Besos walpurgis

Vaya horas para escribirte ¿eh? es que está Jon de guardia y no tengo con quien dormir. Cuando no tengo con quien dormir, me desvelo. Ya ves. Me he convertido en un mariquita. Con lo que yo era. El bucanero más intrépido en cuestión de soledades. Pero así son las cosas. Duerme uno un par de días con un vasco gigante y hala. Ya parece que no hay cama que me ajuste.

Estoy balanceándome tontorrón en la hamaca, porque tenemos nuestra primera noche de verano. He leído en alguna parte que el solsticio empezaba hoy. Simón y María ya están dormidos y los perros sueltos, y vigilando (menos Canuto que lo tengo encima en mi costado, semiaplastándome los huevos con una pata). Ahora en un rato, me levantaré, cerraré la verja, apagaré las luces exteriores, charé los cerrojos de las puertas y subiré a dormir. Birra y Canuto se quedarán en el patio de atrás, y Matraka subirá delante de mí, a mi señal, para irse derechito hasta la cama de Simón, donde se tumbará a vigilarle hasta que amanezca. No le enseñé yo. Fue Jon. Cada uno de los engranajes que sostienen esta casa, son cosas de Jon. Inclusive los míos. Antes de emprender la escalera, me asomaré al salón, donde todavía está Pedro jugando al ajedrez con la tablet de Jon y le diré que se acueste ya, que es tarde. Él me mirará desde el sofá y hará un gesto desconcertado y yo le señalaré el oído "Pedro, el implante." Entonces se lo conectará y volverá al mundo. "¿Qué?" "Que te acuestes que es tarde." "Tienes que cerrar la verja." "Ya lo he hecho." "Y las luces". "Ya están." "Y la puerta del garaje." "Ya está todo, Pedro. Sube a dormir." Entonces él me mirará un minuto largo. Quizá dos. Y luego se levantará, limpiará el cristal de la tablet con el borde de su camiseta, comprobará que está impecable, la guardará con muchísimo cuidado dentro de su funda y después me mirará y dirá "Me voy a ir a acostar ya, porque es muy tarde." Y yo resoplaré y diré "Muy bien. Una gran idea."

Antes de salir del salón, colocará rectos los platos de la mesa junto a la lámpara, apagará la lámpara, se asomará a la ventana para comprobar que he cerrado la verja, comprobará que están apagados los faroles, caminará hasta la puerta y comprobará que he echado bien todos los cerrojos. Cuando vuelva hacia mí por el pasillo le diré "¿me das un beso de buenas noches?" y él se mirará los dedos y dirá "No." Sonreiré. Por dentro. Desde donde no pueda captarlo y sentirse mal. Y me quedaré atrás, viéndole subir tres peldaños, para girarse en el cuarto y decirme "Pero mañana a lo mejor" antes de desaparecer en la semipenumbra.

"Pero mañana  a lo mejor" es mi beso walpurgis de cada noche.

Mola. Pedro y yo nos entendemos. Siempre.