Ñic

Me leo por última vez. Qué trágico. No me gusta ser trágico. Es el defecto de escribir para ti. Que se te escapa todo por las costuras y no piensas "ay no puedo poner esto, que me estarán leyendo." No. Lo pones todo. Ahí. Escupido. Si sufres, si ríes, si estás en contra, si estás a favor, si gusta, si duele... todo ahí. Para que te amen y te odien. Los diarios son para eso. Para ser tú y que nadie te lo impida. Me siguen preguntando por qué no tengo comentarios activos. No tengo comentarios para poder ser yo.

Me acuesto a las 12h. pero no me duermo. Doy vueltas. Creo que me quedo dormido en algún instante, porque me sobresalto cuando oigo el ruido del furgón. Reconozco el ruido del furgón, lo reconocería entre un millón de ruidos de furgones del mundo. Salto de la cama y bajo las escaleras de cuatro en cuatro. Al pasar por la puerta de la cocina, distingo la luz del reloj. 5:46h. Abro la puerta y corro hasta la verja. Los perros ya están allí, los tres alineados, orejas arriba y mirando al frente. Estoy saliendo cuando el furgón para en la puerta. Me doy cuenta entonces de que estoy descalzo y en pantalón de pijama, porque se me clava la gravilla en las plantas de los pies. Le veo bajar. Sin distinguirle. Solo la silueta robusta recortada en negro. Oigo el adiós en ronco suave. El suish de la puerta corredera. El blam del cerrado. Los faros del furgón vuelven a alejarse y desaparecen. Le veo fosforecer la sonrisa. Salto como un mono. Me abrazo. Me diluyo. Los pelos arenosos, el mentón barbudo, el olor a piel. Tan guapo. Se me han quitado las ganas de pegarle.

Siento que el mundo vuelve a girar con un ñic.

Siento que yo vuelvo a funcionar con un ñic.