Atascos

Hoy mejor. No del todo, pero sí un poco. Dice Miguel que ayer diluvió en la sierra. Que se taparon los sumideros con las hojas arrastradas, y se inundaron los garajes. Casi he podido sentir el olor a pino mojado. En casa de mi abuela Agra siempre que había tormenta se iba la luz, y el agua de los grifos salía turbia. Las tormentas de isla siempre tienen algo de terrorífico. Siento un poco de nostalgia por aquellas tempestades infantiles de velas encendidas y aguas arcillosas. Me encanta la lluvia en el campo. Soy bastante feliz viviendo en el monte. No me importa que sea un monte urbanita. Me hace feliz igual. Incluso a pesar de los saltamontes tamaño obús que me encuentro día sí y día también en la encimera de la cocina.

Este año nos hemos librado de cerrar la casa de Zarautz, porque mi cuñado pequeño aún estará en ella hasta mediados de Octubre. Una paliza menos. Por contra, sigo teniendo en la buhardilla todo un pifostio de cubos de pintura, rodillos, plásticos cobertores y trastos. Espero solucionarlo este fin de semana, si es que sueltan a Jon de galeras. Si no me meto en la buhardilla no puedo escribir. Soy un ratón acostumbrado a sus rincones. Me cambias la cama de sitio y ya soy incapaz de dormir en tres días. Debo tener algún gen de seta en mi ADN.

Es increíble la de cosas que voy sumando que debería hacer y no hago. Esta mañana para desayunar saqué ordenadamente mis biscotes, los unté de queso fresco asquerosamente supersano y me los comí despacio y saboreando lentamente cada crunch. Ahora, nueve horas después, acabo de tragarme (y cuando digo tragar, lo digo con todas las sílabas) dos tigretones, sacados a puntapiés de la máquina dispensadora de la oficina. Nueve horas. Ese ha sido el margen entre el chico ordenado, tranquilo, metódico y sano, y el tragabolas desesperado y zampón, que se come cualquier mierda que le rebocen de chocolate y glass.

Creo que estos arranca-mete marcha-frena, arranca-mete marcha-frena, no le vienen nada bien a mi motor emocional. Y al físico, ni te cuento.