Acelgas

Tengo la guerra de la acelga en casa. Mi suegra tiene huerto en su parcela. Es fabuloso tener una suegra con huerto y parcela porque puedes comer tomates que saben a tomate, pimientos que saben a pimientos, calabacines que saben a calabacín... y así to the infinity and beyond. Pero claro, en esta vida no hay maravilla sin lado oscuro.Y así pasa. Que de vez en cuando se te planta en casa con algún manojo de porquería que sabe a porquería, toda entusiasta y diciendo "MIRAD QUÉ RICO ESTO QUE OS TRAIGO PARA LA CENA" y directamente piensas que por qué no se te ocurrió lo de quemarle el huerto por la zona del repollo la última vez que estuviste por su casa.

Ayer fueron acelgas. Cuatro manojos como cuatro elefantes, nos plantó en la encimera. Y Jon, primogénito de siete hermanos, y superviviente a toda una infancia, adolescencia y juventud de marine espartano (ah-uh) comiendo hasta un zapato que le pusieran delante, se entusiasmó como si le hubieran puesto un lomo de bellota. E hizo extensivo su entusiasmo a los confines de toooooooda nuestra casa, alimentado vehemente por el de los dos niños que (afortunadamente para el universo tribu) comen de todo y todo les parece chupi.

Odio las acelgas. Me harté de comerlas con los frailes. Las putas acelgas hervidas con patatas grises. Puedo cerrar los ojos y ver el plato con ambas cosas en las mesas corridas del refectorio de los internos. Puedo cerrarlos y oler su pestazo a hierbajo cocido llegando desde la cocina cada jueves que me tocaba barrer el patio de la despensa. Y la colleja en la nuca de cuando pasaba el vigilante de comedor y yo aún me había dejado algún trozo de penca fibrosa en el plato. Aborrezco las acelgas. Son una de esas magdalenas de Proust que me traen efluvios de infancia verde moco.

Jon insistió y reinsistió en que las probara argumentando que su cocina era mejor que la de mis ex-frailes en cualquier tipo de guiso o alimento. No me sonó absolutamente convincente. Sobre todo porque un ornitorrinco lisiado cocinaría mejor que mis ex-frailes. Conseguí superar la noche sin probar las putas acelgas y esta mañana volvió a la carga con el tupperware sobrante. Resultaban aún menos apetitosas que ayer, nadando en su puspurria de aceite rojizo y ajo. Hice una argumentación sólida: Soy adulto y no tengo por qué comer de todo. De hecho, nisiquiera un niño tiene por qué comer de todo, porque para eso tenemos hipotálamos individuales, papilas gustativas propias, estómagos distintos... No hay sentido en que a un adulto no se le obligue a comer cosas que no le gustan y a un niño, sí. No hay sentido en que a NADIE se le obligue a comer cosas que no le gustan.

Jon me dijo que las acelgas tenían ácido fólico y vitamina A y que eran muy beneficiosas para reforzar el sistema inmunológico de los que han padecido (o están por padecer) cáncer.

Me lo dijo con sus ojos conmovedores de perrito feroz con corazón.

Está bien, marine cuidador de chicos con pelánganos. Esta noche cenaré las putas acelgas.