Fin de esto y aquello

No tengo vergüenza torera, lo sé. Tantos días dejándote en silencio cuando había prometido no volver a hacerlo. En mi defensa diré... en mi defensa... en mi defensa no diré nada porque no tengo defensa. Salvo estar de vacaciones y estar cansado. Sobre todo lo segundo. Estoy muerto. En parte porque he pasado estos días en Zarautz levantándome de amanecer y en parte porque los cambios de horario, los lunes y en general volver a Madrid, me sienta fatal. No he dormido nada. Ha sido una noche general de sueñus interruptus. Y de venga a darle vueltas a la cabeza con todo lo que me esperaba en mi reencuentro laboral. Que sí. Que las cosas siguen chungas allí y que no sé al final que terminará pasando conmigo. Igual vienen tiempos de cambio en mi vida. No me malinterpretes, me encantan los cambios. Soy feliz con los cambios. Pero hay algunos que tardan 20 años en llegar y 20 en sucederse y la verdad... terminan cansando.

Y vaya rollo que he metido solo para decir que mi situación en mi trabajo está chunga.

Hoy cogemos carretera y manta, y volvemos a Madrid. Ahora mismo, mientras escribo esto, estamos Jon y yo desayunando café, tostadas y huevos revueltos (va sin segundas) en la mesa del jardín debajo del tejadillo del porche, mientras esperamos a que la tribu se desperece y recojamos todos los pertrechos. Tengo ganas de ver a los gatos porque noto su ausencia con esto de poder echarme sin que nadie me dé por culo (vuelve a ir sin segundas), pero no tengo n-i-n-g-u-n-a gana de volver a Madrid. Me quedaría aquí para siempre. Siempre en este bancal, de este porche, de esta casa, de este acantilado, de esta ciudad, de este país, de este mundo. Y por supuesto... con esta compañía.