Viernes que te quiero viernes

Atchús nos deja. Gracias a la regularización laboral que le hizo Jon, además del permiso de residencia, ha conseguido un trabajo en Parques y Jardines. Nos hemos puesto muy contentos por él, aunque también es verdad que le echaremos un pelín en falta. No solo porque era un manitas cojonudo, sino porque estaba siempre de buen humor y todos necesitamos una dosis de persona vital al día para recargar las pilas de nuestra rutina.

Para agradecerle a Jon el poner la primera piedra de su regularización aquí, nos llevó anoche a comer "las mejores patatas bravas" de la ciudad, que servían en un bareto de una calle aledaña a la calle Carretas. Mientras enlazábamos cervezas, nos estuvo hablando de las guerras internas de su país y del genocidio de mujeres y niños que hacen silenciosamente los grupos rebeldes ruandeses en las aldeas. Gracias al dinero que estaba pudiendo mandar, había podido alejarle a su mujer y su hijo del peligro lo suficiente como para asegurarles la vida y se sentía "fuerte y poderoso" como cabeza de familia. Todo esto y nosecuántas historias para no dormir más nos contó, pero no pude pillar todas porque mi nivel de inglés sigue sin ser para echar cohetes, y a Jon, con la emoción del momento se le olvidaba traducirme dos palabras de cada tres.

Así que nada. Que el pobre se nos marcha y no he sido capaz todavía de aprenderme su nombre. Bien por mí y por mi brillante cerebro de águila. De águila disecada con problemas de lateralidad.

En una semana empieza María la guardería, y en diez días, tenemos revisión de servicios sociales. Estoy en cuenta atrás para lograr que deje de cantar que le pica un huevo. Y para que deje de dar pulpazos a la televisión cada vez que sale un villano. Y para que no corra por el pasillo gritando PUTIFERIOOOO. Y para que deje de pintar las paredes con el escobillón del wáter. Y para que no se zampe la merienda de los demás mientras les dice que están muy guapos.

Yo no sé si no sería más fácil para nosotros aceptar que somos los penosos tutores de una niña punkarra y asumir nuestro triste destino en el universo.