La plancha espartana

Segundo día. Por la mañana cuando escribí el último post estaba happy-happy pero luego, tal y como me advirtieron algunos amables cristianos, me vino el dolor muscular y el ayayay-uyuyuy. Hacia las cinco de la tarde, ya no podía casi ni andar y bajar las escaleras era casi una gymkana. Jon me dijo que tocaban abdominales y di unas cuantas gracias al cielo por aquello de no tener que forzar más las piernas. En qué hora. Si ayer hice el fatal descubrimiento de los lunges, ayer hice el fatal descubrimiento de las planchas. Su puta madre las planchas. Maldita sea la familia del hijo de mil perras que se las inventó. Se me resbalaban los codos con el sudor... me temblaban hasta las orejas... Una superdiversión. Pero igual dio. Cuatro sesiones de 10. Más otras cuarenta de izquierda. Más otras cuarenta de derecha. Más otras mil de algo hasta cumplir los 20 minutos de rigor. Y el calentamiento tocó en la elíptica. Con cada giro casi podía oír a mis abductores gritarme "BAJA-HIJOPUTA-BAJA."

Y Jon se ríe. Se ríe muchísimo. De mí (que no conmigo, diga él lo que diga) porque confundo la derecha con la izquierda y cuando se pone en paralelo a mí para que hagamos la tabla a la vez, yo voy siempre en el sentido contrario. Y no te digo ya para coordinar brazo izquierdo con pierna derecha. Eso ya es un festival del humor.

Igual tengo que matarle antes de terminar el entrenamiento. En serio.