Tirando a matar

Jokin va a pedirle a Gustavo que se case con él. Vinieron anoche a cenar con su perro salchichón y coincidieron con mi suegra, que venía a traernos 456 tupperwares con diversos platos de bacalao de Zarautz. Jon abrió una botella de txakoli e improvisamos una cena fría en el jardín. Con la bruma del alcohol y la felicidad del airecillo fresco del agosto nocturno se soltaron las lenguas. En algún momento Gustavo comentó lo complicado que le había sido el normalizar su homosexualidad delante de sus padres, católicos practicantes y derechones de pro, y mi suegra se vino arriba con la rabia y soltó todo un panegírico reivindicativo sobre padres e hijos homosexuales. Estuvo estupenda. Tanto que me sorprendió hasta a mí, acostumbrado como estoy a escucharla en ese tipo de charlas. Toda la fuerza y la seguridad de Jon viene de haber tenido unos padres estupendos. Siempre lo he dicho y siempre lo diré. En cada autoafirmación de Jon, veo la forma en que fue educado. Ese ambiente en el que podías ser homosexual y militar y no bajar la cabeza ante nadie.

En un momento de aparte, Jokin se reunió conmigo y con Jon en la cocina, mientras cortábamos jamón. "Voy a pedirle a Gustavo que se case conmigo. Aún no sé cuándo, ni cómo, pero quería que lo supierais por si os necesito." Yo me emocioné un poco. Lo justo para ponerme semigilipollas. El amor que tira a matar siempre me impresiona, no puedo evitarlo. Jon paró un abrazo desconyuntador para mirarle fijamente. "Oye... no irás a hacer ninguna mariconada de musiquita y baile para pedírselo ¿no? no me jodas..."

Nos reímos. Me acordé de cuando me lo pidió a mí. Sentados en una mesa de merendero de Navacerrada y a lo Gasteiz. "Se me ocurre que podríamos casarnos, Ari." "Estás loco." "No, en serio. Lo he pensado y sería una buena idea." "Pues hala. Dime una razón que no me suene a puta locura." "Que yo nunca te abandonaré."

¿Ves? El amor que tira a matar siempre me impresiona.