Cosas aprendidas en mi primera ironman como comparsa

1. Mejor correrla en algún sitio asequible en transporte, como Calella, Tenerife, Calasparra o Aluche. Lo de las 10 horas de viaje en avión, tren, autobús, patines y avestruz es demasiado para un cerebro limitado y mortal. Cuando llegamos anoche a casa, ganas tuve de besar el suelo de terrazo, como el Papa, o abrazarme al aligustre del jardín.

2. Mejor aprenderse el nombre de la ciudad que vas a tener que recorrerte como un subnormal, para poder ir viendo cachitos de tu espartano compitiendo en sus diferentes etapas y hacerle un alirón-alirón-chimpón que pueda subirle la moral a la que pasa (o incluso avituallarle de agüita o barritas energéticas si la cosa se pone chunga y le empiezas a notar demasiado amarilloverdoso). Lo de pasarme las casi 12 horas de carrera llamando a la ciudad Pingu, como aquel pingüino de plastilina de mi infancia, no ayudó para nada a guiarme con los mapas y los lugareños. Y no. El nombre real no se parecía en nada. De hecho, lo único coincidente era el número de sílabas.

3. Mejor no subestimar la capacidad de un niño asperger para tocarte las pelotas a 2.000 km. de distancia. 358 whatsapp de recorridos, mapas, planos, estadísticas, carreras en streaming, decálogos de supervivencia y ralladas walpurgis varias, mientras yo luchaba por encontrar mi pie izquierdo en alguna parte del asfalto de la ciudad de "Pingu", así me lo atestiguan.

4. Y sobre todo... mejor no subestimar el entusiasmo de un gasteitzarra capitán de rugby de casi 100 kilos de peso, cuando descubre que ha logrado terminar su primera ironman en menos de 12 horas y distingue tus pelánganos en la línea de meta. Punto excepcionalmente importante, que no olvidaré jamás. O al menos todo el jamás que me dure el dolor por la fisura de costilla que me ha proporcionado su abrazo de amor, yargh y adrenalina de marine.

Y por ahora, ya.