noche en Amsterdam. El convencimiento más absoluto durante seis horas de que en realidad los últimos diez meses habían sido un sueño. Que seguía metido en la casa de Magallanes. Yo solo. Tan solo como estaba. Que Karlos no existía. Que nada existía. Yo le miraba, le pasaba el dedo por el mentón, tumbados los dos en la cama del hotel. Le decía "Tú no existes. Me voy a despertar y no estarás. Tú no existes..." y él me cogía las manos "Sí existo, tranquilo. Estoy aquí ¿ves? Estás escuchando mi voz. Escúchala."
Aquella noche vomité tres veces y pensé que me moría unas siete u ocho. Hoy, haber vuelto a soñar con la misma pesadilla absurda me demuestra que todavía quedan rastros de algo paseando por mi cabeza. Karlos me coge la cara con las manos y me coloca un mechón por detrás de la oreja. Sonríe y me tranquiliza. Me dice que se me pasará. Que son restos de alucinaciones que coletean en el subconsciente durante un par de semanas. "No se debe probar ese tipo de viajes si no tienes la psique suficientemente equilibrada para ello."
Desde luego, ya no necesito que nadie me lo jure.
Ya nos hemos cansado de tanto blanco

"... supongo las próximas navidades serán bastante menos absurdas y desnudas que estas. Sobre todo porque cuando has bajado mucho, ya no puedes más que subir."
Esto lo escribí hace un año. Qué genial. Se me emocionan hasta los deditos no-cianóticos cuando lo leo. Ahora debería escribir que cuando uno ha subido mucho, ya no puede más que bajar, pero eso no siempre es cierto. También puedes subir mucho y quedarte quieto arriba tan pichi. Y si no que me lo digan a mí.
El lunes nos vamos a Euskadi. Karloszeta está angustiado porque en unos días tendrá que volver a trabajar y me dejará solo toda la tarde con mi silla de ruedas suicida, así que quiere que su madre eche un vistazo a mi pierna y valore las radiografías (y supongo que la opción de pegarme al sofá con cinta de embalar, también). Karloszeta no se fía un pelo de ningún médico. Dice que es resultado directo de ser hijo de una, y de conocer sin censuras la cantidad de errores y mala praxis que se cometen en los hospitales, sin que los pacientes seamos conscientes de ello. Me recuerda a cuando te cruzas con un empleado del burguer king y te cuenta que los trozos de tomate que caen al suelo, terminan igualmente en tu hamburguesa. Son ese tipo de cosas que intuyes que existen pero que en realidad prefieres que nadie te cuente.
Hemos estado decorando un poco la escayola. El Link lo he hecho yo. El Mario y el gooba (salvo rotulación y coloreo posterior) es de Karloszeta. Íbamos también a hacer un waluigi y un goku pero ha venido Jokin a traerme bombones y a contarnos que se ha vuelto a hundir su relación, y su punto de tristeza nos ha cortado el rollito decorativo. Eli ha vuelto a pirarse. Esta vez con un bombero de Ibiza. En esos momentos debía estar bajándome todo el riego sanguíneo a la pierna, porque he tenido un cortocircuito cerebral absurdo y le he preguntado a Karloszeta si en Ibiza había bomberos. Él ha hecho sifón con el café. "No, Ari. No hay. De hecho, Ibiza cuando se queme, desaparecerá para siempre de todos los mapas." Eso ha hecho reir también a Jokin. Bueno. Menos mal. No hay subnormalidad que por bien no venga.
N. del A. Que dice Karloszeta que ese gooba que he dejado al rotular no se parece en nada al que él había dibujado originalmente. Que su especie de boniato cacaperro, bizco y torcido era mucho más bonito. Y que su Mario epiléptico montado en un híbrido de Dino Picapiedra, también. Ea. Conste en acta.
Mazurca por un dedito cianótico
Pues hala. Aquí estamos. Escayolado para seis semanas más. El médico puso ojos apacibles y dijo "ah mira...es una fractura sin desplazamiento..." Pues no sé qué será una fractura con desplazamiento, pero esta desde luego duele de cojones. Escayolada, vendada, recosida y hasta del revés.
Karloszeta alquiló una silla de ruedas para poder llevarme de aquí para allá sin cargarme como un fardo. Me flipa la silla de ruedas. Intento hacer trompos con ella, como hacen los jugadores de baloncesto paraolímpico, pero por ahora lo único que consigo es caerme hacia atrás. Karloszeta comienza a cabrearse. Dice que como me lesione otra cosa por hacer el gilipollas con la silla, me va a cuidar mi tío Fernando y el loro tecnopop. Pero sé que lo dice con la boca chica, porque se despierta muchas veces cada noche, para mirarme si estoy bien, si respiro, si tengo pis o si me tiene que desenganchar algún gato de la escayola (increíble la de gatos que puedo llegar a amontonar ahí abajo en un momento dado...). Con ese sentido de la responsabilidad gasteizarra, dudo mucho que tuviera la conciencia tranquila dejándome al cuidado de un loro macarra.
Me cuesta escribir. Con la silla no me llegan los codos a la mesa, y si me pongo el portátil en las rodillas, me acaban por doler los riñones. Necesitaría a alguien que me sujetara el ordenador delante de las manos y le fuera dando al intro. Una pena. Debí amaestrar al loro para eso, en lugar de tanto bailecito. Bueno, por lo menos a estas horas todavía puedo escribir sin muchos dolores. Mi hora negra empieza allá hacia las doce. Justo cuando uno empieza a tener sueñecito y querer acostarse. Entonces es cuando la pierna va contracorriente y se me despierta (la muy puta) dando gritos de ¡EEEEEH! ¡ESTOY AQUÍ Y ESTOY ROTA! y ya no hay forma de poder colocarme en ningún sitio sin terminar viendo las estrellas. Ni cojincitos, ni almohadoncitos, ni en alto, ni en bajo, ni haciendo el pino puente. Todo me duele por igual. El traumatólogo dijo que era normal que siguiera doliendo unos cuantos días y que vigiláramos el color de los deditos que asoman. "Si los notan un poco cianóticos, vienen ustedes de urgencias.." A Karloszeta se le pusieron los pelos como escarpias. Pude ver como le salía un poco de vapor de las orejas. "¡¡SI NO LE IMPORTA A USTED, LE ESCAYOLA CORRECTAMENTE Y ASÍ TODOS CONTINUAMOS CON EL MISMO COLOR EN TODAS PARTES!!" A la enfermera le tembló un poco el cuenquito del yeso. Me reí. Cuando salimos me dijo que no me riera cuando se cabreaba porque provocaba que se riera él también y restaba credibilidad a la protesta. No puedo evitarlo. Suelta unas contrafrases muy graciosas cuando está enfadado.
Los deditos que asoman están manchados de yeso y de color de dedito que asoma. Las nueve y todo sereno
Karloszeta alquiló una silla de ruedas para poder llevarme de aquí para allá sin cargarme como un fardo. Me flipa la silla de ruedas. Intento hacer trompos con ella, como hacen los jugadores de baloncesto paraolímpico, pero por ahora lo único que consigo es caerme hacia atrás. Karloszeta comienza a cabrearse. Dice que como me lesione otra cosa por hacer el gilipollas con la silla, me va a cuidar mi tío Fernando y el loro tecnopop. Pero sé que lo dice con la boca chica, porque se despierta muchas veces cada noche, para mirarme si estoy bien, si respiro, si tengo pis o si me tiene que desenganchar algún gato de la escayola (increíble la de gatos que puedo llegar a amontonar ahí abajo en un momento dado...). Con ese sentido de la responsabilidad gasteizarra, dudo mucho que tuviera la conciencia tranquila dejándome al cuidado de un loro macarra.
Me cuesta escribir. Con la silla no me llegan los codos a la mesa, y si me pongo el portátil en las rodillas, me acaban por doler los riñones. Necesitaría a alguien que me sujetara el ordenador delante de las manos y le fuera dando al intro. Una pena. Debí amaestrar al loro para eso, en lugar de tanto bailecito. Bueno, por lo menos a estas horas todavía puedo escribir sin muchos dolores. Mi hora negra empieza allá hacia las doce. Justo cuando uno empieza a tener sueñecito y querer acostarse. Entonces es cuando la pierna va contracorriente y se me despierta (la muy puta) dando gritos de ¡EEEEEH! ¡ESTOY AQUÍ Y ESTOY ROTA! y ya no hay forma de poder colocarme en ningún sitio sin terminar viendo las estrellas. Ni cojincitos, ni almohadoncitos, ni en alto, ni en bajo, ni haciendo el pino puente. Todo me duele por igual. El traumatólogo dijo que era normal que siguiera doliendo unos cuantos días y que vigiláramos el color de los deditos que asoman. "Si los notan un poco cianóticos, vienen ustedes de urgencias.." A Karloszeta se le pusieron los pelos como escarpias. Pude ver como le salía un poco de vapor de las orejas. "¡¡SI NO LE IMPORTA A USTED, LE ESCAYOLA CORRECTAMENTE Y ASÍ TODOS CONTINUAMOS CON EL MISMO COLOR EN TODAS PARTES!!" A la enfermera le tembló un poco el cuenquito del yeso. Me reí. Cuando salimos me dijo que no me riera cuando se cabreaba porque provocaba que se riera él también y restaba credibilidad a la protesta. No puedo evitarlo. Suelta unas contrafrases muy graciosas cuando está enfadado.
Los deditos que asoman están manchados de yeso y de color de dedito que asoma. Las nueve y todo sereno
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