El árbol de Navidad

Hemos puesto el árbol. Por fin hemos puesto el árbol. Y hemos echado el polvo navideño de todos los años que improvisamos mientras estamos poniendo el árbol. No sé por qué. Debe ser que la Navidad nos pone cariñosos. Pero ya van tres años que mientras estamos haciendo nudos de luces y espumillón, cruzamos miradas, cruzamos toqueteo fugaz y subimos al baño de arriba a encerrarnos para darnos un revolcón cochino. Creo que casi lo podríamos instaurar como ritual de Navidad. Y la verdad es que resulta muy poco práctico, porque para cuando bajamos, los niños han terminado de poner el árbol y aquello está para verlo. Todo llenos de chiribitas y fanfanurrios por abajo, y completamente mondo y lirondo por arriba (ay, las desventajas mundiales de ser bajito). Y Simón muerto de risa, y Pedro echando sapos y culebras por los ojos "¡Decidle a Simo que NO SE PUEDEN poner las bolas pequeñas abajo y las grandes arriba!". Y María. Maríamonita. María de los Guardias. Su primera Navidad y su primer árbol. Todo lo ha puesto. Bolas, caramelos, chuches, gorros de Papá Noel, sus bragas de Bob Esponja, su pijama de Hulk, su vaso de zumo (superbonito ahí pingando de una rama en plan bloing-bloing), la gorra militar... Todo. Todo ahí en festival, mientras Pedro hiperventila. "QUEDA MUY MONITO ¿VALE? SÍIIIII..."

Ay, Frank Capra. De nosotros sí que habrías sacada una gran película Navideña.