Lanzallamas

Me cuentan mis amigos chivatos de la tercera planta (que algunos tengo) que mi querido y afamado representante sindical me ha hecho la cama malamente. Y que dentro de una semana, que tenemos la reunión de respuesta prevista, me va a repetir punto por punto lo que le ha dicho previamente mi jefe que me diga. Ay... qué bonito es esto de luchar contra gigantes con espadas de cartón ¿eeeeh? Bueno. No pasa nada. En cuanto crucé dos palabras con él me dí cuenta de que era un arrastrao, así que ya tenía previsto que me vendiera. Ahora me queda el siguiente paso. Primero preguntarle sus fuentes de información para disfrutar unos minutitos de verle sudar hasta por el culo, y luego pedir audiencia en la central del sindicato, por encima de su chepa. Es lo que haces cuando cenas con cabrones. Dejarte la bondad en casa. Ya te iré contando como sigue mi batalla. Al menos mientras me queden balas y mala hostia. Ahora no quiero darle más vueltas. Sobre todo porque hoy he comido fritanga y ya lleva diez minutos mi presumible úlcera protestándome al respecto. No dejemos que la ira me controle, que entonces solo salgo perdiendo yo.

Mira, mañana estamos solos Jon y yo para comer, porque Simón y Pedro tienen sendos cumpleaños y mis suegra quiere llevarse a María y a Ariel Jr. de parranda, así que voy a decirle que nos calcemos las botas, cojamos unos bocadillos y nos vayamos a triscar un rato a la montaña (a Jon, no a mi suegra. Mi suegra ya no está para triscar más allá de Alcobendas). A ver si con el canto de las abubillas y la proliferación de níscalos, se me diluye un poco estos deseos de coger el lanzallamas y arrasar el mundo mundial.