Al frescor de la procastinación

Voy a echar un poco de hocico hoy, y a escribir desde el mac del trabajo, aprovechando que el aire acondicionado aún mantiene con vida mis neuronas. Ayer había cerca de 33ºC en mi buhardilla. No puedo razonar con 33ºC. Ni escribir. Ni vivir, así en general. Siempre que llega el verano me acuerdo de aquel día maravilloso en el que Jon y yo decidimos que no poníamos aire acondicionado en los dormitorios. Jamás olvidaré la maravillosa frase de “a mí para dormir, el aire no me gusta.” Ni aquella tan bonita de “Esta casa es bastante fresca.” Recordaré ambas mientras viva, de verdad. Y el caso es que miro a mi alrededor y el único que parece asfixiarse y cagarse en el summer time, soy yo. Los niños tan pichis. Que en ellos se puede entender porque tienen menos chichas que una sardina, pero ¿y Jon, que equivale a unos 12 como yo, de largo y ancho, y también duerme como un cebú? ¿cómo se explica eso? ¿algún gen extraterrestre que se me escapó en el reparto?

El verano que viene pienso comprarme un aire acondicionado portátil y una campana para quesos gigantes. Y solo la levantaré para que entren los gatos.

Martes. Siete días para irnos de vacaciones a la casa de los mil cuartos, y uno para mi ÚLTIMO-ÚLTIMO-EXAMEN. Llevo todos aprobados (para que luego digan que no existen los milagros), así que con este, sería un pleno al cinco. La cruda realidad es que no esperaba aprobar más de uno, así que si mañana estalla el apocalipsis zombie y el mundo se va a hacer puñetas… yo ya me puedo comer los hígados de alguien satisfecho de haber cumplido con mi primer grado. Me autobeso muack-muack. Me lo merezco por haberme llevado la contraria, cuando pensaba que no sería capaz. Para que luego digan que la esquizofrenia bipolar no es útil.

Se ha sumado otro amigo rarito de Pedro a las vacaciones en la casa de los mil cuartos. Ya somos Jon, María, Simón, Pedro, los dos oompa-loompa y yo. Jon no para de decir “Y NADIE MÁS.”

Le doy dos días para que se sumen Jokin y Gustavo. Jon es como el poli canalla de las películas. Se hace el malo, pero luego por dentro es un mazapancito de 95 kilos y manos de pelotari.