TOC galego

Me ha traído el gallego una fundita que ha hecho él con sus propias manitas norteñas, para mi hervidora de agua. Acolchada, con una manzanita bordada y con un bordecito rojo. Como me ha pillado desprevenido y por sorpresa, he soltado un ¡¡¡¡NOOOOOO!!!! cuando he visto que empezaba a ponérsela y creo que le he asustado un poco. Como no sabía bien de qué forma salir airoso, le he dicho que la usaba mucho y que no me parecía práctico taparla. Él, muy serio y muy digno, se la ha regalado a una de las señoras de contabilidad y ahora está serio, sombrío y lúgubre y yo me siento malo y culpable. Es un sinvivir este chico. Incluso cuando intenta hacerme sentir bien, me hace sentir mal. Pero es que como le deje ponerme la fundita, estoy viendo que todo mi espacio personal termina como está el suyo. Lleno de tapetitos, impoluto inmaculado y con multitud de cajitas de petipuá ordenadas por colores, formas y tamaño. Que no tengo nada en contra de los TOC. De verdad. Yo mismo los bordeo peligrosamente en lo referente a la higiene personal. Pero no puedo. No puedo trabajar con mi hervidora tapada con la funda de las manzanitas, igual que no pude hacerlo con el mueblecín de los mil cajoncitos tapizados que me hizo el mes pasado para que no tuviera desperdigados los post-it, ni con el botecito azul con tapa forrada de tela, para meter las pipas. No puedo sentirme como si estuviera en un museo. No puedo abrir tapas y quitar fundas cada vez que necesite algo. Quizá en otra vida, cuando termine esta y me reencarne en una abuelita tejedora de calceta y jugadora de bingo. Quizá entonces las fundas con manzanitas adquieran su verdadera dimensión. Pero ahora no. Ahora no, por los dioses.