Freedom

He ido a ver a la Doctora Vetusta Morla. Sigue igual de vetusta y de Morla, pero me ha felicitado efusivamente por mis tres kilos ganados . Sí. Tres. En mi báscula daba cuatro, pero en la suya he dado tres. No importa. No está mal para un mes. Además, también me ha pasado el aparatito raro extraterrestre ese que hace bip-bip, y me ha dicho que he ganado un 0.5% de masa corporal. No le he preguntado dónde. Aunque sea en el sobaquillo, ya me vale y estoy contento. Además, tengo una fe absurda en mí y sigo entrenando con Jon. Y no resulta precisamente fácil porque no tiene demasiada piedad conmigo y no me perdona ni una. Su lema viene a ser "lo que se empieza, se termina", que debe ser algo así como la frasecita del escudo de armas de los de Gasteiz, con sangre de Esparta (ah-uh). A veces me cuesta arrancar y otras veces lo que me cuesta es mantenerme en mis pies. Porque son sesiones cortas, sí. De 7 minutos. Pero de 7 minutos de infierno de la muerte. En una semana cochina, me he dado cuenta de que todos los ejercicios deportivos que había hecho en algún momento de mi vida, los había hecho mal. Hasta saltar a la comba. Que no se salta como las niñas una-dola-tela-catola, NO. NO. Que Jon K. cogió la cuerda, dijo "mira, así" y se puso a hacer los "cruzaítos" esos que hacen los boxeadores con la cuerda cuando saltan flic-flac-flic-flac. Y no saltaba con un pie y luego el otro, en plan caballo puesto de orujo, como yo, no. Tampoco. Él saltó con los dos pies a la vez y sin levantarse apenas del suelo. Ahí. Todo etéreo y espartano, él. Como si sus 95 kilos de músculo vasco estuvieran controlados por una fuerza superior.

Ahora ya lo domino un poco (un poco), pero te puedes imaginar como terminé el primer día de salto a la comba con cruzadito flic-flac. Con las piernas atadas como una morcilla extremeña, cayéndome de morros, y a un tris de terminar mordiéndole la cabeza al perro. ¿Ves? todo en esta vida es puro aprendizaje. Ese día aprendí a saltar a la comba y a no caer nunca con la boca abierta.