Yo soy la María-María

Qué día más malo llevo. Espeso y cansado, y alimentado con el hecho de que me estoy resfriando. Solo yo me resfrío en verano. De hecho, soy especialista, por esa manía tan bonita que tengo de ir por ahí con el culo pegado a los aires acondicionados. O por dormir a ventana abierta con los huevos al aire. O porque sí, o porque yo qué se, o porque da igual. El caso es que me estoy resfriando. Elegí un mal día para volver con los putos plátanos y el puto muesli. Quizá tendría que haberme dado un par de diítas más de tregua. Pero es que cada vez que entro en el cuarto de baño, noto como la báscula me mira con rencor.

Sí, ha sido una catástrofe alimenticia este veraneo mío. Y no he sido el único porque también Jon K. se quejaba cuando estábamos allí y decía que se oía engordar por las noches, pero mira... eso no me consuela, qué quieres que te diga. En parte porque mal de muchos consuelo de tontos, y en parte porque yo le veo vestirse y desnudarse todos los días y sigue estando igual de masticable y apetitoso. Pero yo... ya estoy otra vez marcando costillamen y clavícula. No he querido pesarme. Temo odiarme profundamente y castigarme a base de cajas industriales de burmar flax. Que me conozco. Que ya llevo muchos años conmigo.

Tenemos un problema gordo con los amaneceres de María. De ponerse de pie en la cuna y llamarnos a gritos para que la sacáramos, ha pasado directamente a lanzarse ella sola de cabeza y en picado, como un avión de la Luftwafe. Le pasa igual que mi gato pequeño. Ni tiene miedo, ni memoria a largo plazo. Ella se tira, aterriza, sacude un poco la cabeza, piensa "uy qué hostia", y al minuto siguiente ya se le ha olvidado y está saltando otra vez. Quizá porque ni llora, ni hace dramas que sería lo más lógico cuando te has comido con la cabeza la casa de Mickey Mouse (pobre Mickey). Pero no. Ella tan pichi. Tan sonriente, con su chichón en la frente y sus bragas de Hello Kitty, entrando en la cocina abrazada al pulpo y autosaludándose HOLA MARÍAAAAAAA, mientras a Jon y a mí se nos cae la mandíbula encima del café con leche. Porque también baja la escalera, sí. También. Con el culo y las manos, como un cangrejo, pero la baja.

Hemos lanzado nuestro plan de emergencia contra Marías y le hemos comprado una cama para que pueda subir y bajar de ella sin descalabrarse, pero no nos la traen hasta dentro de diez días. Mientras, estamos barajando ponerla a dormir con Simón y Matraka, en la cama nido. Sin el implante coclear, Simón cae como una piedra y no se entera de nada, pero al menos Matraka si podrá avisarnos si ve que la capitana kir-kir se va de parrandeo.  

Pobre Matraka. Vigilante de niños por partida doble. Vamos a tener que subirle la paga o algo.