LLuvias y paraguas

Segundo día de lluvia intensa en Madrid y llevo el paraguas más feo del mundo. Tengo fobia a los paraguas, no sé si te acuerdas. Y si no te acuerdas, te lo cuento: tengo fobia a los paraguas. Me da pánico estar debajo de uno. Terror. Y como se mueva con el viento o se vuelva del revés, ya... directamente suelto el paraguas y salgo echando hostias en plan maricaelúltimo. Cada vez que cuento esto, mi interlocutor de turno me pregunta "pero ¿tuviste algún trauma de pequeño?" y yo siempre me encojo de hombros y digo "o eso, o simple subnormalidad." Vaya usted a saber. Si algún día me someto a hipnosis y hago regresión de esa, ya te contaré de dónde viene esta chorrada paragüil. Por ahora me limito a no ponerme debajo y tirar de chubasquero. Pero claro... sucede que con niños de por medio la cosa se complica, y que esta semana me toca a mí dejar a María en la guardería. Y como vaya yo con chubasquero, llegan María, su mochila y su pulpo como para ponerlos a escurrir en la bañera. Así que... no me queda otra que volverme adulto y pasar miedo debajo del paraguas más feo del mundo. Que encima eso. No puede ser más feo el cabrón. Negro, con flores naranjas, amarillas y rosas de tonos fosforentes. De esos aplastados tipo buñuelo, que luego caben dentro de los calzoncillos (de algunos calzoncillos). Lo más horroroso hecho paraguas. Tampoco sé de dónde ha salido. Estaba en el paragüero. Así, sin más. Generación espontánea de paraguas. A María le encanta, claro. Cada vez que abro el engendro en su esplendor abre mucho los ojos y dice "QUI BONITO Y QUI PRESIOSOOOOOO..."

Me consuela pensar que a mí me ve con esos mismos ojos, la verdad.

Ya no me duele nada. Estoy drogado y feliz. Y me lo noto sobre todo en que me soporto bastante más que hace dos días.