No me he muerto...

 ... sólo he sufrido otro de mis ataques de "a Dios pongo por testigo que cambiaré la plantilla del blog." Por supuesto, sin ningún resultado positivo aparente. Otra vez.

En otro orden de cosas... Hoy hemos estado con el autobusero.

Ha sido inevitable, porque era una celebración de amigos, y él sigue teniendo relación con algunas personas del círculo de Karlos. La verdad es que tenía buen aspecto. Relajado y tranquilo. Iba con un chico con cara de aburrimiento absoluto. Le he dicho "¿es tu novio o qué?" y él se ha reído "No, no... no tengo de esas cosas, es un amigo. Yo ya prefiero estar solo, y que nadie tenga que aguantarme." Me ha sorprendido mucho la respuesta. Parecía haber perdido toda la chulería por el desagüe de estos últimos meses. Ha insistido en invitarnos a una cerveza. Yo se la he aceptado. Karlos no. Jamás le perdonará. Se lo noto en su brutal forma de ignorarle. En todo momento actúa como si fuera invisible, y las pocas veces que le contesta, es con monosílabos, y sin nisiquiera mirarle. No debería hacer eso, porque crea un ambiente chungo de tensión espesa, pero, obviamente, crearlo o no crearlo le suda el nabo. Ya lo he dicho muchas veces, Karlos sólo tiene una palabra, y cuando la da.. la da para siempre. Eso supone que te amará incondicionalmente, con la misma firmeza con la que te repudiará, si se considera con razón de peso para repudiarte. Supongo que forma parte de su personalidad gasteizarra, lo de tener la cabeza y el honor firmes como una piedra. Yo, que tiro más a la mezcolanza de sangres italomoromierdas, me considero bastante pasota en ese aspecto. No creo en las enemistades eternas. Y aunque si los daños son injustos no los olvido, intento no dejar de ser cordial si retomo el trato, y nunca rechazo un acercamiento. La vida es corta, joder. Y odiar es cansado y te deja el kharma como una ciruela pasa.

Cuando nos íbamos, nos ha dado su teléfono en un papelito. Me he considerado en el deber de darle también el nuestro. Pensé que ese iba a ser el momento en el que Karlos me miraría con cara de rottweiller con lombrices, y me arrastraría hasta la calle tirándome con los colmillos de una oreja, pero no. Sólo ha soltado un chorrito de risa, y ha sacudido la cabeza. A saber qué se le ha cruzando por la mente en ese momento. Quizá la posibilidad de cambiar el saco de boxeo por el hígado del autobusero.

En el coche le he preguntado si me odiaba un poco. "No. Te quiero." "Pero piensas que soy gilipollas." "No. Pienso que eres bueno."

Bien. Vale. Mejor. No me apetece mucho que Karlos me repudie. Le necesito para llegar a los cereales de arriba del estante.