Enloquecía solo a su contacto

Estamos de modorrita postsexo jijí-jajá, y entonces cojo su móvil y le hago una foto. Una foto de esas... de esas arrebatadoras en las que no posa, pero sale como un bombero de calendario. Y le digo "esta foto es como para ponerla en una app de esas de ligar." Y con el jijí-jajá, le instalo en su móvil una app de ligar y subo la foto que le he hecho. Y a todas las preguntas de descripción del perfil pongo "marmitako." About me: marmitako Height: marmitako, Weight: marmitako, y así. Porque sí. Porque solo es una subnormalidad para tocarle las pelotas y reírme en esos diez minutos antes de que María se despierte de la siesta y empiece a pasarnos con el triciclo por encima. Y entonces empiezan los avisos. Uno, otro, otro, otro... Como si de repente su móvil se hubiese puesto a tocar el tambor. En cuestión de tres minutos, un chat, dos, cinco, trece, dieciocho.

Entonces yo me quedo con cara de vaca mirando al tren. Y él se ríe. "Mira lo que has hecho." Y empieza a mirar uno, otro, otro... y cada vez se descojona más. Y yo me enfurruño. Me enfado. "Desinstalalá." Y él me chincha "¿por qué? si es muy divertida. Mira cuánta gente. Qué caritas de hambre..." Le quito el móvil y me placa encima del colchón. Inmovilizado en dos nanosegundos. Como siempre. Vuelve a reírse, en mi oreja. "Ariel Nepomuk, el que busca el juego y luego no quiere jugar." Me zafo, le empujo. "Eres un capullo." Salgo de la habitación.

Ahora me acabo de desenfadar. Por supuesto, la app ya es historia. Pero él aún se ríe. Me abraza por la espalda. "Jon Karlos Z. Padre de cuatro niños."

¿Yo? yo solo quiero matarle. Besándole una vez más.