Día catorcebuaghs

Esto se acaba. Estoy muy gilipollas. Diría que bastante más de lo que viene a ser habitual. Hace un rato me he encontrado un bañador de Gus entre la colada (hola Gus, si quieres tu bañador dirígete a El Pardo) y me ha dado bajón de melancolía. Que ya ves tú los impresionantes lazos fraternales de toda la vida hombrepordios que tendré yo con Gus ¿no?... pues ea. Todo triste que me he puesto, al recordarnos a todos bañándonos en las pozas del río o jugando nuestras partidas de después de comer. Jon dice que ese spleen le suena a que el tiroides vuelve a jugarme malas pasadas y que no debo darle demasiadas vueltas. Me da que no se equivoca demasiado, así que cogeré la melancolía e intentaré jugar al fútbol con ella. Al menos hasta que vuelva a tomar la tiroxina con regularidad.

Nos vamos mañana a mediodía. Dentro de un rato me daré mi último bañito de piscina, oyendo chicharras y oliendo a frutal y hierbabuena. Y mañana por la mañana escucharé por última vez al gallo y al pájaro cabra con el amanecer. A partir de ahí... asfalto, madriles, trabajo, calva del jefe... Voy a concentrarme en pensar en los gatos. Al menos ellos sí que estarán contentos de que las vacaciones se terminen. Han debido aburrirse una jartá sin tener a nadie a mano a quien dar por culo por las mañanas.

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A los 14 años yo vivía en un centro de acogida de menores. Entraba y salía siempre dependiendo de la situación de mi padre, aunque más entraba que salía. Lo odiaba bastante. Los asistentes no se portaban mal con nosotros, pero eso nunca evitaba que los odiaras. Era como una predestinación. Estabas allí para odiar y punto. Durante el tiempo que pasé allí me escapé un total de nueve veces (creo. Puede que se me olvide alguna). Las nueve me encontraron antes de que el tren pudiera alejarse lo suficiente. Supongo que de ahí me viene el mal rollo cada vez que veo un uniforme (y aún así ya ves tú cómo hemos acabado, compañero). Todo eso son historias para no dormir que serán contadas en otra ocasión, pero... lo que quería decirte es que en aquella época me obsesioné mucho con este poema. Mucho. Lo leía en bucle casi como un mantra.


Siempre he pensado que le debo algo a Miguel Hernández. No sabría explicarte el qué. Algo así como... un soplo de aire fresco en mitad de una asfixia.