Vivir

Mi excompañero de trabajo, aquel que me invitaba a comer en casa de su madre y me miraba con ojos de lechuza hora sí y hora también, se ahorcó anoche en su casa. Me ha llamado mi jefe esta mañana al despacho para decírmelo. Ahora mismo estoy empezando a salir del estado de shock e intentando no hacer cábalas. El viernes por la noche me llamó. Me contó que tenía pensado ir a Euskadi en Navidades. Le recomendé alguna ruta turística, hablamos del departamento, me dijo que sus nuevos compañeros eran majos, le hice algún chiste, nos reímos...Y dos días después decidió que ahí se acababa su vida. Ahora intento no hacerme demasiadas preguntas. Si hay algo que he aprendido es que la tristeza solo sirve para confundirnos y llevarnos por el camino menos fácil. Así que procuro llenarme de una lógica fría. Casi cirujana. Su tallo cerebral anuló el instinto de supervivencia natural y no recibió contraorden neuronal a colgarse de una cuerda. Eso fue. Un hecho físico desnudo. Como lo que somos. Homínidos. Máquinas químicas, al fin y al cabo. Me siento triste por su madre. Por todo lo que ahora mismo estará cruzando por su cabeza. Esa constante frustración de no haber podido ayudarle. De no haber sabido interpretar las señales.

Una vez mi padre después de una pelea me dijo que vivir no era para todos. Recuerdo haberle tirado un cenicero de cristal y haberle dicho "PUES PARA MÍ SÍ ES." Y recuerdo perfectamente su risa y la guasa de sus ojos cuando me contestó "ya lo sé, hijo de puta. Ya lo sé."