Rasero

Me ha traído Jon en la moto nueva al trabajo. Ha sido una gozada venir por la carretera de El Pardo oliendo a pino y hierba fresca. Ojalá hubiera podido quedarme dos horas ahí en un bucle espacio-temporal, espachurrado como una mosca contra su espalda sintiendo el viento de bosque en la cara. Ha sido mi felicidad de martes. Al bajarme de la moto una vez llegados a mi trabajo, como llevábamos aún los cascos puestos, he hecho el gesto de besarme la punta de los dedos y ponérselos en los labios a modo de despedida, justo en el mismo instante en que pasaba a mi lado el gerente con dos jefazos del edificio. Me han mirado en un instante fugaz, y luego han bajado la mirada como si el hecho de no prestarme atención lograra evitar que yo existiera. Tampoco me ha saludado ninguno. Ni yo a ellos. Absoluta indiferencia mutua. Cuando ha pasado a mi lado el último de los dos jefes, un tipo gordo y sudoroso con pinta de ogro de ciénaga, he oído que iba hablando de Podemos y llamándolos "mierderos".

La rata homófoba, la rancia frígida y el Shrek. Los tres hablando como si los "mierderos" fueran otros. Creyéndose una casta superior, solo por vivir en Boadilla, tener un Lexus y pagar una chacha ecuatoriana.

Ay, marqueses del primer mundo... Si solo tuvierais un cuarto de todo el amor que yo tengo... ya podríais daros con un canto entre los dientes. Si solo tuvierais un cuarto de mis perros tullidos, de mis niños sordos, de mi María y su triciclo, de mi Jon, de nuestra furgoneta de fruteros. Solo un cuarto. Solo un cuarto ya os haría bastante más felices de lo que probablemente sois con toda vuestra vida de miradas sobre el hombro.