Felices Vanidades

Al final hemos dejado los regalos para el día de Reyes. Culpa de los colegios, que les han metido a los niños belenes y reyes magos por todas partes, y claro... tampoco queríamos hacerles más lío del necesario. Porque al final entre Santa Claus, los Reyes Magos, el Olentzero y la madre que parió a panete, terminan los pobres críos con tal cacao mental navideño, que ya no saben a quién tienen que esperar y para qué exactamente. Así que nada. Reyes Magos y punto. Guardamos el traje de Papá Noel y nos buscamos la vida con las colchas, algún cinturón de brilli-brilli y las coronas de cartulininchi del roscón. Todo eso, con un poquito de pegamento de barra, algodón y un poquito de imaginación, y ya verás tú que dos Reyes Magos más convincentes vamos a resultar Jon y yo, dejando los regalos de María en el árbol el día 5. Ayer en la cena mi cuñado nos decía que eso no se correspondía nada con la realidad, y que en realidad para ser Reyes de Oriente tendríamos que vestirnos más al estilo beduíno. Le mandamos a hacer puñetas, claro. Ya ves tú lo que le importará a una niña de dos años la realidad histórica. Dos cojones y una aguja de calceta. Y encima tratándose de María, que es más bruta que un arado. Vamos... esa nos pilla entrando en su cuarto vestidos de beduínos y es capaz de perseguirnos a pulpazos hasta el jardín. No. Brillis y coronitas doradas de mierding. Que si se espabila en mitad del sueño, se quede tan flipada que no sea capaz ni de reaccionar, hasta que podamos salir huyendo. Ese. Ese es el plan.

Me lo pasé estupendamente ayer, de verdad (tanto que no saqué mi segundo para sentarme aquí contigo). Y eso que con lo de los antibióticos tengo al vasco al más puro estilo comandante, quitándome las copas de alcohol de las manos minuto sí y minuto también. Pero oye, ni falta me hizo. Me reí lo que no está escrito con mi suegra y mis cuñados. Y menos mal, porque sigo sin gusto ni olfato, y soy incapaz de decir si todo estaba bueno o no. Para mí fue como comer nada con nada. Todo el mundo hizo muchísimas loas a la sopa de marisco. Dijeron que estaba aún más buena que la de mi suegra. Jon me ha guardado un tupper en el congelador para cuando pueda recuperar el gusto. Lo tengo ahí atesorado como si fuera maná en extinción. Hasta una pegatina le he puesto con una calavera y un NO TOCAR. PELIGRO DE MUERTE (que seguramente se lo pasarán por los webs, pero bueno... por intentarlo que no quede). Hoy hemos celebrado la Navidad en casa de mi suegra. Hemos terminado echando una timba de póker con pasta y he palmado la friolera de 15€. Pero no pasa nada, porque me los ha ganado Jon, así que de aquí a un ratito iré con cara de perrito apaleado a que me los devuelva. Y él me dirá que no, me chinchará durante tres o cuatro días, y al final, me los encontraré en cualquier bolsillo de cualquier pantalón. Y le diré "¡me has devuelto la pasta!" y él me dirá "¿yo? ni de coña. No sé de qué me hablas."

Creo que mi propósito de 2016 será no jugar al póker hasta que no aprenda a jugar al póker.