Y aquí te cierro, Armando

Nadie sabe nada de Armando. Desapareció exactamente hace año y medio, aunque yo me haya enterado ahora. No figura en domicilio ni teléfono ninguno, y tampoco apareció por su último trabajo, ni fue a cobrar el finiquito. Nada. Esfumado. He tocado todos los timbres y he utilizado incluso algún contacto de Jon para salirme de mis posibilidades. Pero nada. Armando pasó por varias depresiones, por una hepatitis y luego desapareció en la nada más absoluta. He llamado a su última dirección y su excompañero de piso me ha dicho que su idea era irse a Brasil, pero que nunca logró reunir el dinero. "Igual se ha matado." Pues igual. Aunque si lo ha hecho, tampoco figura como cadáver identificado.

Adiós, Armando. Histriónico, loco, bipolar, encantador Armando. Yo no sé ni si me recordarás.

He hablado un rato largo a mediodía con mi exasistente social. Con uno de los veintemil que me asignaron. Me ha dicho que me llamaban "el poeta" porque siempre estaba escribiendo y todos andaban convencidos de que eran poesías malditas. "Llevabas siempre esos cuadernitos atados con cuerdas y los escondías cuando te sorprendíamos escribiendo en ellos. ¿Te acuerdas?" "Sí, claro." "¿Qué era lo que escribías?" "Cosas." "Ya... y ¿sigues escribiendo?" "Sigo." "¿En serio? ¿Algo que pueda leer en algún sitio?" "Realmente... no."

No me mires así. Es casi una verdad a medias.

Me ha encantado lo de las poesías malditas. No sé qué otro tipo de poeta se puede ser que merezca la pena, aparte de un maldito. Tampoco entiendo no seguir escribiendo. Es mi instinto. No necesito de ninguna voluntad para hacerlo. Se me cae de entre los dedos. Estoy seguro de que debe ser así. De que si no es así, no merece la pena hacerlo.