Martes de tonterías

Pues nada. Médula limpia. Las resonancias solo han detectado una lesión en dos vértebras lumbares que ya sabía que tenía y que no parece que tenga relación con los dolores de media espalda. Sí... mi esqueleto es un festival, ya lo sé. Tiene su explicación. Ya te la daré un día de estos públicamente para que te rías de mí (pero hoy no es ese día). Por otro lado, la exploración del internista no detectó nada y me han mandado ecografías y placas desde la nuez hasta los huevos. O sea, lo que ya dije. Que ahora me toca fosforecer y pitar en los aeropuertos. No me quejo. Autobeso a mi médula ósea por estar limpita y sin mierdas. Era una de las cosas que más me acojonaba. En estos momentos me siento como el chico radiografiado, palpado y auscultado con más suerte del mundo mundial. Alegría, alegría y pan de Madagascar.

Mañana vamos a participar en una charla para futuros padres de acogida. Yo no quería. Yo nunca quiero. No por ellos (pobrecillos) sino por mí, que soy raro, tímido y asocial y no llevo bien estar en el centro de una rueda de preguntas. Luego realmente ni siquiera tengo que hacer nada más que estar allí luciendo camiseta imposible y pelánganos, y dejar que Jon conteste mientras alimento tranquilamente la imagen de rarito autista que todos tienen de mí, pero aún así, siempre que puedo lo evito, por aquello de no bombardear mi ya de por sí maltrecha autoestima. Al sarao de mañana sí que voy a ir. Se ha portado Jon muy bien conmigo en todo este follón médico que llevo en los lomos y quiero compensarle. Sé que a él sí que le gusta ir, y ayudar a otras parejas y comprometerse en su lucha por la acogida con niños con discapacidad. Y también sé que debo estar allí con él, claro. Igual que en la Ironman. ¿Qué pinto yo allí, tan canijo entre tanto espartano y fanático del deltoides? pues nada. Pero yo voy. Porque tengo que estar allí. Aunque solo sea para aplaudirle en la meta olé-bravo-ereselemejor, con mi chubasquero de ballenero y mi gorrito paria calado hasta las orejas. Las parejas están para eso. Para estar ahí. Si no, igual nos daría ser amiguetes con derecho a polvo. Y hasta nos saldría más barato.

Tenemos que operar a Pepe Penas de la cadera. Pobre Pepe Penas. Pedro ha protagonizado el momento Ingalls ofreciendo su dinero ahorrado si hacía falta. Innecesariamente, porque le hemos hecho seguro. En casa aseguramos todo. Perros, gatos, chinchillas, cucarachas... Hasta un señor de Cuenca que pase por la puerta. Y mira. El tiempo luego siempre nos da la razón y nos compensa la pasta. No sé exactamente por cuánto saldría la broma de la operación, pero a lo mejor lo suficiente como para que el pobre Pepe Penas hubiera tenido que ir el resto de su vida atado a una tabla de monopatín con vela, y haber visto mundo única y exclusivamente los días de viento.