La Comu del hambre

El sábado tuvimos una comunión. No familiar, porque mi familia política lo de pisar una iglesia... mal. Una comunión de compromiso de amistades de esos mundos de dios (y nunca mejor dicho). Fue bastante cutre todo y nos reímos bastante. Nosotros somos así. En vez de sufrir, pasamos los momentos duros a base de hacernos los graciositos. Y los hubo. Ya solo aquello de que nos sacaran dos platos de lomo (Revilla. Nada que ibérico, ojo) para 40 personas como todo entrante, fue bastante duro. Y eso que aún no habían llegado los 45' de espera para que nos sacaran un plato con tres langostinos y una almendra (pero almendra) de mayonesa y los otros 50' posteriores para que nos sirvieran el minimedallón de minicordero asado con tres patatas. En total 2h. y 30' para llegar a la tarta más hambrientos de lo que habíamos empezado. Y la tarta también un lujazo. Vamos... puedo asegurarte que he visto galletas fontaneda con más diámetro que esa tarta. Después de los dos deditos de champán (traído ya servido por si acaso cometíamos la imperdonable imprudencia de rellenar las copas). el café frío, y el camarero invisible que nunca trajo los dos chupitos que pedimos, dimos el regalo a la niña (una tablet le compró Jon. Supongo que cuando todavía pensaba que en el restaurante íbamos a comer y había que compensar la invitación) salimos de allí y nos metimos directos en el primer McAuto que nos localizó google. Llegamos a casa, con nuestra bolsa abrazadita (por si acaso nos la quitaba alguien) y masticando patatas fritas como dos niños de postguerra. Pedro y los dos amigos minions estaban montando su circuito electrónico nº 100 en la mesa del salón y al vernos entrar devorando con fruición dijo "¿la comunión no era con comida?" . Todavía de camino a la cocina, tuve tiempo de decirle con la boca llena de bigmac: "mbira... mfegor no bregunfdes."