Reflotes

Seguimos cuenta atrás para las vacaciones, porque otro año más somos los primeros que nos vamos y los primeros que volvemos. El sábado pasado me enteré que el profesor al que sustituyo cogió la baja permanente por depresión. Entiendo que no me lo dijeran antes, la verdad. Porque aunque sería la primera vez que una pena me hundiera, un poquito de pánico inútil sí que hubiera tenido al respecto. Pero bueno, ahora que los conozco y que he visto que no son niños con el pelo blanco y los ojos encendidos, pues... no creo que haya mucho problema con lo de terminar de montar la función que el otro dejó a medias y retomarlos en septiembre. Además me viene bien para obligarme a trabajar la elasticidad y el equilibrio. Que a base de pintar jirafas, morder paredes de oficina y estudiar, he pasado un inviernotoño un poco pasota de mi propio cuerpo. Y lo necesito para seguir corriendo en octubre detrás del autobús de la complu.

Esta mañana María me ha traído un ancla de cartón que había recortado de un cuadro que la regaló mi suegra para su cuarto. Ella hace esas cosas. Su habitación es una especie de continua reposición. Hoy le regalas un osito... mañana se ha fabricado un gorro con él. Hoy le cuelgas un póster... mañana lo ha convertido en confetti para la boda del pulpo. Y así to the infinity and beyond. Ella decide el valor de las cosas por la diversión que le proporcionen, y el que se pierdan por el camino le suda la pepitilla. No le ponemos trabas. Por ahora nos parece bien eso de aniquilar por el bien de la imaginación. Y digo "por ahora" porque no estamos muy seguros de que el día de mañana, cuando seamos dos viejitos, nos embalsame y nos convierta en dos maceteros para el jardín.

El caso es que ha recortado un ancla del tamaño de Pamplona con sus tijeritas de plastiquinchi ronqui-ronqui-ronqui y me la ha puesto encima de la mesa del desayuno ¡pomf!. "Toma. Para ti." "Qué bonito...¿es un ancla?" "Sí. Por si te hundes ¿vale?."

Ya ves. Ahí la tienes, a la jodía. Sacando poesía hasta de la aniquilación.