Día... ¿tan pronto he perdido la cuenta?

Ayer puse yegua con diéresis. Ando fatal ¿no? lo siento. Estoy algo pasota estos días. Creo que son efectos veraniegos. Luego volveré a Madrid y ya releeré la mierda que estoy escribiendo y me tiraré de los pelos del pubis. Pero ahora mismo... hijo, estoy en modo jamaicano total.

Simón ha hecho chupipandi con algunos niños de los chalets de al lado y ahora no le solemos ver mucho el pelo por las mañanas. A ese le cuesta poco. En eso se parece a Jon K. Enseguida pega la hebra. Pedro y yo somos más del otro bando. De los de "viene gente, yo me piro." Ayer me cargué una de las persianas de la planta baja (yo y las persianas) y cuando vino el persianero, en quince minutos, ya estaba hablando de fútbol con Jon y contándole su vida y milagros, mientras Pedro y yo le mirábamos con recelo desde la otra punta del salón con los auriculares de música puestos. Somos así. Quizá por eso nos llevemos bien, aunque yo sea el caos y él el orden pluscuamperfecto. Porque los dos coordinamos bien con lo de estar solos en el mundo.

Mañana bajo a Madrid a ver a mis gatos. Soy como ese padre que tiene a los hijos en la uni y los llama todos los días para ver si están comiendo bien. No puedo evitarlo. Tenemos nuevos vecinos y aún no he comprobado si no son de los que se molestan por las visitas gatunas, y aún tengo en mente a aquella vieja del final de la calle que gustaba de rodear su perímetro de arbolitos y veneno. Doy gracias a Belcebú por estar cerca de Madrid y por tener que solucionar unos papeles para el colegio de María. Las excusas baratas molan. Las excusas baratas son nuestras amigas.

Estoy esperando a que se despierte Jon para ir a nadar un poco a las piscinas naturales. El agua está tan sumamente fría que cuando sales, te notas el pulso hasta en las orejas. Una sensación entre terrible y maravillosa. Como el amor.