Testosteroning

Ayer me dió un subidón muy tonto de rabia. Ya. Lo sé. Creo que la hipófisis me está otra vez jugando malas pasadas con la testosterona, porque ando últimamente agresivo, hambriento y salido como un lobo. Sería perfecto que los humanos viniéramos de fábrica con termostato emocional ¿verdad? Que pudiéramos decir "voy a subirme un paso más de autoestima, que me noto flojo..." o "espera, dame un segundo que me ajusto la ira a ver si se me pasan las ganas de calzarte una hostia..." Pero no. Somos máquinas cuasimperfectas. Qué le vamos a hacer. En mi resaca postapocalíptica de hoy, he decidido llamar a mi ex-asistente y explicarle por qué no quiero participar en sus charlas de reinserción. He apostado 100 contra 1 a que no iba a entenderme y Jon me ha dicho "bueno, Ari... no necesitas para nada que lo haga. Qué más da."

Pues eso. Y que más da.

Estoy contento con el manuscrito que estoy escribiendo. Ahora utilizo las madrugadas de los sábados y los domingos para ir avanzándolo, aprovechando el fresco y el silencio dormidero de mi tribu. Creo que siempre recordaré la sensación de estar ahí, viendo salir el sol frente al portátil, vestido con el pantaloncinchi del pijama, y rodeado de mis 300 cuadernos infantiles. Transcribiendo e hilando ideas, mientras suena el clin-clin de los móviles que cuelgan de la ventana. Por fin ya voy vislumbrando el final. Abierto, por supuesto. Yo nunca cierro finales de nada. Ni en manuscritos, ni en mi vida en general. Estoy lleno de puertas abiertas que no desembocan en ningún sitio. No me gustan las puertas cerradas. Supongo que por eso se me asoman tantos fantasmas, de vez en cuando. Antes sí que cerraba todo. Era muy peliculero. Ahora no. Ahora quiero pensar que soy un símbolo infinito con patas y pelánganos.

Bueno, el caso es que estoy contento con lo que va saliendo, porque es limpio y conciso y ha dejado de arrastrarme emocionalmente. Ahora llevo yo el control. Y pongo, y quito, y no me afecto. Creo que también tiene que ver la testosterona.

He empezado a dibujar a María. Me descojono yo solo dibujando a María. Sus expresiones de cara y su desfachatez merecen mil dibujos.