Veranos

Dos semanas llevaba Jon K. diciéndome que tenía que comprarme ropa "para el verano". Odio comprarme ropa y especialmente, odio comprarme ropa para el verano. Porque si termino comprándome algo demasiado grande o demasiado pequeño o con un estampado diseñado por un ornitorrinco ciego, pues me pongo el abrigo encima y santas pascuas. Pero ya cuando vas a cuerpo... Ahí ya empiezas a notar que las abuelitas no quieren sentarse a tu lado en el autobús. Así que he superado mis propios límites de cutrez y me he comprado ropa por internet. De esa forma Jon me deja en paz y no tengo que enfrentarme a la agonía de tiendas, probadores, québonito, quépintaimbéciltengo, nopuedoponermeesto, busquemosotratienda.

Como no sé exactamente hasta dónde abarcaba lo de "comprarme ropa para el verano" he dado por hecho que el plan debía cubrir el veraneo en la sierra (que no es por nada, pero empieza la última semana de este mes), así que me he lanzado en plancha a la ropa absurda. Pantaloncinchis cortos, sandalias de guiri, camisetas de tirantes antisentido del ridículo, y un peto. Sí. Otro peto. Porque ya te lo dije ayer. Yo no soy moderno ni guay. Si fuera moderno y guay, me compraría pantalones de esos pesqueros y pegaditos a las piernas. Y me cortaría el pelo al dos por los laditos con festival de rizos en halavenga por toda la parte superior, en plan "soy un surtidor de fuente Y NO ME IMPORTA". Y llevaría gafitas de cristales de espejos coloreados en mil chimpunes dejando ciegos de arcoiris a los que se cruzaran a mi paso.

Y por supuesto, haría hot-yoga como un campeón de la berza, sin polos de chino, ni lloriqueos.

Pero aquí estoy. Con mi surtido de pantaloncinchis cortos 3x10€ en versión RGB (rojoazulamarillo) y mi peto de recolector de nabos (sin segundas) calzado directamente sobre las tetillas, sin camiseta y sin calzoncillos. Paseando por el Valle del Tiétar como si no hubiera un mañana.

No sé. Puede que necesite un descansito de mí mismo.