Que ya

Otro día malo de dolores, ayer. La B18 estuvo otra vez apretándome los tornillos y cuando llegué a casa estaba hecho una albondiguilla humana. Esta vez no me anduve con luchas interinas y me casqué la inyección. Fue mano de santo. Incluso a pesar de que el dolor en estado puro me hace sentirme un poco desgraciadito. He pedido hora otra vez cita para el neurólogo. Me apetece una mierda tener que volver a mis peregrinaciones hospitalarias, pero es inversamente proporcional a la satisfacción de que alguien con bata blanca me diga receta en mano que todo está bien. Y además de paso callo a Jon. No de boca. Porque de boca no me dice nada. Pero esos mensajes subliminales que me manda dejándome todas las mañanas la guía de médicos encima de la mesilla de noche... En fin. Son altamente significativos cuando somos pocos pero nos conocemos mucho.

Seguimos con nuestra canguro mononucleósica perdida, así que ahora por las mañanas he cambiado la moto por el coche, y llevo a Simón y a María a casa de mi cuñada jipiloca, antes de irme a trabajar. A Pedro,no. Pedro está en otra dimensión. Pedro se queda en casa, juega con su ordenador, calienta su comida, friega sus platos y vuelve a jugar con su ordenador sin que mueva ni un ápice de absolutamente nada de su entorno. Hasta el punto que cuando volvemos a casa, no se han descolocado ni los perros. Aún así, llama a Jon cada 30 minutos de reloj, para darle el parte. "Hola, soy Pedro. Te llamo porque son las 10. Todo está bien." "Hola, soy Pedro. Te llamo porque son las 10 y media. Todo está bien." "Hola, soy Pedro. Te llamo porque son las 11. En 2 horas y media, voy a calentarme la comida. Todo está bien." Sí, ya sé que parece coña, pero no. Es lo bueno de lo malo de un preadolescente asperger. La precisión de un reloj suizo y la limpieza de un bisturí rebanaescrotos.

Bueno, el caso es que desde hace dos días tuve el brillante descuido de poner en el coche a Siniestro Total mientras llevaba a María y Simón y ha resultado que la princesa kir-kir ha tardado cero coma en aprenderse las canciones. No todas, claro. Solo las dos o tres peores. Así que hoy ya ha entrado en casa de mi cuñada, con su mochila de Bob Esponja, toda sonrisas y gritando a pulmón esquemepicaunhuevo-nosequévoyahacer-noséquévoyahacer (léase en lenguaje María que viene a ser: aé-camepicaunuevoooo-caséeeee-caséeeeee), mientras saltaba al compás del pulpo. Aún así, he aguantado el tipo como un campeón ante la estupefacción de mi cuñada. Quizá un leve rubor de orejas y ya, pero sin que flojeara mi perfecta cara de vaca mirando al tren ajena absoluta a las maldades del mundo.

Justo ahora que había dejado de decir putiferio y robar camiones.

En la guardería me van a hacer la ola.