La gimnasia espartana

Ha venido un chico nuevo a trabajar a mi empresa, que es gay declarado, reconocido y con pareja. Me lo ha contado mi jefe cuando estábamos en la máquina del café. He debido de bordar mi cara de falso interés porque ha dicho “luego sube y te lo presento.” De verdad que este hombre cuando pienso que no va a ser más tonto, siempre llega y me sorprende. No sé qué supondrá que se me puede haber perdido a mí con ese chico, por muchos kilos de homosexualidad que arrastre. Quizá cree que los gays del mundo tenemos una logia secreta donde nos reunimos para hablar de cosas de gays con cada luna llena, vestidos de Village People, o algo así.

María está malita. Nada importante, mocos y fiebres. Pero mi suegra está de crucero (cómo se lo pasa, la puñetera) y nosotros somos dos novatos, incluso a pesar de que uno sea espartano (ah-uh). La llevamos a urgencias el domingo y la pediatra nos dijo que era un catarro y que la vigiláramos si le subía mucho la fiebre. Anoche tenía 38 y estaba modorra. En lugar de estar por ahí dando pelotazos al universo y pegando al pulpo con el camión, estaba semiechada dentro del parque autocantándose aaaaeee…aaaeee..., como un sioux. Se nos encendieron todos los pilotos del ohdiosmío y nos pasamos toda la noche levántandonos cada 5 nanosegundos para ver si respiraba. Cuando ha amanecido esta mañana, nosotros estábamos rotos, y ella tan pichi. Suele suceder. Se ha quedado Jon en casa para cuidarla. Ha pasado toda la jornada con María agarrada a su pecho, como una mamá mona con su monito. Era para verle, tan grandote, tan fiero, con su delantal de cuadritos y con la niña en la cadera. Parecía una matrona italiana peluda. Coñas aparte, no nos gusta que María esté malita. Nos pasa igual con Simón. Ambos hacen tanto ruido, que cuando dejan de hacerlo, es como si de pronto alguien nos hubiera parado la música.

Ya llevo dos días de entrenamiento con Jon. No es tan duro como yo me lo esperaba. Es veinte veces peor. He hecho unos 14 ejercicios distintos y no me he aprendido el nombre de ninguno. Así que hoy ha cogido el cronómetro y ha dicho "venga, furgimbles de pierna izquierda con piflastios laterales ¡¡¡YA!!!!"  Clic de cronómetro. Yo digo "ehm... ¿qué?"  y él "los furgimbles, Ari, te los enseñé ayer. Venga ¡¡¡YA!!!"  Y clic de cronómetro. Y yo "¿lo que me enseñaste antes de los brulombios de cabeza?" y él, "No, Ari, los brulombios eran de cintura, lo de la cabeza eran firlastros."

Sí. Sabedlo. Los deportistas espartanos (ah-uh) no dicen "agáchate y dobla la tripa" como el resto de los seres humanos mortales con tetitas blanditas del mundo mundial. Ellos tienen un lenguaje propio técnico, específico y especial. Y es lo primero que debes aprenderte si algún día quieres llegar a pelar pistachos con los abdominales. O eso o hacer como yo, y pedir que te repita lo de los firlastros, mientras te ajustas la gominchi del chandalurri pingui-ping, con carita de lemur.