Mi confín

Acabo de terminar el marrónfollón de trabajo que aventuraba hace dos semanas y me tenía los nervios a la miseria. Bien por mí y por mi estado anímico y mental. Sobre todo por este último porque la verdad es que no he estado yo muy lúcido en este rastro de semana. Ayer me enviaron un paquete de correos a una sucursal de donde Cristo perdió la chancleta. Culpa mía, por supuesto. Me compré online mi camiseta absurda número 1000 (y la 1001), y al poner el código postal para la recogida me equivoqué y puse uno que no era. Hasta el poblado dirigido de Fuencarral que lo llevaron. Con un par. Se ofreció Jon a acompañarme por aquello de que conduciendo no distingo entre girar a la derecha y girar a la izquierda, pero tuve un impulso de orgullo. "No, joder. No soy tonto, puedo llegar yo solo." Los cojones puedo. Me perdí. Total y absolutamente. Y eso habiendo mirando el recorrido en el google maps hasta casi gastarlo. Llegar fue relativamente fácil, pero salir... yo no sé cómo coño hice que me encontré en mitad de un descampado de cabras, con el coche rodando por tierra crinca-cranca, entre bolsas de basura, sillones con los muelles fuera y chabolas de traperos, con mi paquete de camisetas en el asiento de atrás, e intentado programar el navegador del móvil con una sola mano (que aún no entiendo yo por qué no empecé por ahí) mientras con la otra sujetaba el volante. Al final llegué a recoger a María casi con una hora de retraso. Estaba mi cuñada merendando con ella y jugando a la oca. Alabadas sean las cuñadas que trabajan en guarderías y se encargan de las niñas con padres inútiles.

Y alabados sean los padres inútiles que reconocen su inutilidad y se dejan acompañar a las oficinas de correos de los confines mas mierdosos de la galaxia.