Hot Yogaghrfs...

Ayer fui a una clase de Hot Yoga. Sin pagar. Yo todo sin pagar, soy un asco de contribuyente. Un compañero me llevó como invitado a una "sesión abierta". Según parece, lo de las "sesiones abiertas" suele ser una práctica muy común entre los centros, para que descubras sus infinitos beneficios, te entre la iluminación del Yoga-sütra y caigas rendido a los pies del monitor suplicando más, por el módico precio de 200 eurillos al mes. Yo ya había ido con Jon a algunas clases de yoga cuando me estaba sacando el carnet de conducir, por aquello de aprender a respirar cada vez que confundía derecha e izquierda y me comía un camión en las rotondas, y la verdad es que me había gustado bastante (lo del yoga, no lo de los camiones. Lo de los camiones era un sinvivir), pero lo de ayer era una variante, porque se trataba de practicar yoga, durante una hora, en una sala a 42ºC y con un 60% de humedad. O sea... lo que viene a ser cogerte la India y traértela al gimnasio a joderte la vida. Mi amigo estuvo todo el trayecto contándome lo maravilloso y bien que te sentías después de cada clase y como tus músculos se estiraban, tu sangre se licuaba y todas tus tensiones y toxinas se iban esfumando a medida que avanzabas. Cuando llegué allí el monitor, típico tío guapo de beatífica sonrisa blanca, rastafari, vegano, espiritual, supertrouper y pluscuamperfecto, también dedicó sus buenos 15 minutos a contarme la increíble y maravillosa experiencia que iba a poder proporcionarle a mi triste y contaminado cuerpo de mosquito. Y con esas, terminada la brasa monitoril, cogimos toallita y alfombrita y entramos al infierno. Y cuando digo lo de infierno de verdad que no puedo ser más certero.

Llegado a este punto me encantaría decirte que realmente fue una experiencia increíble, fantabulosa y maravipenda. Que se me abrieron todos los chakras de mi cuerpo en esta vida. Que se me abrieron hasta los de los veinte cuerpos de mis próximas veinte vidas. Que recibí la luz de Bhagavata-purana y me convertí en una prolongación del universo macrocósmico espiritual de la muerte súbita, con sucursales en Neptuno. Me encantaría quedar ante tus ojos tan guapo, vegano, espiritual, supertrouper y pluscuamperfecto como el monitor de las rastas y la sonrisa blanca. Me encantaría, de verdad. Pero no, hijo. Me temo que no. Me temo que no llegué a ser tan guay. Más bien volví a ser ese que boqueó por las esquinas como una pescadilla en el Kalahari, que se arrastró (literalmente) buscando rendijas y respiraderos por todas las puertas y ventanas posibles, y que convirtió el "saludo al sol" en "saludo epiléptico a la deshidratación con apnea" más conocido en los ambientes terrenales como "el espasmo del moribundo". El mismo que cuando logró volver a respirar aire fresco, como un ser humano imperfecto y normal de los que desperdician su vida comiéndose 18 polos en el chino de enfrente, decidió que no. Que nunca más. Que ya les llamaré yo si eso.