El man de iron

Nos acercamos a la Ironman. Y digo "nos" porque aunque ni perros, ni gatos, ni niños, ni chico con pelánganos vayamos a correrla, sí que estamos desayunando, comiendo y cenando con los entrenamientos espartanos de Jon K. de estos últimos dos años, y su tesón full time por sacar adelante su carrera de chiflados.

Sí. Ya. Sueno un poco despreciativo, lo sé. Es porque me acojona y sería un 0,001% más feliz si no participara. Debo estar en formato mamma italiana, porque a medida que se acerca el día de la prueba, visualizo constantes imágenes de Jon Karlos quedándose frito de un infarto subido en la bicicleta. O frito de un infarto en mitad de su carrera de natación y hundiéndose como una piedra. O frito de un infarto corriendo de la ceca a la meca galesa y sirviendo de pasto a los gnomos. O frito de un infarto churruspeando su gatorade con una pajita mientras comenta que va a llover, NO LO SÉ. Le veo frito de un infarto y punto. No es tan ilógico. Hace cuatro años (¿cuatro ya?) estuvo hospitalizado por una hipertensión asintomática. Nada asegura que en una de estas no reviente. Sobre todo con los entrenamientos diarios de 4h. que se mete entre ventrículo y aurícula, desde hace ocho meses.

Hoy tenía yo esperanzas de que en la prueba de esfuerzo le tiraran para atrás. Que algún sensor pitara más que otro y un tipo con bata blanca le dijera "Lo siento. No puede usted correr el ironchiflados. Le recetamos que se quede en casita tranqui haciendo bizcochos para el chico con pelánganos y sujetando al minigato cabrón mientras los niños juegan en una perfecta armonía Ingalls." Pero no. Ahí no ha pitado nada más que mi respiración. Ha hecho una prueba de libro. 35 pulsaciones en reposo. "Ahí dentro tienes una máquina bien engrasada." Eso le ha dicho el tipo de la bata blanca. El muy capullo.

Nunca hay una hipertensión cuando la necesitas.