Truenos, rayos y caballos

Acabo de despertarme de la siesta. Esta mañana nos hemos levantado temprano y antes de darnos la paliza piscinera, hemos ido a montar a caballo. Hacía cerca de dos años que no montaba. Ha sido flipante. Como ninguno de los tres niños sabía montar, hemos elegido un circuito fácil. María ha ido con Jon, yo he llevado conmigo a Simón, y Pedro ha ido él solo, con el monitor al lado cuidando su yegua. No tengo palabras para describir la cara de María. Hemos ido haciendo algunas fotos y en todas sale con expresión de cowboy viendo a la Vírgen. Revisándolas hace un rato con Jon, nos hemos descojonado bastante. El monitor nos ha dicho que si queríamos mañana podía darle algunas clases a ella sola, en un pony, por circuito cerrado. Nos ha debido ver una expresión extraña, porque ha añadido "no correría ningún peligro." Jon le ha dicho "¿el pony o ella?"

Vamos a esperar un par de añitos más para esas lides. María es mucha María y lleva encima demasiada sobredosis de películas del oeste. Esa es capaz de imitar a John Wayne y azuzar al pony por encima de la valla. Por ahora, mejor que siga montando con Jon.

Ahora mismo, estoy sentado en la terraza del chalet. El sol que hemos podido aprovechar esta mañana en nuestro tute piscinero diario se ha ido y ahora mismo, llueve un poco y se acerca despacio una tormenta. Entre el olor a árboles mojados, el piquipiquipiqui de la lluvia, el vientecillo fresco que viene de la montaña y el tronar al fondo, me estoy poniendo místico así que, de verdad te lo digo... casi mejor que me esté quedando sin batería.

Hoy íbamos a haber ido al cine de verano a ver la peli de Dory. Pero me parece a mí que como no vayamos vestidos de merluceros Pescanova... otra vez nos toca quedarnos sin Pixar. Me encantan los cines de verano. Me recuerdan a mi isla. Aunque esa sea otra historia que deba ser contada en otra ocasión.