Hocus Pocus

Ayer fue mi cumpleaños. Un gran, gran cumpleaños. Con tarta, amigos, velas, alcohol, música, desenfreno… Tanto que de aquellos barros llegaron estos lodos, y hoy estoy estrenando mis veintiséis todo resacoso y con el estómago hecho un despropósito. Y trabajando. Porque ya estoy trabajando. Llamaron a Jon K. para que se incorporara antes de la fecha prevista, y le dije a mi jefe que podía volver antes, para poder conseguir un poco de ese dinerito extra del que siempre voy escaso. No fue la mejor de mis ideas lo de ponerme a disposición de la empresa. Ahora me doy cuenta. Una semanita más de rascada de escroto me hubiera venido estupendamente para poner mi cabeza en orden. Pero bueno, confío en las bonanzas de agosto, mes maravillosamente vacío y pacífico en los madriles, para darle un repasito de limpieza a este diario, ordenar mi manuscrito y volver a dibujar gatos. Porque ya puedo. Sí. Ya tengo tres otra vez. El último día de vacaciones en el Tiétar rescatamos un cachorro del desagüe de una acequia y me lo quedé. Era lo menos que podía hacer. Estuvimos casi nueve horas para sacarle de allí. Al final, de noche cerrada y con linternas. Y aunque salió el pobre feo y cochino como un híbrido de rata y murciélago, después de unos cuantos lavados y unos cuantos platos de pienso, resultó ser un gato de lo más majete y simpático. Y atigrado. Como Tripi. Me lo tomé como una señal de esas absurdas del destino que siempre terminan por estallarme en las narices. Porque yo se lo decía a Jon, cuando me preguntaba qué gato iba a elegir. Le decía que probablemente el gato me eligiera a mí. Y así fue, porque a veces (muy pocas veces) no me equivoco. Estoy muy plasta con el gato. Le vengo a hacer unas 356 fotos diarias aprovechando que el pobre no se puede quejar, ni mandarme a cagar a la farola de Málaga. Pero en mi defensa, diré que es un gato de lo más fotografiable. Sobre todo cuando duerme en sus posturas imposibles de halavenga.

Tequila y Peyote no se mostraron tan entusiastas con él cuando llegó. Ni conmigo. Creo que ha sido de las primeras veces que les he visto cabreados. Pero ya se les ha pasado, y ahora se limitan a aguantarle las volteretas con expresión cansina. Yo estoy feliz. Minigato p’arriba, minigato p’abajo…Me tumbo panza arriba a jugar con él y él me ronronea mientras me escarba el pelo y me muerde la nariz. Nos llevamos bien. Supongo que porque tenemos la misma pinta de desheredados con pelánganos.

Creo que este es el principio de una graaaaaaaaaan amistad.