Helipánico

Hoy hemos montado en helicóptero. Se le ocurrió ayer a Jonkin como premio especial a Pedro, por haber recogido la cocina después de nuestra bacanal de Nochevieja. Entera la recogió el pobre. Hasta el último vaso. Sin que le dijéramos nada. Simplemente porque le molestaba verla mangas por hombro. Como el día de Año Nuevo comíamos con la familia, no entramos en la cocina a limpiar hasta después de la siesta, y cuando lo hicimos nos encontramos con que estaba todo recogido e impecable. Así que Jokin se lo dijo a Jon: "Tráetelos y les damos un paseo en helicóptero." Y allá que nos hemos ido. Jon, Pedro, Simón y yo (María no, porque de ella nos fiamos lo justo). Me gustaría poder decir que ha sido fantavilloso y maravipendo, pero he pasado un miedo de cagarme. También me parecía lo más lógico después de haber escuchado mil veces a Jon la frasecita "de la caída de un helicóptero no sobrevive ni dios." Entre eso, el ruido, lo de las inclinaciones imposibles y lo de subir en vertical... En fin. Que no me he llevado precisamente la medalla al pasajero valiente del año. De hecho, creo que todavía deben estar mis diez trozos de uña clavados al asiento. Pero he disimulado como un campeón, eso sí. Por los niños y porque queda feo eso de ponerse a llorar llamando a mamá y gritando que quieres bajar, cuando tienes 25 años y pelillos en los huevos. He ensayado mi mejor sonrisa mientras aquello empezaba a menearse y la he mantenido apretada y congelada durante los 20-25 minutos que ha durado el viaje. Tanto que al bajarme, me dolían hasta las mandíbulas. Jon se ha reído bastante con mi sonrisa petrificada. Dice que se arrepiente de no haber llevado la cámara para haberme sacado un par de fotos y titularlas "en helicóptero, volviendo de matar a Batman."

Voy a guardarme la sonrisa petrificada del helicóptero para otras ocasiones de mi vida. Creo que me puede ser francamente útil. En serio.

Ariel Nepomuk disfrutando del vuelo