Canuto y el exceso de tiempo libre

Ya me llega el catarro por el cuello. O lo que es lo mismo, gué balido esdoy, goño... Hace apenas unos días yo presumía de no haber pillado un catarro en todo lo que llevábamos de invierno. Y ahora mírame. Soy todo lagrimeo y atchís-atchús. ¿Te das cuenta de todas las ocasiones en las que debo callarme y no lo hago?

Acabo (casi) de cerrar el día más tonto de trabajo del 2015. No hemos hecho NADA con mayúsculas, salvo charlar, mirar páginas webs y dibujar monigotes. He hecho un comic de Canuto y Peyote, pero no me ha dado tiempo a entintarlo. Aunque ya da igual, porque solo con haberlo nombrado en el blog, pongo en marcha la maldición djin y el comic nunca verá la luz. Seguro. Aún así, estoy dispuesto a intentar luchar contra los elementos y me lo llevo en la mochila. Si mañana puedo terminarlo, lo publico. Es divertido. Me gusta ponerle voces a los gatos, tal y como me los imagino. De verdad que no me alejo ni un pelo de su verdadera personalidad.

He estado leyendo antiguos blogs, hace mucho tiempo abandonados, y recordando tiempos pasados. Madre mía, que tontos éramos. Qué grandilocuentes y que intensos. Repasando los nombres de algunos, he tenido mi momento de risa absurda. No había ni uno que se llamara "El blog de Pascual" o "Aquí escribo yo." Todo eran arenas, mares, azules, desiertos, amores, hadas, unicornios, serenidades, infinitos, violetas... Todo muy etéreo y muy cursilote. Y yo un capullo integral, ahí enmedio. Metido en mi igloo, dando por saco y generando odios. Qué poco serví jamás para la blogosfera. No te lo imaginas. Menos que poco. Prácticamente nada. Yo solo quería reírme y estar tranquilo. Nunca entendí que nadie lo viera tan sencillo como lo veía yo. Debe ser que los raros solo encajamos con otros raros. O con sensatos pacientes, tipo Karlos. En la blogosfera siempre fuí como un pulpo en un garaje. Recuerdo cuando me invitaron a la entrega de los premios de aquel concurso. La chica me dejó claro que si no me presentaba, no podría ganarlo. Ya ves. Pretender verme a mí en una entrega de premios de la blogosfera, era no conocerme en absoluto. En realidad, yo nunca quise leerme. Ni verme, ni saberme. Nunca tuve pretensiones, ni metas. Escribir-dibujar-reírme. De eso se trataba ¿no? De divertirnos. O eso creía yo. Y mira. Sigo en la misma tesitura. Queriendo exactamente lo mismo. No puedo formar parte de ningún ecosistema ¿ves? Soy el conjunto unitario. Me gusta venir aquí, y sentarme, y estar solo contigo. Y que tú nisiquiera puedas contestarme.

Ya. Ya sé. El infantil egoísmo del lobo.